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10 frases de sabiduría popular, desafiadas

Siempre hemos pensado que si alguien más lo dice, es verdad. Y generalmente, repetimos como loros. Hablo en primera persona del plural simplemente como figura retórica, ya que desde hace mucho tiempo me dio por cuestionar las verdades populares y meterlas bajo la lupa, luego al microscopio y posteriormente al nanomicroscopio.

En verdad, no sé hasta qué nivel de diminutez podré llegar, pero es lo de menos. Lo importante es que a lo largo de esta nanoempresa he recopilado algunas frases que han pasado por mi cruel rasero y finalmente logré juntar estas diez que tengo como bastante significativas.

Son de esas frases, esos dichos, esas “joyas de sabiduría” que todo mundo da por buenas sólo porque -precisamente- parecen muy sabias, pero pueden ser desafiadas con un poco de pensamiento no convencional. Con solo pronunciarlas, la mayoría de la gente se siente: 1) Más lista, 2) Más sabia, 3) Más juiciosa, 4) Más fuerte, 5) Engrandecida, 6) Consolada y, tal vez la más importante, sienten que con el hecho de usarlas ya están zanjando cualquier discusión o polémica a su favor.

Pero, en verdad, pueden ser cuestionadas, y en muchas ocasiones, derrumbadas. Examinémoslas.

Lo importante no es ganar sino competir.

Cada vez que alguien necesita consuelo por haber quedado en segundo lugar, o peor, cuarto o séptimo o incluso el último, alguien echa mano de esta frase tan conformista. Es decir, jugaste para ganar, para llevarte la victoria, para demostrar que eres el mejor. Una vez que no obtuviste el tan deseado y anhelado primer lugar, parece muy justo decir que lo importante era el juego, la carrera, la emoción de competir, que lo mejor era el proceso y no el objetivo. Señores, si lo que quieren es consuelo, creo que es mejor decir: “No obtuve lo que quería. No siempre se puede ganar, pero esto debe enseñarme a esforzarme más para convertirme en el mejor”. Y sí, es mejor y más sano estar triste, en lugar de feliz, por no haber ganado.

Nadie madura en cabeza ajena.

Si bien esto ocurre bastante a menudo, vivimos en una cultura que nos ha enseñado que esta es una verdad inalterable. Ocurre generalmente cuando vemos que alguien no hace caso de los consejos y cae inevitablemente en un error que nosotros, por contar con más experiencia, veíamos venir. Tal vez a nosotros nos haya pasado alguna vez. Lo cierto es que sí se puede madurar en cabeza ajena: es muy probable también que algunos de nosotros hayamos aprendido de algún error en el que hemos visto caer a algún conocido o familiar. Y esto es, aparentemente, privativo de algunas personas, a quienes la lotería genética les ha favorecido con un mejor dominio del sentido común. Pero de que se puede, se puede. Hagan memoria y verán que encuentran su caso particular.

Los animales son más inteligentes que los humanos.

Esta frase, con muchas variantes, se repite hasta la saciedad en comentarios de las redes sociales y generalmente es enunciada por los “animalovers” o “animalistas”, cada vez que presencian un acto de crueldad hacia los animales (las bestias en realidad son estos…), cuando ven algún video que sugiere que algún animalito está echando mano de su instinto maternal o de conservación, o cuando algún ser humano hace precisamente lo contrario. La realidad es que ningún animal es más inteligente que un ser humano, en las debidas proporciones. Manteniendo estas distancias, es muy posible que un simio (o delfín, o perro) muy listo sea proporcionalmente más listo que un ser humano muy estúpido, pero esta circunstancia no justifica la generalización. Y tampoco podemos obligar a la gente que constantemente use una tabla de equivalencias y relaciones IQ-comportamiento por especie. Así que, seguiremos escuchando que nosotros los humanos somos lo peor… de una creación antropomórfica, qué ironía.

Ladran Sancho, porque cabalgamos.

Esta fue tomada de una cita apócrifa de una novela clásica de la literatura castellana, y mucha gente la hace suya, especialmente en tiempos y situaciones de competitividad electoral. Dejando de lado el hecho de que Don Quijote nunca pronunció realmente la célebre frase (¡porque nunca la dijo!), se supone que funciona como un blindaje ante las críticas: es muy fácil pensar que si la gente está constantemente señalando lo que no haces bien, o que estás en un error, o que vas por el camino equivocado, o que te has adherido a la facción equivocada, es la demostración de la metáfora que deja a los demás, quizá algunos de ellos más sabios que tú, mal parados como necios perros que hacen su escándalo sólo porque tú vas dirigiéndote muy orondo en el camino de la razón y de la verdad absoluta. Dudo mucho que esto, en todos los casos, sea cierto. La verdad es que muchas veces hay que saber escuchar las críticas y saber filtrarlas con base en la personalidad y la probable intención de los “ladradores”.

Mal de muchos, consuelo de tontos.

Generalmente nos sentimos bien cuando una desgracia, o simplemente un sentimiento de pérdida o desazón por algún inconveniente en la vida, no solamente nos pasa a nosotros, sino que todo un colectivo sufre la misma situación. Esto no es un “consuelo de tontos”. Es un sentimiento muy humano y tiene sus raíces en una reacción muy natural: intenta acostarte en una cama con un clavo en ristre, en posición vertical, práctica nada agradable. Ahora hazlo en una cama con miles de clavos, alineaditos (ya sabes, como las de los fakires). ¿Ves la diferencia? El daño se minimiza al ser compartido por miles de células receptoras del dolor. El principio psicofisiológico es el mismo.

La dicha de la fea, la hermosa la desea.

No necesitamos mucha imaginación para saber quién inventó esta máxima, que desde siempre usaban las abuelas para consolar a sus descendientes menos afortunadas. En la vida real, práctica, las personas con mejores atributos físicos tienen ligeras (si bien no apabullantes, pero puede se acerquen) ventajas sobre sus contrapartes menos agraciadas. Esto se puede combatir con ingenio y agudeza, pero aunque suene horrible, todos preferiríamos vernos, de origen, lo mejor posible. La “desdicha” de la belleza a la que alude el dicho se debe más bien a que las personas muy bellas se acostumbran desde su infancia a merecer todo y a tratar con prepotencia a los demás, o a tomar ventajas de su condición, pero esto se arregla, una vez más, con sentido común. Creo que no necesito explicarlo.

La tecnología nos está volviendo idiotas.

Esta es otra favorita de los alarmistas modernos. La gente pierde la interacción con los demás -dejándola por… interacción con los demás. Deja de apreciar la naturaleza, la belleza de la vida, la vida en familia, los deportes, las artes. Siempre “pegados” a un aparatito. Antes era la TV, la cual fue llamada “la caja idiota” por los hipsters de la época. Ahora le tocó el turno a las computadoras y celulares, enmarcados por el internet. Tal vez, en realidad, todo esto nos está haciendo más inteligentes. Una vez que se aplique un primer filtro, el resultado evolutivo será gente más capaz en su desempeño neuronal.

La ociosidad es madre de todos los vicios.

Dudé un poco en incluir esta -y tal vez la deseche por una mejor en un futuro, si quiero mantener el decálogo-, pero la verdad es que el bendito ocio también ha sido generador de grandes obras artísticas e invenciones extraordinarias -a la par de la necesidad-, concediendo tiempo con el que la gente ocupada no puede contar. Estoy seguro que muchas personas son muy inventivas pero gracias a sus múltiples ocupaciones productivas y también muchas de ellas se encaminan a los vicios. Una vez más, la cosa no es generalizar.

Sólo se odia lo querido.

Una mentira muy extendida, creada generalmente por la gente “ardida” que trata de justificar el sentimiento convertido en odio, normalmente por un mal desempeño. El odio es una emoción muy natural humana -al que se puede renunciar intelectualmente, de lo cual me encargaré en otro artículo- cuyo origen no necesariamente es un amor previo. Cierto es que mucha gente vuelca en algo muy parecido al odio -o en odio mismo, las más extremas- sus reacciones hacia lo que no puede obtener. Pero hay muchas razones para odiar -la mayoría no justificables-, ya sea por aversión natural, lo opuesto a la química entre dos personas, o producto de la envidia ante logros ajenos, o resultado de una agresión constante también injustificada (bullying). No necesariamente se odia lo que una vez se amó.

Todo tiempo pasado fue mejor.

Una de las favoritas de todas las generaciones. Cada uno de los ciclos repite la misma historia. En mis tiempos, la música era mejor, el cine era mejor, la interacción social era mejor, la comida era mejor. Todo lo que pertenezca a tu propia época tiendes a ensalzarlo como las mejores muestras de logros humanos, artísticos, tecnológicos, sociales. Pero no siempre es verdad. Hay muchas tendencias actuales que han evolucionado y han mejorado con grandes invenciones. La comunicación humana es mejor. Las manifestaciones de arte han mejorado -y otras han empeorado, igual-. Lo cierto es que la expresión y el desempeño humano, en todos los ámbitos, tiende a pulirse, a mejorar, a aprender de sus errores. Habrá situaciones que nunca se resolverán, como el crimen, el ansia de poder y la autodestrucción. Pero lo bueno siempre existirá y seguirá produciéndose.

El dinero no compra la felicidad (o es la raíz de todos los males).

Constantemente repetida en canciones, cuentos, fábulas y telenovelas, la frase originalmente popularizada por la Biblia tiene un origen un poco menos idealista y más práctico: “el amor al dinero es la raíz de todos los males”. Y cómo no, la codicia aplastante puede destruir hogares, imperios, relaciones comerciales. No solamente el amor al dinero, sino el amor desmedido a cualquier cosa inocua. Y sí, el dinero sí puede comprar la felicidad, siempre y cuando se utilice sabiamente y se aplique el principio de “sana ambición, saludable codicia”, y las personas que te rodeen sean nobles de corazón, lo cual tampoco es razón suficiente para obligarles a vivir de pan y cebolla.

Sinceramente, siempre quise que fueran diez.


Julius Hernández

Web: http://juliushernandez.mx
Email: pnocosis@gmail.com
Facebook: https://www.facebook.com/JuliusHernandez.autor/
Twitter: @juliushg

Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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