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Todo cambió aquella Nochebuena

Hubiera deseado no escuchar la conversación de mis padres aquella Nochebuena, la situación económica ese año había sido precaria. Comentaba mi madre -¿ qué diremos a los niños cuando vean que no hay regalos bajo el árbol?-a  lo cual mi padre respondió-¡mujer el problema no son los regalos sino las cuentas por pagar !

Al termino de la conversación regresé  a mi cama abracé la almohada y lloré desconsoladamente, pensé que mi padre era un ser egoísta no había querido comprar los regalos, que le pasaba por qué arruinar la navidad de esta forma y, dentro de mi concluí que él era una mala persona y mi mamá era quien en verdad nos quería.

Determiné a partir de ese día que mi papá no merecía mi cariño si él quitaban los regalos yo quitaría mi atención y afecto. Sentía que estaba haciendo justicia a un acto injusto. No comenté con mis hermanos lo escuchado aquella noche, simplemente generé una promesa secreta.

Dicho juramento fue cumplido fervientemente, pues a a partir de ese momento, ignoré a mi padre, retiré cualquier muestra de afecto y lo sustituí por indiferencia.

Por supuesto él se percató del cambio tan drástico, preguntó que sucedía y mi respuestas fueron un conjunto de excusas insustanciales. Durante un tiempo trató de acercarse sin resultado. Mi madre percibió el alejamiento más no intervino. Ella estaba contenta con la nueva cercanía de mi parte y siempre ha creído que las cosas se solucionan con el tiempo.

Es curioso como los cambios se instauran sin percatarnos, dejamos pasar lo obvio, vemos normal lo anormal y la apatía fue el tenor de la relación con mi padre.

Una promesa tonta, una venganza infantil, una suposición errónea pueden restar momentos preciados a la vida.

Pasó el tiempo, mi infancia matizada con las prisas constantes, las responsabilidades diarias, envuelto en un torbellino de actividades, se unieron las preguntas de identidad e inseguridades propias de la adolescencia y de pronto cumplí 22 años. Mi padre trabajando y proveyendo lo necesario para la familia. Yo cegado a sus logros y seguridad brindada.

En la universidad conocí el primer amor, ella notó incongruencias las grietas en la relación con mi padre.

Fue ella quien formuló las preguntas que trajeron luz a la oscuridad.

¿Por qué ignoras a tu padre? ¿Te ha dañado en el pasado? ¿Qué sucedió pues lo miras con resentimiento?

Respondí relatando lo sucedido aquella NocheBuena con la misma mentalidad de un niño de 8 años. Al finalizar me miró perpleja y comentó– ¿has ignorado a tu padre tantos años porque no había dinero para comprar los regalos? Él ha sido el sustento de la familia, ha cuidado, alimentado, ha brindado un techo, paga tu educación, es un excelente padre, está presente.

La respuesta que dio a tu madre fue sensata los regalos son extras, primero es necesario tener comida, pagar renta y escuelas.-

Y continuó- hoy eres un hombre de 22 años y sigues llorando los regalos de esa Navidad. Mira los regalos que tu padre te ha brindado toda su vida. Agradece el respeto que tiene hacia tu madre, su constante trabajo para darles bienestar, confort y estudios. Son bendiciones, gracias a él hoy tu tienes mayores oportunidades para ser feliz. –

La venda cayó y vi el gran error cometido, las lagrimas rodaban cual arroyo, me arrodillé, la humildad invadió mi ser. Generé una nueva promesa – crear una relación inolvidable con mi padre- temía que fuera demasiado tarde, debía intentarlo.

Lo invité a cenar y con el corazón en la mano pedí perdón por el daño causado, expliqué porque había retirado erróneamente mi amor.

Mi padre, hombre serio, comenzó a llorar, durante años se había preguntado qué mal había hecho para recibir desprecio de uno de sus hijos.

Me permitió entrar en su corazón, un amor de padre puro sin rencores, y hoy mantenemos una relación inmemorable.

Te invito a revisar las promesas que restan a tu vida, sustitúyelas por promesas de unión, comprensión, empatía y agradecimiento.

¡Bendiciones hoy y siempre!


Psicoterapeuta Blanca Almeida

Terapias familiares, individuales, pareja

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