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Wolfweinstein, Spacey City y otros lugares tenebrosos

El tsunami que arrasa la industria de Hollywood en estos momentos, cuya propagación, trayecto y ruptura somos incapaces de medir adecuadamente, es sin duda un hecho histórico que conmociona a la sociedad occidental y se constituye como un parteaguas en el pensamiento popular. Estamos viviendo un momento social clave, aunque no podamos identificarlo como tal.

El movimiento comenzó mucho tiempo despúes del inicio de las actividades que provocaron su surgimiento. Desde que la humanidad tiene uso de razón, los personajes poderosos han utilizado su poder, relativo y general, para proporcionarse placer a sus anchas sin que los plebeyos que les rodean pudiesen mover un dedo para denunciarles.

En Hollywood, el comportamiento de los reyes locales es perfectamente comprensible, aunque no justificable, por el solo hecho de que existen, a la par, miríadas de seres menores y desconocidos que hacen sus pininos en el mundillo artístico y que anhelan la fama y el estrellato. No pocas son las historias de las starlets (o aspirantes a starlets), que harían cualquier cosa, sí, cualquier cosa, con tal de tener una oportunidad de que su nombre y figura titilen con brillantez en el firmamento del espectáculo.

El problema comienza cuando los tiempos cambian, y con ello la óptica social. Lo que antes se veía como una situación común y corriente, ante la que había que callar bajo pena de ser desterrado para siempre del Olimpo, ahora es un comportamiento denunciable, sujeto a penalización legal y social.

Juzgar al rey H. Weinstein por sus abusos con las actrices que han levantado la voz, no es el objetivo de este artículo. Pero habría que preguntarse algo muy justo: ¿cuántas -y cuales- de todas estas actrices (que obviamente son más que las contabilizadas) llegaron con la firme idea de hacer “cualquier cosa”, inclusive darle placer sexual a un cerdo con poder? ¿Cuántas de ellas (y de ellos, porque debe haber también muchos ellos) realmente salieron de dichos encuentros oscuros en el ambulante Castillo de Wolfweinstein con la firme convicción de que esta práctica no sólo NO era un “abuso” del rey, sino una estrategia -de las ahora víctimas- que les permitía obtener oportunidades que de otra forma no podrían haber conseguido? Sí, estoy seguro que el “cerdo Harvey” forzó a muchas de ellas a situaciones en las que no tuvieron otra opción que dejarse someter. Eso es, sin discusión, una actitud reprobable.

Pero tomemos en cuenta que no podemos tener la certeza de los valores éticos y morales de cada individuo: el sexo es moneda corriente en el mundo del espectáculo. Sin juzgar la moralidad del asunto, ya que de juzgar, caeríamos en la insensatez de la cacería de brujas, tan emocionante en la dinámica de las redes sociales. Sin intentar despojar la “cerdez” de Weinstein, quien más que un tipo “enfermo” ha sido un “enfermo de poder”, como lo fue Nerón, Calígula, Helogábalo, Hitler, Durazo, Salinas de Gortari y tantos personajes que han pasado por los tronos de la historia universal. Así que, el hecho de reconocer que muchas de ellas, tal vez no contentas con el resultado de su “estrategia”, ahora se suman a la voz denunciante que se transforma en ejecutora. Maldito cerdo, no me diste lo que quería, ahora contribuyo a tu hundimiento total. Bastante justo (fair enough).

El Castillo de Wolfweinstein, que ahora se encuentra en ruinas y lleno de telarañas, es circundado por los condados de Rattnertown, Tobacktown, CK Town y varios pueblillos como Hoffmanville, Seagalville, Travoltownie y muchos más, de cuyos nombres no quiero acordarme: se me escapan por sus pequeñas extensiones y bajo impacto mediático. Hasta el momento. De última hora: parece que la Takei Space Station también ha resultado afectada por el tsunami.

Esa misma ruta, pasando por la tierra que alguna vez fue el floreciente Polanski State, muy cerca de Allentown, nos lleva a Spacey City, la maravillosa ciudad no tan moderna pero sí modernista, cuyo portavoz y responsable de su brinco a la fama es el actor Anthony Rapp (actualmente en el reparto de Star Trek: Discovery), quien a los 14 años hacía sus pininos en el medio y estaba tan vulnerable y deseoso que Kevin Spacey aprovechó para hacerle proposiciones indecorosas y -tal vez- conseguir su objetivo. De ahí la reciente sharknami ha llevado a la ruina la carrera del que una vez fue un celebrado actor, quien dio vida los memorables personajes en The Usual Suspects y Se7en, sin dejar de mencionar al icónico Frank Underwood de la (ahora) malograda serie House of Cards.

Spacey City se ha convertido en un pueblo fantasma que ni siquiera tiene atractivo turístico. Sus glorias pasadas quedan grabadas para la posteridad en soporte digital. Así como Jacksonville y su parque temático Neverland (al cual sólo falta que se pretenda juzgar y condenar a posteriori), igual que al glamoroso pueblo de Mooretown, que saltó a la fama hace unos años por un video de su fundación en 1982.

Éste último es un caso aparte. Llega un momento en que la línea entre el abuso sexual y el juego inocente picaresco se hace muy borrosa, y resulta tan amoral el condenarlo sin haber estado ahí, como la apariencia del acto mismo. Muchos vemos en el video de Demi Moore y Philip Tanzini un hermoso momento en que una chica de 19 años le obsequia un primer beso francés a un chiquillo quinceañero que seguramente el día de hoy, a sus 50 años, no anda por ahí violando ancianas indefensas. A muchos, afectados por el calentamiento global que se propaga por el internet, les hierve la sangre y gritan “pedófila” a una chica de hace 35 años, quien en ese tiempo ni siquiera había cumplido la mayoría de edad.

Indignarse por cualquier suceso sin el contexto adecuado, y pretender lapidar a sus protagonistas por el placer de ser héroes sociales, comienza a dejar de ser un acto de justicia y se convierte en la amenaza de transformar a la sociedad en un estado de barbarie e intolerancia. Igual que en Salem.

Del tenebroso castillo de Wolfweinstein y la libertina urbe de Spacey City, a la pacífica y ensoñadora Mooretown hay una gran diferencia. Pero también dicen que juzgar a los hombres y no a las mujeres, es sexista. La verdad, es que en plena efervescencia millenial, ponerse a atacar o defender tal o cual postura son puras discusiones bizantinas.

ADVERTENCIA: En este boletín histórico no se pretende justificar a los abusadores. Pero la historia tiene un particular modo de acomodar las piezas de manera que los héroes y villanos quedan indeleblemente establecidos en sus páginas. Lo complicado reside a la hora de intentar separar al artista, como persona, de su obra; y más aún, de las verdaderas motivaciones de los supuestos criminales y sus supuestas víctimas. Mejor dejemos que la ley, como debe ser y con sus propios métodos, imparta la ciega justicia que sea apropiada. Que no necesita tantos fiscales.

Ahora que, lo verdaderamente grandioso y espectacular, va a ser cuando estalle la burbuja del calentamiento global y el que caiga sea el Planet Trump. Pero dudo que eso ocurra, por lo menos en el futuro inmediato.

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Tampoco me gustan los domingos en la noche (con conciertos de country en Las Vegas)

Stephen Paddock no estaba loco. No, no perdió la cabeza, ni siguió las instrucciones de la voz en su mente que le decía que se asomara con unas armas desde su habitación en el hotel Mandalay Bay en Las Vegas para disparar aleatoriamente a la cantidad de asistentes congregados en el concierto de country Route 91 Harvest que se celebraba en un predio a 400 metros, el pasado domingo 1 de octubre.

El pobre solamente fue víctima de la tremenda presión ejercida por una sociedad tan traumatizante (y traumatizada) que no le dio alternativa para combatir el aburrimiento de poseer tanto dinero, jugar y disfrutar sin límites en la ciudad donde todo queda ahí y vivir en un país en el que te venden más fácilmente un arsenal de armas de diversos calibres que una caja de antibióticos sin receta.

Por supuesto, porque ellos están autorizados a impedir que te mates tú solo al automedicarte irresponsablemente, pero nadie puede violentar tu derecho a pensar libremente, aunque tus pensamientos sean tan violentos que dejarían sin argumentos originales al mismo Tarantino. Nadie tiene derecho a cuestionar lo que quieras hacer, a menos que tengan la más ligera sospecha que vas a atentar contra el POTUS o que vas a cometer un acto terrorista.

El derecho a poseer y portar armas en los Estados Unidos está garantizado por la Segunda Enmienda, dando así a los ciudadanos la tranquilidad de estar protegidos en cualquier momento y lugar. Simbólicamente, porque aunque alguno de los asistentes al concierto hubiese traído un arma consigo, no habría tenido más oportunidades de salvarse que los que simplemente salieron huyendo y por pura suerte no recibieron ningún impacto.

Pero volvamos a Paddock. Estaba aburrido, fastidiado. Seguramente no estaba afiliado a ningún partido político ni tenía lazos aparentes con alguna organización religiosa extremista. Él sólo (y solo) buscaba hacer algo de verdad emocionante en su vida. Algo que le hiciera sentir que su existencia tenía algún significado. Con seguridad desde joven había experimentado esa sensación de intrascendencia, como le ocurría a Mark David Chapman, hasta que tuvo la brillante y genial idea de provocar un caos. Siendo un contador jubilado, una carrera en la que difícilmente te vuelves famoso, no quería llegar al final de sus días para ser enterrado y finalmente olvidado. Por algo importante su nombre debería quedar en la Wikipedia y en los archivos oficiales para la eternidad. O lo que estos durasen.

El motivo debería ser algo sublime. Nada de escribir libros, crear organizaciones de ayuda social, volcarse a la filantropía. Qué aburrido. Una matanza en un concierto de country era la mejor opción. Lo planificó con cuidado. Inexplicablemente fue capaz de introducir todo el arsenal que había adquirido a la habitación del Mandalay (esto sólo es sencillo en los odiados videojuegos como Grand Theft Auto, donde puedes portar mágicamente toneladas de armas sin que se te note), y eligió el número de Jason Aldean en el concierto para iniciar su masacre.

¿Cual había sido el récord previo? Cuarenta y nueve almas despachadas al cielo, o tal vez al infierno, en el club gay Pulse de Orlando, Florida, un año atrás. Bien, aquí había muchos más mortales congregados en una exhibición de música despreciable. Con sus armas modificadas, él podría fácilmente batir esa marca. Tal vez no se enteró de la cifra oficial (cincuenta y ocho muertos y alrededor de 500 heridos), aunque su corazón le decía que había cumplido su cometido. Que era más grande que Mateen, que Lanza, que los chiquillos Harris y Klebold con sus ridículos 13 muertos en Columbine. Aún así, no debería estar satisfecho, porque cualquier otro desquiciado (este sí lo sería) llegaría pronto y fácilmente lo superaría. Pero no en su vida, que estaba ya por terminar, y lo sabía. Finalmente, su posición es detectada y las fuerzas del orden irrumpen en su habitación. Se arregla fácil con un suicidio: nadie lo exhibiría saliendo esposado. Su grandeza sería palpable, pasando de facto al panteón de los grandes y odiados enemigos públicos.

Sintonizándonos ahora en la realidad, queridos lectores, donde ustedes y yo seguramente pertenecemos, ¿dudan, en alguna medida, que esta es la manera en que funcionan las mentes de estas raras avis de la sociedad, y en especial de la norteamericana? A lo mejor es inexacto científicamente hablando pero, nos da la impresión que la “raza americana”, encabezada por el único y espectacular Donald J. Trump, porta una especie de “gen de locura”, que conduce a sus individuos a desarrollar pensamientos supremacistas, megalómanos y violentos. El cerebro fácilmente produce alguna enzima que bloquea los patrones inhibidores del comportamiento y genera el Desorden de Personalidad Antisocial (ASPD), despojando al individuo de todo sentimiento de remordimiento y empatía. Neurológicamente es factible, lo sospechoso es que en nuestro vecino país del norte aparezca con más frecuencia. Locura de raza, podríamos decir, aunque la reflexión tenga connotaciones racistas, porque tampoco podríamos considerar a los ciudadanos estadounidenses como una raza o especie aparte.

El objetivo de esta recapitulación ficticia no es buscar una explicación, tal y como lo respondió Brenda Ann Spencer y que traté en el artículo que le dediqué aquí mismo a principios de este año 2017, Paddock podría haber afirmado simplemente “No me gustan los domingos en la noche, (con conciertos de country en las Vegas)”. Tampoco lo es el de buscar una solución, porque desafortunadamente esto sigue estando en manos de nuestros amigos los científicos hasta que encuentren una manera de reparar los cerebros dañados. Mi finalidad es acompañarles a reflexionar, que es lo único que podemos hacer ante estas lamentables situaciones.

Alguien me dijo una vez que en Japón la mayoría de los crímenes son pasionales, en México (y países latinos) ocurren mayormente por hambre, mientras que en Estados Unidos su principal motivo es la locura, sin importar el razonamiento que se elija para perpetrar los atentados. Y nunca he dejado de encontrarle cierta veracidad a ese axioma. Porque nosotros, los entes normales, cuando nos aburrimos los domingos en la noche, nuestra mejor opción es ver una película en cine o en casa. Y los que más dinero tienen, viajan a un concierto a ponerse hasta las chanclas.


Julius Hernández

Web: http://juliushernandez.mx
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Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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La utopía que viene

No hay mucho más ni nada novedoso que decir al respecto. En la semana que ha transcurrido, correspondiente a las Fiestas Patrias de México que ya también sufrían deterioro por el terremoto, estas resultarían aún más eclipsadas por el seguimiento mediático del caso de Mara Fernanda Castilla, la joven veracruzana que fue violada y asesinada por un chofer de Cabify en Puebla. Y como no hay mucho qué informar aparte de la infinidad de noticias que ya inundan la red, creo que está de más declarar que el repetir la información no es el objetivo de este artículo.

Pero sí lo es el tratar de ordenar un poco las ideas al respecto, para llegar a mi punto de la utopía. El asesinato de Mara cometido -presuntamente, hasta el momento- por un chofer de una empresa de transportación privada, se ramifica por varias vertientes alarmantes.

Una de ellas es el asunto de la empresa de origen español que no cuenta, por lo menos en México, con los filtros adecuados para detectar si en sus filas de conductores se cuela algún psicópata oportunista, ladrón oportunista o, en el caso actual, un criminal sexual oportunista.

De acuerdo a la más lógica reconstrucción de los hechos -en el caso de que todos los datos sean veraces- el delincuente en ciernes llevó a la chica a su casa desde un bar en la madrugada, y ella, en estado de ebriedad, se había quedado dormida, por lo que el conductor le tomó algunas fotos (tal vez ya sin ropa), a juzgar por los flashazos que reportaron las imágenes de las cámaras de seguridad. Al ver que no despertaba, vaya usted a saber si le suministró alguna droga que terminó de rematarla, decidió alegremente mejor aventarse la hazaña completa y llevarla a un motel, donde la violó ya sin una gota de escrúpulos y al final, tal vez por temor repentino, tomó la decisión de estrangularla para evitar las acusaciones directas. Y como no estamos hablando de un genio criminal digno de la mente de Doyle o Christie, subestimó la inteligencia de los posibles investigadores y supuso, inocentemente, que tirarla en un barranco a varios kilómetros sería suficiente para que jamás fuese encontrada. “¿Quién demonios encontraría el cadáver en un barranco?”.

Ah, y en su negligencia criminal olvidó que existen cámaras de seguridad, GPS y diversas tecnologías que podrían delatarle, por lo que se le hizo muy fácil alegar que la había entregado sana y salva en su casa. Ni el más estúpido de los Minions sugeriría una coartada tan débil como esa.

Hasta el momento, el gobierno de la ciudad de Puebla ha retirado el registro a Cabify para operar en el estado. Y no sabemos qué consecuencias traerá esto al futuro de la empresa de transporte privado, e incluso al también polémico Uber, ya que este caso aislado parece demostrar que estas empresas no ofrecen realmente la seguridad que prometen. Pero que, al final de cuentas, no es peor que la inseguridad de utilizar los taxis tradicionales en ciudades inseguras y pululantes de delincuentes y agresores sexuales.

Por otro lado, existe la vertiente de la imagen de la inseguridad en México. La cual, así como un conductor criminal de Cabify ha echado a perder la reputación de una empresa del nuevo milenio, ha mermado la reputación de un país que en lugar de ser un atractivo turístico mundial debido a su riqueza cultural y hermosos parajes naturales, se plasma en la opinión mundial como uno de los más inseguros del mundo. En el 2011, debido a una ola de violencia en el estado de Veracruz, la gente creía que apenas pisaran tierra jarocha comenzarían a recibir disparos. Ahora esta fama se enquista en la imagen de toda una nación para el resto del planeta. Y ayudada (metafóricamente hablando) por la negligencia y falta de interés del gobierno para investigar, procesar y finiquitar adecuadamente los casos criminales, el turismo en nuestro país ha sido mermado de una forma nunca antes vista. En México matan, y lo peor, les gusta matar mujeres.

Eso nos lleva a la otra vertiente, la de la opinión pública. La gran reacción en masa es, obviamente, un termómetro de los problemas nacionales. En este caso, el que miles de mujeres salgan a protestar es un hecho que aplaudo, pero que lamentablemente es más dirigido a los funcionarios de Estado que a los propios criminales. El “Todos somos Mara” y el “Ni una menos” son gritos de batalla que significan que las mujeres ya están cansadas de la inseguridad, del machismo, de la violencia, de las agresiones, de la discriminación y de ser culpadas, por ser mujeres, de las agresiones de los perversos varones.

Por desfortuna, ni Cabify, ni México, ni su gobierno, ni los perversos varones tienen la culpa total de estas desastrosas situaciones. Si se me permite la opinión, creo que el problema radica en algo más profundo: una combinación de muchos factores, entre ellos, los principales, una profunda deficiencia cultural y educativa y la evidente disparidad en la economía social. Me atrevo a opinar, en realidad sin datos ni estudios certificados en la mano, que la mayoría de los problemas de violencia en México -como en muchos países similares- se debe a un error de coherencia en la mentalidad del mexicano promedio, que se intensifica con la educación básica: hasta ahora, que ya el problema ha sido detectado, se está promoviendo, muy lentamente, la metamorfosis de los valores culturales. Esto, aunado a la pobreza consecuente de una corrupción sin límites, crea un círculo vicioso de criminalidad y un caldo de cultivo para sus representantes.

A nadie le sirve, realmente, una escuela en donde el civismo es adorar símbolos patrios en lugar de enseñarles la igualdad de derechos y valores humanos de hombres y mujeres, de la diversidad de géneros, de pieles y credos. Y se promueve lentamente porque la promoción de la aceptación de la diversidad aún encuentra barreras y oposición en las mismas familias tradicionales, cuando los padres protestan porque a sus hijos les enseñan que los hombres pueden hacer “cosas de mujeres” o que el ser homosexual o las diversas expresiones sexuales son algo normal.

Los “valores tradicionales” aún son cadenas que frenan el progreso cultural y que costará mucho trabajo deshacerlos: no hay más que ver las expresiones públicas de los despistados que afirman que “sin pene no hay violación” o como el reciente locutor de Juego de Troles que afirmó que la muerte de Mara es, por lo menos, la mitad de responsabilidad de ella. O el rector de la Universidad Madero, quien más o menos afirmó públicamente que por liberales, las chicas se exponen a los peligros…

…quienes tal vez tienen un punto, pero se olvidan que el {1 + 1 igual a 2} funciona a la perfección en aritmética básica, pero en la vida real se necesitaría un sistema tan sofisticado (y hasta el momento, ficticio) como la “psicohistoria” creada por Hari Seldon (de la saga de la Fundación creada por Isaac Asimov), la cual consiste en una serie de ecuaciones que permiten predecir el futuro en términos probabilísticos. En este caso, sólo matemáticas tan complejas como las de la psicohistoria podrían determinar las vastas interrelaciones de causa-efecto que permitirían distribuir correctamente las responsabilidades en los conflictos sociales.

Aún existe una irresistible tentación de no aceptar lo que ya es una tendencia mundial. Pero se necesita mucho tiempo y esfuerzo, errores, tropiezos y correcciones de la sociedad humana para lograr lo que todos anhelamos: la utopía.

El universo de la visionaria franquicia de Star Trek (iniciado a principios de los años sesenta) muestra un futuro utópico en el que la pobreza y disparidad social, los prejuicios, la discriminación racial y religiosa, la corrupción, el crimen organizado y los desórdenes mentales sociopáticos han sido exitosamente erradicados, y gracias a la avanzada tecnología imaginada, los casos aislados son eficientemente identificados y corregidos. Las series de televisión de la saga han ido incorporando elementos de evolución cultural a medida que los shows han ido apareciendo a lo largo de cinco décadas. No hay hacer mucha aritmética para intuir la acertada visión de su creador y showrunners, pero tal vez esto nos demuestra que el problema que nos aqueja actualmente no solamente existe en México: la mayor parte del planeta sufre de estos desatinos humanos. Y hay que revisar la historia para darse cuenta de que, desde los sacrificios humanos, pasando por torturas religiosas, esclavitud, crímenes supremacistas, genocidios, hasta llegar a los crímenes de machismo y odio a la diversidad, en efecto: vamos avanzando hacia la utopía, o lo más cercano a ese concepto que se pueda.

Tal vez no vivamos para verlo, mientras tanto, dejemos de pensar que no sirve para nada protestar. Probablemente no sirva en el momento, pero definitivamente debemos entender que nuestras acciones y movimientos actuales son, en la historia que se leerá en el futuro, un escalón más para llegar a ese anhelado estatus de la humanidad.


Julius Hernández

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Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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Danza con Simios

El reciente “escándalo” (ya que no se le puede llamar de otra forma sino con comillas) de las declaraciones de Aleks Syntek contra el tristemente célebre reggatón es un claro termómetro de la nefasta situación de la actual industria musical.

Enfrentémoslo. Estamos en un mundo en el que el rock está en coma perpetuo, sostenido solamente por una pléyade de fans que poco a poco se van debilitando, con mucha fuerza (aún) en Europa y adorado por “ghettos” musicales, pero que sufre de falta de interés por la gran masa de público hispano y latino, en todo el continente americano. En su lugar, la raza, esa que compra discos y repleta conciertos, prefiere un género que comenzó siendo un subgénero que comenzó pareciéndonos muy carismático, cuando jamás nos imaginamos a lo que iba a llegar (el antecedente más lejano que recuerdo es “Te ves buena” de El General). En su momento ni siquiera le llamábamos reaggetón. Nos parecía una combinación de rap, hip-hop y reggae, un experimento muy gracioso que para nosotros los -más o menos conocedores- de la música fue perdiendo el interés, pensando inocentemente que no pasaría de unos cuantos refritos y moriría.

En lugar de eso, fue cobrando fuerza a través de dos décadas y media, durante las cuales no puedo recordar cuándo escuché por primera vez referirse a eso como “reggaetón”, pero la palabra en sí me parecía un chiste. ¿Reggae? ¡No, reggaetón! No necesitabas conocer las raíces o ser fan del reggae para disfrutar del reggaetón.

Pero una vez que fue diseccionado y fueron pasando estrellas fugaces y otras estáticas a través de su existencia, pudimos descubrir que lo único que se necesitaba, musicalmente hablando, para que una canción se presentara como reggaetón era basarse en un sencillo ritmo, oscilando hacia arriba y abajo de los mismos BPM, ritmo que reza… Tún, tún-tún, tún–Tún, y eso era todo. Poco importaba que hablaran de gatos voladores, de chicas que quieren chorizo, de gasolinas o de mujeres que conocieron en un taxi. Poco importaba que el mensaje a trasmitir consistiera sólo de lo bien que iban a perrear, que chuleara divina y misóginamente a las mujeres diciéndoles mamita y nena muévelo y acércate a mi pantalón dale vamo a pegarnos como animales y te voy a atravesar con mi espada. El único requerimiento verdadero y universal es el Tún, tún-tún, tún–Tún.

De ahí evolucionaría, al darse cuenta algunos novatos y estrellas ya consolidadas de que “si no puedes vencerlo, únete” era la máxima válida aquí, comenzaron a integrar el Tún, tún-tún, tún–Tún a sus éxitos y colaboraciones, situación en la que han caído desde los más desconocidos hasta los grandes consagrados. La única manera de integrarlo sin perder su propio glamour era suavizando la misoginia implícita y la carga erótico-vulgar del género, con letras un poco más pensadas, sensuales y menos toscas, y nunca con complicaciones intelectuales (con una sola excepción y mención honorífica: Calle 13).

Y de pronto, al gran Aleks Syntek, músico bien preparado y conocedor de la historia musical pop y otros géneros, buen arreglista, compositor y carismático intérprete, se le ocurre decir (tal vez bromeando, y con toda intención y entendimiento de la tormenta que causaría) que el reggaetón le tiene hasta la madre, que no se explica por qué tantos colegas le entran (pregunta casi retórica) y, entre otras cosas, que el reggaetón viene de los simios.

Obviamente, muchísimas personas, yo incluído, aplaudimos las declaraciones de Aleks Syntek y sobre todo su valor al declarar que aunque el reggaetón fuese lo último que quedara disponible, él no le entraría al toro. No sabemos si realmente lo haría; lo cierto es que, como es tan usual y tan de moda en estos tiempos, la “comunidad reggaetonera” se le fue encima, al grado de que (mal por Aleks) tuvo que disculparse por haber dicho lo que dijo.

Vamos, no se trata de defender los insultos, pero ¿en qué clase de tiempos estamos viviendo en los cuales alguien muy versado en música ofende a un género decadente desde su concepción y después debe disculparse por decir la verdad? Si Aleks ofendió a los engendros de Alex y Fido, al barriobajoso C-Kan, al alcohólico y drogadicto (y a todas luces analfabeta) Nicky Jam, al estúpido Yankee y a los caritas misóginos de Balvin y Maluma ¿por qué debe pedir disculpas públicamente y satisfacer a una gran masa de simios a quien no le preocupa en lo más mínimo la calidad musical? El que todos esos dizque cantantes hayan protestado y exigido la retractación resulta exactamente la misma ofensa para nosotros, si no mayor, que la que Aleks hizo a ellos. Estos intérpretes tienen el cerebro lleno de estiércol y sus seguidores y admiradores son la lacra de la sociedad.

Ya. Está hecho. Insulté y ofendí a toda esa comunidad reggaetonera. ¿Y qué ocurrió? Nada. Ninguna turba enardecida vendrá a buscarme con antorchas para llevarme a la pira purificadora de la retractación pública. Ni ocurrirá de aquí a la eternidad. ¿Por qué?

La respuesta es sencilla: Aleks Syntek es una figura pública, y la gran cantidad de seguidores del reggaetón componen una masa enorme y hambrienta de justicia y venganza. Anhelan la lapidación mediática por una tontería, por una broma, por un momento de extravagancia y, sobre todo, de honestidad.

Porque estamos en los desagradables tiempos en que la corrección política es la ley y las redes sociales son jueces y verdugos.

Por la misma razón que una vez fueron lapidados Platanito por repetir un chiste de humor negro (el de Kentucky Fried Children) en un momento sensible, a Nicolás Alvarado por decir la verdad de su actitud hacia Juan Gabriel (que estaba en todo su derecho), Tiziano Ferro por llamar bigotonas a las mexicanas (a quien les vienen guangos sus detractores en México), a Ludwika Paleta por repetir el chiste de la sopa de coditos en un inofensivo tuit, a Michael Richards por su rant humorístico contra los negros en un show de stand-up (“a ese idiota ya nadie le da chamba y ahora quiere hacerse el gracioso ofendiendo a un brother”).

Porque dicen lo que sólo podemos decir las no-celebridades en nuestros blogs personales y sitios de opinión, en foros de discusión, en charlas de café y en bromas de fiesta. Nada ocurre si yo apoyo a Aleks Syntek y reitero que EL REGGAETÓN VIENE DE SIMIOS, sí, porque eso es la neta, pero a la gente no le importa si uno dice la neta. Le importa que lo digan los famosos. Hagan un experimento. Tengan ustedes la edad que tengan, afirmen frente a un chico o chica amante del reggaetón que su música es simiesca, inculta y degradante. Mientras menos edad tengan, lo más que podrá pasar es que recibirán un “chinga tu madre” fácilmente perdonable, a menos que vivan en un barrio sin ley. Fuera de esos sitios, a nadie le importa la opinión insultante de un hijo de vecina, sea del estrato social que sea (la vecina).

Y créanme, no odio realmente el reggaetón. Que lo desprecie como expresión musical tampoco significa que no reconozca que SÍ ES MÚSICA, aunque muy primitiva, fácil de hacer, fácil de cantar, fácil de componer, repetitiva y nada imaginativa. Eso tampoco me impide reconocer que de repente me sorprendo a mí mismo canturreando los 4 felices de Maluma, el reggaetón necesitoso de Balvin, los mashups de género de Gloria Trevi, Ricky Martin y similares y, ¡cómo no! el archifamoso little slow de Fonsi y Yankee. Y si hay que bailarlo en algún momento que haya que bailarlo, no tengo problema, le entro, aunque siempre he sido menos bailarín que cualquier simio de la alta sociedad.

De pilón, les regalo esta joyita, quien muestra todo su linaje de cobre cuando le preguntan por la notita musical tatuada en su cabeza:


Julius Hernández

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10 frases de sabiduría popular, desafiadas

Siempre hemos pensado que si alguien más lo dice, es verdad. Y generalmente, repetimos como loros. Hablo en primera persona del plural simplemente como figura retórica, ya que desde hace mucho tiempo me dio por cuestionar las verdades populares y meterlas bajo la lupa, luego al microscopio y posteriormente al nanomicroscopio.

En verdad, no sé hasta qué nivel de diminutez podré llegar, pero es lo de menos. Lo importante es que a lo largo de esta nanoempresa he recopilado algunas frases que han pasado por mi cruel rasero y finalmente logré juntar estas diez que tengo como bastante significativas.

Son de esas frases, esos dichos, esas “joyas de sabiduría” que todo mundo da por buenas sólo porque -precisamente- parecen muy sabias, pero pueden ser desafiadas con un poco de pensamiento no convencional. Con solo pronunciarlas, la mayoría de la gente se siente: 1) Más lista, 2) Más sabia, 3) Más juiciosa, 4) Más fuerte, 5) Engrandecida, 6) Consolada y, tal vez la más importante, sienten que con el hecho de usarlas ya están zanjando cualquier discusión o polémica a su favor.

Pero, en verdad, pueden ser cuestionadas, y en muchas ocasiones, derrumbadas. Examinémoslas.

Lo importante no es ganar sino competir.

Cada vez que alguien necesita consuelo por haber quedado en segundo lugar, o peor, cuarto o séptimo o incluso el último, alguien echa mano de esta frase tan conformista. Es decir, jugaste para ganar, para llevarte la victoria, para demostrar que eres el mejor. Una vez que no obtuviste el tan deseado y anhelado primer lugar, parece muy justo decir que lo importante era el juego, la carrera, la emoción de competir, que lo mejor era el proceso y no el objetivo. Señores, si lo que quieren es consuelo, creo que es mejor decir: “No obtuve lo que quería. No siempre se puede ganar, pero esto debe enseñarme a esforzarme más para convertirme en el mejor”. Y sí, es mejor y más sano estar triste, en lugar de feliz, por no haber ganado.

Nadie madura en cabeza ajena.

Si bien esto ocurre bastante a menudo, vivimos en una cultura que nos ha enseñado que esta es una verdad inalterable. Ocurre generalmente cuando vemos que alguien no hace caso de los consejos y cae inevitablemente en un error que nosotros, por contar con más experiencia, veíamos venir. Tal vez a nosotros nos haya pasado alguna vez. Lo cierto es que sí se puede madurar en cabeza ajena: es muy probable también que algunos de nosotros hayamos aprendido de algún error en el que hemos visto caer a algún conocido o familiar. Y esto es, aparentemente, privativo de algunas personas, a quienes la lotería genética les ha favorecido con un mejor dominio del sentido común. Pero de que se puede, se puede. Hagan memoria y verán que encuentran su caso particular.

Los animales son más inteligentes que los humanos.

Esta frase, con muchas variantes, se repite hasta la saciedad en comentarios de las redes sociales y generalmente es enunciada por los “animalovers” o “animalistas”, cada vez que presencian un acto de crueldad hacia los animales (las bestias en realidad son estos…), cuando ven algún video que sugiere que algún animalito está echando mano de su instinto maternal o de conservación, o cuando algún ser humano hace precisamente lo contrario. La realidad es que ningún animal es más inteligente que un ser humano, en las debidas proporciones. Manteniendo estas distancias, es muy posible que un simio (o delfín, o perro) muy listo sea proporcionalmente más listo que un ser humano muy estúpido, pero esta circunstancia no justifica la generalización. Y tampoco podemos obligar a la gente que constantemente use una tabla de equivalencias y relaciones IQ-comportamiento por especie. Así que, seguiremos escuchando que nosotros los humanos somos lo peor… de una creación antropomórfica, qué ironía.

Ladran Sancho, porque cabalgamos.

Esta fue tomada de una cita apócrifa de una novela clásica de la literatura castellana, y mucha gente la hace suya, especialmente en tiempos y situaciones de competitividad electoral. Dejando de lado el hecho de que Don Quijote nunca pronunció realmente la célebre frase (¡porque nunca la dijo!), se supone que funciona como un blindaje ante las críticas: es muy fácil pensar que si la gente está constantemente señalando lo que no haces bien, o que estás en un error, o que vas por el camino equivocado, o que te has adherido a la facción equivocada, es la demostración de la metáfora que deja a los demás, quizá algunos de ellos más sabios que tú, mal parados como necios perros que hacen su escándalo sólo porque tú vas dirigiéndote muy orondo en el camino de la razón y de la verdad absoluta. Dudo mucho que esto, en todos los casos, sea cierto. La verdad es que muchas veces hay que saber escuchar las críticas y saber filtrarlas con base en la personalidad y la probable intención de los “ladradores”.

Mal de muchos, consuelo de tontos.

Generalmente nos sentimos bien cuando una desgracia, o simplemente un sentimiento de pérdida o desazón por algún inconveniente en la vida, no solamente nos pasa a nosotros, sino que todo un colectivo sufre la misma situación. Esto no es un “consuelo de tontos”. Es un sentimiento muy humano y tiene sus raíces en una reacción muy natural: intenta acostarte en una cama con un clavo en ristre, en posición vertical, práctica nada agradable. Ahora hazlo en una cama con miles de clavos, alineaditos (ya sabes, como las de los fakires). ¿Ves la diferencia? El daño se minimiza al ser compartido por miles de células receptoras del dolor. El principio psicofisiológico es el mismo.

La dicha de la fea, la hermosa la desea.

No necesitamos mucha imaginación para saber quién inventó esta máxima, que desde siempre usaban las abuelas para consolar a sus descendientes menos afortunadas. En la vida real, práctica, las personas con mejores atributos físicos tienen ligeras (si bien no apabullantes, pero puede se acerquen) ventajas sobre sus contrapartes menos agraciadas. Esto se puede combatir con ingenio y agudeza, pero aunque suene horrible, todos preferiríamos vernos, de origen, lo mejor posible. La “desdicha” de la belleza a la que alude el dicho se debe más bien a que las personas muy bellas se acostumbran desde su infancia a merecer todo y a tratar con prepotencia a los demás, o a tomar ventajas de su condición, pero esto se arregla, una vez más, con sentido común. Creo que no necesito explicarlo.

La tecnología nos está volviendo idiotas.

Esta es otra favorita de los alarmistas modernos. La gente pierde la interacción con los demás -dejándola por… interacción con los demás. Deja de apreciar la naturaleza, la belleza de la vida, la vida en familia, los deportes, las artes. Siempre “pegados” a un aparatito. Antes era la TV, la cual fue llamada “la caja idiota” por los hipsters de la época. Ahora le tocó el turno a las computadoras y celulares, enmarcados por el internet. Tal vez, en realidad, todo esto nos está haciendo más inteligentes. Una vez que se aplique un primer filtro, el resultado evolutivo será gente más capaz en su desempeño neuronal.

La ociosidad es madre de todos los vicios.

Dudé un poco en incluir esta -y tal vez la deseche por una mejor en un futuro, si quiero mantener el decálogo-, pero la verdad es que el bendito ocio también ha sido generador de grandes obras artísticas e invenciones extraordinarias -a la par de la necesidad-, concediendo tiempo con el que la gente ocupada no puede contar. Estoy seguro que muchas personas son muy inventivas pero gracias a sus múltiples ocupaciones productivas y también muchas de ellas se encaminan a los vicios. Una vez más, la cosa no es generalizar.

Sólo se odia lo querido.

Una mentira muy extendida, creada generalmente por la gente “ardida” que trata de justificar el sentimiento convertido en odio, normalmente por un mal desempeño. El odio es una emoción muy natural humana -al que se puede renunciar intelectualmente, de lo cual me encargaré en otro artículo- cuyo origen no necesariamente es un amor previo. Cierto es que mucha gente vuelca en algo muy parecido al odio -o en odio mismo, las más extremas- sus reacciones hacia lo que no puede obtener. Pero hay muchas razones para odiar -la mayoría no justificables-, ya sea por aversión natural, lo opuesto a la química entre dos personas, o producto de la envidia ante logros ajenos, o resultado de una agresión constante también injustificada (bullying). No necesariamente se odia lo que una vez se amó.

Todo tiempo pasado fue mejor.

Una de las favoritas de todas las generaciones. Cada uno de los ciclos repite la misma historia. En mis tiempos, la música era mejor, el cine era mejor, la interacción social era mejor, la comida era mejor. Todo lo que pertenezca a tu propia época tiendes a ensalzarlo como las mejores muestras de logros humanos, artísticos, tecnológicos, sociales. Pero no siempre es verdad. Hay muchas tendencias actuales que han evolucionado y han mejorado con grandes invenciones. La comunicación humana es mejor. Las manifestaciones de arte han mejorado -y otras han empeorado, igual-. Lo cierto es que la expresión y el desempeño humano, en todos los ámbitos, tiende a pulirse, a mejorar, a aprender de sus errores. Habrá situaciones que nunca se resolverán, como el crimen, el ansia de poder y la autodestrucción. Pero lo bueno siempre existirá y seguirá produciéndose.

El dinero no compra la felicidad (o es la raíz de todos los males).

Constantemente repetida en canciones, cuentos, fábulas y telenovelas, la frase originalmente popularizada por la Biblia tiene un origen un poco menos idealista y más práctico: “el amor al dinero es la raíz de todos los males”. Y cómo no, la codicia aplastante puede destruir hogares, imperios, relaciones comerciales. No solamente el amor al dinero, sino el amor desmedido a cualquier cosa inocua. Y sí, el dinero sí puede comprar la felicidad, siempre y cuando se utilice sabiamente y se aplique el principio de “sana ambición, saludable codicia”, y las personas que te rodeen sean nobles de corazón, lo cual tampoco es razón suficiente para obligarles a vivir de pan y cebolla.

Sinceramente, siempre quise que fueran diez.


Julius Hernández

Web: http://juliushernandez.mx
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Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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Karma No Instantáneo

La situación es muy conocida y no es la primera vez que ocurre.

En una tienda departamental de algún lugar de México, un empleado despistado pretende poner el precio de una televisión LED de 42 pulgadas en $6,450 pesos y, por desconocimiento de las matemáticas fraccionarias más elementales, comete el error de escribir $64.50. Un joven matrimonio llega y descubren el error, y con toda la “inocencia” del mundo, llevan el anuncio del precio equivocado a la caja para intentar obtener el producto a ese precio.

Al encontrar la respuesta negativa de los encargados de caja y de la tienda, acuden a la PROFECO (Procuraduría Federal del Consumidor, en México) para denunciar el incumplimiento comercial, una violación flagrante a la regla (tal vez no escrita) que si una tienda anuncia un precio, está en la obligación de cumplirlo, no cueste lo que no cueste y valga lo que valga.

Por supuesto, muchos estamos en contra de la actitud de la señora. Claro que el amable lector tiene todo el derecho de opinar lo contrario, pero apelando a la ética más básica no es difícil deducir que los clientes esta vez no tienen la razón. Tal vez sea legal, pero no moralmente correcto. Gracias a su insistencia y su ambición, tal vez alguien quedará sin trabajo – sin entrar a detalles sobre las políticas de la empresa, que si se lo descuentan al empleado, que si la mercancía está asegurada, solamente un jefe con aún menos escrúpulos que la señora sería capaz de cobrar el seguro de ese producto y encima cobrárselo al empleado para clavárselo a su propio bolsillo. Es lo de menos. Por la más mínima decencia, no deberíamos aprovecharnos de los errores de los demás, esperando no se entienda esto como un sermón circunstancial. Sintonizándonos con el sentir popular, podríamos pensar que el “dar un palo” a estas grandes empresas es un acto de heroísmo socialista o que es como “quitarle un pelo a un gato”. Eso ya depende de cada quién, pero por lo pronto hay que fijarse si nuestra ambición no afecta a alguien que tiene menos que nosotros.

Sin embargo, aunque son bienvenidas las opiniones en los comentarios, el objetivo de este artículo no es determinar si la señora tiene razón o no.

Lo que me llama la atención son los comentarios en las redes con respecto a este video. Por regla general, habrá quien aplauda la hazaña de la señora, pero la gran mayoría la condena. Y un detalle me salta a la vista, las opiniones de algunas personas cuando afirman “Pero hay algo que se llama karma, y tarde o temprano vendrá alguien que la chingue a ella”.

Obvio, es una creencia popular (proveniente de las religiones dhármicas), muy afianzada en el colectivo, el célebre “karma”. El cual, como el proverbial experimento del bote de leche, puede ser instantáneo, o no, o simplemente puede nunca llegar.

El “karma” es entendido por la mens populi como una especie de conciencia vigilante, como una policía del comportamiento que acude raudamente -o no tan rauda- a hacer pagar a cualquiera que haya cometido un mal hacia sus semejantes. En especial, hacia sus semejantes. Muchos están seguros que, al haber esta señora reclamado su tan mezquino derecho y poner en aprietos a un desconocido -cuyo único crimen es la falta de atención o la ignorancia- puso en marcha una maquinaria de justicia cósmica (sospechosamente enfocada en humanismo mundano) que en unos momentos, o días, o meses, va a traerle su merecido castigo. O tal vez este sistema de justicia padezca un poco de burocracia y la sentencia tarde más en llegar, tal vez años… o quizá la solicitud se traspapele y la acción correctiva nunca llegue.

Realísticamente hablando, hay una probabilidad de que esto suceda, pero no ahora y no por esa mala acción. Y esta reside en que la persona en cuestión -ya no hablemos de esta señora, sino de cualquiera que obre mal- constantemente cometa actos que atraigan, no de una manera mística sino por un muy natural sistema de causa-efecto, consecuencias negativas para ellos.

Roba a las personas, estáfalas, aprovéchate de la ingenuidad, de la buena fe, de la inocencia, y se irán acumulando en tu fama varias manchas que tú no verás, pero que tarde o temprano van a repercutir en una animadversión hacia tu persona, y al final, alguien te denunciará, por venganza o por mero deseo de justicia. Y puedes ser muy hábil, y nunca conocerás la cárcel. Hay gente que lleva toda una vida ganándosela de esa manera. Y el hecho de que no les ocurra nada, significa que el karma no es tan instantáneo como creen, o de plano, no es. Y a quienes sí le rebota en la cara, hay una razón muy sencilla. Tira piedras constantemente a un tejado y acabarás haciendo un hoyo. Maltrata a un animal poderoso y en el momento menos esperado te dará una buena coz. La ciencia estudia la causalidad y la causalidad. Pero ese legendario “karma”, igual que otras entidades de su vuelo, a veces está tan ocupado que no puede atender a todos los infractores que quisiera.

Hace unos meses, el famoso “ruso nazi” recibió tremenda paliza por haberse dedicado sistemáticamente a molestar a quienes él consideraba una raza inferior y el resultado no se hizo esperar. Una multitud se reunió para apalearlo y no salió bien librado. Honestamente, ¿ustedes creen que eso fue karma? ¿Semi-instantáneo, o tardío? ¡Pero le llegó! De acuerdo, aunque hay (y existieron) infinidad de personas que han cometido actos infinitamente más atroces, y nunca han recibido su merecido.

Sin embargo, tal parece que las redes y la impartición de justicia proyectada son una especie de catarsis. Atiendan a los comentarios y encontrarán cientos de guerreros sociales de teclado que pronostican que a tal o cual villano le llegará su castigo, y una vez hecha la predicción, se retiran a seguir con sus tranquilas vidas, la mayoría de las veces sin comprobar si el mentado karma llegó o hizo acto de ausencia.

Igual, el mismo ejército de guerreros en la red usa su derecho a odiar a los personajes que es necesario que existan como los depositarios del odio colectivo, pero eso ya es tema del próximo artículo.

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Julius Hernández

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7 películas que los menores no deben ver

En este mundo moderno, tan apresurado y descuidado, es común que los padres dejen que los niños utilicen los aparatos electrónicos sin vigilancia. Esto incluye los reproductores de DVD, Blu-Ray y el internet, sin pensar que sus mentecitas inquietas pueden ser contaminadas por los diabólicos realizadores que, sin tapujos ni remordimiento, crean películas amorales y nefastas, que pueden echar a perder el desarrollo de su personalidad y tirar por el caño toda la educación y principios que con tanto trabajo los padres han construído y proveído.

Los padres actuales deben cuidar que sus pequeños no tengan a su alcance tanta barbaridad y contenido ofensivo. En especial, deben cuidar que nunca, pero nunca, ni de más grandecitos, tengan acceso a estas siete producciones, considerada por las asociaciones católicas en pro de la integridad familiar como guiones nocivos, ejemplos escandalosos y situaciones prohibitivas.

A continuación les hago un resumen de estos argumentos que deben evitar a toda costa para sus hijos, junto con un brevísimo análisis del porqué de la calificación negativa:

1) Una muchacha, lejos de su hogar, irrumpe en una propiedad privada, dándose cuenta que pertenece a un grupo de inadaptados sociales. Al ser descubierta y para calmarlos, se gana su confianza y se acuesta con todos ellos. Después cae en la droga, siendo rescatada por un junior que le perdona su pasado y se la lleva con él.

ANÁLISIS: La liviandad de la protagonista es perniciosa para los menores, puede incitarles a aprobar el amor libre y el “poliamor” (corriente actual muy peligrosa). Para los varoncitos, puede hacerles creer deben perdonar los “cascos ligeros”.

2) Una chica prueba LSD, o tal vez hongos alucinógenos (probablemente peyote) y vive una serie de aterradoras experiencias mentales difíciles de concebir: zoofilia, expansión y colapso molecular, paranoia vertiginosa y en general, esquizofrenia en tercer grado. Delirium tremens.

ANÁLISIS: La película promueve el consumo de drogas y la tácita aceptación de las alucinaciones con el objeto de encontrar la felicidad, al hacer amistad con la gente creada por sus delirios.

3) Un rebelde sin causa se gana la confianza de una chica y sus hermanos, seduciéndoles para escapar de sus padres y llevándolos a su territorio, donde les induce a la rebeldía y al ocio. Les expone a peligros innecesarios. La antigua amante del rebelde se encela de la relación (¿sexual? no está precisado) y lo traiciona, entregando a todos a un antiguo enemigo, quien intenta asesinarlos.

ANÁLISIS: Esta historia es una apología de la vagancia e inducción a la vida despreocupada, además de que muestra escenas de celos, traición, y secuestro. Demasiado fuerte para los menores, susceptibles a las malas influencias.

4) Una chica llega a un pueblo, mata a una anciana, y por esta razón es premiada por los habitantes. Se hace amiga de tres inadaptados que tiene cada uno su propia agenda, y finalmente todos juntos atacan y destruyen a la autoridad del lugar.

ANÁLISIS: Se premia y celebra el asesinato, la conspiración y la subversión a la autoridad por motivos puramente egoístas.

5) Un chico renegado huye de sus obligaciones ante la tristeza de su padre, enrolándose en el vicio y la perversión, y cayendo en las garras de la mafia italiana. Presencia un aberrante acto de transformación diabólica, una metamorfosis bestial. Al final pone en peligro a su padre que ha ido a rescatarlo de las garras del bajo mundo.

ANÁLISIS: A pesar de su mal comportamiento, el chico finalmente es premiado, por lo que el mal ejemplo que promueve el filme lo hace más que nocivo.

6) Un pequeño, fenómeno de circo, es humillado por sus compañeros. Por su deformidad y torpeza, hiere a varios de ellos (tal vez intencionalmente). Por tristeza, huye con un compañero que lo apoya, y ambos se hunden en el alcohol, lo cual les produce, también, delirium tremens. Al regresar, ridiculiza a sus colegas y se vuelve estrella.

ANÁLISIS: Crueldad y bullying, lo que desemboca en un comportamiento vengativo que finalmente es celebrado.

7) El padre promete al hijo todas sus posesiones. Sin embargo, como el chico es un júnior, comete una imprudencia que deriva en la muerte de su padre, acto que involucra al hermano de éste. El júnior se exilia voluntariamente por la tragedia.

ANÁLISIS: La película muestra traición familiar, desobediencia y parricidio involuntario. Nada recomendable para sus hijos, las escenas son crueles y fuertes.

 

Existen muchas películas más con mensajes negativos para los pequeños y los jóvenes, pero hasta el momento estas son las peores. Eviten a toda costa que sean vistas por sus hijos. Debemos cuidar la integridad de la familia y el desarrollo integral de la sociedad en que vivimos, en peligro de ser contaminada por el Maligno.

FUENTE: Organización Internacional Vigilante y Defensora del Pudor, la Decencia y las Buenas Costumbres.

Adéndum: Por error de transcripción se omitieron los nombres de las películas prohibidas, para la información completa sobre la identidad de las mismas,

FAVOR DE VISITAR ESTE ENLACE

patrocinado por la organización mencionada.

Eddy Warman no se hace responsable de la opinión presentada por el Sr. Julius Hernández.
De hecho, Julius Hernández tampoco se hace responsable de la postura de la Organización Internacional Vigilante y Defensora del Pudor, la Decencia y las Buenas Costumbres, solamente se limitó a transcribir su artículo.


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La Trascendencia Popular de las Canciones Ardilla

ATENCIÓN: ESTE ARTÍCULO NO DEBE TOMARSE 100% EN SERIO, AUNQUE TAMPOCO TOTALMENTE EN BROMA. SE ACONSEJA LEERSE CON UN SENTIDO LÚDICO, DESENFADADO Y SOCIALMENTE ANALÍTICO.

Cuando eres joven, no lo razonas. Y la mayoría de los adultos, tampoco lo hacen. Aunque, a decir verdad, el proceso de maduración termina paliando los efectos.

Les podemos llamar “canciones ardilla”. Son esas canciones que se vuelven populares precisamente porque las letras reflejan sentimientos que muchos oyentes han experimentado, en el presente y en el futuro. Canciones con mensajes llenos de rencor, principalmente de la mujer al hombre (si me perdonan el sexismo), aunque en el sentido contrario tampoco se quedan atrás. Estoy considerando principalmente piezas populares en español, suponiendo que en inglés también existen infinidad de ejemplos.

Este tema surgió porque acabo de escuchar el tema de María José, Lo que te mereces:

Veamos, el estribillo no deja nada a la imaginación y no se anda con sutilezas:

“Cómo me gustaría tenerte de frente,
decirte tus verdades, dañarte realmente”

¿”Dañarte realmente”? Vamos, no se lo manda a decir. Cuando puse atención a la letra no pude menos que exclamar: Caray, ¡qué canción tan enferma!. Si yo escuchara que cualquier mujer le dedica eso a cualquier hombre, géneros aparte (porque si fuera al revés, pensaría lo mismo), tendría YO que decirle su verdad: la que queda mal eres tú al expresar ese ardor pues, como siempre, al que traiciona se le olvida enseguida y la persona traicionada lo guarda por mucho tiempo, a menos que sea una persona verdaderamente inteligente y haya adoptado la filosofía de que con quien se quiere estar es con quien le trate bien. Es decir, quien le merece.

Pero eso no es lo que el colectivo quiere pensar. Prefiere, en cambio, sentir que el traidor recibe su merecido. No podemos echarle la culpa a María José por promover una idea tan negativa, ni al autor o autora de la canción (no me he molestado en verificar quién es y ni me interesa), ya que lo que se busca es fijar una idea en el subconsciente popular para obtener un éxito trascendental. Todos sabemos que mientras más tiempo una canción permanezca en la jugada, más utilidades dará a los involucrados en la misma (autor, intérprete, disquera). Y esto, en el mundo de los negocios, no sólo no es reprobable, sino toda una hazaña que, incluso yo, creo que debe aplaudirse.

Hay muchos casos que usted podrá recordar mejor. Haciendo una rápida revisión, me encuentro con Querida Socia de Jenni Rivera, en la que la frase “Quédate con tu traje de novia, yo me quedo con la cama” no deja lugar a dudas que la mujer no soporta que el hombre haya decidido casarse con otra, preferido a otra, y con tal de no dejarla en paz acepta seguir siendo “la otra”. Un golpe autoinfligido a la dignidad, disfrazado de victoria.

Y qué me dicen de una de las precursoras de la élite de las ardillas: Lupita D’Alessio, quien encontró su nicho en el asunto del despecho y una de las canciones más icónicas que le recuerdo en este tenor (creada por Juan Gabriel), es Inocente Pobre Amiga. La famosa “Leona Dormida” (que no sé si va a despertar algún día) hizo una legendaria interpretación de este tema, con su sonrisa burlona y ademanes de “yo soy la ganadora”, argumentando: “Y esa tonta que te quiere y que se enamoró de ti, no sabe lo que le espera, piensa que va a ser feliz”… lo que en realidad está diciendo: “estoy tratando de superar el hecho de que tú la preferiste a ella, haciéndome a la idea de que a ella la vas a tratar igual de mal que a mí”, cuando lo más seguro es que el hombre en cuestión sí pueda encontrar la verdadera felicidad en una mujer tranquila y valiosa. Pero tampoco podemos juzgar a Juan Gabriel por esparcir este mensaje: él tenía una verdadera percepción de lo que la raza deseaba sentir y expresar.

Empecinados en conseguir el estatus de leyenda para sus creaciones, los autores (con toda la razón por el lado financiero, no me cansaré de decirlo y aplaudirles) olvidan el punto que contraviene toda lógica y sentido común: las letras de estos temas arguyen que la persona en cuestión, objeto de su desamor, ya no les importa, ya no le aman y que prefieren verle en brazos de la persona rival y, en los peores casos, verle hundirse en depresión o en fracaso, sufriendo miserablemente, ser víctimas de la misma traición o, de perdida, arrastrándose de vuelta para poder despreciarle y saciar su sed de venganza (nótese la ausencia de género). En la vida real, cuando alguien no nos importa o verdaderamente cultivamos sentimientos nobles, preferiríamos que esa persona fuera realmente libre y feliz, en lugar de ser consumidos por la amargura y el ardor.

Pero no esperamos que “la raza” lo entienda. Paquita la del Barrio y sus manejadores sí entendieron esta mecánica desde hace mucho tiempo, por lo que fueron capaces de establecer clásicos como este, un divertido compendio de insultos que, siendo realistas, cualquier hombre con dos dedos de frente se sentiría verdaderamente orgulloso si se lo dedicaran:

Porque ¿no es cierto que lo que más se odia es lo que alguna vez fue querido?

Existen muchísimos ejemplos más, pero no puedo dejar de mencionar la canción que una vez me hizo calificarla como la madre de todas las canciones ardilla, no tanto por la fuerza del mensaje sino por su penetración en la psique del pueblo, sobre todo en el momento de la ya legendaria frase: “no sé si te das cuenta con la estúpida que estás”. Es increíblemente catártico para las féminas -y muy entretenido para quienes las observamos en los bares o fiestas- cantar a voz en cuello esa parte específica, imaginando que se lo están escupiendo en la cara a un amor traicionero, presente o pasado. Y tal vez, futuro:

Y si no me lo creen, vean este ejemplo selecto de entre tantísimos:

Finalmente, y para dulcificar este artículo aparentemente pesimista, les obsequio con este divertidísimo cover, que si no les saca por lo menos una ligera sonrisa, es que no son ustedes, queridos lectores, de este mundo:

Próximamente, un análisis similar pero con canciones derrotistas.


Julius Hernández

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Dices que quieres una revolución (y cambiar el mundo)

Lector. ¿No te da vergüenza estar aquí perdiendo el tiempo leyendo este artículo, cuando podrías estar haciendo algo verdaderamente útil para la sociedad, para tu país, para el mundo en general?

Veamos. Hagamos un pequeño examen de conciencia. ¿Cuándo fue la última vez que diste un Me gusta (like para que entiendan los iletrados y monóglotas) o escribiste Amen (no Amén, con tilde, ya que ésta se considera muestra de incultura) en una foto de algún enfermo terminal? ¿Una semana? ¿Seis meses? O… ¿Nunca? ¡Tss! Qué mal. Deberías estar haciéndolo diario.

Justamente ayer acabo de ver una imagen ya conocida en Facebook de los creadores de “Este 15 de Septiembre no vayas a dar el Grito”, esa exitosa campaña que durante seis años consecutivos ha dejado fríos a los presidentes, gobernadores y alcaldes de toda la nación. Ha sido impresionante presenciar, a consecuencia de esto, las plazas vacías y hallar a los gobernantes tristes por la ausencia de los ciudadanos, y ahora convencidos de que su deber patriótico es desertar del corrupto sistema al que pertenecen, y a los más decrépitos y necios suicidándose, anunciando que el sistema morirá con ellos.

Pues he aquí que esta nueva entrega de los imaginativos activistas nos propone que dejemos de comprar en esos establecimientos de conveniencia (cuyo nombre no debo mencionar por cuestiones éticas pero puedo dar la pista de que empieza y termina con O y tiene dos X) y en su lugar adquiramos nuestros víveres y todo lo que necesitemos en la tienda de la esquina, a ver si así aprenden los miserables abusadores capitalistas, con lo que derrocaremos este monopolio y encima beneficiaremos a los vecinos tenderos. Por supuesto, en caso de que en uno de esos pequeños negocios no encontremos lo que necesitamos, como ocurre el 75% de las veces, debemos aguantarnos y no caer en la tentación de las infames tiendas de conveniencia. A ver si así aprenden los condenados.

Pasando a temas políticos, te sugiero que compartas algún meme que enaltezca al candidato de oposición por excelencia, el cual todos sabemos a la perfección de quién se trata, y que por el solo hecho de oponerse al régimen, debe ser “el bueno”.

Es también tu deber cívico cumplir tu cuota semanal de burlarte del Presidente de la República. Con unos cuantos millones más de insultos estilo “¡burro!” y de imperativos gritos de “Si tienes dignidad ¡Renuncia!”, el titular del Ejecutivo no podrá con su sentimiento de culpa y presentará su dimisión, convenciendo a unos cuantos colaboradores y diputados quienes, con la cabeza baja, aceptarán ante el pueblo que han obrado pésimamente. Y ni siquiera permitirán que alguien de su propio partido y gabinete tome la batuta: con todas las burlas y presiones virtuales, el pueblo está a punto de conseguir el verdadero control de su país.

La televisión también está a punto de sucumbir en ésta guerra sin cuartel en la que tú, querido lector ocioso, deberías participar. La mayor empresa mexicana creadora de tanto contenido de pésimo nivel cultural casi llega a la quiebra, tal vez en uno o dos meses dejará de trasmitir al comprobar que nadie ve sus estúpidos shows, ni aplaude a sus conductores expertos en economía, ni las patéticas telenovelas y programas de vientecillos milagrosos, que son los que tienen la culpa de que el mexicano esté como esté. Faltaba más. Publica en tu muro el llamado general para que nadie vea la televisión. Gracias a esta altruista acción tuya, las empresas televisivas se corregirán o cerrarán sus puertas, y notarán que todo mundo, incluyendo los vendedores ambulantes, empleadas domésticas,limpiaparabrisas, drogadictos y cualquier ejemplar de la fauna urbana que antes no leía, ahora prefiere leer, leer y leer desde la mañana hasta la noche, gracias a la campaña paralela de “Apaga la TV y abre un libro”. Será hermoso, y gracias a ti, lector, que apoyas todas las nobles causas virtuales.

Como ejercicio adicional te recomiendo, para que aproveches cada segundo de tu tiempo libre (y del ocupado si es necesario), que muestres tu indignación profunda cuando aparezca algún video de maltrato animal. Te recomiendo, en este caso, que muestres un sinfín de desprecio por los humanos y que afirmes que los animales son mejores que ellos (no digas “que nosotros”, no es muy bien visto). El objetivo es hacer justicia poniendo en su lugar correspondiente al humano, no importa que el maltratador se haya salido con la suya: la cosa es que denigres a tu propia especie.

También debes poner el grito en el cielo (o in the cloud) cuando te topes con alguna muestra de prepotencia y discriminación contra alguna minoría, o que te solidarices cuando se presente algún caso de violencia contra la mujer o no se haga justicia a alguna. Lo del juez que recientemente no condenó a la hoguera al cerdo violador es una ocasión ideal para que tú, lector que en este momento pierdes tiempo leyendo esto, ejerzas tu poder condenatorio y hagas justicia a través de las redes. Protesta enérgicamente desde la comodidad de tu teclado y verás que pronto el junior abusivo y sus compañeros serán atrapados y se les dará la máxima sentencia posible y refundidos en prisión, donde les multiplicarán el sufrimiento que ellos infligieron. Es una noble causa, querido lector, y tú serás parte de la historia de consecución de la justicia verdadera.

Estas son algunas contribuciones sugeridas en las que debes protestar a través de las redes. Debes protestar cuando:

-Veas que algún político o familiares toman vacaciones y lo presumen.
-Las esposas o hijas de los políticos estrenen ropa o zapatos caros.
-Aparece algún Lady o Lord nuevo.
-Algún compatriota comete un abuso en un sitio o evento extranjero.
-Alguien se estaciona en un lugar para discapacitados.
-El presidente de un país extranjero muy poderoso comete algún acto discriminatorio contra el resto del mundo.
-Un comentarista de la televisión dice algo con lo que no estamos de acuerdo.

Si te es posible, grábate tú mismo echando madres a diestra y siniestra acerca del tema, y sueltas el video en la red. Con esto también conseguirás que, en un futuro cercano, recuerdes con mucho orgullo cómo fuiste parte de la gran revolución, de la primavera mexicana e internacional, y podrás presumirle a tus nietos y bisnietos. Todos podemos lograrlo, es tan sencillo… únicamente necesitamos un teclado, una red social y muchas, muchas ganas de cambiar al mundo.

Será hermoso, un nuevo orden mundial, el renacer de la humanidad. Y pensar que sólo estamos a unos cuantos millones de caracteres, shares, likes y angries de lograrlo.

Nota: este artículo irá enriqueciéndose con updates a medida que surjan nuevas contribuciones sugeridas para que cambies al mundo.


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Las Opiniones y los Pokémon (en mi arrogante opinión)

Es una frase clásica, y todos la hemos escuchado alguna vez: “respeta mi opinión”. Igual, y como ya he dicho anteriormente, es un concepto que se ha grabado en el subconsciente colectivo: todas las opiniones deben ser respetadas. Interesante. Parece una afirmación cabal y sensata. Todos quisieran que sus opiniones, es decir, sus ideas -que al cabo aquellas son vehículo de éstas- sean respetadas y que nadie sea capaz de desafiarlas ni ponerlas en duda. Cuando eso ocurre, el opinador normalmente se molesta, es consumido por la ira y termina con gran resentimiento en contra de quien se atrevió a sostener que su idea es un asco.

Y en la misma venia, hemos escuchado una de los recursos más comunes, que generalmente es funcional -pero no por ello válido- para el primero que lo utiliza: “es que tú nunca quieres perder”. Esto es muy curioso. Jamás he conocido a alguien que en una polémica o discusión quiera ser vencido. ¿Ustedes sí? Cuando mucho, encontraremos a alguien que suela callarse aunque tenga la razón, dependiendo de su prudencia y sentido común o de la vehemencia agresiva del contrincante.

En otros casos podremos presenciar cómo, al agotársele los recursos, uno de los dos luchadores ideológicos comienza a insultar al otro sacando a la luz asuntos personales. Esto es algo que ocurre mucho en los pueblos de provincia, como en el lugar del que yo procedo. En el mejor de los casos de agotamiento de ideas y recursos intelectuales o de conocimiento, el discutidor cansado termina diciendo: “bueno, al final todo es cuestión de opiniones”. Y de alguna manera echan mano de las socorridas frases como “el cristal con que se mira” o “el vaso medio vacío o medio lleno”.

La cuestión de las opiniones es un asunto bastante complicado. Todos los enfrentamientos, trifulcas, pleitos y guerras que han ocurrido durante los millones de años de existencia del homo sapiens, incluyendo los crímenes e injusticias, han sido originadas por diferencias ideológicas y de intereses que defienden a las mismas. Desde la más común discusión de pareja hasta el más grave conflicto internacional que ha puesto a toda la humanidad al borde del abismo, tienen su origen en ello.

Nuestro nivel de cultura y el grado de civilización al que pertenecemos nos ha dado el don de la palabra, y nuestro cerebro ha evolucionado para perfeccionar el razonamiento. Es cierto que aún nos falta mucho camino por recorrer como especie, pero a estas alturas ya todos deberíamos ser capaces de utilizar la objetividad y el pacifismo como medio para evitar los conflictos, en todos los niveles humanos. Sin embargo, no sucede así, y el descubrir por qué es un asunto bastante complejo y además… no es el objetivo de este artículo.

Hace ya bastante tiempo, se me ocurrió una analogía muy curiosa sobre el asunto de las opiniones. Sucedió cuando precisamente alguien con quien discutía, me soltó la consabida frase: “¿por qué no respetas mi opinión?” (que en realidad significa “lo que tú pienses me importa un comino y lo que quiero es que pienses exactamente como yo y me des la razón”). En ese momento, todo estuvo claro. Fue revelador. Estaba de moda el juego de Pokémon (no el Pokémon Go, ese es reciente), la exitosa franquicia de Nintendo. En este videojuego, el jugador colecciona Pokémones (no discutamos el plural, porfis) para entrenarlos y enfrentarlos a los de otros jugadores en una arena. Dicho de otro modo: los jugadores no pelean entre sí: sus monstruos de bolsillo son los que se destrozan entre ellos (con la salvedad de que no se matan, sino que son capturados por el jugador que obtiene la victoria).

Las opiniones más o menos son así. Nadie está obligado a respetar la opinión de otra persona. Todos estamos obligados -por civismo, educación, sensatez, ustedes digan- a respetar a las personas. Pero sus opiniones, sus ideas, como los Pokémon, deben echarse al ruedo a batallar ferozmente, y agredirse, golpearse, mutilarse, desgarrarse, destrozarse, madrearse y desmadrarse, desguangüilarse (como dicen en mi pueblo) y si es posible, asesinarse brutalmente. Nadie comete delito ni crimen por no estar de acuerdo con alguien. Siguiendo este planteamiento, igualmente nadie está obligado a decir: “en mi humilde opinión”, ya que es como la acción de amarrarse el dedo disfrazada de cortesía, aunque tampoco recomendaría usar la antónima: “en mi arrogante opinión”, pues suena ridículo y puede granjearnos algunos enemigos intolerantes. Al mismo tiempo, nadie debe sentirse agredido porque su opinión no sea “respetada”. El que no “respeten” tu opinión no significa que no te respeten a ti, y al mismo tiempo hay que meterse en la cabeza que el que alguien te diga que tu opinión es una pendejada, tampoco implica que tú seas un pendejo. Es sólo su opinión, y tampoco tienes por qué respetarla.

https://www.youtube.com/watch?v=fd1MwYwvGzU

Si esta situación pudiese aprenderse a partir del videojuego mencionado, el cual aparentemente es una alegoría de las situaciones interpersonales, interinstitucionales e internacionales, tal vez se terminarían muchos de los conflictos que aquejan a la humanidad; sin embargo esta idea -tan debatible e irrespetable como cualquiera- ya entra peligrosamente en el terreno del idealismo rosa. Resultaría extremadamente ingenuo proponer -colindando con el terreno de la ficción- que todas las discordancias humanas se resolvieran con avatares, desde Pokémons hasta personajes creados ex professo para el fin. ¡Qué bello mundo sería entonces! Desafortunadamente, es algo que nunca ocurrirá.

Pero a nivel personal sí podemos hacer algo. Permítame por favor querido lector, hablarte de tú, y directamente.

Cada vez que alguien emita una opinión con la que no estás de acuerdo, o encuentras que alguien se molesta con tu opinión, deberías ejecutar los siguientes pasos:

En primer lugar, enviar a tu enemigo ideológico aquí, a este artículo (el url o dirección web está ahí arriba, si los estimados Eddy Warman y la webmaster Tere Chacón me perdonan el pecado autorreferencial y el tal vez inminente alud de accesos a la página, que podrán ser confundidos con un ataque DDOS al servidor, cuando esta idea innegablemente genial se viralice), para que se entere de qué lado masca la iguana.

Después, una vez que tu contrincante está familiarizado con el esquema, entonces deberán conseguir un avatar, de preferencia en alguna red social o algún foro. Pongamos una red social. Por ejemplo, en Facebook. Cada quien deberá crear un personaje ficticio, que lo represente (eso es en realidad un avatar, por si lo que te vino a la mente fueron unos seres azules que en realidad se llaman Na’vi).

Una vez creado el avatar de cada uno, entonces pueden abrir un grupo en Facebook (abierto o privado) específicamente para discutir esa idea y desafiar la opinión del contrario. Con su avatar deberán entrar al grupo creado (que puede ser llamado por ejemplo Chairo vs Peñabot – por qué creo que mi partido es mejor que el tuyo) y comenzar a debatir entre ellos. Los avatares pueden decirse lo que quieran, pueden insultarse defendiendo la opinión, pueden agredirse -como ya dije- brutalmente y tratar de hundir al contrario en la ignominia y la humillación, procurando siempre -esto es muy importante- no tocar jamás ni un pelo de la vida privada o la persona del contrincante. Recuerden que cada avatar representa, más que sus personas, sus opiniones e ideas.

Para hacerlo más divertido, les recomiendo hacer el grupo abierto e invitar a sus amigos, familiares y conocidos, seguro que pasarán un buen rato presenciando la masacre virtual, pero eso sí, nadie debe intervenir ni tomar partido.

Y cuando ambos se encuentren en persona, tratarse tan cordialmente como siempre lo han hecho (ya sea de abrazo, palmada en la espalda o pellizquito, como acostumbren), sin guardar una gota de rencor. Recuerden que sus enemigos son sus opiniones, no ustedes mismos. E invitarse mutuamente una comida o unos tragos, para comentar un buen rato y reírse de sus avatares en guerra.

Al final, esto hará que valga la famosa frase de Evelyn Beatrice Hall, con frecuencia erróneamente atribuída a Voltaire: Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo. Bueno, esa es mi humilde opinión.


Julius Hernández

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Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.