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Otra tonta película palomera

Cuando Steven Spielberg y George Lucas crearon su legendaria colaboración Los Cazadores del Arca Perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981), no creo que se hayan imaginado el resultado que tendrían con esta película que, siendo una especie de homenaje a los seriales de los años 30 y 40 que se disfrutaban mejor en matinés dominicales de los años antediluvianos del cine pre-Star Wars, parecía solamente cumplir el capricho de Lucas de modernizar un estilo que él adoraba y sabía poco apreciado por la crítica especializada.

Y la primera aventura exhibida de Indiana Jones terminó siendo un éxito sin precedentes, ahora históricamente explicado con la inercia que ambos traían de Star Wars (1977), Tiburón (Jaws, 1975) y Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977). Nominada a varios premios Oscar incluyendo Mejor Película y Mejor Director, con varias secuelas y una serie de televisión, sigue siendo una de las películas más exitosas de todos los tiempos. Y, sorpresivamente, era una película palomera. ¿Cual fue la razón de su éxito? Tal vez la gran capacidad y talento de Spielberg y Lucas (sin contar el carisma de Harrison Ford), quienes dominaron prácticamente la era de la ficción de los años ochentas con sus imaginativas propuestas. Pero, como siempre, elogiar a lo loco el talento de estos cineastas no es el objetivo de este artículo.

Desde hace mucho tiempo he pensado que algunos críticos y los responsables de la academia tienen un concepto equivocado de lo que es el cine como arte, partiendo de la pérdida de la concepción inicial de la creación cinematográfica. En efecto, el llamado séptimo arte es el celuloide (otro vocablo, ya obsoleto, para “cine”), sin embargo muchos argumentan que no todo el producto del cinema (un sinónimo más) es arte. Si lo llamamos expresión artística, entonces es válido, sin embargo hay una mala idea, muy extendida de lo que debe ser la expresión en “la pantalla grande” (término que ya no es cien por ciento válido, pero todo sea por no repetir tanto la palabra cine).

Toda expresión artística se populariza. Los grandes maestros del pasado antiguo, pintores, escultores y escritores, tenían una capacidad sobresaliente que les permitía crear sus productos con una finalidad estética y comunicativa y eran parte de una élite consentida por la monarquía y las castas superiores. Ojo, no solamente hablamos de estética, también la trasmisión de ideas era uno de los fines. Luego llega la tecnología, y en el siglo veinte se consolida como un nuevo vehículo para la expresión. Las primeras películas (no discutamos aquí el origen de la palabra) se dedicaban a sorprender al espectador con efectos especiales primitivos, como Un Viaje a la Luna, de George Meliés, tal vez la primera superproducción palomera que existió, aunque no se hubiese iniciado la práctica íntimamente ligada de comer palomitas. A medida que la cinematografía avanza, comienzan las obras espectaculares, como Ben Hur y Los Diez Mandamientos, por nombrar dos.

Damos un brinco al siglo XXI. La creatividad comienza a menguar en el ámbito del celuloide (por no decir “en el mundo del cine”) y cada vez es más difícil (como en la música y la literatura) encontrar obras originales y que nos llenen de ese sabor que nos daban las producciones que nos enamoraron originalmente. El -ya no puedo más- cine americano, el hollywoodense, el más consumido a nivel mundial, se llena de refritos, de reboots, de remakes y de secuelas y precuelas. No puedo culpar a los empresarios de Hollywood. Ellos quieren hacer dinero, es su razón de existir.

Pero, vamos a ser honestos. Estados Unidos, y en especial en Hollywood, es donde se cuenta con el mejor craftmanship cinematográfico del mundo. Estoy refiriéndome, en especial, a las películas espectaculares. No pocas veces escucho, cada vez que sale una nueva superproducción, decir a la gente que es “un churro”. Los críticos populares más especializados (esos que sólo van a las salas a divertirse) las denigran la mayoria de las veces con la frase “sólo es una película palomera”. Y las expresiones me han llamado la atención últimamente: “la película es buena, pero palomera”. Es decir, me divirtió, pasé un buen rato, no me hizo pensar mucho, y como no tiene un buen guión (a veces dicen “no tiene guión”, lo cual es, técnicamente, una falsedad a menos que se afirme que es dicho figurativamente), ni trata un tema de importancia social, cultural, político o mundial, entonces la película es degradada como “simple película palomera” y no vale la pena apreciar. ¿Qué van a decir los fans del Ciudadano Kane o Casablanca si se enteran que me gustó más que esas?

Star Wars (1977) (una película palomera) perdió el Oscar ante Annie Hall (1977), una historia no de las mejores de Woody Allen; y cómo no, la primera era sólo para divertir a la chaviza con una simple odisea espacial, con un argumento reciclado de Akira Kurosawa, y los señores pretenciosos de la Academia no podían rebajarse a premiar esa tonta aventura cuando tenían enfrente a una insulsa comedia pero que era apreciada por los intelectuales de la época. E.T. El Extraterrestre (E.T. The Extraterrestrial, 1982) otra tonta película palomera acerca de un náufrago interplanetario, cautivó el corazón de millones de espectadores en todo el mundo, fue la favorita de las masas, incluyendo a los cinéfilos pensantes, y sin embargo, ellos prefirieron darle el mayor reconocimiento a una aburrida biografía de Gandhi, que hasta el momento la mayoría no recuerda.

Lo cual se me hace tremendo desatino. En especial, las películas de superhéroes sufren actualmente esta discriminación intelectual, y otros géneros tampoco se salvan. En un mundo (in a world…) en que los héroes de capa y poderes sobrehumanos ya no solo detectan a un “malo” para perseguirlo y acabar con él y sus secuaces al ritmo de Pows!, Krunches!, Zaps! y Klonks!, sino que ahora tienen motivos más elevados para sus actividades, discuten temas de importancia mundial, de discriminación y racismo, se vengan, tienen agendas personales, generan alianzas, revoluciones, guerras civiles, son atormentados, filosóficos, iconoclastas, e incluso mueren y resucitan antes de tres días; ellos, todos ellos, deben sufrir la peor de las injusticias: el no poder mirar, dirigirse a, y romper la cuarta pared, para decirle a los espectadores que están ahí porque quieren decirle algo, que su género también está trasmitiendo mensajes importantes.

Christopher Nolan entró al quite a dirigir su trilogía del caballero oscuro e intentar conseguir el mayor premio de la Academia para acabar con el prejuicio, algo que no logró, siendo que El Señor de los Anillos (The Lord of the Rings, 2003) ya había logrado lo que en su momento logró El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991): conseguir la deseada estatuilla, el máximo reconocimiento mundial en una película que antes era subgénero, ahora integrado el mismo al mainstream. La saga de X-Men ha creado toda una subcultura en su zigzagueante línea de tiempo y sus congéneres Avengers han luchado entre ellos, unos defendiendo su independencia y otros reconociendo la necesidad de aliarse con el gobierno para mantener al mundo tranquilo y no temeroso. Batman cree que el nativo de Krypton es una amenaza y Superman cree que el caballero de la noche es un delincuente que no es rival para él, mientras trata de conciliar la simpatía de la humanidad para con él.

No son temas nuevos, pero definitivamente ningún otro tema lo es. Si nos ponemos a destripar los argumentos de todas las películas, palomeras y sus contrapartes del “cine serio”, descubriremos que las tramas no han cambiado en lo más mínimo. Christopher Booker, en su libro Los Siete Argumentos Básicos (The Seven Basic Plots, 2004), enumera estos únicos posibles recursos (literarios, que sirven para todo):

1. La lucha contra el monstruo.
2. La transición de la pobreza a la riqueza.
3. El viaje de un héroe para salvar a su patria y conseguir el amor.
4. El viaje a un lugar extraño y el regreso a casa.
5. La comedia, de la confusión al orden.
6. La tragedia, el ser humano peca y se enfrenta a las consecuencias.
7. Y el renacimiento, o redención, que ocurre después de un duro aprendizaje.

Básicamente, todas las películas buenas o malas que conocemos, están incluídas en uno o varios de estos esquemas argumentales.

Últimamente, Logan (2017) representa un “pico” en las historias de superhéroes. Bastante oscura, con mucho gore, y redención a través de la tragedia, la cinta trasciende el género y se consolida como uno de los mayores logros entre sus parientes cercanos. Algo que nunca será reconocido por la academia, aunque ya la mayoría de los críticos especializados ha sabido aceptar (92% en Rotten Tomatoes). El año pasado, Doctor Strange (2016), obra de la cual pocos apreciamos su magistral resolución, consigue 90% en RT, precedida por la misma hazaña de algunas otras del mismo universo cinemático. Los últimos años, películas catalogadas inconscientemente como infantiles, como Intensa-mente (Inside Out, Pixar, 2015), una deliciosa aventura freudjunguiana y El Libro de la Selva (The Jungle Book, 2016), un hermoso remake del clásico de Disney, consiguen 98% y 95% respectivamente, además de contar con el favor del público.

¿Por qué es esto importante para el punto? (que fuera del mundo cinéfilo, no tiene la mínima importancia). Porque es una evidencia de que el cine fantástico también es importante y es una forma de arte tan válida como el cine (mal llamado) de arte. Yo me niego a aceptar que una película infantil o de superhéroes bien hecha no tenga el mismo reconocimiento que una aberración como Luz de Luna (Moonlight, 2016) o una película “seria” como The Revenant, (2015), aunque también entiendo que sería dificultoso dividir el premio principal de la Academia en géneros y subgéneros: Mejor Película (Animación-Comedia-Acción-Superhéroes-Romántica-Horror-Infantil-Biográfica), etc.), pues la taxonomía ya por sí misma es algo compleja.

Mi recomendación (esta vez sí hay un mensaje, y muy bueno) es que hay que aceptar cuando una película nos haya gustado, sea el género que sea, y no hay que justificar nuestra diversión sólo por lo que los demás puedan pensar de nosotros. Estoy casi seguro que hay quienes inconscientemente se han olvidado que existen muchas formas de divertirse, porque han perdido esa “capacidad de asombro”. Quiero creer que no hay película realmente mala, pues hasta el mismo Ed Wood tenía un punto. Y como alguien dijo con mucha razón: “si nos despierta y nos mueve emociones, entonces, a pesar de todas las críticas, es una buena película”.


Julius Hernández

Web: http://juliushernandez.mx
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Twitter: @juliushg

Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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El pueblo que gritó bruja

Tenemos un grave problema como sociedad: no hemos evolucionado en realidad desde el siglo diecisiete. Y no estoy hablando como país, me refiero al mundo entero. El exceso de información nos está consumiendo de la misma forma en que la falta de la misma consumía a los de aquella centuria fatal. Y es aún peor cuando esa información resulta manipulada y sacada de contexto.

Hace unos cuantos días fue subido un video a las redes sociales en donde un profesor de la Prepa 10 de la Universidad de Guadalajara, Ramón Bernal Urrea, quien en un sentido de escenificación emitió algunas palabras (mal llamadas por los delicados) “altisonantes” y algunas actitudes machistas para ejemplificar a los alumnos la realidad de la violencia doméstica y prevenirles caer en esas prácticas. No se necesita ser muy inteligente para deducir que los educandos que grabaron el video editaron solamente la parte agresiva lo hicieron con dolo, tal vez para quedar bien sus compañeros y presumir su hazaña, ya que en esa edad cualquiera es un héroe ante sus compañeros por perjudicar, sin detenerse a pensar en las consecuencias, a cualquier miembro de las filas docentes. En unos cuantos días, al pobre maestro le llovieron críticas e insultos en las redes, tachándole de misógino, machista y todos esos adjetivos criminales que para muchos en estos tiempos es un deleite pronunciar.

No sé ustedes, pero el asunto a mí me llena de indignación. Desde los traidores alumnos que descontextualizaron al profe, la directora que (por quedar bien) accedió a procesarlo en lugar de defenderlo, los medios “serios” que repitieron la noticia como loros, hasta la gente que lo comparte para quedar como héroes sociales en sus microuniversos, todos parecen conspirar involuntariamente para llevar al cadafalcum a un desafortunado profesor que hacía su mejor esfuerzo para concientizar a sus pupilos.

La razón de este linchamiento mediático me queda muy clara. Hay un hambre generalizada de justicia, cuyo desahogo ha sido potenciado con la proliferación de los smartphones con cámara y en general de todas las computadoras con acceso al internet. Los salvapatrias desde la comodidad de su teclado resuelven los problemas del país pendejeando sistemáticamente al presidente, los justicieros enmascarados ridiculizan a un nuevo lord o lady e instantáneamente hacen de este un mundo mejor, en las oficinas de gobierno los funcionarios públicos son grabados cuando hacen gala de prepotencia y los juniors son exhibidos cuando se sienten los dueños de la ciudad. A esto se le suman las denuncias de los ciudadanos super cívicos siempre prestos para desenfundar su gadget cuando ven a algún mal ciudadano estacionando su coche donde no debe, una mujer que trata con superioridad a empleados que no los merecen o simples amas de casa que tiran la basura en lugares inapropiados. Los Dones y Doñas Vergas nunca habían estado tan vigilados por el Gran Hermano de la inteligencia(?) colectiva.

Y no digo que esté mal, vaya: poner el granito de arena para hacer de este planeta el lugar perfecto para vivir nunca será una mala acción, como tampoco lo es quemar a las infames practicantes de la magia negra, amantes y adoradoras de Satán, que amenazan perturbar la paz y tranquilidad de los lugares bendecidos por el Señor. En los años 90, claro está. Y del siglo diecisiete, más claro aún.

El episodio de los juicios de brujas de Salem fue uno de los casos históricos más sonados de “histeria masiva” y “pánico moral”. Al ser etiquetadas como “brujas”, las infortunadas mujeres recibían su sentencia de muerte por ser, tal vez, adelantadas a su tiempo, ingeniosas, ateas, odiosas o, simplemente, feas. Y no solamente las feas, las que eran demasiado bellas y objeto de envidias también eran acusadas de brujería y ¡ay! de quien se atreviese a defenderlas porque también caía en la calumnia. Calumnia, porque, entre nosotros, queridos lectores, sabemos con seguridad que las brujas -en el sentido estricto de la palabra- y la brujería, no existen. Si alguno de ustedes cree que es posible doblegar las leyes de la naturaleza creando pociones, hechizos y ritos, con la ayuda de un ser infernal que tampoco existe, entonces eso es parte de otra polémica que tampoco es el objetivo de este artículo. (¿¿otra vez??)

El caso es que, debido a las leyes de la ignorancia, el hambre -y la sed- de justicia, la envidia y el dolo, y muchas veces la maldad pura (y para el caso, también el exceso de bienaventuranza, conceptualizado en el deseo de ponerse del lado del Señor y recibir su gracia), solamente era necesario señalar a la persona infortunada, o a veces simplemente hacer el comentario de sospecha, para que fuesen llevadas ante los magistrados y, en la mayoría de las ocasiones, perder en el juicio y ser quemadas en la hoguera, colgadas o torturadas hasta la muerte. Sólo en estos juicios se llevó a la muerte a 20 personas, y en la cacería de brujas generalizada, de 1450 a 1750, se estima un saldo de aproximadamente 100 mil ejecuciones.

Ahora estamos en un nuevo Salem. No sé qué tanto los dueños de las redes sociales estén conscientes de que son artífices de estas irónicas injusticias, junto con los irresponsables periodistas que buscan la nota fácil y los bloggers y youtubers que se suman al linchamiento por unos cuantos miles de clics. Nadie se detiene a pensar el número de víctimas, que hasta el momento debe superar al de brujas ejecutadas, contando a los infortunados que pierde su trabajo, su honor, su credibilidad, sus matrimonios, e incluso sus vidas cuando se trata de víctimas de bullying o videos sexuales que se rolan sin reflexionar el tremendo daño que se inflige. Y con ello nos damos cuenta que de la época de las brujas de Salem a la fecha, la sociedad, llena de avances tecnológicos y culturales, no ha cambiado en trescientos veintitantos años.

Porque es tan hermoso para tanta gente el gritar ¡bruja!, sin reflexionar antes si la persona señalada es de verdad non grata o un inconveniente para la sociedad, y observar con plácemes cómo generaron un nuevo fenómeno viral. ¡Oh, sí! Debe ser muy satisfactorio para esos jóvenes que su hazaña esté en boca de todos los medios posibles sin pensar que han sacrificado a un inocente, quien ha labrado con esfuerzo una familia y una carrera y, gracias a su chistecito, su reputación quede por los suelos y con riesgo de no volver a trabajar.

Por suerte (y actualizo esta nota a medida que la voy terminando) parece que hasta el momento el profesor Bernal se ha defendido con éxito y algunos medios e instituciones han salido en su apoyo, a lo cual me sumo. No tengo los datos fidedignos, ya que a estas alturas no puede creerse cualquier cosa a la ligera. Pero un hecho es cierto, lo que los verdaderos justicieros quisiéramos es algo que es muy raro que ocurra: que los autores del desaguisado graben un video certificando y constatando que son alumnos del profesor Bernal y que se les hizo muy gracioso viralizarlo y poner, literalmente, su vida en peligro. Más o menos como cuando Tania Reza y Enrique Tovar aparecieron disculpándose y diciendo que el acoso sexual en ATM! fue simulado.

El caso es que ya no podemos creer en nada.

https://www.youtube.com/watch?v=lMInFgtvxTA


Julius Hernández

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Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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La Balada del Estúpido Cerdo Machista y la Maldita Guerrera Feminazi

El pasado jueves 2 de Marzo tuve el honor de participar como columnista invitado en el programa de Eddy Warman en 88.9 FM, hablando en referencia a mi artículo 256 Sombras Políticamente Correctas, y al mismo tiempo acerca de mi novela El Pecado del Mundo, oportunidad que agradezco infinitamente al mismo Eddy quien fue tan amable de invitarme, a Tere Chacón y a todo el equipo de producción. Me habría encantado contar con más tiempo para abarcar todas las tonalidades de gris que el tema tenía, e inclusive podría complementarlo por aquí. Sin embargo, los temas pierden actualidad y no creo que deban arrastrarse en forma indefinida. Así que, con amplio remanente en el tintero digital, pasemos a lo que atañe esta semana.

Es tanta la afluencia de posturas feministas, anti-machistas, feminazis, antiviolencia, y anti y pro de todo que en estos tiempos es extremadamente difícil expresar una postura ideológica acerca del asunto y todo lo relacionado sin tocar una fibra delicada de una u otra facción de pensamiento. No es mi costumbre aprovechar un día específico para escribir un artículo convencional repitiendo las frases convencionales y llegando a las conclusiones convencionales. En este caso, como ya se ha aclarado muchas veces, lo que se celebra el 8 de Marzo es en realidad es el Día de la Mujer Trabajadora, no se trata de festejar y glorificar al género femenino como si fuera Día de la Madre; esto ocurre generalmente con los desinformados, quienes en un despliegue machista por quedar bien con las féminas las alaban en exceso al punto de la cursilería (si no me creen, revisen un poco las redes sociales), y las desinformadas, quienes en un despliegue feminista intentan convertir una celebración muy justificada en un circo supremacista. El objetivo de este día es concientizar a la gente acerca de la igualdad de derechos, especialmente laborales, de las mujeres con respecto a los hombres, lo cual es una empresa no solamente respetable sino necesaria para la sana evolución de la sociedad. Pero no es el objetivo de este artículo ilustrar sobre algo que cada año se aclara hasta el cansancio.

La guerra comienza cuando cualquier representante de ambos sexos piensa que su género es superior al otro. Porque entonces deberíamos definir “superioridad”, en cuanto a fuerza física, inteligencia, astucia, concentración, capacidad visual y espacial, habilidad en la conducción, etc., son tan variados los factores que finalmente resulta ridículo intentar establecerlo. Siempre he pensado que la biología define las características con base en la genética de la especie, y el cerebro humano va alterando la misma para adaptar la especie al contexto social que ha desarrollado con la civilización. Es el pensamiento lo que nos hace humanos, pero es la naturaleza quien nos hace creaturas de uno u otro género. El pensamiento y la naturaleza empujan y jalan en direcciones opuestas, lo que va dando forma a la realidad existencial humana. Por ello, es completamente ridículo “luchar contra el sexo opuesto”, como lo hacen las feminazis y en algunos casos, los machistas.

“Feminazi” es un término peyorativo popularizado en los noventas por Russ Limbaugh para definir a las mujeres feministas excesivamente radicales, pero no me apropiaré de la explicación y se lo dejaré a la Wikipedia en este artículo. El término es extremadamente popular en esta era y me he encontrado con que muchas feministas que no llegan a los extremos afirman que la sola creación de esta palabra, que es un portmanteau (lo dejo de tarea), es señal de que “el feminismo incomoda, y está funcionando”. Nada más lejos de la verdad. Permítanme disentir y explicar.

A mí, como a muchos varones librepensadores y libres de prejuicios de esta época, no importando si somos baby boomers o milennials (ya que la época que nos marca tampoco nos define), no me importa el feminismo. Y no me incomoda, yo mismo he incorporado el feminismo en mi currículum ideológico. Me encanta que las mujeres tengan los mismos derechos, que tengan las mismas oportunidades, que no se les discrimine por ser mujeres, que no se les maltrate ni se les asesine por serlo. No solo no me molesta que lo estén logrando, sino que generalmente apoyo para que lo hagan. Y sin embargo, siento que les falto al respeto cada vez que las apoyo como género.

Porque personalmente, si yo fuera mujer, me incomodaría sobremanera la utilización del término.

El machista -a este nivel, el vocablo no deja lugar a dudas- es, en resumen, el varón al que le importan una mierda los logros y derechos mencionados arriba, y no solamente no le importan, sino que hace lo posible por pisotearlos. El machista es conservador, cree que la mujer es inferior y existe únicamente para servir al hombre. La Iglesia Católica, y más aún si defiende la Biblia y muchos de sus preceptos, es machista. Muchos colegios son machistas, muchas abuelas antiguas son machistas, muchos lugares de trabajo lo son. No aspiro aquí dar una cátedra sobre lo que el machismo es y en dónde se manifiesta, ustedes deben saberlo de sobra. Y sin embargo, al final, y únicamente en honor a la semántica, el feminismo (el que se decanta al feminazismo) es por definición el reflejo del machismo que tanto odian y combaten. La semántica no define siempre la realidad: prefiero adoptar y utilizar el término en su acepción más noble. Aunque repito: si fuera mujer, me avergonzaría el tener que apoyar el feminismo y llamarme feminista porque el sólo hecho de etiquetarme es aceptar que estoy luchando por superar una inferioridad que no es natural sino producto de la cultura. Es decir, si soy mujer, acepto que soy inferior y debo luchar por sobreponerme al (aguas, feminazi detected) estúpido cerdo machista que me oprime porque me ha hecho creer que soy inferior y por tanto debo rebelarme.

¿Cómo salir de este laberinto ideológico? Sencillamente, identificando dónde está el problema, aunque no espero que este insignificante artículo entre millones y millones que existen en la web logre la diferencia (por lo menos pongo mi granito de arena y podré dormir tranquilo de ahora en adelante). El problema está en el deseo y el temor a la servidumbre. Mientras Jesucristo, el sujeto histórico en quien está basada una de las religiones más populares de la Tierra, enseñaba el servir a nuestros semejantes y dar amor sin exigir nada a cambio, millones de sus seguidores de ambos sexos experimentan un intenso temor por ser útil, halagar y elogiar al sexo opuesto. Y del propio, ni hablamos. Porque tal parece que el ser servil, amoroso, galante en el caso de los varones y dulce en el caso de las hembras, sin importar el sexo biológico en que se desempeñe cada rol, es considerado un síntoma de inferioridad. El macho no quiere perder su hegemonía ante la hembra, ésta no quiere seguir siendo dominada por él. Una gran cantidad de problemas en las relaciones románticas son producidos por el miedo que el otro tome el control y al mismo tiempo en el fondo anhela poseerlo totalmente.

Es perfectamente posible encontrar el equilibrio adecuado y amarse sin estas preocupaciones, desafortunadamente sólo un 1.63% de las parejas (repito, sin importar el sexo biológico) tiene la madurez, inteligencia y genética suficiente para mantenerse al margen de la guerra de los sexos (no me pregunten por favor de dónde saqué tal precisión en el porcentaje, el software estadístico que uso es exclusivo y de propietario), por lo cual no vislumbro un futuro cercano en el que los horrendos términos machismo y feminismo sean erradicados totalmente de nuestra sociedad.

Mientras tanto, si buscaban una moraleja o consejo para vivir tranquilos…

(¿Otra vez? ¡Carajos, no puedo escribir sin que estén fastidiando por un mensaje! Inclusive hay quienes se molestan si una película o libro no “tiene mensaje”, como si los realizadores o escritores no hicieran un titánico esfuerzo ya solamente con divertirlos.)

…lamento decirles que esta vez ¡no hay! Bueno, pensándolo bien, sí, varios lineamientos no están de más: entiendan que ambos sexos somos seres humanos, que nadie es dueño de nadie, no se molesten si escuchan un chiste machista o feminista, sean útiles y serviles con sus parejas siempre y cuando sus parejas quieran ser igual de útiles y serviles para ustedes, jueguen en el sexo e inviertan los roles y diviértanse, amen a sus semej…

Maldición, creo que a estas alturas ya deberíamos como sociedad estar bastante creciditos como para tener que estar aprendiendo y divulgando estas cosas.


Julius Hernández

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Tu Vecino, el Hacker

Cuando escuchamos de algún conocido la triste frase: “me hackearon” (el menos culto dirá “me jakearon“, pero al final ninguno lo tendrá correcto), no podemos menos que sintonizarnos con el sufrimiento y el dolor del afectado por tan lamentable crimen. Ya sea porque entraron a su correo, a sus redes sociales o a cualquier servicio en línea. Debe ser espantoso saber que un desconocido ahora tiene el control de sus cuentas, conoce sus intimidades, los sitios que visita, o peor aún, que se divierte enviando mensajes agresivos o impropios a sus contactos.

Con las cuentas en manos de ese maligno desconocido, éste puede pasar un excelente rato publicando cosas vergonzosas y riéndose con la reacción de los “amigos” de la víctima. En el “menos pior” de los casos, el diabólico hacker, como suelen llamarlo, pondrá un mensaje altamente difamatorio para el dueño de la cuenta; como casos comunes podemos citar, por ejemplo, un anuncio de prostitución sutil pero evidente en el caso de la mujer a quien la hacker le tiene “tirria”, y una declaración abierta de homosexualidad en el caso del hombre que, a juicio del hacker, se siente muy macho. También, el hacker puede dedicarse a redistribuir correos íntimos a todas las amistades sociales y laborales del hackeado, ya que en general los hackers son gente muy solitaria y envidiosa que, en un caso más severo, le hackeó sus archivos secretos guardados en el correo, redes o móvil y desperdigó fotografías íntimas del desafortunado.

¡Ah, qué hacker tan malote!

Lo peor es que ese siniestro hacker puede ser cualquiera. Tu vecino, por ejemplo. Yo tengo muchos vecinos que pueden ser hackers, así que espero que ninguno de ellos me tenga animadversión. Por eso todos los días me aseguro que no les falte nada, les entrego su correspondencia en papel, riego sus jardínes, les llevo canastas con galletitas. Porque, tú sabes, si al hacker le caes bien y eres cool a su parecer, lo más seguro es que, desde su guarida llena de monitores por todos lados (despliegue imprescindible para hackear, faltaba más) te eche la mano metiéndose a los servidores de la CFE para bajar el monto de tu recibo de luz, se meta a la escuela de tus hijos o a la universidad para mejorar tus calificaciones, al gobierno para cancelar tus multas o eliminarte del buró de crédito. O tal vez pueda ayudarte a entrar al correo o la cuenta social de tu novio para que te enteres de sus andanzas, es extremadamente fácil para ellos violentar las defensas de Microsoft, Google o Facebook. Pan comido. Eso sí, debes ir puerta por puerta para averiguar si alguno de tus vecinos es uno de esos maravillosos nerds para quienes las computadoras no tienen secretos, sólo necesitan una conexión a internet y voilá!. O podrías preguntarle a tu amigo, a tu cuñado, a tu compañero de trabajo, si ellos conocen a alguien que pueda hackear para ti las redes del objeto de tu interés. Ellos deben conocer alguno.

Y es que, sí, ustedes verán, son tan geniales estos hackers que, por ejemplo, pueden combatir el hackeo enemigo simplemente tecleando a velocidad vertiginosa, y si son ya de alto rango, con un solo teclado a cuatro manos, como nos lo ha demostrado la serie NCIS:

¿Lo ven? Por supuesto que desconectar la computadora debe salvarte del ataque, pero eso es lo de menos. En Skyfall (2012), existe una brillante escena que nos demuestra cómo un hackeo es algo tan emocionante que el mecanismo puede deslumbrarte:

No creas que tu vecino no puede ser un hacker tan sofisticado como el que Hollywood nos presentó en El Día de la Independencia (Independence Day, 1996), ya que para subir un virus al sistema computacional de una nave alienígena no necesitas conocer su sistema operativo. Únicamente con una laptop y un puerto compatible, es más que suficiente para derrumbar todo un ataque extraterrestre:

¿Lo ven? Que un hacker logre todas estas maravillas no requiere de un gran esfuerzo de su parte: solamente son gente que se interesa por las computadoras y lo único que deben hacer es entrar a Google y YouTube y pedir tutoriales para hackear cualquier sistema. Nada puede ser más sencillo. ¿Quieres tú ser un hacker? Sólo sigue las instrucciones, ve películas como La Red (The Net, 1995), Swordfish (2001) o Hackers (1995), y series como Castle y CSI.

Si eres de las personas que está convencida que los avances tecnológicos son una amenaza para la seguridad y la privacidad de nuestras vidas, también debes creer que hay un hacker disponible en cada cuadra, o por lo menos uno importante y capaz en cada colonia. Y es poco lo que podré hacer para convencerte de lo contrario. Infinidad de series de televisión y películas han conspirado para hacer creer a la mayoría de la gente que todo es tan fácil como sentarte en la computadora a hackear lo que quieras con sólo ver y leer tutoriales, igual con las capacidades de los artefactos y computadoras actuales. Como lo de utilizar una grabación de cámaras de seguridad y hacerle enhance (generalmente con tres teclazos) y descubrir un detalle casi microscópico a 100 metros de distancia, depurar una cacofonía resultante de un audio de multitudes y calles transitadas para aislar un solo sonido, o crear una especie de “extrapolación” de una parte insignificante de un edificio lejano en un video para determinar la distancia, ángulo y posición del lugar donde tienen secuestrada a una niña rica.

En parte, series como CSI y anexas han contribuido a esta mitología: puedes extraer ADN del vaso que alguien acaba de usar y conectarte a una base de datos que correlaciona, aparentemente, a todos los humanos sospechosos. Tanto, que el Efecto CSI es una realidad: la representación exagerada de la ciencia forense en los medios ha generado la demanda de pruebas más sofisticadas por parte de los jurados y, por lo tanto, los casos reales se vuelven más difíciles para las partes en conflicto.

En la misma medida en que los programas informáticos se han hecho más sofisticados, las expectativas de la “gente común”, se han vuelto cada vez más hilarantes. En una ocasión, una persona acudió a mí pensando que, como me gusta utilizar los programas de procesamiento de imágenes, entonces puedo literalmente hacer magia, y me pidió que le ayudara a desenmascarar a una persona que aparecía en una fotografía digital de equis evento sociopolítico. El requerimiento tenía cierta lógica interna desde su punto de vista: a la persona en cuestión sólo podía vérsele un tercio de su rostro. Lo que me pedía era que “moviera” el ángulo de captura de la foto digital para que pudiera identificarse plenamente al tipo. Es decir, si se pudiera, habría exigido que girara la imagen en 360 grados para poder contemplar a sus anchas la totalidad de los asistentes al evento. ¿Cómo se le explica a quien cree que eso es posible, que no se puede extraer información de donde no existe? Obviamente salió muy decepcionado y supuso que yo no era tan “genio” como él creía.

Imaginen cuánta gente termina desencantada y cuánta vive temerosa de la tecnología, como aquella señora que sufría porque se había enterado que los satélites pueden tomar fotos con buena calidad a nivel del suelo, y estaba muy preocupada porque hubiesen captado imágenes suyas en calzones cuando salía a tender la ropa en su patio. En efecto, a Inteligencia de USA debe importarle mucho sus intimidades.

Así que, la próxima vez que escuchen a alguien con la excusa de “me hackearon” y desapruebe la malignidad de esos nerds que viven en cada esquina y por unos pesitos pueden ayudar cualquiera a meterse en su vida, respóndanle como yo le hago, cuando me dicen que los hackers que le robaron sus cuentas son demasiado inteligentes: les respondo “no es eso, lo que ocurre, es que tú eres demasiado estúpido”.

Cómo quisiera, en realidad, tener el valor para responderles así. Pero no tengo corazón para ello.


Julius Hernández

Web: http://juliushernandez.mx
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Twitter: @juliushg

Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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El Phishing Intelectual: Una quetzaditzin y una very good soup, por favor

Todos hemos experimentado esto. Todos, de una forma u otra, los que frecuentamos las redes y en cierta medida opinamos en ellas. Muchos se abstienen de opinar, a veces porque las palabras no les fluyen o simplemente no se toman la molestia, pero ponen su granito de arena compartiendo algún artículo o imagen que enciende los ánimos.

Antes se llamaba trollear. Sigue llamándose así, pero como todos los términos y conceptos humanos, va evolucionando. Trollear fue algo muy común en los foros de discusión que eran muy populares hace varios años (porque aquí donde lo ven, el internet ya es viejo, por lo menos cinco lustros desde su forma más reconocible). Era muy sencillo. Entrabas, por ejemplo, a un foro de discusión y a un tema específico, digamos “Fans de Luis Miguel”. Entonces, sin que te importara un comino si Luismi es buen artista o no, o si tiene o no una gran voz, decías en un sólo mensaje, escueto y preciso, o toda una diatriba: “Luis Miguel es una mierda de cantante”. Inmediatamente, se incendiaba el lugar, como si hubieras echado gasolina en una fogata donde todos convivían pacíficamente asando bombones y disfrutando los orgasmos por el objeto de su idolatría. Todos los participantes se te echaban encima destrozándote, o por lo menos a tu persona virtual, cuando tú ya estabas muy lejos muriéndote de risa por las reacciones. Por supuesto, eso lo hacías con una identidad falsa creada expresamente, de lo contrario corrías el riesgo de ser perseguido por algún fanático obsesivo y ser mutilado en la vida real.

A quienes hacían esto les llamaban trolls. El troll era un personaje efímero; muchos lo hicimos en ciertas ocasiones y nos aburrimos, otros se lo tomaron a pecho y continuaban haciéndolo sistemáticamente. De ahí se acuñó la frase “Don’t Feed the Troll” (No alimenten al troll), ya que si le respondías con argumentos válidos sin darte cuenta que te estaba viendo la cara, seguía echando leña al fuego y haciéndote enojar. Habíamos quienes nos dábamos cuenta en caso de ser víctimas de los atentados y renunciábamos a la polémica.

Con la llegada de Facebook, la trolleada perdió cierta vigencia debido a la velocidad a la que este nuevo tren corría. Con excepción de los grupos dedicados y privados -ya que las comunidades de Google+ han ganado bastante terreno en este sentido, relegando la interacción de facebook a un simple bar donde nadie toma nada en serio- muchas de las formas de trolleo han mutado enormemente, y en el resto de la web existe este fenómeno que a mí en lo personal me gusta llamar “Phishing Intelectual”.

El “phishing” es la práctica ilegal -o que debería ser tomada en serio como delito- de engañar a los usuarios del internet mediante tácticas fraudulentas para robar información bancaria y de todo tipo, a través de la llamada “ingeniería social”. Ahora navegamos también entre la infinidad de “clickbaits” (anzuelo de clics), que lo único que necesitan para colectar ingresos es que cualquier usuario haga clic en el atractivo enlace y lo comparta. En cierto modo, es entendible. Solamente tienen que poner un título lo suficientemente atractivo, digamos “Este niño abrió a su perro para extraerle las tripas ¡no creerás lo que encontró!”. El usuario promedio, curioso por naturaleza, le regala un clic y se encuentra con una noticia que la mayoría de las veces no tiene ni pies ni cabeza o resulta un fraude, y al mismo tiempo ha hecho ganar unos centavos al webmaster. Son tantas las posibilidades que costaría demasiado enumerarlas aquí, y no es el objetivo de este artículo (algo que sospechosamente he reiterado en varias colaboraciones).

El “Phishing Intelectual” no es ni ilegal ni dañino, pero es una especie de combinación entre el “troll” y el “clickbait“. Aparece a cada rato, y casi siempre es intencional, pero sin utilidad alguna. El asunto de la quesadilla sin queso es una tendencia en México. Desde que a un humorista desconocido (si alguien conoce el autor, favor de comunicarlo) se le ocurrió crear la imagen de que la palabra quesadilla viene del náhuatl “quetzaditzin” que significa “tortilla doblada”, lo cual resultó en tremendo hoax (engaño, bulo) del cual permanece un debate a nivel nacional. A algunos les importa demasiado que a la quesadilla sin queso se le siga llamando así. A otros (yo incluído) nos vale una soberana quetzaditzin.

Lo mismo ocurrió con el asunto de la “Sopa de Caracol”,  de la hondureña Banda Blanca, una canción que utiliza expresiones del dialecto garífuna como “Wata negui consup” (quiero comer sopa), y que a un vivillo (o tal vez pasado de vivo) pensó que en realidad decía “What a very good soup” (qué buena sopa) y creó un meme que agarró a todo mundo en bajada.

En Facebook a una despistada chica se le ocurrió solicitar en un grupo el libro “Cien años de soledad” de Pablo Cohelo (sic) y se hizo famosa de la noche a la mañana, viéndose atacada por la pléyade de lectores que tal vez saben perfectamente bien quién es García Márquez pero probablemente fallen en conocer otras importantes obras como Finnegan’s Wake de James Joyce, El Péndulo de Foucault de Umberto Eco o El Arcoiris de la Gravedad de Thomas Pynchon, sólo por mencionar tres de ellas tan buenas y quizá más valiosas y/o complejas, y por lo tanto más intelectuales que la obra más famosa de García Márquez.

Y ese es precisamente el objetivo de este artículo. El lector receloso tal vez dirá: “Eehhh, ¿y tú, te crees muy intelectual porque has leído todas esas novelas?” ¡Nooo! Ese es el meollo del asunto. Sólo leí a Eco y un poco de Joyce, y abandoné de inmediato por ser un escritor cuyas obras son tan complejas y lejanas de nuestra idiosincracia, como si un autor Vegano no fuera comprendido en Arturo. Las novelas que en mi vida he devorado y son mis preferidas tal vez ni siquiera interesen a la mayor parte de los lectores. Nadie está obligado a saber de todo y a conocer de todo, tal vez nuestra única responsabilidad social por el lado cultural es la de estar razonablemente enterado para que no nos agarren en bajada, e… investigar, siempre investigar antes de afirmar.

El problema (que como diría Arjona, no es problema) con el “Phishing Intelectual”, más que verle la cara a toda una comunidad de usuarios de este submundo tan inestable como es el internet, es que es un generador de debates, polémicas, enemistades, interminables posts de quienes se pasan de tontos y quienes se pasan de listos, una increíble maraña de discusiones en las cuales a la larga no hay ganadores ni perdedores, cosa que en el pasado no ocurría porque no existía esta impresionante capacidad de intervención que tenemos ahora en el siglo XXI. El “Phising Intelectual” es tan divertido como intrascendente: una gran cantidad de gente se emocionó -y la contraparte que se indignó- con los XV de Rubí, con la popularidad del “Ay, muchas cosas wuuuu!!”; hay quienes se divierten o se ensañan con la proliferación de Ladies y Lords, se dan vida riéndose de Blim con Netflix (por el odio racial a Televisa), y por esto mismo se burlan de la pobre Andrea Legarreta (cuyo único pecado fue decir las líneas que le ordenó la empresa que le paga (algo que de ninguna manera es un crimen)). Otros protestaron por la popularidad del Pokemon Go, y en este año ya hay quien se rasga las vestiduras por la tendencia de imitar el pasito perrón que un hereje, quien según los sacerdotes intachables debe ser encarcelado y quemado en leña verde, tuvo la feliz ocurrencia de hacer un video con una efigie del “Niño Dios”, en un mercado. Vaya, hasta burlarse de Arjona y defenderlo es motivo de guerillas en las redes sociales. ¿Ganamos algo con retorcernos el hígado?

Mi recomendación, si alguien esperaba obtener de este inútil artículo una moraleja o enseñanza de vida que ya se me estaba olvidando, es que no hay que tomarse nada realmente a pecho, ni demasiado en serio. La gigantesca red a la que pertenecemos es prácticamente una entidad viva, y los memes (término acuñado por Richard Dawkins en la excelente obra The Selfish Gene (El Gen Egoísta)) son células de la misma que se reproducen incesantemente a una velocidad impresionante: a nadie le importa si tienes razón o no, y no aportas nada a la posteridad con tus rabietas. Solamente si opinas con el objetivo de divertir, y de alguna manera con la buena fundamentación que otorga el ser curioso -no culto o intelectual, entiéndase bien- y documentarse adecuadamente, es como se puede salir airoso de esta gran batalla campal que parece no tener fin.

Y como en todo, ambos extremos son desfavorables: el ser demasiado crédulo nos pone en riesgo de quedar en ridículo por caer en cualquier hoax. El ser demasiado pretencioso, igual, con el riesgo de perder hasta la chamba como ese señor que tuvo el gran desatino de ser honesto y expresar su más que respetable opinión -eso sí, cargada de amargura, pero finalmente respetable- sobre un ídolo mexicano cuando no tenía ni veinticuatro horas de haber fallecido. Creo que saben a quién me refiero.

* * *

Ejemplos de noticias engañosas:
Stephen Hawking habla de los mexicanos y su devoción (que el argumento sea acertado no significa que Hawking lo haya dicho).
Detienen al comediante Víctor Trujillo El Brozo por posesión de drogas.
Choca camión de la coca-cola, lo que encuentran en el interior te dejará sin aliento.


Julius Hernández

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Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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256 Sombras políticamente correctas

En estos tiempos de corrección política -o ser políticamente correcto- es difícil hablar de un tema delicado sin tocar las fibras de unos u otros, partidarios o detractores, de cualquier lado de la balanza del tema en cuestión. Increíblemente difícil, especialmente en la época en la que cada quien es juez y verdugo solamente utilizando su celular y seguir las pautas de la corriente que va llevando al cardumen de peces opinadores. En el caso de los affaires de Christian Grey, tal vez el personaje más icónico en la moderna tendencia pseudoerótica de las primeras décadas del siglo XXI, el problema reside en legitimizar (o no hacerlo) la violencia hacia la mujer. Ni siquiera es seguro hablar desde un punto de vista documental o artístico. Tampoco es seguro defender (o no hacerlo) el hecho de que la trilogía de novelas originales fueron escritas por E. L. James (nom de plume de Erika Mitchell, sí, una mujer), una mujer que inició publicando la historia como un fan fiction de Crepúsculo (Twilight, 2005); su juego literario fue inesperadamente exitoso y coronado con millones de ejemplares vendidos. La película de la primera entrega fue apaleada por la crítica y regularmente aceptada por el público, mientras que esta segunda entrega, “Cincuenta Sombras Más Obscuras”, fue peor recibida por los críticos pero el público la ha consentido mejor. Sin embargo, hacer una reseña profesional de estas cintas y alabarlas o desaprobarlas no es el objetivo de este artículo.

No es un secreto que estas películas son intencionalmente estrenadas en un ambiente de romanticismo enmarcado por el Día de San Valentín en el mundo occidental. El meollo de este asunto es el de definir qué tan válido es el contar una historia -libro o película- y lograr popularizar los juegos de dominio y sumisión, así como el sadomasoquismo, haciéndolos embonar con la naturaleza romántica de la audiencia juvenil. Alguien por ahí protestaba (ya que siempre hay quien protesta, ¿qué clase de mundo sería éste si no pudiese cualquiera protestar?) que se está trivializando la violencia contra la mujer, además de adornarla con un cariz romántico. Tal vez eso es verdad. Pero ¿qué ocurre cuando muchas mujeres están de acuerdo en que es posible aceptar el erotismo del BDSM y no ven absolutamente nada de malo en los juegos eróticos sadomasoquistas? Pregúntenle a Fernanda Tapia. No pocas féminas, bien documentadas, leídas y escribidas, inteligentes y sofisticadas, declaran en algún momento ser fanáticas de estos juegos en los que la fantasía de sumisión femenina provoca genuinos espasmos en sus zonas erógenas. Probable, y seguramente, producto de atavismos biológicos que vienen desde lo más recóndito de su cerebro. Tampoco es extraño que hombres se presten al juego a la inversa. Las mistress que dominan, humillan y someten al hombre son algo común quizá desde tiempos inmemoriales, algo que no podía saberse a ciencia cierta hasta que llegó la magia del cine y el internet.

El problema del feminismo a ultranza no es su argumento básico sino la exageración del mismo. Es por ello que no todas las mujeres automáticamente se suman a la protesta. La mayoría de ellas saben que, por mucho que en la intimidad les excite verse sometidas (“dame duro, papi, sí!!” ¿les suena?) es perfectamente posible mantener su dignidad y su estatus en la vida real sin dejarse influenciar por las quimeras sexuales. Son perfectamente capaces de trazar la línea divisoria entre ambos mundos y disfrutar en cada uno de ellos sin mezclarlos. Algo que mucha gente no es capaz de entender ni practicar.

Precisamente en mi artículo anterior El Fin del Demonio mencionaba algunas cintas cuyo tema trascendía el mundo de la ficción para convertirse en polémicas sociales. Una Propuesta Indecorosa (Indecent Proposal, 1993), planteaba la posibilidad de vender el cuerpo, sin corromper el alma. Gracias a esta, la gente “normal” supo que no importa cuánto sea racionalizado, alquilar al cónyuge por una suma de dinero no tiene resultados favorables. Nueve Semanas y Media (Nine 1/2 Weeks, 1986) proponía la diversidad de los juegos eróticos a través de un hombre sofisticado en esos menesteres y su impacto sobre una mujer común y corriente. Esta última, a pesar de sus ridículas escenas cachondas, fue un hito en el género y es película de culto a pesar de que fue medianamente tratada por la crítica. Gracias a esta, la gente común se enteró que era perfectamente válido jugar con el cuerpo y la comida pero no lo era el dejar entrar a un tercero a la cama.

Cincuenta Sombras de Grey (Fifty Shades of Grey, 2015) consiguió lo impensable. Gracias a esta, y con la inercia de Harry Potter y Crepúsculo, muchos jóvenes -que antes no leían- comenzaron a leer (más de lo que lograría cualquier campaña de Librerías Gandhi), y el evento cinematográfico se volvió tan penetrante y tan cool que muchas chicas portaron con orgullo camisetas con la leyenda “Soy Propiedad de Christian Grey” (me encantaría saber qué habría ocurrido si, en lugar del guapérrimo de Jamie Dorman, el personaje de Grey fuera interpretado por Steve Buscemi o Danny Trejo). En Facebook hubo una sorprendente proliferación de perfiles con el epíteto “Amo/a” o “Sumisa” (sólo hagan una búsqueda de la frase de las camisetas). Sí, el BDSM (Bondage y Disciplina; Dominación y Sumisión; Sadismo y Masoquismo) entraba por primera vez al mainstream, la corriente principal que tanto odian los cada vez más olvidados hipsters, para volverse popular entre la juventud sin que alguien pudiera hacer algo al respecto.

Esto nos lleva a pensar que el cine y la literatura de alguna manera influyen en la evolución erótico-sexual de la sociedad. Y no ahondaré en ese punto, ya que tampoco es el objetivo de este artículo.

Sin atender realmente el contexto principal de la historia: cuando vi la primera en el cine (porque no me tomaría la molestia de leer las novelas), pensé que todo iba desarollándose aceptablemente hasta que a la autora se le ocurrió justificar las manías de Christian Grey con el conveniente detalle de que el personaje fue objeto de abuso cuando era más joven.

ABREVADERO CULTURAL: “Fifty Shades of Grey”, título original en inglés, alude a un juego de palabras con el apellido Grey, que es homófono de gray (gris); las “cincuenta sombras” (número arbitrario, porque debió haber usado el 16 o el 256) son más bien “tonalidades” de gris (shades of gray), o escala de grises de 4 u 8 bits (16 y 256 tonos). Se refiere a que no se puede ser totalmente bueno o malo, sino que hay muchas variantes en el espectro de la personalidad humana.

En ese instante comprendí que las hordas de fans lectores y enemigos de E. L. James la consideran audaz, objeto de admiración y reprobación, sin tomar en cuenta que, en el fondo, se cubrió la espaldas intelectuales (y morales) con una moralina: si te gustan los juegos sexuales con perversiones, estás irremediablemente enfermo, y/o fuiste víctima de un enfermo que te echó a perder. Los seguidores y detractores de la autora es posible que no conozcan a las clásicas del género erótico como Xaviera Hollander, Anaïs Nin y la más contemporánea autora de la clásica saga de Entrevista con el Vampiro (Crónicas Vampíricas): Ann Rice, cuya serie de libros de La Bella Durmiente haría palidecer a los lectores autoproclamados liberales. Impensables de llevarse al cine, si no se les ensarta mínimo una clasificación de NC-17, algo que no conviene a los estudios cinematográficos. Y cómo no mencionar a la celebérrima Sasha Grey, ahora actriz, escritora y músico (¿música?), quien en la vida real superó con creces la rudeza de su primo Christian sin necesidad de endilgarle el muertito a algún abusador para sentirse bien consigo misma. Bitch, please.

Es obvio que la creadora de Christian Grey supo amarrarse el dedo y ser políticamente correcta, y nunca habría considerado abordar algo tan escabroso como magistralmente lo hizo el autor del guión de 8 Milímetros (8mm, 1999), Andrew Kevin Walker. En el filme, el investigador interpretado por Nicolas Cage logra, después de muchas peripecias, dar con el autor de un filme snuff. Al ser desenmascarado, el criminal le dice al detective, en un emotivo discurso de esos que los villanos suelen aventarse en los momentos cumbres, en lugar de tomar ventaja contra el paciente héroe: “¿Qué esperabas? ¿Un monstruo? No tengo respuestas para nadie, nada de lo que te diga va a hacer que duermas mejor esta noche. No me golpearon, no me violaron, mamá no abusó de mí, papá jamás me violó. ¡Sólo soy lo que soy, eso es todo! ¡No hay ningún misterio, las cosas que hago, las hago porque me gustan!”

Las fanáticas de Grey, por supuesto, siempre dormirán tranquilas sabiendo que no fue su culpa. ¡Pobrecillo, tan guapo y tan cincuenta sombras de arruinado!


Julius Hernández

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El Fin del Demonio

Recuerdo perfectamente cuando era un crío y vi por primera vez el exitoso filme que ha cautivado a los entusiastas del horror, por excelencia: El Exorcista (The Exorcist, 1973). En mi tierna infancia en la que estaba, por supuesto, el impacto fue tal que no pude dormir por varios días y fui presa de tal trauma que cualquier evento bastante habitual, como cuando una silla se movía sola o todos los libros de mi recámara salían disparados del estante, yo lo asociaba con la presencia del Maligno. Y cómo no me impactaría, si las imágenes de la película de 1973 eran crudas, obscuras, y sobre todo, realistas. El Padre Merrin, interpretado por un Max Von Sydow que ya era anciano en ese entonces y sigue siendo igual ahora (casi la versión gringa de doña Sara García), aparece mencionado aquí sólo con la finalidad de hacer la broma sobre el hecho de que parece haber hallado el elíxir de la eterna ancianidad, mismo que ya quisiera encontrar Patrick Stewart.

Pero como hablar de El Exorcista no es el objetivo de este artículo, debo dejar bien claro el hecho de que el horror que me produjo fue temporal y dejó paso a un escepticismo que según yo también es genético y que, al parecer, comparto con la gran mayoría de las personas. Mucho más de lo que ellas creen.

Me explico: la figura de El Diablo, Demonio, Lucifer, Satanás, Belzebú, Mephisto (como te llames, señor, que de cualquier forma, eres el mismo) está tan engarzada en el subconsciente del colectivo cultural que tengo la fuerte sospecha de que a nivel individuo la mayor parte de los humanos lo identifica, en el fondo, como lo que simplemente es: una representación simbólica del mal. Nadie cree realmente que el Diablo -por llamarlo de algún modo- exista y sea un ente rojizo, con cuernos, pezuñas y administrando un antro de salsa por toda la eternidad – mientras la Tierra dure, por supuesto, porque cuando el Sol estalle se queda sin chamba. Y menos tan ocupado en inventar y supervisar los castigos en ese mítico lugar que el caballero andante Alighieri, con la ayuda de su escudero el Bosco, se encargaron de implantar en la mente de la humanidad a través de una obra escrita y pictórica. Pero desconozco realmente en qué momento histórico se originó esa imagen del cornudo con barbita de chivo, y estoy casi seguro que no fue la lotería mexicana de dibujitos.

La cuestión es que -y por fin llegamos al objeto del artículo- nunca he vuelto a ver una película de terror que cause el mismo impacto que la mencionada, que haga que incluso los adultos se tomen en serio el cine como cuestión social (las cintas Atracción Fatal (Fatal Attraction, 1987) y Una Propuesta Indecorosa (An Indecent Proposal, 1993) me vienen a la mente como ejemplos de otro género con el mismo resultado). Sin el mismo impacto social, tal vez Hellraiser (1987) tuvo esa fuerza obscura aunque su complejidad argumental no le permitió llegar al mainstream del mainstream. Sabes que algo ha tenido éxito y verdadera penetración social cuando dos políticos importantes u hombres de negocios hablan del tema en momentos de extrema ocupación. El Exorcista hizo eso y no creo que en un futuro ocurra, ya que ni Chucky, ni Annabelle ni cualquier muñeco endemoniado es tomado en serio ni por los niños, y la franquicia de Actividad Paranormal pronto perdió la novedad y la credibilidad con la cantidad de secuelas que aparecieron.

Mi punto es, que el cine de horror ya no asusta. No tendría por qué: las audiencias son más maduras, el público es más enterado del quehacer de la efectología y el maquillaje, y -lo repito- nadie cree realmente en “el Diablo”. Esto es fundamental para ser impactado. La ambientación y la compañía en una sala de cine fomentan la tensión y el sobresalto, pero a la salida no comentan más de cinco minutos para pasar a otro tema. Y nadie llega a su casa para no poder dormir, salvo uno que otro incauto e ingenuo que cree en verdad que “el Diablo”, y sus ocupados demonios lacayos, no tienen otra cosa mejor que hacer que llegar a tu casa (eso lo dijo uno de los del stand up) a moverte las lámparas y tocarte las puertas. Esos son los poltergeist.

El público madura. Lo que nos asustaba hace treinta o cuarenta años ahora a los chicos no les hace ni cosquillas. La mayor parte de los niños actuales se ríen de Linda Blair como la pequeña Regan cuando la cabeza le da vueltas y baja por las escaleras como araña revirada. Eso se llama decadencia.

Y cuando de plano supe que el Diablo y sus menesteres estaban verdaderamente devaluados fue cuando en la película El Fin de los Días (End of Days, 1999), un religioso afirma que según una antigua profecía, el Anticristo arribaría a la Tierra para propiciar el Juicio Final, exactamente a las doce de la noche del 31 de Diciembre de 1999, a lo que Arnold Schwarzenegger pregunta, inocentemente “¿Hora del Este o del Pacífico?”.

Desde entonces, ya no hay nivel.


Julius Hernández

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Trump y el “Pensamiento Deseoso”

No han pasado ni dos semanas desde que el simpático Donald J. Trump tomara posesión del asiento del famoso Despacho Oval de la Casa Blanca y ya ha tomado varias decisiones que nos afectan, directa o indirectamente, al resto de los países del mundo. México es tal vez una de las naciones a las que más ha humillado -o intentado humillar, dependiendo como lo vean- en su loco tren de racismo, discriminación y supremacía. El odio y el desprecio por los inmigrantes, la construcción del famoso muro, su misoginia, el supuesto video en prácticas de urolagnia con prostitutas rusas, son tantos los temas y tantas las bromas que se han hecho con memes para atacar por medio de la burla y el escarnio a tan patético personaje, que sería imposible coleccionarlos en un solo artículo de esta columna, por lo que dejaré de lado esa intención inicial, para enfocarme en el tema.

Creo que no soy el único que temió y sintió verdadera ansiedad cuando vimos el sorprendente ascenso de Trump con su exitosa campaña. Mis sospechas de su victoria crecieron de golpe cuando leí el artículo de Michael Moore “5 razones por las que Trump ganará” (en inglés).

¿Por qué? Por la sencilla razón de que Moore exhibió las razones de peso, las que muchos sospechaban pero no querían creer, los puntos clave que tenían verdadera relevancia en el quehacer de una nación que no dista demasiado de sus vecinos del sur en cuestiones electorales. Uno de sus argumentos principales fue el que el país ha mejorado y hay grandes avances en materia social: la no discriminación a las minorías, mejores leyes ambientalistas, la violencia a la mujer y el racismo realmente son mal vistos y condenados, la legalización de la mariguana, etc. Sin embargo, todo esto prospera principalmente en el núcleo de votantes que no acude a las casillas. Si el presidente de los Estados Unidos de América se eligiera a través de Facebook, Twitter y los X-Box y PlayStations, la derrota de Trump sería inminente.

Con lo que nadie contó fue con la gran fuerza de los apoyadores radicales del señor del peluquín. Toda esa gente cuyo odio racial, creencia en la supremacía blanca y feroces sentiminentos discriminadores suprimidos, para quienes Trump es un héroe que realmente hará a América grande de nuevo, fueron los realmente inspirados para salir a poner su voto.

Pero todos (¿cual sería el porcentaje de esos todos) creíamos y queríamos creer que existe una inteligencia colectiva que no permitiría el ascenso de un simio, de ese tamaño y calaña, al puesto de mayor poderío del planeta. Craso error. La inteligencia colectiva se durmió y Trump llegó a la Casa Blanca ante la mirada desanimada del resto del mundo. Fuimos víctimas, todos sus detractores, del “Pensamiento Deseoso”.

¿Qué es el “Pensamiento Deseoso”?

O “Pensamiento Ilusorio” (en inglés, “Wishful Thinking”) es la formación de creencias y toma de decisiones de acuerdo a lo que es placentero de imaginar en lugar de apelar a la evidencia, racionalidad o realidad. En resumen: creamos conclusiones en base a lo que deseamos. Ocurre y aplica en todas las áreas de nuestro comportamiento diario. A veces ganamos y las cosas pasan como esperábamos, pero en la mayoría de las ocasiones vemos con sorpresa y desconcierto que no se cumplió lo que supusimos a pesar de todas las deducciones y análisis cuyos resultados salieron definitivamente a nuestro favor. Cuando apuestas a tu equipo favorito desmenuzando los mejores desempeños de los jugadores en quien más confías y las más notorias fallas y carencias del equipo contrario. Cuando tienes la seguridad que te darán un empleo porque ya checaste a todos tus competidores y concluyes que son inferiores a ti. Cuando sabes que vas a lograr algo en determinado lapso después de hacer estrictas líneas de tiempo y planificas todo hasta el más mínimo detalle (y oh, sorpresa, el tiempo se te vino encima). Hay infinidad de ejemplos al respecto pero muchos entran en el terreno filosófico-teológico y no conviene ahondar en esas aguas turbias.

BIENVENIDOS A LA REALIDAD

La cuestión es que en el caso de Trump, se trató de un Pensamiento Deseoso a nivel mundial. Leímos decenas de análisis que aseguraban que era imposible que Trump obtuviera la victoria con todos estos arrebatos y desmanes, atentados contra el sentido común. No puedo imaginar a los optimistas (y lambiscones) en el equipo de la Hillary convenciéndose entre todos que ella era quien tenía la victoria asegurada por su brillante desempeño en los debates, en los cuales dejó al Donald “como trapo de cocina”. Y como en México también ocurrió, les comparto por lo menos el tuit que más me hizo reir en ese sentido, relativo al hashtag #FueraTrump:

Entre todo esto, un artículo rebatió uno por uno los puntos expuestos por Moore en su brillante texto maldito: 5 razones por las que Michael Moore está equivocado sobre la victoria de Donald Trump (en inglés). Eso, señores, es el Pensamiento Deseoso. Opera esclavizando nuestro propio subconsciente, obnubilando nuestra objetividad y haciéndonos ignorar las pruebas más poderosas que fungen en contra de lo que quisiéramos que fuese. Y no podemos culparnos, es una reacción completamente humana, y ha funcionado así desde que los primeros homínidos contemplaban el Sol y la Luna y estaban seguros que adorándolos obtendrían mejores resultados en la caza.

Más aún, con el advenimiento de la información omnipresente, una obra como El Secreto, que invoca nuestro más arraigado optimismo, pretende convencernos que, deseándolo fervientemente, cualquier cosa -sí, en serio, cualquier cosa– puede lograrse sin importar qué tan difícil (o imposible) sea. Y siempre presenciaremos el éxito de esta clase de publicaciones porque nos hacen sentir que nada, absolutamente nada, nos puede detener.

Conclusión: no debemos sentirnos mal porque nuestros pronósticos fallaron. Creímos en todos los analistas políticos, en todos los posts y tuits que aseguraban que no llegaría, creímos en la inteligencia mundial y en nuestro angustiado corazón. Ahora, los más pensantes del mundo en la escena política aseguran que Trump no durará mucho en su flamante puesto. Ese es otro de esos pensamientos infames. Y se vale deleitarnos en este.

Como bonus y como compensación por haber soportado este descorazonador pero realista artículo, les regalo una frase que alguien inadvertidamente me soltó hace muchos años, y que la experiencia misma me ha demostrado que siempre funciona sin importar qué tanto no la creamos, por lo que a todos nos debería hacer sentir mejor:

EN EL CAMINO SE ACOMODAN LAS NARANJAS

Pásenla bien.


Julius Hernández

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Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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No me gustan los lunes (ni los miércoles, ni cualquier día)

La canción de Boomtown Rats “I don’t like Mondays” la escuché en mi juventud sin saber realmente de qué se trataba. En aquel tiempo no había la información tan a la mano como la tenemos ahora. Y fue hasta hace unos años que la recordé y pude investigar, ya con el internet, el objeto central de la siniestra letra de esta pieza tan agradable al oído.

-¿Dime por qué?
-No me gustan los lunes

La letra de Bob Geldof se encarga del caso de Brenda Ann Spencer, quien en enero de 1979, disparó a varios niños que jugaban en el patio de una escuela de San Diego, California. Mató a dos adultos e hirió a ocho niños y a un oficial de policía. Cuando fue interrogada al ver que no mostraba remordimientos y se le preguntó por qué lo había hecho, simplemente declaró: “No me gustan los lunes. Esto anima el día”.

Justamente el miércoles de la semana pasada, mientras estaba publicándose mi artículo anterior, ocurrió una gran tragedia que conmocionó a todo el país. En un colegio de la ciudad de Monterrey, México, un chico desquiciado disparó a su maestra y a algunos de sus alumnos, para luego suicidarse. Todo el espantoso evento fue captado por una cámara de seguridad que alguien irresponsablemente filtró a las redes. El caso trae un agravante que no podemos dejar de notar: tiene toda la pinta de no tratarse solamente de un chico con problemas psicológicos que por su cuenta decidió iniciar una masacre, sino también de un evento copiado por el menor a partir de la avalancha de gore que inunda las redes sociales y en la que no existe ningún tipo de control. Es el internet, es la privacidad, es Facebook, Twitter, YouTube, sí, pero hay también acceso a otros sitios como LiveLeak, Rotten e infinidad de lugares siniestros canalizados por las plataformas antes mencionadas y protegidas por la supuesta privacidad a la que los chicos tienen derecho.

No es mi finalidad satanizar las redes y el internet en general, ya que desde siempre he sido un entusiasta de este maravilloso medio de comunicación que nos permitió una globalización insospechada, sin embargo no puedo dejar de notar -y estipular también que esto solamente es un granito de arena que no creo que pueda lograr mucho- que hay una desagradable ola de maldad que está colándose lentamente a las mentes de la gente. No es mi deseo tampoco el sermonear de nuevo a los padres y a los maestros que cuiden y vigilen a los hijos, ya todos lo han mencionado hasta el cansancio y yo me uno a la voz, pero los gobiernos y los responsables de las grandes redes son los únicos que tienen la posible solución: actuar en conjunto, crear intensas campañas y multiplicar la vigilancia. Pero no deseo profundizar en ello. Esto sólo son reflexiones que puedo compartir para analizar la causa. Esa es mi contribución.

EL CHIP DENTRO DE SU CABEZA SE SOBRECARGÓ

Cuando conocí la canción de Boomtown Rats, y me enteré posteriormente del significado, estaba muy lejos de suponer que 37 años después el tema seguiría estando vigente, porque hay algo que se mantiene sin cambios y que en los años venideros fui descubriendo, cada vez que me daba al análisis e investigación del comportamiento humano (algo que me apasiona, extraoficialmente): hay chips en ciertas cabezas que no resisten. Se sobrecargan fácilmente. Este es el inicio de la canción: “The silicon chip inside her head gets switched to overload”. Desconozco si accidentalmente o con conocimiento científico (dudo esto último, por la época) Geldof atinó a una cuestión que sigue siendo polémica pero que yo defiendo y en la que muchos no estarán de acuerdo: hay una causa neurológica para la propensión al mal. El cerebro viene configurado de fábrica, por poner una analogía. Ahora hay suficiente -que no completo- entendimiento de cómo trabaja este increíble órgano para por lo menos sospechar que hay un mal funcionamiento del mismo y concluir que no se trata sólo de castigar y concientizar: es la comunidad científica la que tiene que descubrir cómo corregir esta deficiencia.

¿Qué quiero decir con esto? Que el psicópata siempre será psicópata, sin remedio. La serie televisiva Dexter manejó genialmente una variante: Dexter es un asesino serial reconocido como tal por su padrastro desde su infancia. Y el hombre le ayuda a saciar y canalizar su sed de sangre convirtiéndole en un asesino de asesinos seriales. Es decir, no puedo corregirte, pero te haré comprender que esa es tu naturaleza y, gracias a la inteligencia del chico, pudo desarrollar un código moral que le llevaría a hacer el bien. Una situación similar la recuerdo en la película Una Mente Brillante (A Beautiful Mind, 2001), en la que John Nash, matemático brillante, identifica su propia esquizofrenia y aprende a controlarla, deduciéndola por una niña que veía desde muchos años antes y que nunca crecía.

En la realidad, una empresa de ese tipo es más difícil, por no decir imposible. Y justamente una semana antes leía el caso de Elliot Rodger, El Asesino Virgen. El chico no era mal parecido, pero no tenía éxito con las mujeres, probablemente porque, según testimonios de las chicas, él era creepy. En lugar de entender que debía corregir su maltrecha personalidad, llegó a la conclusión de que la sociedad tenía una deuda con él y debía ser saldada en lo que él llamó “El Día de la Retribución”. Varias personas murieron y otras resultaron heridas en una loca jornada final en la que Elliot terminó suicidándose en su coche. Y qué triste para él que su apelativo como leyenda terminara siendo precisamente… el status que tanto odiaba.

El caso de Elliot tiene algo en común con el de Brenda Ann Spencer y el chico de Monterrey: su razonamiento es errático, egocéntrico y, presumiblemente, nada se puede hacer por cambiarlo. La triste realidad es esa. Están convencidos de su realidad interna y creada a su favor. Y en estos tiempos, todo es agravado por la constante presencia de las redes sociales que dan pie a grupos como la “Legión Holk”, que premia e instiga los comportamientos psicóticos de los chicos.

Cualquiera puede justificar sus acciones, buenas o malas. Sin embargo esto no significa que la justificación sea válida. “No me gustan los lunes”, es una buena justificación, pero a este chico de Monterrey no le gustaron los miércoles. A otro no le gustaba que las mujeres le huyeran. Otro puede aducir que odia a los payasos, o a las chicas de cascos ligeros, o a los sacerdotes, o simplemente nadie tiene el derecho de divertirse cuando está triste. En cualquiera de estos casos, matará con justificación, y nada puede hacerse por impedirlo. Ni la religión, ni terapeutas, ni medicamentos, ni el castigo por encarcelamiento. ¿Creerían realmente que Mark David Chapman, por ejemplo, está realmente arrepentido de haber asesinado a Lennon? Mis dos centavos, a que no lo está.

Esperemos que la ciencia realmente encuentre, en un futuro cercano, una técnica realmente efectiva para reprogramar el cerebro y proporcionarle los ajustes necesarios para sentir empatía por los demás, así como el remordimiento normal derivado de las malas acciones.

Yo sí creo con firmeza que tal avance sea viable, pero tal vez en unos trescientos o cuatrocientos años. Desafortunadamente, ya vamos a estar muy viejitos para disfrutarlo.


Julius Hernández

Web: http://juliushernandez.mx
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Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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Suspensión de la Invisibilidad

La pregunta es clásica. Si tuvieras el superpoder de la invisibilidad ¿cómo lo utilizarías? El espectro de respuestas va desde las más serias hasta las más jocosas y desfachatadas, dependiendo de la seriedad y prestigio del encuestado. Combatiría el crimen, me colaría a los baños de mujeres, haría trampa en los casinos, espiaría a las mujeres desnudas, haría bromas a amigos, simularía eventos sobrenaturales, entraría a las habitaciones de mujeres para verlas sin ropa, me enteraría de chismes, descubriría secretos de estado, fisgonearía mujeres desn… no, esperen, esa ya está repetida (hablando con seriedad, es la más frecuente de las respuestas masculinas pero apoyar la agenda ultrafeminista no es el objetivo de este artículo).

-¡Ahí está el hombre invisible!
-¿Cómo puede usted estar seguro?
-Pues ¿qué no está viendo que no lo está viendo?

Si me preguntan, mi opción preferida sería colarme a las altas esferas internacionales para enterarme cómo se resuelven los asuntos de importancia global, cómo se llevan a cabo los grandes negocios, cómo se deciden los destinos de las naciones. De una u otra forma, como cuestión lúdica, la invisibilidad siempre ha sido una de las elecciones favoritas a la pregunta inmediata anterior: ¿qué superpoder te gustaría tener? Increíble. Hagan el sondeo y verán que la gran mayoría tiene algo de héroe, chismoso y voyeur en los ingredientes de su personalidad.

Desde la clásica novela de H. G. Wells, El Hombre Invisible (The Invisible Man), publicada en 1897, innumerables instancias de héroes o antihéroes invisibles, voluntarios e involuntarios, han aparecido en la ficción popular. Las que más recuerdo son El Hombre Invisible (The Invisible Man, 1975) con el memorable David “Illya Kuryakin” McCallum, serie de 1975 que apenas duró una temporada, en la que el protagonista, modernizando la idea de Wells, usaba una máscara idéntica a su rostro, tan perfecta que nadie percibía lo artificial. Seguida por El Hombre Gémini (Gemini Man, 1976), igual de fallida, redujeron lo simple al absurdo con un dispositivo en forma de reloj que sólo le permitía disponer de su poder por 15 minutos al día. En El Hombre Sin Sombra (Hollow Man, 2000) de Paul Verhoeven, nunca nos imaginamos lo doloroso que sería el ver al legendario Kevin Bacon perdiendo la razón, y encima, no verlo. Igual fracaso experimentó la aventura de Chevy Chase Memorias de un Hombre Invisible (Memoirs of an Invisible Man, 1992).

Los superhéroes, como siempre, se cuecen aparte: Sue Storm de Los 4 Fantásticos (Fantastic Four) y Violet Parr de Los Increíbles (The Incredibles, Pixar 2004), han demostrado que las mujeres son más sensatas a la hora de manejar la invisibilidad. Mención aparte recibe el personaje Invisible Boy, (de la película ya de culto Mystery Men, 1999), un héroe singular en la piel de un joven afroamericano que anuncia poseer el maravilloso poder de volverse invisible… pero solamente cuando nadie lo está viendo, incluído él mismo.

En tiempos recientes El Chico Invisible (Il ragazzo invisibile, 2014), película italiana de Gabriele Salvatores, es tal vez la más ingeniosa que he visto sobre este tema, logrando el balance exacto de drama, humor y heroísmo, al mismo tiempo sentando las bases para toda una saga de mutantes… aunque no cuente con el respaldo de Hollywood, ni de Marvel o DC. Como dato curioso y en un alarde de audacia de los guionistas, el chaval sí entra a una ducha de chicas, y es descubierto por ellas en una de las escenas más memorables y siniestras que he visto.

Pero pocos nos detenemos a pensar qué tan complicado sería para la ciencia, por lo menos al nivel actual, conseguir la anhelada habilidad de ser transparente a la radiación de la luz visible -que es en lo que residiría realmente la invisibilidad. El primer tratamiento serio al respecto lo escuché -o leí, que al final es lo mismo- hace varios años en un foro de discusión de Reddit, donde alguien afirmaba que un humano que fuera invisible también sería ciego por definición, ya que los rayos de luz deben incidir en la retina para que la información visual sea codificada hasta llegar al cerebro. Explicación que me ha perseguido desde entonces y me hizo perder la fe en que en un futuro lejano podríamos alcanzar la genuina invisibilidad que nos presenta la ciencia-ficción, como si pudiésemos ir, casual, a comprar un dispositivo en una tienda Radio Shack… aún con las desastrosas consecuencias que traería el hecho de que cualquier hijo de vecina fuese capaz de pasar desapercibido. Por supuesto que, si este fuera el caso, no dudo que alguna sagaz empresa comercializaría dispositivos de uso doméstico para detectar a los intrusos malandrines.

Otros procedimientos sugeridos por la imaginación han sido tan complejos que no han prosperado en la ficción, como conseguir un desfase mínimo en el tiempo, de manera que aún puedas interactuar con la materia y al mismo tiempo esquivar las ondas de luz, y algunos tan estrafalarios como el de utilizar hipnosis colectiva para que todos ignoren tu imagen. Y pensándolo bien, esa última propuesta no es totalmente descabellada: creo que todos conocemos a alguien que, a pesar de haber hecho acto de presencia en una reunión o cualquier evento social, todos juran no recordarlo. Y a alguno que, gracias a su nula simpatía y empatía, nadie puede verlo. Pero esos ya entran en la rama de la psicología.

El método más realista para conseguir una efectiva invisibilidad humana, entonces, no sería consiguiendo que las células del cuerpo dejaran pasar la luz y seguir siendo funcionales, sino urdiendo una especie de traje que capture las ondas lumínicas de todos los ángulos posibles y los reprodujese exactamente del lado opuesto, en una suerte de mimetismo instantáneo y ultrapreciso, tal y como se ve en este experimento de Mercedes Benz…

…cuyo principio es más o menos como el que utilizaba el escalofriante Depredador, en el filme de 1987, y que también recuerdo aplicado al automóvil en alguna cinta de espionaje, muy probablemente alguna de James Bond (quien lo recuerde, le agradecería me lo comentara). El problema con estas tecnologías a nivel experimental es que la invisibilidad no es absoluta ni de alta fidelidad, por lo que sería imposible que no percibiéramos la presencia de alguien que está frente a nosotros a plena luz, ya sea estático o en movimiento.

Quien suponga que nunca sería posible llegar a un elevado nivel de precisión, debe recordar que hace cincuenta años no podríamos creer los logros que la actual tecnología ha alcanzado. Y este grado de desarrollo difícilmente podría mantenerse en secreto, así que tampoco me extrañaría que a la par se inventasen tecnologías que detecten la presencia de cualquier entidad que permita que la luz le atraviese sin discriminación.

Y como con todas estas reflexiones inútiles a lo único que pude llegar fue a la “suspensión de la invisibilidad”, estado mental en el que me convenzo de lo lejos que estamos de conseguirla, es momento de anunciarles que ya dejé de soñar con poder colarme a las altas esferas internacionales para enterarme de lo que se urde en los asuntos de importancia global. Sin embargo, es un honor comunicar a mis estimados lectores que, en efecto, yo sí tengo un súperpoder: el de no roncar (cuando duermo, obviamente). El único e insignificante detalle, es que únicamente puedo utilizarlo cuando duermo solo, y nadie está cerca para comprobarlo.

* * *

(UPDATE) En efecto, el auto invisible fue una tecnología ofrecida a James Bond en Die Another Day (2002), pueden verlo en este video:

Y este es un experimento similar al de Mercedes Benz, hecho por los amigos de Top Gear:

Ambos bastante peligrosos para circular, diría yo.


Julius Hernández

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Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.