Dichos y refranes: Leyes de la cotidianeidad

¡Hola! amigos, bienvenidos. Primeramente, déjenme decirles que estamos ya en la entrega número 10 de estos encuentros y quiero aprovechar este momento para agradecerles el favor de su atención durante estas reuniones. También quiero expresar mi gratitud al equipo del portal de eddywarman.tv, especialmente a la web master Tere Chacón por la oportunidad brindada para formar parte del grupo de columnistas, por su invaluable apoyo para la publicación de estas columnas y por su confianza en la columna “Entre amigos”.

Dicho esto, vámonos de voladita a la plática de hoy. Pensemos por un momento en algún área del saber científico y en cómo habrá sido su evolución en el tiempo. Seguramente coincidiremos en que sus avances se deben, al menos en parte, al descubrimiento y desarrollo de las leyes y principios que rigen los fenómenos que son propios del campo de conocimiento que hayamos pensado, para finalmente contribuir al resultado de tener el mundo “civilizado” en el que vivimos actualmente. También, esas leyes delimitan lo que podemos o debemos hacer si no queremos tener consecuencias no deseadas; por ejemplo, en el diseño de un puente o de un avión deben seguirse los principios de la resistencia de materiales para que no vaya a resultar que se nos viene abajo la estructura o la nave se empiece a desarmar en pleno vuelo. Por otro lado, ni que decir de aquellos principios de la física de siglos atrás que hicieron posible que ahora tengamos en nuestras manos esos dispositivos móviles que verdaderamente y así literal, “son parte de nuestra vida”, ¡vaya que si!

Lo anterior nos da muestra de la veracidad, confiabilidad, credibilidad y más, de los conocimientos científicos y sus innumerables beneficios que traen progreso y modernidad; y es tal su trascendencia, que si alguien con autoridad para nosotros nos dice que algo está probado científicamente, lo aceptamos con naturalidad, porque finalmente “creemos” en la ciencia, la amamos; y como no hacerlo si desde pequeños y generación tras generación se nos enseña que la ciencia es la poseedora de la verdad, de la razón, la única capaz de transformar el mundo y de resolver los problemas que lo aquejan. ¡Ah!, otro punto a su favor: gracias a sus aplicaciones tecnológicas es posible este encuentro con ustedes, queridísimos amigos, por eso hay razones para amarla.

Hasta aquí todo perfecto. Pero en el trajín de la vida diaria, pasando sin darles mayor importancia, pululan otros principios que no tienen el rango de leyes o teorías científicas como tal, pero que han sido también comprobados generación tras generación: los dichos y refranes.

Saco este tema para discusión y reflexión porque se puede ver desde dos puntos de vista. En primer lugar, así como la ciencia ha transformado al mundo, el conocimiento emanado de estas frases populares puede hacer lo propio con cada uno de nosotros; y en segundo, aunque ya le echamos sus porras, la ciencia tiene un mucho o poco de negatividad dependiendo del punto de vista de cada persona, y creo que estos dichos y refranes, leyes de la cotidianeidad, pueden influir para contrarrestar ese lado “B” del conocimiento científico.

Y, ¿cómo puede ser esto? En principio, debemos tener un poquito de fe, “creer” en lo posible, así como se ha hecho con los conocimientos científicos; pensar que las grandes cosas surgen de una idea imborrable de la mente. Tal vez piensen que esto es muy idealista, fantasioso o que, como dice precisamente un dicho, todavía creo en los santos reyes. No se que será, pero algo en mí me dice que lo podemos hacer, nótese que digo “podemos”.

Ahora, “para muestra un botón” de las aplicaciones de la cientificidad de la vida diaria: “Haz el bien sin mirar a quien”. Este refrán es fortísimo, uno de los más importantes sino es que el más, implica que debemos llevar para vivir la vida un gran corazón, ¿cómo es eso? Les comento: si hacemos un día de campo o picnic, ¿qué es lo principal para llevar?… la comida, ¿cierto?, si no se tiene, sea lo que sea que hagamos no será un picnic. Para nuestro caso, ir por la vida sin un gran corazón tiene consecuencias fatales; ahí les va: estaremos atados a prejuicios, a intereses personales y mezquinos, a estar “con el mazo dando y a Dios rogando”, y entonces, como en el caso del día de campo, sea lo que sea que hagamos, no será vivir la vida, sino más bien “destruir la vida”, abonarle al lado B de la ciencia, acabar al mundo.

Gracias por venir queridos amigos, y recuerden hacerme saber sus opiniones, son valiosísimas. Nos vemos en la próxima.

 


Antonio Carlos Martínez

Las cosas buenas pasan pero el trabajo con esfuerzo y dedicación, dando lo mejor de nosotros, es lo que hace que sucedan.

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