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Cómo ser un grinch y no odiar la Navidad

En mi tierra natal, cuando era un niño, la Navidad era una cosa esplendorosa. A many splendored thing. En las noches, el ambiente se respiraba verdaderamente navideño.

Por todos lados podías encontrarte una de las posadas, en las cuales se escenificaba por las calles del pueblo la peregrinación de José y María con adorables caracterizaciones, culminando en una casa que acogía a los participantes y repartían comida y bebida. Gente cantando las ramas, que eran brazos portables de cualquier tipo de árbol decorados con faroles y adornos navideños, que cantaban de casa en casa, algunos a capela, otros casi con orquesta ambulante, pero todos entregando su corazón al cántico. Naranjas y limas, limas y limones, más linda es la Virgen que todas las flores.

Una tradición menos conocida extramuros eran los portalitos, en los cuales los más pequeños cargaban un portal navideño de cualquier complejidad en su manufactura, representando la escena de la nochebuena, José, María, Niño Dios, un ángel y la vaca y el burro, entonando de casa en casa En un portalito de cal y de arena, nació el Niño Dios en la Noche Buena. Los portalitos oscilaban de los más sencillos (una simple caja de zapatos sin decorar con una vela) hasta verdaderas obras maestras del trabajo manual que se destinaban a los Nacimientos caseros.

Lo que se recibía, en ambos recorridos, era el “aguinaldo”, un regalo en efectivo en el que poco importaba si recibías dos o veinte o cincuenta pesos, la salida nocturna era gozosa y levantaba el corazón.

Los Nacimientos eran otra costumbre que a la fecha se ha mantenido vigente. Algunos muy sencillos, debajo del Árbol Navideño. Otros eran toda una experiencia visual: ocupaban toda una estancia de la casa y contenían detalladas escenificaciones de varias escenas bíblicas del Antiguo y Nuevo Testamento. En especial recuerdo uno que tenía una cascada de agua de verdad, ángeles revoloteando cerca del portal, la estrella de Belén acercándose con los Reyes Magos con un sistema de movimiento mecánico e incluso un Nacimiento espectacular que ocupaba varias habitaciones y podías recorrer desde el Génesis hasta la hora de la llegada de Jesús al mundo. Incluso llegué a ver un funicular, sin haberme enterado jamás qué pitos tocaba ahí. Los orgullosos creadores de estas obras de museo temporal se mantenían despiertos pacientemente hasta altas horas de la noche atendiendo a los visitantes y experimentando el pecado capital de la soberbia al recibir sendas felicitaciones.

Estaban también las Misas de Aguinaldo, que se celebraban en la iglesia más importante durante nueve días previos al 25 de diciembre, a las 5 de la mañana, y los jóvenes de aquella época solíamos salir de las discos y esperar un rato para acudir al ritual -cuyo significado era lo que menos atendíamos- que culminaba siempre en una posada en la casa en turno. La Misa de Gallo se daba a la medianoche del día 24 y siempre contaba con un apadrinamiento del Niño Dios, en los que un chico y una chica eran padrino y madrina y contaban con un séquito de decenas de parejas, de ahí, a una comelata y baile que se extendía casi siempre hasta el amanecer en el centro social más céntrico.

En fin, en el pueblo, durante todo el mes, se respiraba ese aroma a festividad, espiritualidad y pachanga. Pasando el día veinticuatro, las tradiciones continuaban con nacimientos y representaciones bíblicas en las calles, mucho olor a pólvora por cohetes (perdón, “cuetes”) y petardos por doquier (que las autoridades jamás han logrado suprimir, Yes!!), y la última noche del año, después de la tradicional cena en la casa con todos los familiares, varias calles y barrios organizaban bailes que iniciaban en las primeras horas del primer día del año y se extendían, algunos de ellos, hasta las 9 o 10 de la mañana.

Sí, un ambiente peculiar que difícilmente la gente habituada a las grandes urbes estaría acostumbrada a experimentar. Y que después, inevitablemente, se añora.

Pero ya saben, a veces uno crece, busca otros ambientes, otras oportunidades, conocer nuevas costumbres y experiencias. Y casual, uno se vuelve cínico, racionalista, ateo (agnósticos, los menos arrojados), un connosieur y bon vivant con el savoir faire de la intelectualité: así de volverse un grinch y negar toda connotación espiritual de la época, que según las grandes empresas mercadotécnicas, inicia a mediados del mes de noviembre en su precoz exposición de productos y ofertas navideñas. Justo después que ha menguado la moda que ahora empieza a determinar que lo propio de México no es el Halloween sino el Día de Muertos, debido a que ya se dieron cuenta que el parto del Redentor aconteció, precisamente y ni más ni menos, en un humilde portal en las faldas de una remota montaña de Oaxaca.

Y cuando uno anda en toda esa élite comienza a pensar que la Navidad sólo reside en los decorados de los grandes almacenes, en los Santa Claus de las esquinas, en los Nacimientos de las iglesias, en las peregrinaciones a La Villa, en mirar en el internet películas alusivas al Cuento de Navidad de Dickens, y en casos más específicos como los nuestros, en los estrenos de la última entrega de la saga de Star Wars y el Christmas Special de Doctor Who.

Y seguimos escuchando que el árbol navideño en realidad se originó por la Saturnalia, que el Santa Claus moderno es un invento de la Coca-Cola derivado de Papá Noel, que la agresiva mercadotecnia ha acaparado fechas religiosas que no deberían prostituirse, y por ahí todavía se escucha el clamor de que lo importante no es dar y recibir regalos sino pasar tiempo de calidad con la familia, y ¿saben qué? Es perfectamente posible ser un grinch y aún así amar la Navidad, sin necesidad de ser un religioso consumado. Por suerte, con la madurez muchos dejan atrás la etapa antisocial, intelectual y pretenciosa que reside en rechazar las fiestas navideñas y dejan de ser los amargados con ínfulas de introspectivos. Los Scrooge que nunca fueron.

Sí, es muy divertido ser un grinch. Intelectualmente divertido. Y como dijo James T. Kirk: somos una raza de asesinos, pero no vamos a matar hoy. Dejemos la diversión del escepticismo para otro momento en el que no haga daño.

Para disfrutar de la época no se necesitan etiquetas. Requiere, simplemente, de disposición. No soy espiritual ni creyente, y sin embargo la época de las últimas semanas del año embarga mi corazón y me hace disfrutar el olor a los arbolitos naturales (que los Milenials intentan erradicar), el impacto visual de las luces multicolores titilantes que adornan las casas, el sentimiento de la gente en las festividades, incluso puedo disfrutar las mismas escenificaciones religiosas a pesar de saber que fueron historias distorsionadas y prefabricadas, porque lo que representan no es el tratar de convencernos de la veracidad de la Más Grande Historia Jamás Contada, sino un recordatorio y celebración consensuada de que aún existe el bien en este mundo. Lo que erróneamente se ha asociado en exclusiva con los creyentes de hueso colorado: gente de buena voluntad.

No es necesario creer en los símbolos para disfrutar de los mismos. Tal vez para quienes crecimos en una tierra rica en tradiciones es un poco más fácil mantener la embriaguez de la época: no creo que se necesite haber vivido entre todo lo que les he contado de aquellos lares, ni pertenecer a una creencia organizada para desarrollar un corazón puro y desear lo mejor a todos los que nos rodean.

Que pasen una hermosa Navidad y un muy feliz Año Nuevo en compañía de todos sus seres queridos. Ojalá el 2018 puedan seguirme leyendo en esta columna.

Para terminar de forma impactante, pondría que una lágrima ha mojado la tinta en la libreta en la que escribo esto, pero pues lo escribo desde una computadora. Abrazos.


Julius Hernández

Web: http://juliushernandez.mx
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Facebook: https://www.facebook.com/JuliusHernandez.autor/
Twitter: @juliushg

Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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