La Balada del Estúpido Cerdo Machista y la Maldita Guerrera Feminazi

El pasado jueves 2 de Marzo tuve el honor de participar como columnista invitado en el programa de Eddy Warman en 88.9 FM, hablando en referencia a mi artículo 256 Sombras Políticamente Correctas, y al mismo tiempo acerca de mi novela El Pecado del Mundo, oportunidad que agradezco infinitamente al mismo Eddy quien fue tan amable de invitarme, a Tere Chacón y a todo el equipo de producción. Me habría encantado contar con más tiempo para abarcar todas las tonalidades de gris que el tema tenía, e inclusive podría complementarlo por aquí. Sin embargo, los temas pierden actualidad y no creo que deban arrastrarse en forma indefinida. Así que, con amplio remanente en el tintero digital, pasemos a lo que atañe esta semana.

Es tanta la afluencia de posturas feministas, anti-machistas, feminazis, antiviolencia, y anti y pro de todo que en estos tiempos es extremadamente difícil expresar una postura ideológica acerca del asunto y todo lo relacionado sin tocar una fibra delicada de una u otra facción de pensamiento. No es mi costumbre aprovechar un día específico para escribir un artículo convencional repitiendo las frases convencionales y llegando a las conclusiones convencionales. En este caso, como ya se ha aclarado muchas veces, lo que se celebra el 8 de Marzo es en realidad es el Día de la Mujer Trabajadora, no se trata de festejar y glorificar al género femenino como si fuera Día de la Madre; esto ocurre generalmente con los desinformados, quienes en un despliegue machista por quedar bien con las féminas las alaban en exceso al punto de la cursilería (si no me creen, revisen un poco las redes sociales), y las desinformadas, quienes en un despliegue feminista intentan convertir una celebración muy justificada en un circo supremacista. El objetivo de este día es concientizar a la gente acerca de la igualdad de derechos, especialmente laborales, de las mujeres con respecto a los hombres, lo cual es una empresa no solamente respetable sino necesaria para la sana evolución de la sociedad. Pero no es el objetivo de este artículo ilustrar sobre algo que cada año se aclara hasta el cansancio.

La guerra comienza cuando cualquier representante de ambos sexos piensa que su género es superior al otro. Porque entonces deberíamos definir “superioridad”, en cuanto a fuerza física, inteligencia, astucia, concentración, capacidad visual y espacial, habilidad en la conducción, etc., son tan variados los factores que finalmente resulta ridículo intentar establecerlo. Siempre he pensado que la biología define las características con base en la genética de la especie, y el cerebro humano va alterando la misma para adaptar la especie al contexto social que ha desarrollado con la civilización. Es el pensamiento lo que nos hace humanos, pero es la naturaleza quien nos hace creaturas de uno u otro género. El pensamiento y la naturaleza empujan y jalan en direcciones opuestas, lo que va dando forma a la realidad existencial humana. Por ello, es completamente ridículo “luchar contra el sexo opuesto”, como lo hacen las feminazis y en algunos casos, los machistas.

“Feminazi” es un término peyorativo popularizado en los noventas por Russ Limbaugh para definir a las mujeres feministas excesivamente radicales, pero no me apropiaré de la explicación y se lo dejaré a la Wikipedia en este artículo. El término es extremadamente popular en esta era y me he encontrado con que muchas feministas que no llegan a los extremos afirman que la sola creación de esta palabra, que es un portmanteau (lo dejo de tarea), es señal de que “el feminismo incomoda, y está funcionando”. Nada más lejos de la verdad. Permítanme disentir y explicar.

A mí, como a muchos varones librepensadores y libres de prejuicios de esta época, no importando si somos baby boomers o milennials (ya que la época que nos marca tampoco nos define), no me importa el feminismo. Y no me incomoda, yo mismo he incorporado el feminismo en mi currículum ideológico. Me encanta que las mujeres tengan los mismos derechos, que tengan las mismas oportunidades, que no se les discrimine por ser mujeres, que no se les maltrate ni se les asesine por serlo. No solo no me molesta que lo estén logrando, sino que generalmente apoyo para que lo hagan. Y sin embargo, siento que les falto al respeto cada vez que las apoyo como género.

Porque personalmente, si yo fuera mujer, me incomodaría sobremanera la utilización del término.

El machista -a este nivel, el vocablo no deja lugar a dudas- es, en resumen, el varón al que le importan una mierda los logros y derechos mencionados arriba, y no solamente no le importan, sino que hace lo posible por pisotearlos. El machista es conservador, cree que la mujer es inferior y existe únicamente para servir al hombre. La Iglesia Católica, y más aún si defiende la Biblia y muchos de sus preceptos, es machista. Muchos colegios son machistas, muchas abuelas antiguas son machistas, muchos lugares de trabajo lo son. No aspiro aquí dar una cátedra sobre lo que el machismo es y en dónde se manifiesta, ustedes deben saberlo de sobra. Y sin embargo, al final, y únicamente en honor a la semántica, el feminismo (el que se decanta al feminazismo) es por definición el reflejo del machismo que tanto odian y combaten. La semántica no define siempre la realidad: prefiero adoptar y utilizar el término en su acepción más noble. Aunque repito: si fuera mujer, me avergonzaría el tener que apoyar el feminismo y llamarme feminista porque el sólo hecho de etiquetarme es aceptar que estoy luchando por superar una inferioridad que no es natural sino producto de la cultura. Es decir, si soy mujer, acepto que soy inferior y debo luchar por sobreponerme al (aguas, feminazi detected) estúpido cerdo machista que me oprime porque me ha hecho creer que soy inferior y por tanto debo rebelarme.

¿Cómo salir de este laberinto ideológico? Sencillamente, identificando dónde está el problema, aunque no espero que este insignificante artículo entre millones y millones que existen en la web logre la diferencia (por lo menos pongo mi granito de arena y podré dormir tranquilo de ahora en adelante). El problema está en el deseo y el temor a la servidumbre. Mientras Jesucristo, el sujeto histórico en quien está basada una de las religiones más populares de la Tierra, enseñaba el servir a nuestros semejantes y dar amor sin exigir nada a cambio, millones de sus seguidores de ambos sexos experimentan un intenso temor por ser útil, halagar y elogiar al sexo opuesto. Y del propio, ni hablamos. Porque tal parece que el ser servil, amoroso, galante en el caso de los varones y dulce en el caso de las hembras, sin importar el sexo biológico en que se desempeñe cada rol, es considerado un síntoma de inferioridad. El macho no quiere perder su hegemonía ante la hembra, ésta no quiere seguir siendo dominada por él. Una gran cantidad de problemas en las relaciones románticas son producidos por el miedo que el otro tome el control y al mismo tiempo en el fondo anhela poseerlo totalmente.

Es perfectamente posible encontrar el equilibrio adecuado y amarse sin estas preocupaciones, desafortunadamente sólo un 1.63% de las parejas (repito, sin importar el sexo biológico) tiene la madurez, inteligencia y genética suficiente para mantenerse al margen de la guerra de los sexos (no me pregunten por favor de dónde saqué tal precisión en el porcentaje, el software estadístico que uso es exclusivo y de propietario), por lo cual no vislumbro un futuro cercano en el que los horrendos términos machismo y feminismo sean erradicados totalmente de nuestra sociedad.

Mientras tanto, si buscaban una moraleja o consejo para vivir tranquilos…

(¿Otra vez? ¡Carajos, no puedo escribir sin que estén fastidiando por un mensaje! Inclusive hay quienes se molestan si una película o libro no “tiene mensaje”, como si los realizadores o escritores no hicieran un titánico esfuerzo ya solamente con divertirlos.)

…lamento decirles que esta vez ¡no hay! Bueno, pensándolo bien, sí, varios lineamientos no están de más: entiendan que ambos sexos somos seres humanos, que nadie es dueño de nadie, no se molesten si escuchan un chiste machista o feminista, sean útiles y serviles con sus parejas siempre y cuando sus parejas quieran ser igual de útiles y serviles para ustedes, jueguen en el sexo e inviertan los roles y diviértanse, amen a sus semej…

Maldición, creo que a estas alturas ya deberíamos como sociedad estar bastante creciditos como para tener que estar aprendiendo y divulgando estas cosas.


Julius Hernández

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Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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