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La utopía que viene

No hay mucho más ni nada novedoso que decir al respecto. En la semana que ha transcurrido, correspondiente a las Fiestas Patrias de México que ya también sufrían deterioro por el terremoto, estas resultarían aún más eclipsadas por el seguimiento mediático del caso de Mara Fernanda Castilla, la joven veracruzana que fue violada y asesinada por un chofer de Cabify en Puebla. Y como no hay mucho qué informar aparte de la infinidad de noticias que ya inundan la red, creo que está de más declarar que el repetir la información no es el objetivo de este artículo.

Pero sí lo es el tratar de ordenar un poco las ideas al respecto, para llegar a mi punto de la utopía. El asesinato de Mara cometido -presuntamente, hasta el momento- por un chofer de una empresa de transportación privada, se ramifica por varias vertientes alarmantes.

Una de ellas es el asunto de la empresa de origen español que no cuenta, por lo menos en México, con los filtros adecuados para detectar si en sus filas de conductores se cuela algún psicópata oportunista, ladrón oportunista o, en el caso actual, un criminal sexual oportunista.

De acuerdo a la más lógica reconstrucción de los hechos -en el caso de que todos los datos sean veraces- el delincuente en ciernes llevó a la chica a su casa desde un bar en la madrugada, y ella, en estado de ebriedad, se había quedado dormida, por lo que el conductor le tomó algunas fotos (tal vez ya sin ropa), a juzgar por los flashazos que reportaron las imágenes de las cámaras de seguridad. Al ver que no despertaba, vaya usted a saber si le suministró alguna droga que terminó de rematarla, decidió alegremente mejor aventarse la hazaña completa y llevarla a un motel, donde la violó ya sin una gota de escrúpulos y al final, tal vez por temor repentino, tomó la decisión de estrangularla para evitar las acusaciones directas. Y como no estamos hablando de un genio criminal digno de la mente de Doyle o Christie, subestimó la inteligencia de los posibles investigadores y supuso, inocentemente, que tirarla en un barranco a varios kilómetros sería suficiente para que jamás fuese encontrada. “¿Quién demonios encontraría el cadáver en un barranco?”.

Ah, y en su negligencia criminal olvidó que existen cámaras de seguridad, GPS y diversas tecnologías que podrían delatarle, por lo que se le hizo muy fácil alegar que la había entregado sana y salva en su casa. Ni el más estúpido de los Minions sugeriría una coartada tan débil como esa.

Hasta el momento, el gobierno de la ciudad de Puebla ha retirado el registro a Cabify para operar en el estado. Y no sabemos qué consecuencias traerá esto al futuro de la empresa de transporte privado, e incluso al también polémico Uber, ya que este caso aislado parece demostrar que estas empresas no ofrecen realmente la seguridad que prometen. Pero que, al final de cuentas, no es peor que la inseguridad de utilizar los taxis tradicionales en ciudades inseguras y pululantes de delincuentes y agresores sexuales.

Por otro lado, existe la vertiente de la imagen de la inseguridad en México. La cual, así como un conductor criminal de Cabify ha echado a perder la reputación de una empresa del nuevo milenio, ha mermado la reputación de un país que en lugar de ser un atractivo turístico mundial debido a su riqueza cultural y hermosos parajes naturales, se plasma en la opinión mundial como uno de los más inseguros del mundo. En el 2011, debido a una ola de violencia en el estado de Veracruz, la gente creía que apenas pisaran tierra jarocha comenzarían a recibir disparos. Ahora esta fama se enquista en la imagen de toda una nación para el resto del planeta. Y ayudada (metafóricamente hablando) por la negligencia y falta de interés del gobierno para investigar, procesar y finiquitar adecuadamente los casos criminales, el turismo en nuestro país ha sido mermado de una forma nunca antes vista. En México matan, y lo peor, les gusta matar mujeres.

Eso nos lleva a la otra vertiente, la de la opinión pública. La gran reacción en masa es, obviamente, un termómetro de los problemas nacionales. En este caso, el que miles de mujeres salgan a protestar es un hecho que aplaudo, pero que lamentablemente es más dirigido a los funcionarios de Estado que a los propios criminales. El “Todos somos Mara” y el “Ni una menos” son gritos de batalla que significan que las mujeres ya están cansadas de la inseguridad, del machismo, de la violencia, de las agresiones, de la discriminación y de ser culpadas, por ser mujeres, de las agresiones de los perversos varones.

Por desfortuna, ni Cabify, ni México, ni su gobierno, ni los perversos varones tienen la culpa total de estas desastrosas situaciones. Si se me permite la opinión, creo que el problema radica en algo más profundo: una combinación de muchos factores, entre ellos, los principales, una profunda deficiencia cultural y educativa y la evidente disparidad en la economía social. Me atrevo a opinar, en realidad sin datos ni estudios certificados en la mano, que la mayoría de los problemas de violencia en México -como en muchos países similares- se debe a un error de coherencia en la mentalidad del mexicano promedio, que se intensifica con la educación básica: hasta ahora, que ya el problema ha sido detectado, se está promoviendo, muy lentamente, la metamorfosis de los valores culturales. Esto, aunado a la pobreza consecuente de una corrupción sin límites, crea un círculo vicioso de criminalidad y un caldo de cultivo para sus representantes.

A nadie le sirve, realmente, una escuela en donde el civismo es adorar símbolos patrios en lugar de enseñarles la igualdad de derechos y valores humanos de hombres y mujeres, de la diversidad de géneros, de pieles y credos. Y se promueve lentamente porque la promoción de la aceptación de la diversidad aún encuentra barreras y oposición en las mismas familias tradicionales, cuando los padres protestan porque a sus hijos les enseñan que los hombres pueden hacer “cosas de mujeres” o que el ser homosexual o las diversas expresiones sexuales son algo normal.

Los “valores tradicionales” aún son cadenas que frenan el progreso cultural y que costará mucho trabajo deshacerlos: no hay más que ver las expresiones públicas de los despistados que afirman que “sin pene no hay violación” o como el reciente locutor de Juego de Troles que afirmó que la muerte de Mara es, por lo menos, la mitad de responsabilidad de ella. O el rector de la Universidad Madero, quien más o menos afirmó públicamente que por liberales, las chicas se exponen a los peligros…

…quienes tal vez tienen un punto, pero se olvidan que el {1 + 1 igual a 2} funciona a la perfección en aritmética básica, pero en la vida real se necesitaría un sistema tan sofisticado (y hasta el momento, ficticio) como la “psicohistoria” creada por Hari Seldon (de la saga de la Fundación creada por Isaac Asimov), la cual consiste en una serie de ecuaciones que permiten predecir el futuro en términos probabilísticos. En este caso, sólo matemáticas tan complejas como las de la psicohistoria podrían determinar las vastas interrelaciones de causa-efecto que permitirían distribuir correctamente las responsabilidades en los conflictos sociales.

Aún existe una irresistible tentación de no aceptar lo que ya es una tendencia mundial. Pero se necesita mucho tiempo y esfuerzo, errores, tropiezos y correcciones de la sociedad humana para lograr lo que todos anhelamos: la utopía.

El universo de la visionaria franquicia de Star Trek (iniciado a principios de los años sesenta) muestra un futuro utópico en el que la pobreza y disparidad social, los prejuicios, la discriminación racial y religiosa, la corrupción, el crimen organizado y los desórdenes mentales sociopáticos han sido exitosamente erradicados, y gracias a la avanzada tecnología imaginada, los casos aislados son eficientemente identificados y corregidos. Las series de televisión de la saga han ido incorporando elementos de evolución cultural a medida que los shows han ido apareciendo a lo largo de cinco décadas. No hay hacer mucha aritmética para intuir la acertada visión de su creador y showrunners, pero tal vez esto nos demuestra que el problema que nos aqueja actualmente no solamente existe en México: la mayor parte del planeta sufre de estos desatinos humanos. Y hay que revisar la historia para darse cuenta de que, desde los sacrificios humanos, pasando por torturas religiosas, esclavitud, crímenes supremacistas, genocidios, hasta llegar a los crímenes de machismo y odio a la diversidad, en efecto: vamos avanzando hacia la utopía, o lo más cercano a ese concepto que se pueda.

Tal vez no vivamos para verlo, mientras tanto, dejemos de pensar que no sirve para nada protestar. Probablemente no sirva en el momento, pero definitivamente debemos entender que nuestras acciones y movimientos actuales son, en la historia que se leerá en el futuro, un escalón más para llegar a ese anhelado estatus de la humanidad.


Julius Hernández

Web: http://juliushernandez.mx
Email: pnocosis@gmail.com
Facebook: https://www.facebook.com/JuliusHernandez.autor/
Twitter: @juliushg

Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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