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Las Opiniones y los Pokémon (en mi arrogante opinión)

Es una frase clásica, y todos la hemos escuchado alguna vez: “respeta mi opinión”. Igual, y como ya he dicho anteriormente, es un concepto que se ha grabado en el subconsciente colectivo: todas las opiniones deben ser respetadas. Interesante. Parece una afirmación cabal y sensata. Todos quisieran que sus opiniones, es decir, sus ideas -que al cabo aquellas son vehículo de éstas- sean respetadas y que nadie sea capaz de desafiarlas ni ponerlas en duda. Cuando eso ocurre, el opinador normalmente se molesta, es consumido por la ira y termina con gran resentimiento en contra de quien se atrevió a sostener que su idea es un asco.

Y en la misma venia, hemos escuchado una de los recursos más comunes, que generalmente es funcional -pero no por ello válido- para el primero que lo utiliza: “es que tú nunca quieres perder”. Esto es muy curioso. Jamás he conocido a alguien que en una polémica o discusión quiera ser vencido. ¿Ustedes sí? Cuando mucho, encontraremos a alguien que suela callarse aunque tenga la razón, dependiendo de su prudencia y sentido común o de la vehemencia agresiva del contrincante.

En otros casos podremos presenciar cómo, al agotársele los recursos, uno de los dos luchadores ideológicos comienza a insultar al otro sacando a la luz asuntos personales. Esto es algo que ocurre mucho en los pueblos de provincia, como en el lugar del que yo procedo. En el mejor de los casos de agotamiento de ideas y recursos intelectuales o de conocimiento, el discutidor cansado termina diciendo: “bueno, al final todo es cuestión de opiniones”. Y de alguna manera echan mano de las socorridas frases como “el cristal con que se mira” o “el vaso medio vacío o medio lleno”.

La cuestión de las opiniones es un asunto bastante complicado. Todos los enfrentamientos, trifulcas, pleitos y guerras que han ocurrido durante los millones de años de existencia del homo sapiens, incluyendo los crímenes e injusticias, han sido originadas por diferencias ideológicas y de intereses que defienden a las mismas. Desde la más común discusión de pareja hasta el más grave conflicto internacional que ha puesto a toda la humanidad al borde del abismo, tienen su origen en ello.

Nuestro nivel de cultura y el grado de civilización al que pertenecemos nos ha dado el don de la palabra, y nuestro cerebro ha evolucionado para perfeccionar el razonamiento. Es cierto que aún nos falta mucho camino por recorrer como especie, pero a estas alturas ya todos deberíamos ser capaces de utilizar la objetividad y el pacifismo como medio para evitar los conflictos, en todos los niveles humanos. Sin embargo, no sucede así, y el descubrir por qué es un asunto bastante complejo y además… no es el objetivo de este artículo.

Hace ya bastante tiempo, se me ocurrió una analogía muy curiosa sobre el asunto de las opiniones. Sucedió cuando precisamente alguien con quien discutía, me soltó la consabida frase: “¿por qué no respetas mi opinión?” (que en realidad significa “lo que tú pienses me importa un comino y lo que quiero es que pienses exactamente como yo y me des la razón”). En ese momento, todo estuvo claro. Fue revelador. Estaba de moda el juego de Pokémon (no el Pokémon Go, ese es reciente), la exitosa franquicia de Nintendo. En este videojuego, el jugador colecciona Pokémones (no discutamos el plural, porfis) para entrenarlos y enfrentarlos a los de otros jugadores en una arena. Dicho de otro modo: los jugadores no pelean entre sí: sus monstruos de bolsillo son los que se destrozan entre ellos (con la salvedad de que no se matan, sino que son capturados por el jugador que obtiene la victoria).

Las opiniones más o menos son así. Nadie está obligado a respetar la opinión de otra persona. Todos estamos obligados -por civismo, educación, sensatez, ustedes digan- a respetar a las personas. Pero sus opiniones, sus ideas, como los Pokémon, deben echarse al ruedo a batallar ferozmente, y agredirse, golpearse, mutilarse, desgarrarse, destrozarse, madrearse y desmadrarse, desguangüilarse (como dicen en mi pueblo) y si es posible, asesinarse brutalmente. Nadie comete delito ni crimen por no estar de acuerdo con alguien. Siguiendo este planteamiento, igualmente nadie está obligado a decir: “en mi humilde opinión”, ya que es como la acción de amarrarse el dedo disfrazada de cortesía, aunque tampoco recomendaría usar la antónima: “en mi arrogante opinión”, pues suena ridículo y puede granjearnos algunos enemigos intolerantes. Al mismo tiempo, nadie debe sentirse agredido porque su opinión no sea “respetada”. El que no “respeten” tu opinión no significa que no te respeten a ti, y al mismo tiempo hay que meterse en la cabeza que el que alguien te diga que tu opinión es una pendejada, tampoco implica que tú seas un pendejo. Es sólo su opinión, y tampoco tienes por qué respetarla.

https://www.youtube.com/watch?v=fd1MwYwvGzU

Si esta situación pudiese aprenderse a partir del videojuego mencionado, el cual aparentemente es una alegoría de las situaciones interpersonales, interinstitucionales e internacionales, tal vez se terminarían muchos de los conflictos que aquejan a la humanidad; sin embargo esta idea -tan debatible e irrespetable como cualquiera- ya entra peligrosamente en el terreno del idealismo rosa. Resultaría extremadamente ingenuo proponer -colindando con el terreno de la ficción- que todas las discordancias humanas se resolvieran con avatares, desde Pokémons hasta personajes creados ex professo para el fin. ¡Qué bello mundo sería entonces! Desafortunadamente, es algo que nunca ocurrirá.

Pero a nivel personal sí podemos hacer algo. Permítame por favor querido lector, hablarte de tú, y directamente.

Cada vez que alguien emita una opinión con la que no estás de acuerdo, o encuentras que alguien se molesta con tu opinión, deberías ejecutar los siguientes pasos:

En primer lugar, enviar a tu enemigo ideológico aquí, a este artículo (el url o dirección web está ahí arriba, si los estimados Eddy Warman y la webmaster Tere Chacón me perdonan el pecado autorreferencial y el tal vez inminente alud de accesos a la página, que podrán ser confundidos con un ataque DDOS al servidor, cuando esta idea innegablemente genial se viralice), para que se entere de qué lado masca la iguana.

Después, una vez que tu contrincante está familiarizado con el esquema, entonces deberán conseguir un avatar, de preferencia en alguna red social o algún foro. Pongamos una red social. Por ejemplo, en Facebook. Cada quien deberá crear un personaje ficticio, que lo represente (eso es en realidad un avatar, por si lo que te vino a la mente fueron unos seres azules que en realidad se llaman Na’vi).

Una vez creado el avatar de cada uno, entonces pueden abrir un grupo en Facebook (abierto o privado) específicamente para discutir esa idea y desafiar la opinión del contrario. Con su avatar deberán entrar al grupo creado (que puede ser llamado por ejemplo Chairo vs Peñabot – por qué creo que mi partido es mejor que el tuyo) y comenzar a debatir entre ellos. Los avatares pueden decirse lo que quieran, pueden insultarse defendiendo la opinión, pueden agredirse -como ya dije- brutalmente y tratar de hundir al contrario en la ignominia y la humillación, procurando siempre -esto es muy importante- no tocar jamás ni un pelo de la vida privada o la persona del contrincante. Recuerden que cada avatar representa, más que sus personas, sus opiniones e ideas.

Para hacerlo más divertido, les recomiendo hacer el grupo abierto e invitar a sus amigos, familiares y conocidos, seguro que pasarán un buen rato presenciando la masacre virtual, pero eso sí, nadie debe intervenir ni tomar partido.

Y cuando ambos se encuentren en persona, tratarse tan cordialmente como siempre lo han hecho (ya sea de abrazo, palmada en la espalda o pellizquito, como acostumbren), sin guardar una gota de rencor. Recuerden que sus enemigos son sus opiniones, no ustedes mismos. E invitarse mutuamente una comida o unos tragos, para comentar un buen rato y reírse de sus avatares en guerra.

Al final, esto hará que valga la famosa frase de Evelyn Beatrice Hall, con frecuencia erróneamente atribuída a Voltaire: Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo. Bueno, esa es mi humilde opinión.


Julius Hernández

Web: http://juliushernandez.mx
Email: pnocosis@gmail.com
Facebook: https://www.facebook.com/JuliusHernandez.autor/
Twitter: @juliushg

Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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