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No me gustan los lunes (ni los miércoles, ni cualquier día)

La canción de Boomtown Rats “I don’t like Mondays” la escuché en mi juventud sin saber realmente de qué se trataba. En aquel tiempo no había la información tan a la mano como la tenemos ahora. Y fue hasta hace unos años que la recordé y pude investigar, ya con el internet, el objeto central de la siniestra letra de esta pieza tan agradable al oído.

-¿Dime por qué?
-No me gustan los lunes

La letra de Bob Geldof se encarga del caso de Brenda Ann Spencer, quien en enero de 1979, disparó a varios niños que jugaban en el patio de una escuela de San Diego, California. Mató a dos adultos e hirió a ocho niños y a un oficial de policía. Cuando fue interrogada al ver que no mostraba remordimientos y se le preguntó por qué lo había hecho, simplemente declaró: “No me gustan los lunes. Esto anima el día”.

Justamente el miércoles de la semana pasada, mientras estaba publicándose mi artículo anterior, ocurrió una gran tragedia que conmocionó a todo el país. En un colegio de la ciudad de Monterrey, México, un chico desquiciado disparó a su maestra y a algunos de sus alumnos, para luego suicidarse. Todo el espantoso evento fue captado por una cámara de seguridad que alguien irresponsablemente filtró a las redes. El caso trae un agravante que no podemos dejar de notar: tiene toda la pinta de no tratarse solamente de un chico con problemas psicológicos que por su cuenta decidió iniciar una masacre, sino también de un evento copiado por el menor a partir de la avalancha de gore que inunda las redes sociales y en la que no existe ningún tipo de control. Es el internet, es la privacidad, es Facebook, Twitter, YouTube, sí, pero hay también acceso a otros sitios como LiveLeak, Rotten e infinidad de lugares siniestros canalizados por las plataformas antes mencionadas y protegidas por la supuesta privacidad a la que los chicos tienen derecho.

No es mi finalidad satanizar las redes y el internet en general, ya que desde siempre he sido un entusiasta de este maravilloso medio de comunicación que nos permitió una globalización insospechada, sin embargo no puedo dejar de notar -y estipular también que esto solamente es un granito de arena que no creo que pueda lograr mucho- que hay una desagradable ola de maldad que está colándose lentamente a las mentes de la gente. No es mi deseo tampoco el sermonear de nuevo a los padres y a los maestros que cuiden y vigilen a los hijos, ya todos lo han mencionado hasta el cansancio y yo me uno a la voz, pero los gobiernos y los responsables de las grandes redes son los únicos que tienen la posible solución: actuar en conjunto, crear intensas campañas y multiplicar la vigilancia. Pero no deseo profundizar en ello. Esto sólo son reflexiones que puedo compartir para analizar la causa. Esa es mi contribución.

EL CHIP DENTRO DE SU CABEZA SE SOBRECARGÓ

Cuando conocí la canción de Boomtown Rats, y me enteré posteriormente del significado, estaba muy lejos de suponer que 37 años después el tema seguiría estando vigente, porque hay algo que se mantiene sin cambios y que en los años venideros fui descubriendo, cada vez que me daba al análisis e investigación del comportamiento humano (algo que me apasiona, extraoficialmente): hay chips en ciertas cabezas que no resisten. Se sobrecargan fácilmente. Este es el inicio de la canción: “The silicon chip inside her head gets switched to overload”. Desconozco si accidentalmente o con conocimiento científico (dudo esto último, por la época) Geldof atinó a una cuestión que sigue siendo polémica pero que yo defiendo y en la que muchos no estarán de acuerdo: hay una causa neurológica para la propensión al mal. El cerebro viene configurado de fábrica, por poner una analogía. Ahora hay suficiente -que no completo- entendimiento de cómo trabaja este increíble órgano para por lo menos sospechar que hay un mal funcionamiento del mismo y concluir que no se trata sólo de castigar y concientizar: es la comunidad científica la que tiene que descubrir cómo corregir esta deficiencia.

¿Qué quiero decir con esto? Que el psicópata siempre será psicópata, sin remedio. La serie televisiva Dexter manejó genialmente una variante: Dexter es un asesino serial reconocido como tal por su padrastro desde su infancia. Y el hombre le ayuda a saciar y canalizar su sed de sangre convirtiéndole en un asesino de asesinos seriales. Es decir, no puedo corregirte, pero te haré comprender que esa es tu naturaleza y, gracias a la inteligencia del chico, pudo desarrollar un código moral que le llevaría a hacer el bien. Una situación similar la recuerdo en la película Una Mente Brillante (A Beautiful Mind, 2001), en la que John Nash, matemático brillante, identifica su propia esquizofrenia y aprende a controlarla, deduciéndola por una niña que veía desde muchos años antes y que nunca crecía.

En la realidad, una empresa de ese tipo es más difícil, por no decir imposible. Y justamente una semana antes leía el caso de Elliot Rodger, El Asesino Virgen. El chico no era mal parecido, pero no tenía éxito con las mujeres, probablemente porque, según testimonios de las chicas, él era creepy. En lugar de entender que debía corregir su maltrecha personalidad, llegó a la conclusión de que la sociedad tenía una deuda con él y debía ser saldada en lo que él llamó “El Día de la Retribución”. Varias personas murieron y otras resultaron heridas en una loca jornada final en la que Elliot terminó suicidándose en su coche. Y qué triste para él que su apelativo como leyenda terminara siendo precisamente… el status que tanto odiaba.

El caso de Elliot tiene algo en común con el de Brenda Ann Spencer y el chico de Monterrey: su razonamiento es errático, egocéntrico y, presumiblemente, nada se puede hacer por cambiarlo. La triste realidad es esa. Están convencidos de su realidad interna y creada a su favor. Y en estos tiempos, todo es agravado por la constante presencia de las redes sociales que dan pie a grupos como la “Legión Holk”, que premia e instiga los comportamientos psicóticos de los chicos.

Cualquiera puede justificar sus acciones, buenas o malas. Sin embargo esto no significa que la justificación sea válida. “No me gustan los lunes”, es una buena justificación, pero a este chico de Monterrey no le gustaron los miércoles. A otro no le gustaba que las mujeres le huyeran. Otro puede aducir que odia a los payasos, o a las chicas de cascos ligeros, o a los sacerdotes, o simplemente nadie tiene el derecho de divertirse cuando está triste. En cualquiera de estos casos, matará con justificación, y nada puede hacerse por impedirlo. Ni la religión, ni terapeutas, ni medicamentos, ni el castigo por encarcelamiento. ¿Creerían realmente que Mark David Chapman, por ejemplo, está realmente arrepentido de haber asesinado a Lennon? Mis dos centavos, a que no lo está.

Esperemos que la ciencia realmente encuentre, en un futuro cercano, una técnica realmente efectiva para reprogramar el cerebro y proporcionarle los ajustes necesarios para sentir empatía por los demás, así como el remordimiento normal derivado de las malas acciones.

Yo sí creo con firmeza que tal avance sea viable, pero tal vez en unos trescientos o cuatrocientos años. Desafortunadamente, ya vamos a estar muy viejitos para disfrutarlo.


Julius Hernández

Web: http://juliushernandez.mx
Email: pnocosis@gmail.com
Facebook: https://www.facebook.com/JuliusHernandez.autor/
Twitter: @juliushg

Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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