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Otra tonta película palomera

Cuando Steven Spielberg y George Lucas crearon su legendaria colaboración Los Cazadores del Arca Perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981), no creo que se hayan imaginado el resultado que tendrían con esta película que, siendo una especie de homenaje a los seriales de los años 30 y 40 que se disfrutaban mejor en matinés dominicales de los años antediluvianos del cine pre-Star Wars, parecía solamente cumplir el capricho de Lucas de modernizar un estilo que él adoraba y sabía poco apreciado por la crítica especializada.

Y la primera aventura exhibida de Indiana Jones terminó siendo un éxito sin precedentes, ahora históricamente explicado con la inercia que ambos traían de Star Wars (1977), Tiburón (Jaws, 1975) y Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977). Nominada a varios premios Oscar incluyendo Mejor Película y Mejor Director, con varias secuelas y una serie de televisión, sigue siendo una de las películas más exitosas de todos los tiempos. Y, sorpresivamente, era una película palomera. ¿Cual fue la razón de su éxito? Tal vez la gran capacidad y talento de Spielberg y Lucas (sin contar el carisma de Harrison Ford), quienes dominaron prácticamente la era de la ficción de los años ochentas con sus imaginativas propuestas. Pero, como siempre, elogiar a lo loco el talento de estos cineastas no es el objetivo de este artículo.

Desde hace mucho tiempo he pensado que algunos críticos y los responsables de la academia tienen un concepto equivocado de lo que es el cine como arte, partiendo de la pérdida de la concepción inicial de la creación cinematográfica. En efecto, el llamado séptimo arte es el celuloide (otro vocablo, ya obsoleto, para “cine”), sin embargo muchos argumentan que no todo el producto del cinema (un sinónimo más) es arte. Si lo llamamos expresión artística, entonces es válido, sin embargo hay una mala idea, muy extendida de lo que debe ser la expresión en “la pantalla grande” (término que ya no es cien por ciento válido, pero todo sea por no repetir tanto la palabra cine).

Toda expresión artística se populariza. Los grandes maestros del pasado antiguo, pintores, escultores y escritores, tenían una capacidad sobresaliente que les permitía crear sus productos con una finalidad estética y comunicativa y eran parte de una élite consentida por la monarquía y las castas superiores. Ojo, no solamente hablamos de estética, también la trasmisión de ideas era uno de los fines. Luego llega la tecnología, y en el siglo veinte se consolida como un nuevo vehículo para la expresión. Las primeras películas (no discutamos aquí el origen de la palabra) se dedicaban a sorprender al espectador con efectos especiales primitivos, como Un Viaje a la Luna, de George Meliés, tal vez la primera superproducción palomera que existió, aunque no se hubiese iniciado la práctica íntimamente ligada de comer palomitas. A medida que la cinematografía avanza, comienzan las obras espectaculares, como Ben Hur y Los Diez Mandamientos, por nombrar dos.

Damos un brinco al siglo XXI. La creatividad comienza a menguar en el ámbito del celuloide (por no decir “en el mundo del cine”) y cada vez es más difícil (como en la música y la literatura) encontrar obras originales y que nos llenen de ese sabor que nos daban las producciones que nos enamoraron originalmente. El -ya no puedo más- cine americano, el hollywoodense, el más consumido a nivel mundial, se llena de refritos, de reboots, de remakes y de secuelas y precuelas. No puedo culpar a los empresarios de Hollywood. Ellos quieren hacer dinero, es su razón de existir.

Pero, vamos a ser honestos. Estados Unidos, y en especial en Hollywood, es donde se cuenta con el mejor craftmanship cinematográfico del mundo. Estoy refiriéndome, en especial, a las películas espectaculares. No pocas veces escucho, cada vez que sale una nueva superproducción, decir a la gente que es “un churro”. Los críticos populares más especializados (esos que sólo van a las salas a divertirse) las denigran la mayoria de las veces con la frase “sólo es una película palomera”. Y las expresiones me han llamado la atención últimamente: “la película es buena, pero palomera”. Es decir, me divirtió, pasé un buen rato, no me hizo pensar mucho, y como no tiene un buen guión (a veces dicen “no tiene guión”, lo cual es, técnicamente, una falsedad a menos que se afirme que es dicho figurativamente), ni trata un tema de importancia social, cultural, político o mundial, entonces la película es degradada como “simple película palomera” y no vale la pena apreciar. ¿Qué van a decir los fans del Ciudadano Kane o Casablanca si se enteran que me gustó más que esas?

Star Wars (1977) (una película palomera) perdió el Oscar ante Annie Hall (1977), una historia no de las mejores de Woody Allen; y cómo no, la primera era sólo para divertir a la chaviza con una simple odisea espacial, con un argumento reciclado de Akira Kurosawa, y los señores pretenciosos de la Academia no podían rebajarse a premiar esa tonta aventura cuando tenían enfrente a una insulsa comedia pero que era apreciada por los intelectuales de la época. E.T. El Extraterrestre (E.T. The Extraterrestrial, 1982) otra tonta película palomera acerca de un náufrago interplanetario, cautivó el corazón de millones de espectadores en todo el mundo, fue la favorita de las masas, incluyendo a los cinéfilos pensantes, y sin embargo, ellos prefirieron darle el mayor reconocimiento a una aburrida biografía de Gandhi, que hasta el momento la mayoría no recuerda.

Lo cual se me hace tremendo desatino. En especial, las películas de superhéroes sufren actualmente esta discriminación intelectual, y otros géneros tampoco se salvan. En un mundo (in a world…) en que los héroes de capa y poderes sobrehumanos ya no solo detectan a un “malo” para perseguirlo y acabar con él y sus secuaces al ritmo de Pows!, Krunches!, Zaps! y Klonks!, sino que ahora tienen motivos más elevados para sus actividades, discuten temas de importancia mundial, de discriminación y racismo, se vengan, tienen agendas personales, generan alianzas, revoluciones, guerras civiles, son atormentados, filosóficos, iconoclastas, e incluso mueren y resucitan antes de tres días; ellos, todos ellos, deben sufrir la peor de las injusticias: el no poder mirar, dirigirse a, y romper la cuarta pared, para decirle a los espectadores que están ahí porque quieren decirle algo, que su género también está trasmitiendo mensajes importantes.

Christopher Nolan entró al quite a dirigir su trilogía del caballero oscuro e intentar conseguir el mayor premio de la Academia para acabar con el prejuicio, algo que no logró, siendo que El Señor de los Anillos (The Lord of the Rings, 2003) ya había logrado lo que en su momento logró El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991): conseguir la deseada estatuilla, el máximo reconocimiento mundial en una película que antes era subgénero, ahora integrado el mismo al mainstream. La saga de X-Men ha creado toda una subcultura en su zigzagueante línea de tiempo y sus congéneres Avengers han luchado entre ellos, unos defendiendo su independencia y otros reconociendo la necesidad de aliarse con el gobierno para mantener al mundo tranquilo y no temeroso. Batman cree que el nativo de Krypton es una amenaza y Superman cree que el caballero de la noche es un delincuente que no es rival para él, mientras trata de conciliar la simpatía de la humanidad para con él.

No son temas nuevos, pero definitivamente ningún otro tema lo es. Si nos ponemos a destripar los argumentos de todas las películas, palomeras y sus contrapartes del “cine serio”, descubriremos que las tramas no han cambiado en lo más mínimo. Christopher Booker, en su libro Los Siete Argumentos Básicos (The Seven Basic Plots, 2004), enumera estos únicos posibles recursos (literarios, que sirven para todo):

1. La lucha contra el monstruo.
2. La transición de la pobreza a la riqueza.
3. El viaje de un héroe para salvar a su patria y conseguir el amor.
4. El viaje a un lugar extraño y el regreso a casa.
5. La comedia, de la confusión al orden.
6. La tragedia, el ser humano peca y se enfrenta a las consecuencias.
7. Y el renacimiento, o redención, que ocurre después de un duro aprendizaje.

Básicamente, todas las películas buenas o malas que conocemos, están incluídas en uno o varios de estos esquemas argumentales.

Últimamente, Logan (2017) representa un “pico” en las historias de superhéroes. Bastante oscura, con mucho gore, y redención a través de la tragedia, la cinta trasciende el género y se consolida como uno de los mayores logros entre sus parientes cercanos. Algo que nunca será reconocido por la academia, aunque ya la mayoría de los críticos especializados ha sabido aceptar (92% en Rotten Tomatoes). El año pasado, Doctor Strange (2016), obra de la cual pocos apreciamos su magistral resolución, consigue 90% en RT, precedida por la misma hazaña de algunas otras del mismo universo cinemático. Los últimos años, películas catalogadas inconscientemente como infantiles, como Intensa-mente (Inside Out, Pixar, 2015), una deliciosa aventura freudjunguiana y El Libro de la Selva (The Jungle Book, 2016), un hermoso remake del clásico de Disney, consiguen 98% y 95% respectivamente, además de contar con el favor del público.

¿Por qué es esto importante para el punto? (que fuera del mundo cinéfilo, no tiene la mínima importancia). Porque es una evidencia de que el cine fantástico también es importante y es una forma de arte tan válida como el cine (mal llamado) de arte. Yo me niego a aceptar que una película infantil o de superhéroes bien hecha no tenga el mismo reconocimiento que una aberración como Luz de Luna (Moonlight, 2016) o una película “seria” como The Revenant, (2015), aunque también entiendo que sería dificultoso dividir el premio principal de la Academia en géneros y subgéneros: Mejor Película (Animación-Comedia-Acción-Superhéroes-Romántica-Horror-Infantil-Biográfica), etc.), pues la taxonomía ya por sí misma es algo compleja.

Mi recomendación (esta vez sí hay un mensaje, y muy bueno) es que hay que aceptar cuando una película nos haya gustado, sea el género que sea, y no hay que justificar nuestra diversión sólo por lo que los demás puedan pensar de nosotros. Estoy casi seguro que hay quienes inconscientemente se han olvidado que existen muchas formas de divertirse, porque han perdido esa “capacidad de asombro”. Quiero creer que no hay película realmente mala, pues hasta el mismo Ed Wood tenía un punto. Y como alguien dijo con mucha razón: “si nos despierta y nos mueve emociones, entonces, a pesar de todas las críticas, es una buena película”.


Julius Hernández

Web: http://juliushernandez.mx
Email: pnocosis@gmail.com
Facebook: https://www.facebook.com/JuliusHernandez.autor/
Twitter: @juliushg

Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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