El pueblo que gritó bruja

Tenemos un grave problema como sociedad: no hemos evolucionado en realidad desde el siglo diecisiete. Y no estoy hablando como país, me refiero al mundo entero. El exceso de información nos está consumiendo de la misma forma en que la falta de la misma consumía a los de aquella centuria fatal. Y es aún peor cuando esa información resulta manipulada y sacada de contexto.

Hace unos cuantos días fue subido un video a las redes sociales en donde un profesor de la Prepa 10 de la Universidad de Guadalajara, Ramón Bernal Urrea, quien en un sentido de escenificación emitió algunas palabras (mal llamadas por los delicados) “altisonantes” y algunas actitudes machistas para ejemplificar a los alumnos la realidad de la violencia doméstica y prevenirles caer en esas prácticas. No se necesita ser muy inteligente para deducir que los educandos que grabaron el video editaron solamente la parte agresiva lo hicieron con dolo, tal vez para quedar bien sus compañeros y presumir su hazaña, ya que en esa edad cualquiera es un héroe ante sus compañeros por perjudicar, sin detenerse a pensar en las consecuencias, a cualquier miembro de las filas docentes. En unos cuantos días, al pobre maestro le llovieron críticas e insultos en las redes, tachándole de misógino, machista y todos esos adjetivos criminales que para muchos en estos tiempos es un deleite pronunciar.

No sé ustedes, pero el asunto a mí me llena de indignación. Desde los traidores alumnos que descontextualizaron al profe, la directora que (por quedar bien) accedió a procesarlo en lugar de defenderlo, los medios “serios” que repitieron la noticia como loros, hasta la gente que lo comparte para quedar como héroes sociales en sus microuniversos, todos parecen conspirar involuntariamente para llevar al cadafalcum a un desafortunado profesor que hacía su mejor esfuerzo para concientizar a sus pupilos.

La razón de este linchamiento mediático me queda muy clara. Hay un hambre generalizada de justicia, cuyo desahogo ha sido potenciado con la proliferación de los smartphones con cámara y en general de todas las computadoras con acceso al internet. Los salvapatrias desde la comodidad de su teclado resuelven los problemas del país pendejeando sistemáticamente al presidente, los justicieros enmascarados ridiculizan a un nuevo lord o lady e instantáneamente hacen de este un mundo mejor, en las oficinas de gobierno los funcionarios públicos son grabados cuando hacen gala de prepotencia y los juniors son exhibidos cuando se sienten los dueños de la ciudad. A esto se le suman las denuncias de los ciudadanos super cívicos siempre prestos para desenfundar su gadget cuando ven a algún mal ciudadano estacionando su coche donde no debe, una mujer que trata con superioridad a empleados que no los merecen o simples amas de casa que tiran la basura en lugares inapropiados. Los Dones y Doñas Vergas nunca habían estado tan vigilados por el Gran Hermano de la inteligencia(?) colectiva.

Y no digo que esté mal, vaya: poner el granito de arena para hacer de este planeta el lugar perfecto para vivir nunca será una mala acción, como tampoco lo es quemar a las infames practicantes de la magia negra, amantes y adoradoras de Satán, que amenazan perturbar la paz y tranquilidad de los lugares bendecidos por el Señor. En los años 90, claro está. Y del siglo diecisiete, más claro aún.

El episodio de los juicios de brujas de Salem fue uno de los casos históricos más sonados de “histeria masiva” y “pánico moral”. Al ser etiquetadas como “brujas”, las infortunadas mujeres recibían su sentencia de muerte por ser, tal vez, adelantadas a su tiempo, ingeniosas, ateas, odiosas o, simplemente, feas. Y no solamente las feas, las que eran demasiado bellas y objeto de envidias también eran acusadas de brujería y ¡ay! de quien se atreviese a defenderlas porque también caía en la calumnia. Calumnia, porque, entre nosotros, queridos lectores, sabemos con seguridad que las brujas -en el sentido estricto de la palabra- y la brujería, no existen. Si alguno de ustedes cree que es posible doblegar las leyes de la naturaleza creando pociones, hechizos y ritos, con la ayuda de un ser infernal que tampoco existe, entonces eso es parte de otra polémica que tampoco es el objetivo de este artículo. (¿¿otra vez??)

El caso es que, debido a las leyes de la ignorancia, el hambre -y la sed- de justicia, la envidia y el dolo, y muchas veces la maldad pura (y para el caso, también el exceso de bienaventuranza, conceptualizado en el deseo de ponerse del lado del Señor y recibir su gracia), solamente era necesario señalar a la persona infortunada, o a veces simplemente hacer el comentario de sospecha, para que fuesen llevadas ante los magistrados y, en la mayoría de las ocasiones, perder en el juicio y ser quemadas en la hoguera, colgadas o torturadas hasta la muerte. Sólo en estos juicios se llevó a la muerte a 20 personas, y en la cacería de brujas generalizada, de 1450 a 1750, se estima un saldo de aproximadamente 100 mil ejecuciones.

Ahora estamos en un nuevo Salem. No sé qué tanto los dueños de las redes sociales estén conscientes de que son artífices de estas irónicas injusticias, junto con los irresponsables periodistas que buscan la nota fácil y los bloggers y youtubers que se suman al linchamiento por unos cuantos miles de clics. Nadie se detiene a pensar el número de víctimas, que hasta el momento debe superar al de brujas ejecutadas, contando a los infortunados que pierde su trabajo, su honor, su credibilidad, sus matrimonios, e incluso sus vidas cuando se trata de víctimas de bullying o videos sexuales que se rolan sin reflexionar el tremendo daño que se inflige. Y con ello nos damos cuenta que de la época de las brujas de Salem a la fecha, la sociedad, llena de avances tecnológicos y culturales, no ha cambiado en trescientos veintitantos años.

Porque es tan hermoso para tanta gente el gritar ¡bruja!, sin reflexionar antes si la persona señalada es de verdad non grata o un inconveniente para la sociedad, y observar con plácemes cómo generaron un nuevo fenómeno viral. ¡Oh, sí! Debe ser muy satisfactorio para esos jóvenes que su hazaña esté en boca de todos los medios posibles sin pensar que han sacrificado a un inocente, quien ha labrado con esfuerzo una familia y una carrera y, gracias a su chistecito, su reputación quede por los suelos y con riesgo de no volver a trabajar.

Por suerte (y actualizo esta nota a medida que la voy terminando) parece que hasta el momento el profesor Bernal se ha defendido con éxito y algunos medios e instituciones han salido en su apoyo, a lo cual me sumo. No tengo los datos fidedignos, ya que a estas alturas no puede creerse cualquier cosa a la ligera. Pero un hecho es cierto, lo que los verdaderos justicieros quisiéramos es algo que es muy raro que ocurra: que los autores del desaguisado graben un video certificando y constatando que son alumnos del profesor Bernal y que se les hizo muy gracioso viralizarlo y poner, literalmente, su vida en peligro. Más o menos como cuando Tania Reza y Enrique Tovar aparecieron disculpándose y diciendo que el acoso sexual en ATM! fue simulado.

El caso es que ya no podemos creer en nada.


Julius Hernández

Web: http://juliushernandez.mx
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Twitter: @juliushg

Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



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