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Tampoco me gustan los domingos en la noche (con conciertos de country en Las Vegas)

Stephen Paddock no estaba loco. No, no perdió la cabeza, ni siguió las instrucciones de la voz en su mente que le decía que se asomara con unas armas desde su habitación en el hotel Mandalay Bay en Las Vegas para disparar aleatoriamente a la cantidad de asistentes congregados en el concierto de country Route 91 Harvest que se celebraba en un predio a 400 metros, el pasado domingo 1 de octubre.

El pobre solamente fue víctima de la tremenda presión ejercida por una sociedad tan traumatizante (y traumatizada) que no le dio alternativa para combatir el aburrimiento de poseer tanto dinero, jugar y disfrutar sin límites en la ciudad donde todo queda ahí y vivir en un país en el que te venden más fácilmente un arsenal de armas de diversos calibres que una caja de antibióticos sin receta.

Por supuesto, porque ellos están autorizados a impedir que te mates tú solo al automedicarte irresponsablemente, pero nadie puede violentar tu derecho a pensar libremente, aunque tus pensamientos sean tan violentos que dejarían sin argumentos originales al mismo Tarantino. Nadie tiene derecho a cuestionar lo que quieras hacer, a menos que tengan la más ligera sospecha que vas a atentar contra el POTUS o que vas a cometer un acto terrorista.

El derecho a poseer y portar armas en los Estados Unidos está garantizado por la Segunda Enmienda, dando así a los ciudadanos la tranquilidad de estar protegidos en cualquier momento y lugar. Simbólicamente, porque aunque alguno de los asistentes al concierto hubiese traído un arma consigo, no habría tenido más oportunidades de salvarse que los que simplemente salieron huyendo y por pura suerte no recibieron ningún impacto.

Pero volvamos a Paddock. Estaba aburrido, fastidiado. Seguramente no estaba afiliado a ningún partido político ni tenía lazos aparentes con alguna organización religiosa extremista. Él sólo (y solo) buscaba hacer algo de verdad emocionante en su vida. Algo que le hiciera sentir que su existencia tenía algún significado. Con seguridad desde joven había experimentado esa sensación de intrascendencia, como le ocurría a Mark David Chapman, hasta que tuvo la brillante y genial idea de provocar un caos. Siendo un contador jubilado, una carrera en la que difícilmente te vuelves famoso, no quería llegar al final de sus días para ser enterrado y finalmente olvidado. Por algo importante su nombre debería quedar en la Wikipedia y en los archivos oficiales para la eternidad. O lo que estos durasen.

El motivo debería ser algo sublime. Nada de escribir libros, crear organizaciones de ayuda social, volcarse a la filantropía. Qué aburrido. Una matanza en un concierto de country era la mejor opción. Lo planificó con cuidado. Inexplicablemente fue capaz de introducir todo el arsenal que había adquirido a la habitación del Mandalay (esto sólo es sencillo en los odiados videojuegos como Grand Theft Auto, donde puedes portar mágicamente toneladas de armas sin que se te note), y eligió el número de Jason Aldean en el concierto para iniciar su masacre.

¿Cual había sido el récord previo? Cuarenta y nueve almas despachadas al cielo, o tal vez al infierno, en el club gay Pulse de Orlando, Florida, un año atrás. Bien, aquí había muchos más mortales congregados en una exhibición de música despreciable. Con sus armas modificadas, él podría fácilmente batir esa marca. Tal vez no se enteró de la cifra oficial (cincuenta y ocho muertos y alrededor de 500 heridos), aunque su corazón le decía que había cumplido su cometido. Que era más grande que Mateen, que Lanza, que los chiquillos Harris y Klebold con sus ridículos 13 muertos en Columbine. Aún así, no debería estar satisfecho, porque cualquier otro desquiciado (este sí lo sería) llegaría pronto y fácilmente lo superaría. Pero no en su vida, que estaba ya por terminar, y lo sabía. Finalmente, su posición es detectada y las fuerzas del orden irrumpen en su habitación. Se arregla fácil con un suicidio: nadie lo exhibiría saliendo esposado. Su grandeza sería palpable, pasando de facto al panteón de los grandes y odiados enemigos públicos.

Sintonizándonos ahora en la realidad, queridos lectores, donde ustedes y yo seguramente pertenecemos, ¿dudan, en alguna medida, que esta es la manera en que funcionan las mentes de estas raras avis de la sociedad, y en especial de la norteamericana? A lo mejor es inexacto científicamente hablando pero, nos da la impresión que la “raza americana”, encabezada por el único y espectacular Donald J. Trump, porta una especie de “gen de locura”, que conduce a sus individuos a desarrollar pensamientos supremacistas, megalómanos y violentos. El cerebro fácilmente produce alguna enzima que bloquea los patrones inhibidores del comportamiento y genera el Desorden de Personalidad Antisocial (ASPD), despojando al individuo de todo sentimiento de remordimiento y empatía. Neurológicamente es factible, lo sospechoso es que en nuestro vecino país del norte aparezca con más frecuencia. Locura de raza, podríamos decir, aunque la reflexión tenga connotaciones racistas, porque tampoco podríamos considerar a los ciudadanos estadounidenses como una raza o especie aparte.

El objetivo de esta recapitulación ficticia no es buscar una explicación, tal y como lo respondió Brenda Ann Spencer y que traté en el artículo que le dediqué aquí mismo a principios de este año 2017, Paddock podría haber afirmado simplemente “No me gustan los domingos en la noche, (con conciertos de country en las Vegas)”. Tampoco lo es el de buscar una solución, porque desafortunadamente esto sigue estando en manos de nuestros amigos los científicos hasta que encuentren una manera de reparar los cerebros dañados. Mi finalidad es acompañarles a reflexionar, que es lo único que podemos hacer ante estas lamentables situaciones.

Alguien me dijo una vez que en Japón la mayoría de los crímenes son pasionales, en México (y países latinos) ocurren mayormente por hambre, mientras que en Estados Unidos su principal motivo es la locura, sin importar el razonamiento que se elija para perpetrar los atentados. Y nunca he dejado de encontrarle cierta veracidad a ese axioma. Porque nosotros, los entes normales, cuando nos aburrimos los domingos en la noche, nuestra mejor opción es ver una película en cine o en casa. Y los que más dinero tienen, viajan a un concierto a ponerse hasta las chanclas.


Julius Hernández

Web: http://juliushernandez.mx
Email: pnocosis@gmail.com
Facebook: https://www.facebook.com/JuliusHernandez.autor/
Twitter: @juliushg

Julius es conocedor del mundo de la ficción y la fantasía en muchas de sus encarnaciones; escribe desde tiempos inmemoriales, aunque esta actividad nunca la había tomado en serio. Habla 16 idiomas, de los cuales sólo 2 son terrestres. Autor de la novela El Pecado del Mundo, de venta en Amazon.



2 replies
  1. Elmo Francis
    Elmo Francis says:

    Bien dice un Proverbio que “el que se aísla buscará su propio anhelo egoísta . Contra toda sabiduría práctica estallará. ” Bueno, el Sr. Aburrido Aislado, estalló. Locura sí, pero NO de raza americana, no, ¡Raza Humana! Un antídoto, para evitar que estos cerebros dañados que Ud.menciona, sigan dañándose ,sería usar el cerebro enfermo -sea heredado o provocado ese factor- USARLO para socorrer a otros, creando; edificando, en lugar de quitar, destruir, o matar. Deseo que antes de morir Paddock pensó que después de todo la música Country no es tan fea como el asesinato en masa, ni el asesinato es significante como el compartir, ayudar y construir. No creo en el infierno, pero espero su suicidio le haya dolido mucho, ya que la vida de otros, obviamente no le importó.

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    • Julius Hernández
      Julius Hernández says:

      De acuerdo con usted. Aún así, mi objetivo era hacer un perfil de lo que ocurre en el cerebro de estos maníacos, y como en este caso, un debutante que incurrió también en su despedida. Gracias por comentar!

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