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Una mirada a la infidelidad

Ayer descubrí la infidelidad de mi pareja. Todo empezó con un sutil malestar interior -algo está pasando ¿qué es?-

Volteaba a mi alrededor para revisar y no encontraba nada fuera de lugar. La misma casa, los mismos gestos, las mismas actividades, las mismas preguntas; todo igual.

Sin embargo, la voz interior con un constante mensaje -algo no está bien- me alertó. Fue entonces cuando noté esos pequeños cambios en mi pareja. -Ponía más cuidado en su arreglo personal e incluyó colores diferentes.

Notaba que ahora usaba colores de moda, el estilo tradicional fue desapareciendo. El corte de pelo de años lo modificó por algo más juvenil. Mi pareja se iba quitando años en su aspecto.

Empecé a mirarme en el espejo y me desconocí. Esa mujer, esa imagen en el espejo, ¿quién era?

Me percaté que había perdido la figura al aumentar tanto de peso. Mi cabello y piel sin vida -dejada de la mano de Dios-. Yo, una mujer que juré nunca descuidar mi apariencia… Yo, una mujer orgullosa y valiosa. ¿En qué momento traicioné dicho juramento?

Mi pareja estaba despertando a la vida por alguna razón desconocida para mi. Su despertar hizo notar mi apatía ante la vida. De pronto, él estaba alegre y cantaba en la regadera y yo literalmente me arrastraba de la cama para bañarme. En mi sueños él volaba y yo quedaba estancada en el lodo.

No lograba recordar cuando habíamos tenido relaciones sexuales. Por qué ahora lo preguntaba si en realidad no era importante. Estábamos juntos, nos llevábamos bien, cumplíamos y organizábamos las responsabilidades. Los gritos y faltas de respeto eran inexistentes.

Y la voz insistía – algo no está bien-.

Ante tanta insistencia, puse de lado el aletargamiento generalizado de años y activé la curiosidad para centrarme en las acciones de mi pareja. Me percaté de sus canas, ¿cuándo aparecieron?

Disfruté nuevamente de su andar ligero el cual me cautivó cuando lo conocí. En ese entonces describía a mi novio como “el muchacho que caminaba bailando.”

Noté que él siempre estaba en el celular. Sonreía de una forma juguetona al contestar mensajes. Y yo desde cuando no sonreía con una plenitud, dónde estaba mi jugueteo con la vida, mi gozo por la vida, sentirme viva, me percibí vieja.

Empezó a llegar tarde del trabajo, las juntas y los pendientes parecian acumularse como nunca. Él seguía siendo amable, complaciente pero su atención era dispersa. Lo sentía ausente, sus preguntas eran automáticas, sin emoción. Dejó de mirarme a los ojos cuando hablaba de su carga de trabajo.

Y la voz resonaba más fuerte en mi cabeza -algo no está bien-.

Desde un principio decidimos no tener hijos, para dedicarnos tiempo completo a nuestro amor. Nuestro amor, antes tan vívido, certero, mi corazón latía ante su presencia.

¿Qué nos pasó? ¿Qué me pasó? ¿En quién me convertí? ¿Cuándo se instaló la indiferencia?

Desde cuándo habíamos dejado escapar los sueños, los objetivos. La frescura, las carcajadas y el agradecimiento por la dicha se fueron. Lloraba sin cesar ante la pérdida.

Al día siguiente, cuando mi pareja estaba en la regadera, sonó su celular. Contesté y escuché la voz de una mujer -buenos días amor- .


Psicoterapeuta Blanca Almeida

Terapias familiares, individuales, pareja

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