
Ser expat es, al principio, un acto de fe. Pero detrás de esa ilusión se esconde una verdad frágil: el costo emocional de desprenderse de la propia vida para abrazar otra que no siempre pertenece. En esta historia, entre mudanzas, contratos y promesas, una familia aprende que no hay beneficio que compense el desarraigo silencioso de vivir lejos de lo que alguna vez los hizo sentirse en casa.
El proyecto laboral de un expat y su familia comienza con una oportunidad: una puerta que se abre a nivel profesional.
El “elegido” para la job position se llena de confianza —casi de euforia— y su ego “se infla”, porque lo convencen de que es perfecto y que lo trasladarán a otro país por sus skills, su pensamiento estratégico, su expertise, porque “nadie es capaz de hacer lo que él hace y como lo hace”. El ego… ese que detona una chispa de ilusión que enciende su alma y la de toda su familia; así que, de manera automática (y un poco ingenua, la verdad), “todos ponen toda su fe en ello”. Grosso error.
Sin querer, los pies del expat y de su familia “se despegan de su tierra y de sus raíces”; pierden la noción de la vida real y auténtica que llevaban en casa y pasan a vivir “una vida prestada” en ese nuevo país que “los espera con los brazos abiertos”.
La realidad es que la ilusión de un traslado sesga la perspectiva del expat y lo aleja de lo que vivirá “realmente” en ese nuevo país. Ingenuamente acepta firmar cláusulas, un salario base, un fondo de ahorro que se reduce con todas las deducciones, días de vacaciones, prima, aguinaldo, bono por resultados…
La empresa pasa a ser dueña de la vida del expat
En contraparte, la empresa pasa a ser dueña de su vida. Se convierte en codeudora de su vivienda, dueña de su coche, de su computadora, de su celular; le paga la mudanza (pero no la de regreso), el súper, el plan de salud de gastos mayores, el plan de retiro, el seguro de invalidez y vida, los bonos de comedor y hasta un viaje redondo para el empleado y su familia.
En ese orden de ideas, la relación expat–empresa se vuelve paternalista: su proyecto de vida individual se vincula de inmediato a la compañía, que empieza a tomar decisiones por él bajo la premisa de que “sabe mejor” qué le conviene, limitando su autonomía con una supuesta intención protectora… hasta que deja de convenirle.
Solo cuando eres expatriado comprendes la euforia, ese estado de intensa alegría, bienestar o entusiasmo, generalmente desproporcionado respecto a la situación real, que produce irte a vivir a un país nuevo. Es como subirte a una montaña rusa brava: cada curva, subida y bajada te llena de adrenalina y te devuelve “el alma al cuerpo”, en contraste con la vida que tenías en casa.
Y así pasan los años, una década, entre viajes, summits, IBPs, presentaciones al Codi, convivios de fin de año, viajes de Navidad, fin de año… y tanto él como su familia se acostumbran a vivir de la empresa y de sus beneficios, funcionando en piloto automático.
El primer año son turistas: se sorprenden, se maravillan, experimentan, conocen, encuentran spots que se volverán parte de su día a día y les darán confianza en la nueva megalópolis. En los siguientes años, comienza la nostalgia: extrañan su casa, su comida, su familia, la casa donde crecieron, los amigos que dejaron… y todos evolucionan, toman nuevos rumbos.
Luego llega un momento en el que ocurre un desarraigo mental y emocional. Algo se rompe. Ya no saben si son de aquí o de allá; extrañan lo suyo pero lo critican cuando regresan a casa. Y cuando vuelven a su nuevo país, abrazan lo construido, pero también lo critican, a veces porque no lo entienden, a veces porque se sienten solos e incomprendidos. Mientras tanto, los proyectos personales, las familias (cuántos padres han muerto esperando que sus hijos vuelvan algún día a casa), los pequeños detalles del día a día… todo se va desdibujando. El expatriado cambia y ese entorno antes conocido también.
Hasta que llega un día en el que no lo ascienden. Los directivos consideran que “aún no está listo”. Les conviene mantenerlo estancado, sin proyecto profesional ni personal. Ya le succionaron lo suficiente.
No hay posibilidad de moverse hacia otros cargos ni hacia otros países (pero sí para sus superiores), y tampoco puede regresar al suyo. Entonces entra en la monotonía del día a día, donde ya no aprende nada de su jefe, donde sus pares se han ido, dejando lugar a centennials que se pasan haciendo TikToks. Ya no se identifica con la empresa, ni con el cargo, ni consigo mismo, ni con nadie.
Se pierde en un limbo sin siguiente paso: como un astronauta expulsado de la nave, aún atado por el cordón umbilical del oxígeno.
Un día, deciden que ya no le sirve a la empresa. Ha pasado una década y se ha vuelto “costoso” para la compañía, casi un activo fijo. Se ha convertido en “toda una leyenda” con la que ya no saben qué hacer.
Si lo despiden, la indemnización será demasiado costosa; si lo despiden “justificadamente”, ofrecerán migajas. Y lo “obligarán” a firmar un finiquito sin pies ni cabeza, mal calculado según la ley del trabajador, donde ni siquiera se contempla su repatriación.
Al final, la vida de ese expatriado y de su familia, y seguramente de muchos otros (o de otros no), termina siendo un espejo que refleja una sola imagen: la de alguien que entregó demasiadas piezas de sí mismo a cambio de una oportunidad que prometía futuro, pero que nunca garantizó pertenencia.
Cuando la empresa “suelta la cuerda”, el empleado queda a la deriva. Dejó su país, su gente y una vida auténtica por un proyecto que jamás fue suyo del todo. Y aparece una decisión inevitable: ¿cómo volver a empezar cuando llevas una década viviendo una vida prestada?
Quizá volviendo a lo esencial: reconstruirse, reconectar con las raíces, rearmar su propio plan de vida y el de su familia. Y recordar que ningún empleo, por más global, generoso o glamuroso que parezca, vale lo suficiente como para hipotecar el alma.
Porque lo único verdaderamente irremplazable es ese lugar donde uno vuelve a sentirse completo… y real.

