Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
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Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Me invitaron otra vez, a la casa del ritmo

Me invitaron otra vez, a la casa del ritmo

De izquierda a derecha, de arriba a abajo: los integrantes principales de Los Ángeles Azules son seis: los hermanos Mejía Avante. Los Tigres del Norte también son los hermanos Hernández Angulo. Los Jackson Five estuvieron integrados por cinco hermanos Jackson: Jackie Jackson, Tito Jackson, Jermaine Jackson, Marlon Jackson y Michael Jackson. Los hermanos Garry Gibb, Robin Gibb y Maurice Gibb conformaron la agrupación The Bee Gees.

Tengo un amigo fanático del ritmo, de la salsa, especialmente de El Gran Combo de Puerto Rico.
Durante su adolescencia tuvo un grupo musical en la escuela y, cada vez que voy a su casa, es inevitable que saque el bongó, la guacharaca y las maracas… y me invite a seguirle el ritmo al compás de “Brujería”.
De broma, siempre le digo que antes de decir “mamá” balbuceó: “Me invitaron otra vez a la casa del ritmo”.

No es casualidad que su hijo haya heredado los mismos genes rítmicos de su papá: es un gran baterista y percusionista, y tiene bandas de salsa y de indie rock (y, por supuesto, adora a El Gran Combo).
Y su hija, bueno, es una gran violinista, en tanto que su esposa estudió música y canto lírico. Ella heredó su gusto por la música clásica —en especial por Pavarotti— de su padre, quien ponía todos los fines de semana a Los Tres Tenores desde que ella era niña.

Esta es la familia del ritmo, y demuestra que sí o sí llevamos el ritmo —bueno o malo— en los genes; porque también tengo otro amigo que, cuando aplaude, tiene más ritmo un aguacero. El pobre no pudo ni con el triángulo en la banda de la escuela.

El ritmo de la familia

Los Bee Gees estaban conformados por los hermanos Barry Gibb, Robin Gibb y Maurice Gibb. Juntos crearon uno de los catálogos más influyentes del pop, rock y disco del siglo XX. Su armonía vocal, especialmente el falsete, se convirtió en una firma genética y sonora, casi imposible de replicar fuera del núcleo familiar. Crédito: NME.

Por otro lado, recuerdo a mi papá como un gran melómano, por lo que la música que escuchaba cuando era niño, en en la sala de la casa, se convirtió en una parte inseparable de mí.

Sonaba el jazz de Dave Brubeck, de Louis Armstrong y Ella Fitzgerald; el bossa nova de Astrud y João Gilberto, de Jobim; y, más tarde, las armonías de Peter, Paul and Mary, The Beatles y Simon & Garfunkel.

Con mi amigo Jaime, en la carretera rumbo a Acapulco, pasábamos de Joan Manuel Serrat a Deep Purple, de Yes a Emerson, Lake and Palmer, y Crosby, Stills and Nash. Con otros amigos, escuchábamos Cat Stevens…A todos los sigo escuchando.

Por eso sostengo que, al menos en mi caso, la memoria siempre viene acompañada de una melodía, como los aromas que despiertan recuerdos.

En el caso de mi mamá, le gustaba el chachachá y el mambo. Todavía recurro a estos géneros cuando quiero ponerme de buen humor y, sin darme cuenta, la recuerdo a ella.

Mi nana, con quien pasé buena parte de la infancia, prefería a Javier Solís y Sombras nada más. Esa fue la banda sonora de mi etapa de cocina, de los tacos de frijoles con chipotle que me ponía a cocinar, para tenerme “a la vista” y no me le perdiera haciendo travesuras.

Pero bueno, ¿qué es el ritmo? ¿Ese tun, tun, tun que hace palpitar nuestro corazón?
De acuerdo con el Harvard Dictionary of Music, “es el modelo o estructura del movimiento en el tiempo, basado en la organización de sonidos y silencios, que forman patrones regulares o recurrentes”.
Es la manera “elegante” en que la música decide cuándo hacer ruido y cuándo callarse, repitiendo el truco lo suficiente para que nuestro cerebro crea que ahí hay orden… y nuestro cuerpo empiece a moverse, sin pedir permiso.

María Anna Mozart, apodada Nannerl, fue la hermana prodigio de Wolfgang Amadeus Mozart. Juntos, tocaban el clavicordio. En este retrato aparecen con su padre, Leopold Mozart.

Asimismo, cuánto disfrutamos de la música, y de qué manera lo hacemos, también es hereditario.
No lo digo yo: lo dice un nuevo estudio del Instituto Max Planck de Psicolingüística, en Nimega, Países Bajos.

Esta investigación analiza la genética detrás de nuestras respuestas a la música y sugiere que, aunque nuestros gustos por bandas, grupos o cantantes sean radicalmente distintos (por ejemplo, mi amigo detesta a Bad Bunny y su hijo lo adora), la capacidad de emocionarse con el ritmo es hereditaria.

Eso explica varias cosas. Aunque a mi amigo salsero no le guste Benito el reguetonero, lo cierto es que en su casa siempre se escucha música: ya sea salsa, clásica o reguetón. Lo importante para ellos, es la búsqueda del ritmo por encima de todo.

Así que parece que nuestra atracción por el ritmo es tan inmutable como heredar ojos verdes de padres o abuelos. Porque ese “gen del ritmo” es una instrucción biológica que adquirimos y que influye en cómo somos, así como en nuestras predisposiciones físicas y conductuales.

Al final, la familia de mi amigo no solo comparte apellidos: también comparte ritmo, y mucho. Todos nacieron con esa urgencia inexplicable de seguir el compás de una canción.
Eso sí: el ritmo se manifiesta de manera distinta en cada generación. Puede que cambien los géneros, las playlists y los ídolos, del Gran Combo a Bad Bunny, pasando por Pavarotti, pero la emoción sigue ahí, intacta.
Y eso explica por qué, incluso cuando a mi amigo no le gusta “DTMF”, entiende perfectamente la necesidad de sus hijos de escucharla una y otra y otra vez.

Quizá por eso, cuando veo a esta familia y recuerdo al otro amigo que no tiene ritmo ni para tocar el timbre, me queda claro que el ritmo es una lotería genética: una herencia invisible que decide quién baila, quién marca el tempo y quién, inevitablemente, llega tarde al aplauso.

¿Y tu ritmo… viene de fábrica?

 

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