Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

Cabrón, chispa y casual

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Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Óscar agridulce: la gala donde nada ni nadie sorprendió a nadie

Óscar agridulce: la gala donde nada ni nadie sorprendió a nadie

oscar

Hay ceremonias de los Premios Óscar o Academy Awards que quedan grabadas en la memoria. Me temo que la de este año no será una de ellas: no fue, ni de lejos, un gran año para el cine y, para colmo, tampoco ocurrió nada verdaderamente memorable; más allá de ver al incómodo Timothée Chalamet desfilar por la alfombra roja con su traje blanco de Givenchy —y de que Conan O’Brien lo convirtiera en blanco de una broma durante la gala—, cargando aún con el peso de aquel comentario torpe y despectivo sobre el ballet y la ópera, disciplinas que, según dijo, sobreviven gracias a esfuerzos por “mantenerlas vivas”, aunque ya no despierten tanto interés.

Lo siento por el “chico de oro de Hollywood”, pero sospecho que fue en ese preciso instante cuando el posible Óscar a Mejor Actor por Marty Supreme salió volando por la ventana del Dolby Theatre.

Las ceremonias que quedaron grabadas en mi memoria

Por ejemplo, la número 89, cuando anunciaron La La Land como Mejor Película, pero el premio era en realidad para Moonlight. ¡Recuerdo al equipo de la película subir al escenario y comenzar los discursos cuando, minutos después, los productores confirmaron en vivo que había habido un error!

En la número 94 fue el famoso puñetazo que Will Smith le pegó a Chris Rock en vivo por “burlarse” de la alopecia de su esposa, Jada Pinkett Smith. Lo más asombroso es que, minutos después del incidente, Smith ganó el premio a Mejor Actor por King Richard. Días después, la Academia abrió una investigación por lo ocurrido, y Will Smith renunció y quedó vetado de la ceremonia por una década.

También está el fenómeno Titanic en 1998, cuando la película ganó 11 premios, igualando el récord histórico de Ben-Hur en 1959; y aquellos ganadores memorables que ni se tomaron la molestia de recoger sus premios, como Marlon Brando en 1973 cuando ganó como Mejor Actor por The Godfather; Katharine Hepburn, quien ganó cuatro estatuillas y nunca subió por ellas; y Woody Allen, que no ha recibido ninguno por Mejor Director, al igual que Stanley Kubrick.

Y mi favorita: la de 1999, cuando Roberto Benigni ganó Mejor Actor por Life Is Beautiful y llegó al escenario caminando sobre las butacas del teatro. ¡Eso sí que era felicidad!

Una ceremonia agridulce: qué sucedió con el cine de verdad

Esta edición, la número 98, me dejó una sensación agridulce difícil de tragar. Por supuesto que sigue habiendo mucho talento en la industria: el de los ganadores de la noche, los actores Michael B. Jordan y Jessie Buckley; el del revoltoso Sean Penn; y el valor de la película y el director ganadores, Batalla tras Batalla y Paul Thomas Anderson, respectivamente.

Además, películas como Pecadores fueron ampliamente reconocidas por su ambición visual y su potencia cinematográfica, particularmente en el terreno de la fotografía; y Hamnet se destacó por su sensibilidad dramática y por la fuerza de sus interpretaciones. Y, en el ámbito internacional, Valor Sentimental confirmó que el cine fuera de Hollywood continúa ofreciendo una que otra historia profunda y emocionalmente compleja. Estas obras demuestran que el talento sigue presente en la industria.

Pero el balance general (no solo lo digo yo, lo dice buena parte de la crítica internacional) refleja a una industria cinematográfica que se dedicó a producir películas correctas, pero muy pocas verdaderamente memorables.

Me disculparán, pero son muy pocas las películas recientes que igualan a verdaderas obras de arte como lo fueron Gone with the Wind (1939), The Godfather (1972), The Silence of the Lambs (1991), Titanic (1997)… Hasta The Lord of the Rings: The Return of the King (2003) y Parasite (2019) clasifican.

Lo mismo sucede con grandes actores como Meryl Streep, Cate Blanchett, Frances McDormand, Anthony Hopkins, Leonardo DiCaprio, Jack Nicholson y el gran Daniel Day-Lewis. Seguramente pensarán: estos son “de la vieja guardia”, ¿pero quién ha dicho que los jóvenes no pueden igualarlos o superarlos?

También hay otro problema, cada vez más evidente. El espectáculo de los Óscar sufre de “muerte creativa”. ¡El formato es prácticamente el mismo! Un monólogo inicial del conductor, los mismos chistes previsibles inspirados en ceremonias anteriores, los números musicales de moda, los discursos de agradecimiento y el cierre solemne.

Yo recuerdo que la ceremonia de los Óscar era uno de los eventos televisivos más esperados del año. ¿Recuerdan la de 2009, donde Hugh Jackman fue el presentador? Wolverine cantó, bailó y recreó películas nominadas de manera creativa y humorística.

Un espectáculo algo predecible y monótono

Asimismo, tengo la sensación de que el tono de los discursos también se repite; más bien parece un prompt: “ChatGPT, redacta un discurso en donde agradezca a mi familia, al equipo de producción, agrega un párrafo de reflexión social y termina con un cierre emotivo”.

¿Dónde quedó la espontaneidad y emoción genuina de Roberto Benigni, de Robin Williams, de Matthew McConaughey o de Jennifer Lawrence?

Sé que no soy votante de la Academia ni nada parecido, pero creo que deberían ser mucho más rigurosos en su análisis de guiones, por ejemplo. Puede que las películas nominadas sean impecables en técnica y visualmente, pero muchas historias no son profundas u originales como en otras épocas. No pretendo que todos sean como Pulp Fiction (1994) o Chinatown (1974), pero tengo la sensación de que ahora le meten todo a grandes producciones con excelente fotografía, efectos y actuaciones, pero sin bases narrativas poderosas y auténticas. No es por nada, pero algunas son bastante superficiales.

Otro tema que he visto últimamente es que las películas que “no incomodan a nadie” y las más promocionadas son las que más acumulan nominaciones. ¿Qué pasa con esas películas más arriesgadas o innovadoras como The Matrix, A Clockwork Orange, Being John Malkovich o Eternal Sunshine of the Spotless Mind?

Dulces actores, guiones amargos

Me quedo con el sabor dulce del nivel interpretativo de varios actores y actrices que demostraron una vez más su capacidad para sostener emocionalmente una película, incluso cuando el guión no les da la talla. Pero me quedo con el amargo de Batalla por batalla, una película débil en su construcción narrativa e irregular en las actuaciones tanto principales como de reparto. Lo más curioso es que iba encabezada por el sólido Leonardo DiCaprio, pero en este caso me parece que escogió mal, y al mismo tiempo es el único que rescata la película con su actuación.

Espero que en la edición del próximo año, la 99 (y en especial la 100, porque tendrán todos los ojos puestos encima), los miembros de la Academia cambien su sistema de votación y se enfoquen en la valoración artística, dejando a un lado la tendencia y el marketing.

¡El público quiere sorprenderse de nuevo! No más guiones flojos, ceremonias repetitivas ni pasarelas; sí a la esencia del cine, que por definición es el séptimo arte.

 

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