Por: Carolina Riaño*
*Escritora, periodista, reportera y storyteller culinaria. Contadora de historias sobre el fascinante mundo de la cultura gastronómica, los vinos y los licores. IG @errederiano
Los periodistas estamos sujetos a la ética. Contamos a nuestros lectores una imagen fiel de la realidad que percibimos. Vale la pena dejar claro, desde el principio, que quienes informan sobre la propuesta de un restaurante y sus platos, escriben una reseña.
Cuando un juicio valorativo ‘se toma’ una reseña, esta se transforma en columna de opinión. Y no para ahí… La opinión se convierte en crítica, cuando se emiten apreciaciones subjetivas y se contextualizan, analizan, argumentan y comparan con experiencias anteriores. Estos principios básicos, deberíamos aplicarlos todos al momento de expresar nuestras ideas, sin importar si somos comunicadores o no.
Lo anterior es un abrebocas, con el fin de contextualizar lo que está sucediendo en el variopinto ecosistema de la opinión gastronómica . Allí, cohabitamos ‘distintas especies’, por así decirlo. Hablo de periodistas, relacionistas públicos, cocineros, publicistas, influencers, blogueros, restauranteros, comensales y lectores, entre otros, que muchas veces tergiversan la crítica a través de sus escritos culinarios.
¿Acaso la crítica gastronómica ética está en vías de extinción? No quiero sonar puritana ni discriminatoria porque todas, absolutamente todas las especies del ecosistema, tienen derecho a opinar. Pero si desean criticar, ¡llénense de razones!, de argumentos válidos y convincentes para dictaminar si un restaurante es bueno o si un plato está bien resuelto o no.
Seamos honestos: todo aquel que ‘se mete’ un bocado en la boca y comparte su valoración en redes sociales se autoproclama, de manera Napoleónica, crítico gastronómico. ¿Ego?, ¿oportunismo? Soy Millenial y utilizo las redes sociales todos los días, pero no hay que ‘comer entero’ en cuestiones de opinión subjetiva.
¿Qué se hicieron esos críticos que interpretaban realmente lo que transmitía el cocinero a través de sus platos?, ¿dónde están los independientes que pagaban sus facturas y no vendían sus letras por una invitación?, ¿dónde queda la experiencia?
Falta interpretación en la crítica gastronómica actual. Porque criticar platos y restaurantes no es una moda ‘cool’ como la pintan los foodie en Instagram o Tik Tok. Es igual de profesional a lo que hace un crítico de cine como Samuel Castro, ó uno de arte como Eduardo Serrano Rueda. Porque el mundo del cine y del arte, aún no lo dejan en manos de inexpertos sin juicio o capacidad de valorar una obra.
Lo cierto es que el panorama gastroinformativo se resume en un siguiente frase apática, sosa, que se lee no solo en redes sociales, sino también en medios impresos y en Blogs: “Recomiendo este restaurante porque se come rico”.
La crítica no es una story de Instagram con música trendy, un reel o una foto cenital de un risotto acompañada de “10/10, volvería”. Eso podrá ser contenido, recomendación, entretenimiento o incluso publicidad disfrazada de entusiasmo, pero no crítica.
Porque criticar implica algo mucho más incómodo y menos instantáneo: detenerse a interpretar. Entender qué quiso decir un cocinero con un plato, de dónde viene una técnica, qué tan bien ejecutada está una idea y cómo dialoga con la historia, el servicio, el producto y la experiencia.
La crítica exige memoria, comparación, criterio y contexto; no solo apetito y un buen algoritmo. Hoy cualquiera que prueba un bocado y sube una opinión se autoproclama crítico gastronómico, como si la experiencia pudiera resumirse en “se come rico”.
Pero la gastronomía merece algo más profundo que un carrusel bonito y adjetivos vacíos. Porque así como no dejamos la crítica de cine o de arte en manos de cualquiera con un celular y opiniones impulsivas, tampoco deberíamos reducir la cocina , uno de los actos culturales más complejos y emocionales que existen, a un simple contenido efímero de 15 segundos.
Pongo sobre la mesa esta reflexión para que la próxima vez que lean una crítica culinaria se detengan a pensar si, la persona detrás del teclado, realmente interpreta lo que quiere transmitir su creador a través de del menú, el ambiente y el servicio.
Y ustedes como buenos lectores y comensales que son, exijan buenas críticas gastronómicas. No reduzcan este bello oficio a la frase de cajón con la que comienza esta columna, que es más volátil que el hidrógeno líquido que se utiliza en la cocina vanguardista española.

