Por Eddy Warman
Para los que me han preguntado en redes y en la radio, no se imaginan el impacto, las fortunas de miles de millones de dólares y los insólitos estilos de vida de los verdaderos cerebros detrás del armamento moderno. Olvídense de la imagen clásica de la guerra dictada por generales veteranos llenos de medallas en salones solemnes del Pentágono. La realidad hoy es otra: la supremacía militar la define la táctica del Ataque Aéreo Masivo (Massive Air Attack), y quienes la programan son jóvenes de veintitantos y treinta años que hasta hace poco vestían en chanclas, tocaban el violín en el colegio o patrullaban en las montañas de Afganistán.
¿Qué es un Massive Air Attack con IA?

Un Ataque Aéreo Masivo es la pesadilla operativa de la guerra moderna, llevada a su punto más brutal en conflictos como el de Rusia y Ucrania. Ya no depende de escuadrones de bombarderos pesados; se trata de una incursión coordinada a gran escala donde se lanzan simultáneamente cientos de vectores no tripulados —drones suicidas, misiles de crucero rasantes y proyectiles hipersónicos— para golpear múltiples objetivos en cuestión de milisegundos.
La inteligencia artificial actúa como el director de orquesta invisible en tres fases automatizadas:
- Primera ola (Saturación y desgaste económico): Decenas de drones económicos (de $20,000 dólares) vuelan a baja velocidad para saturar los radares. La IA obliga al defensor a agotar sus escasos y valiosos misiles interceptores (como los Patriot, de $4 millones de dólares por disparo) contra señuelos baratos.
- Segunda ola (Penetración a baja altura): Misiles de crucero vuelan pegados al terreno guiados por algoritmos de visión artificial para destruir infraestructuras fijas sin necesitar señal GPS.
- Fase final (Ataque hipersónico y parálisis sistémica): Misiles de velocidad extrema caen en vertical. La IA calcula qué subestación eléctrica o red hídrica neutralizar para dejar a una metrópoli a oscuras y sin agua en minutos.
El secreto del Pentágono: Financiamiento masivo para emprendedores jóvenes

El gobierno de Estados Unidos está alimentando esta metamorfosis a través de la Defense Innovation Unit (DIU) del Pentágono y la Iniciativa Replicator ($1,000 millones de dólares), un programa diseñado para desplegar miles de armas autónomas en tiempo récord. Esta inyección estatal sirve de «capital semilla» institucional para que firmas de Venture Capital de Silicon Valley (como Founders Fund o Andreessen Horowitz) inyecten más de $38,000 millones de dólares al año en startups militares.
Pero, ¿quiénes son las mentes de veintitantos y treinta años detrás de este software capaz de coordinar semejante nivel de destrucción? Aquí están sus historias:
Palmer Luckey: El niño millonario que viste en chanclas y camisas hawaianas
- Empresa: Anduril Industries (Valuada en $61,000 millones de dólares).
- Edad y Origen: 33 años. Nació en Long Beach, California, y fue educado en casa mientras reparaba autos viejos en el taller de su padre.
- Fortuna: Entre $3,500 y $5,000 millones de dólares.
- Vida Personal: Casado desde 2017 con su novia de la juventud, Nicole Edson. Le encanta el cosplay (disfrazarse de personajes de anime) y el synthwave. Es famoso por ir a juntas multimillonarias con generales del Pentágono vistiendo chanclas, bermudas y camisas hawaianas mientras come hamburguesas de In-N-Out o ramen.
- Lo que fabrica para el ataque masivo: Creó Lattice OS, la mente colmena que coordina los misiles de crucero autónomos Barracuda-500 para atacar en enjambre, el interceptor a reacción reutilizable Roadrunner-M y el caza no tripulado Fury.
Alexandr Wang: El prodigio del violín que nació junto a la bomba atómica

- Empresa: Scale AI (Contratos marco de $249 millones de dólares con el Pentágono).
- Edad y Origen: 29 años. Nació en Los Álamos, Nuevo México. Sus padres eran físicos inmigrantes chinos que trabajaban en el mismo laboratorio donde se creó la primera bomba atómica.
- Fortuna: Alrededor de $3,600 millones de dólares (se convirtió en el multimillonario autodidacta más joven del mundo a los 24 años).
- Vida Personal: Soltero y reservado. Tocaba el violín en orquestas juveniles antes de abandonar el MIT a los 19 años. Lleva una dieta ligera de sushi y ensaladas, y su pasatiempo es el senderismo y esquiar.
- Lo que fabrica para el ataque masivo: Su plataforma Donovan procesa petabytes de datos satelitales y señales de radio en tiempo real para que los comandantes identifiquen qué nodos de una ciudad deben ser destruidos en la primera ola del ataque.
Brandon Tseng: Del barro de Afganistán al algoritmo sin GPS
- Empresa: Shield AI (Valuada en más de $2,700 millones de dólares).
- Edad y Origen: 35 años. Graduado de la Academia Naval de EE. UU. y MBA en Harvard. Su hermano y cofundador, Ryan Tseng, tiene 37 años y es ingeniero de Penn State.
- Fortuna: Patrimonio de tres cifras de millones.
- Vida Personal: Casado y familiar. Mantiene la disciplina física de sus 7 años como oficial Navy SEAL: entrena CrossFit, artes marciales y hace surf en San Diego escuchando rock clásico.
- Lo que fabrica para el ataque masivo: Vivió en carne propia la frustración de volar drones que perdían señal en cuevas enemigas. Creó Hivemind AI, un «piloto automático» embarcado que permite a enjambres de drones V-BAT y cazas combatir e improvisar juntos aunque el enemigo bloquee la señal de GPS o las comunicaciones.
Qasar Younis: De la granja en Pakistán a las simulaciones de combate

- Empresa: Applied Intuition (Valuada en $15,000 millones de dólares).
- Edad y Origen: 45 años. Nacido en una pequeña granja en Punjab, Pakistán, emigró a los 8 años a Detroit. Estudió ingeniería mecánica y tiene un MBA en Harvard.
- Fortuna: Estimada en $1,500 millones de dólares.
- Vida Personal: Casado y con hijos. Apasionado de los autos de carreras (trabajó en las líneas de ensamblaje de General Motors) y la aviación privada. Le gusta la comida paquistaní especiada y baila en las celebraciones de su comunidad.
- Lo que fabrica para el ataque masivo: Simuladores de alta fidelidad donde el Pentágono prueba virtualmente la ejecución de oleadas masivas de misiles y tanques miles de veces antes de cargar el código en las armas reales.
Andrew Will: El cerebro detrás del chip
- Rol: Arquitecto de Autonomía Táctica (entre 32 y 38 años). Formado en la Ivy League, mantiene un perfil hiperreservado por seguridad (OPSEC). Él programa la capa de edge computing dentro del chip del misil: el algoritmo de última milla que decide cuándo el proyectil debe acelerar o esquivar un obstáculo cuando se corta la comunicación con los humanos.
La delgada línea roja: El peligro de una orden mal dada

Lo escalofriante de relacionar la inmensa riqueza y juventud de estos emprendedores con la táctica del Massive Air Attack es la velocidad a la que estamos eliminando la supervisión humana (Human-in-the-Loop).
Un algoritmo no tiene empatía ni criterio moral; opera bajo parámetros de optimización matemática. Si un comandante le da una instrucción con sintaxis imprecisa a una IA —como «deshabilitar la capacidad de respuesta enemiga en el sector»—, la máquina no deliberará: lanzará un ataque masivo de saturación, apagando la red eléctrica y el suministro de agua de millones de civiles para cumplir el objetivo en segundos.
Entregar la arquitectura de la guerra a códigos desarrollados por jóvenes multimillonarios sin regulación ni frenos éticos internacionales es una ruleta rusa geopolítica. La innovación tecnológica y el gran negocio del financiamiento militar jamás deben estar por encima de la vida humana.
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