miércoles 9 de septiembre de 2026

Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
¿Qué esconden el Talmud y Rosh Hashaná?

¿Qué esconden el Talmud y Rosh Hashaná?

¿Shaná Tová, A gut yor o Feliz Año? Guía rápida y sin poses para entender el Año Nuevo judío y el Talmud.

En mi casa nunca fuimos religiosos. La verdad es que nunca seguimos las tradiciones al pie de la letra, pero siempre nos gustó respetarlas, vivirlas a nuestra manera y tenerles un cariño especial. Recuerdo perfecto que lo que más disfrutábamos era bajar al primer piso, donde vivía mi tía con mis primos. No solo era divertidísimo convivir con ellos, sino que mi tía cocinaba de maravilla; era mi tía Sarita, quien años después, con toda esa sazón y sabiduría de sobremesa, terminó publicando un libro de cocina. Esos aromas y esas pláticas familiares son, para mí, el verdadero sabor de estas fechas.

Talmud

Las raíces familiares siempre tienen sus contrastes. Por un lado tuve una abuela, mi abuela Aída, sumamente religiosa, de una ortodoxia muy estricta, pero al mismo tiempo fría y distante. En cambio mi abuelo materno, su esposo, se llamaba Gregorio —o Groim, como le decían o como se solía pronunciar en Polonia— y era todo lo contrario: un hombre entrañable, profundamente cariñoso y respetuoso de las tradiciones, aunque francamente no recuerdo haberlo visto jamás metido en rezos o rigideces religiosas.

Por la rama de mi papá, la historia fue muy distinta: a mi abuelo Bernardo lo mataron en el 47, en su relojería-joyería, cuando trató de detener a un asaltante que había entrado a robar; el tipo, a sangre fría, le disparó directo al corazón y ahí murió mi abuelo. No lo van a creer, pero quien reconoció el cuerpo en la morgue fue nada más y nada menos que Jacobo Zabludovsky.

Jacobo vivía en la misma calle, casi en el mismo edificio que mi papá, mis tías, Rosita y Sarita, y mi tío Alberto, quien con los años se convirtió en un famosísimo y destacadísimo oftalmólogo; como Jacobo estudiaba para abogado, a los vecinos se les ocurrió decir: «¿Quién mejor que Jacobo para ir a reconocer el cuerpo?». Por su parte, mi abuela Esther, la mamá de mi papá, era un auténtico bombón: cariñosa, divertida, gordita, juguetona, y cantaba «Los pajaritos a volar» como nadie en este mundo. Pero religión, francamente, no había.

 

Nací en esta cuna judía y me gusta haber nacido en ella. Me encantan sus raíces, su historia y muchas de sus tradiciones, aunque reconozco que a veces se me olvidan los detalles o doy por hecho cosas que no terminamos de entender, pues casi no lo estudié y menos lo practiqué.

Ahora que estamos a nada de celebrar Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, muchísima gente me pregunta de qué se trata, cómo se festeja y qué significan realmente palabras que escuchamos todo el tiempo, como Torá, Mishná o Talmud.

Para entender el Año Nuevo judío, lo primero es saber que no tiene nada que ver con descorchar champagne  (lo hace menos atractivo y divertido ) ni aventar confeti a medianoche.

Rosh Hashaná significa literalmente «cabeza del año».

Rosh Hashaná

Es una fiesta de introspección, balance y conciencia que dura dos días. ¿Desde cuándo se cuenta? El calendario hebreo es lunisolar y no empieza con el nacimiento de una figura histórica ni con una batalla: según la tradición rabínica, el cómputo arranca con la creación del ser humano —con Adán y Eva— en el Génesis. Por eso el conteo va en el año 5787.

Se festeja reuniendo a la familia alrededor de una mesa llena de simbolismos: mojamos rebanadas de manzana en miel para desear un año dulce y bueno, comemos granada —cuyas semillas representan la abundancia de buenas acciones— y pan jalá redondo, que simboliza el ciclo interminable de la vida. Además, en las sinagogas se hace sonar el shofar, un cuerno de carnero cuyo sonido seco y penetrante funciona como una alarma espiritual para despertarnos de la rutina y hacernos reflexionar. Son diez días de reflexión personal que culminan en Iom Kipur, el Día del Perdón.

Pero detrás de estas festividades hay un universo de ideas y textos que han sostenido esta cultura. Justamente para ponerle claridad a todo esto, el viernes me comuniqué hasta Nueva York para platicar con Andrés Spokoiny, un gran amigo y un especialista extraordinario en historia, cultura y tradición del Medio Oriente y del judaísmo. Le pedí que me lo explicara sin rodeos, y el mapa queda clarísimo cuando entendemos tres conceptos clave:

Primero está la Torá. La palabra viene de la raíz hebrea Yará, que significa «instruir», «guiar» o «enseñar el camino». Mucha gente cree que es solo una lista de mandamientos o una ley fría, pero en realidad significa «instrucción» o «guía de vida». En sentido estricto son los primeros cinco libros de la Biblia —el Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio— escritos a mano en pergamino. Es el texto fundacional, el mapa maestro.

Sin embargo, la Torá escrita dejaba muchas cosas abiertas para la vida real. Durante siglos, las explicaciones de cómo aplicar esas normas se pasaron de boca en boca: era la tradición oral. Pero hace unos dos mil años, cuando los romanos destruyeron el Segundo Templo de Jerusalén, el pueblo judío se dispersó y corría el riesgo real de que esa memoria se borrara. Alrededor del año 200, un sabio llamado Yehudá Hanasí tomó la decisión revolucionaria de ponerla por escrito. Así nació la Mishná —que significa «repetición» o «enseñanza»—. No es un texto de rezos místicos, sino un compendio directo, terrenal y organizado en seis órdenes que resuelven problemas concretos: agricultura, matrimonios, contratos comerciales, disputas de vecinos y daños a terceros.

Claro que, una vez fijada la Mishná, la realidad siguió cambiando y surgieron nuevas dudas. Durante tres siglos, en las academias de Galilea y Babilonia, sabios y rabinos se sentaron a desmenuzar, discutir y cuestionar cada renglón de la Mishná. A esos monumentales debates se les llamó la Guemará (que significa «completar» o «aprender por tradición»).

Y aquí llegamos al famoso Talmud. La palabra Talmud significa literalmente «estudio» o «aprendizaje» (de la raíz hebrea Lamed, aprender). El Talmud no es un libro aparte: es la unión de la Mishná al centro de la página, rodeada por los ríos de tinta de la Guemará, con comentarios de siglos de pensadores dialogando entre sí. Lo que a mí más me impresiona de abrir una página del Talmud es que los sabios nunca borraban las posturas de quienes perdían la discusión; dejaban asentada la opinión minoritaria por respeto a la discrepancia y porque sabían que en el futuro ese argumento podía tener valor. Increíble, y lo que lo hace difícil de leer es que escribían en círculo alrededor de la idea central. Entonces te puedes tardar meses en leer una página al frente y al revés. No es un catecismo de respuestas masticadas, sino un gimnasio intelectual donde la duda, el debate y el pensamiento crítico son sagrados.

Hoy en día, el Talmud no es una reliquia para monjes ni está reservado únicamente para círculos ultraortodoxos. Millones de personas con vidas comunes y corrientes —médicos, abogados, científicos, banqueros— estudian una página al día con proyectos globales como el Daf Yomi. Lo hacen porque en esa dialéctica milenaria encuentran un método fascinante para resolver dilemas éticos actuales, reflexionar sobre inteligencia artificial o tomar mejores decisiones en sus profesiones.

En vísperas de Rosh Hashaná, cuando nos sentamos a la mesa a desearnos un año dulce, vale la pena recordar que la tradición no es un conjunto de reglas pesadas para distanciarnos, sino una herencia viva hecha para reunir a la familia, cuestionar el mundo y mantener viva la curiosidad.

¿Cómo desearte un feliz año a alguien de la comunidad judía?

Si en estos días te cruzas en la calle, en el elevador o en la sobremesa con alguien de la comunidad judía, la regla de oro es facilísima: con un «¡Shaná Tová!» o un «¡Feliz año!» quedas de maravilla, te van a dar un abrazo y una sonrisa de oreja a oreja. Es el saludo universal, el que todo el mundo entiende y el que borra cualquier frontera.

Pero si aguzas un poco el oído y te fijas en los orígenes familiares, la cosa se pone fascinante, porque cada rama del pueblo judío tiene su propio sabor para desear lo mismo.

Si te topas con alguien de raíz ashkenazí —como la de tantos abuelos que vinieron de Polonia, Ucrania o Rusia—, entre los mayores todavía se escapa el idish con un «A gut yor» («un buen año») o un sonoro «Gut yontif», que es el saludo festivo de cajón. Te lo dicen con ese tono entrañable de Europa del Este, como de película en blanco y negro, casi siempre acompañado de un buen pedazo de pastel de miel.

En cambio, si te acercas a una familia sefardí —aquellos cuyos antepasados salieron de España en 1492 y se instalaron en Turquía, Grecia o los Balcanes—, la música cambia por completo. Ahí todavía vive el ladino, ese español antiguo y poético del siglo XV: te dicen «Anyadas buenas y dulces» o «Anyos muchos y buenos», y la respuesta obligada es una joya: «¡Que los vivas y los goces!». En la sinagoga o en la mesa formal, los sefardíes y los paisanos de origen sirio, libanés o del Medio Oriente te van a soltar un elegante «Tizkú leshanim rabot» («que merezcan vivir muchos años»), y uno contesta de inmediato: «Ne’imot vetovot» («agradables y buenos»).

Y si es alguien más joven, relajado, laico o de comunidades reformistas, te va a soltar un «¡Happy New Year!», un «¡Jag Saméaj!» o un simple y afectuoso «¡Que tengas un año dulce y con salud!».

Al final, no importa si el acento viene de Varsovia, de Damasco, de Salónica o de la colonia Condesa; todos los caminos llevan a lo mismo: desear que el ciclo que arranca venga ligero, con salud, en paz y, sobre todo, bien dulce.

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