Por Eddy Warman
¿Qué nos está pasando a los terrestres? Hay dos mapas que deberían exhibirse en todas las oficinas presidenciales, en todos los congresos y en todos los palacios de gobierno del mundo.
El primero muestra los países donde la población vive con mayor sensación de inseguridad: Papúa Nueva Guinea, Venezuela, Haití, Afganistán, Sudáfrica, Honduras, Trinidad y Tobago, Siria, Jamaica y Guyana.
El segundo identifica a las naciones donde los mercados criminales tienen mayor presencia e influencia: México, Myanmar, Colombia, Irán, Nigeria, Kenia, Brasil, Sudáfrica, Ecuador y Emiratos Árabes Unidos.
Son dos listas distintas. Pero cuentan la misma historia. La historia de un mundo que está perdiendo terreno.

Amigas y amigos lectores, lo verdaderamente alarmante no es que existan delincuentes. Han existido siempre. Lo alarmante es que las organizaciones criminales parecen haberse vuelto más eficaces que muchos gobiernos.
Mientras los Estados discuten presupuestos, reformas y elecciones, las redes criminales se expanden. Mientras los gobiernos cambian de partido, las organizaciones ilegales no cambian de objetivo.
La delincuencia ya no tiene nacionalidad. La violencia ya no reconoce fronteras. El crimen organizado entendió la globalización antes que muchos gobiernos.
¿Qué hicieron los gobiernos del mundo mientras esto ocurría?
Porque algo falló. Falló la supervisión. Falló la aplicación de la ley. Falló la justicia. Falló la capacidad de anticipar una amenaza que creció durante décadas frente a los ojos de todos.
La izquierda culpa a la derecha. La derecha culpa a la izquierda. Pero los mapas del crimen no distinguen ideologías. Allí donde hay corrupción, impunidad, debilidad institucional o ausencia de autoridad, las organizaciones criminales prosperan.
Y hay algo más. Algo particularmente doloroso para nosotros.
México encabeza una de esas listas. No la de la percepción de inseguridad. Encabeza una de las más preocupantes: la de los mercados criminales organizados.

¿Qué ocurrió en este país para llegar hasta aquí? ¿Qué pasó en los últimos quince años? ¿Cómo una nación con talento, recursos y potencial económico extraordinario terminó convertida en referencia mundial cuando se habla de estructuras criminales?
La respuesta no puede recaer en un solo gobierno ni en un solo partido. Durante años la clase política prometió soluciones. Durante años las instituciones fueron perdiendo credibilidad. Durante años la impunidad siguió siendo noticia.
Amigas y amigos lectores, quizás la noticia más grave no sea que existan organizaciones criminales poderosas. La noticia más grave es que hemos comenzado a convivir con ellas como si fueran parte inevitable del paisaje.

La historia demuestra que los países pueden recuperar el control cuando cuentan con instituciones sólidas, sistemas judiciales eficaces, policías profesionales y una auténtica voluntad política para aplicar la ley.
Porque mientras seguimos discutiendo ideologías, elecciones y narrativas, el crimen sigue haciendo aquello que mejor sabe hacer: aprovechar el vacío.
Y quizá esa sea la pregunta que deberíamos hacernos todos los que habitamos este planeta: ¿qué nos está pasando a los terrestres?
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