Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Kabbalah para los que llevamos años intentando entenderla

Kabbalah para los que llevamos años intentando entenderla

Por Eddy Warman

Siempre que he invitado a especialistas en Kabbalah, ya sean rabinos, religiosos, cabalistas, o incluso cuando entrevisté al recordado Rav Philip Berg y a Karen Berg, fundadores del famoso Centro de Kabbalah que popularizó esta tradición en buena parte del mundo, terminé exactamente en el mismo lugar: sin entender del todo qué era realmente la Kabbalah.

No me malinterpreten. Siempre puse atención. Tomé notas. Hice preguntas. Volví a preguntar. Me esforcé genuinamente por comprender cada explicación. Y eso que para mí no siempre es sencillo.

Convivo desde hace años con el TDAH y con la dislexia, dos compañeros de viaje que me obligan a concentrarme el doble cuando un tema es complejo o altamente abstracto.

Por eso escuchaba todavía con más atención. Apuntaba palabras, dibujaba flechas en mis notas, subrayaba conceptos, hacía anotaciones en los márgenes y trataba de unir ideas que parecían escaparse apenas creía haberlas capturado.

Sin embargo, al final de muchas de esas conversaciones me quedaba una extraña sensación de fascinación mezclada con desconcierto.

Era como contemplar una puerta entreabierta hacia un universo inmenso, misterioso y profundamente atractivo, pero al que no conseguía entrar del todo.

 

Y, sin embargo, jamás perdí la curiosidad.

Quizá porque hay temas que uno no entiende completamente, pero que siguen llamándolo una y otra vez.

La Kabbalah era uno de ellos.

Por eso decidí volver a preguntar. Esta vez recurrí a quien considero uno de los grandes sabios que han pasado por mi programa: mi querido amigo Andrés Spokoiny, a quien suelo llamar cariñosamente «el sabio del Medio Oriente».

Aunque vive en Nueva York, lleva décadas estudiando la historia del pueblo judío, las raíces del judaísmo, los imperios que dominaron la región, los faraones de Egipto, los reyes de Israel, los profetas, los Rollos del Mar Muerto y la evolución espiritual de una de las culturas más influyentes de la historia.

Hemos hablado de Herodes. Del rey Salomón. De Jerusalén. De filosofía. De historia. De religión. Y hasta de las grandes preguntas que han perseguido a la humanidad desde hace miles de años.

Pero esta vez decidimos entrar en un territorio que, honestamente, siempre me había parecido fascinante y al mismo tiempo incomprensible: La Kabbalah.

Entrevisté hasta Nueva York al gran Andrés Spokoiny para hablar justamente de Kabbalah, Sefirot y Zóhar. Y lo que sigue no pretende ser una clase magistral ni un tratado de misticismo. Es simplemente el relato de alguien que, después de años de escuchar hablar sobre estos temas, cree que finalmente logró entender algunas cosas. O al menos, las suficientes para compartirlas con ustedes.

La primera sorpresa: la Kabbalah no es lo que yo pensaba

Durante años imaginé que la Kabbalah era una especie de conocimiento secreto reservado para iniciados. Algo complejo. Inaccesible. Casi mágico.

Resulta que la palabra simplemente significa «recepción» o «tradición recibida». Es decir, un conocimiento transmitido de generación en generación, de maestro a discípulo.

No es una religión aparte ni una doctrina independiente. Es la corriente mística del judaísmo y busca comprender los significados más profundos de la existencia. Y entonces me encontré con una pregunta formidable:

¿Cómo puede un ser humano relacionarse con lo infinito?

Porque para la Kabbalah, Dios es algo llamado Ein Sof, el «Sin Fin».

Una realidad tan inmensa, tan ilimitada y tan absoluta que ninguna mente humana podría abarcarla completamente.

Dicho de otra forma: si tratáramos de comprender a Dios en toda su magnitud, sería como intentar meter el océano Pacífico dentro de una taza de café.

La taza simplemente no daría para tanto.

Las sefirot: el concepto que sigo intentando entender

Y aquí aparece uno de los conceptos más fascinantes, y al mismo tiempo más difíciles, de toda la Kabbalah: las sefirot.

Les voy a ser completamente sincero. Después de años de escuchar hablar de ellas, todavía no puedo afirmar que las entienda del todo.

He escuchado a rabinos, cabalistas, académicos y estudiosos explicarlas de distintas maneras. He tomado notas. He subrayado libros. He hecho preguntas. He vuelto a preguntar. Y aun así sigo sintiendo que hay algo que se me escapa.

Si me preguntaran hoy qué son, repetiría la definición que logré grabarme en la cabeza durante mi conversación con Andrés Spokoiny: Las sefirot son las diez manifestaciones mediante las cuales la energía divina se expresa en el universo.

Me aprendí la definición. La memoricé. La subrayé. La anoté varias veces. Pero debo admitir algo. Aunque ya me sé la frase, sigo sin estar completamente seguro de entender lo que significa.

¿Cómo se manifiesta exactamente la energía divina? ¿Cómo funciona? ¿Es una metáfora? ¿Es una realidad espiritual? ¿Es una forma poética de describir la relación entre Dios y la creación?

Confieso que todavía no tengo una respuesta definitiva. Y, sin embargo, hubo algo que sí pude comprender.

Los cabalistas explican que esas diez sefirot no solamente describen la manera en que Dios se relaciona con el universo, sino que también representan cualidades que existen dentro de cada uno de nosotros.

Y fue ahí donde la teoría empezó a volverse humana.

De pronto las sefirot dejaron de parecerme conceptos abstractos suspendidos en el aire y comenzaron a parecerme un extraordinario mapa de la personalidad humana.

Kéter: la Corona

 

  • El propósito.
  • La voluntad.
  • La conexión con algo más grande que nosotros mismos.

Jojmá: la Sabiduría

  • La intuición.
  • La chispa creativa.
  • Ese instante mágico en el que una idea aparece de la nada.

Biná: el Entendimiento

  • La reflexión.
  • El análisis.
  • La capacidad de convertir una intuición en conocimiento.

Jésed: la Misericordia

  • El amor.
  • La compasión.
  • La generosidad.

Guevurá: el Rigor

  • La disciplina.
  • La justicia.
  • Los límites.

Tiféret: la Belleza

  • La armonía.
  • El equilibrio entre el corazón y la razón.
  • El punto medio entre la compasión y la disciplina.

Nétzaj

  • La perseverancia.
  • La capacidad de seguir adelante cuando nadie cree en nosotros.

Hod

  • La humildad.
  • La gratitud.
  • La capacidad de reconocer que no somos el centro del universo.

Yesod

  • La conexión.
  • Los vínculos.
  • La comunicación.

Maljut

  • La realidad concreta.
  • La capacidad de convertir los sueños en hechos.

Mientras escuchaba a Andrés Spokoiny, empecé a pensar que quizá las sefirot son menos un mapa de Dios y más un espejo en el que podemos observar nuestras fortalezas y nuestras debilidades.

Quizá por eso, aunque sigo sin comprender exactamente qué significa eso de «las diez manifestaciones mediante las cuales la energía divina se expresa en el universo», sí alcanzo a entender lo que representan cuando las veo reflejadas en personas reales.

  • La compasión de Jésed.
  • La disciplina de Guevurá.
  • La intuición de Jojmá.
  • La perseverancia de Nétzaj.
  • La humildad de Hod.

Y debo hacer otra confesión. No es que quiera inscribirme en clases de Kabbalah. No es que quiera convertirme en cabalista. No es que planee pasar los próximos veinte años estudiando en una yeshivá. Una yeshivá es una escuela tradicional judía dedicada al estudio de la Torá, el Talmud y otros textos religiosos.

Podría compararse, guardando todas las proporciones, con una mezcla entre seminario, universidad y centro de investigación intelectual, donde los estudiantes pasan años debatiendo e interpretando textos que tienen miles de años de antigüedad.

Tampoco pretendo descifrar todos esos supuestos secretos ocultos de los que tanto se habla cuando alguien menciona la Kabbalah.

Entre otras cosas porque, siendo completamente honesto, ni siquiera estoy seguro de entender qué significa exactamente «descifrar los secretos».

Lo que sí veo son conceptos filosóficos. Símbolos. Interpretaciones.

Y preguntas enormes que han ocupado la mente de generaciones enteras de estudiosos.

Y si soy completamente sincero, muchos de esos términos todavía me parecen extraordinariamente sofisticados.

  • Ein Sof.
  • Tzimtzum.
  • Shejiná.
  • Devekut.
  • Tikkún.
  • Sefirot.
  • Guematría.

Los anoté todos. Los subrayé. Los marqué con colores. Los escuché una y otra vez durante la conversación. Pero no voy a fingir que comprendí de golpe conceptos sobre los que hay personas que han dedicado décadas completas de estudio. Lo único que intento hacer es entenderlos lo suficiente para poder explicarlos. Entenderlos para compartirlos con ustedes. Entenderlos para comentarlos en esta columna y en mi programa.

Porque si después de entrevistar a expertos, rabinos y cabalistas durante tantos años yo sigo teniendo preguntas, sospecho que muchos de ustedes también las tienen.

Y quizá ésa sea la parte más interesante de todo este viaje. No salir convencidos de haber encontrado todas las respuestas. Sino salir con mejores preguntas que las que teníamos al principio.

La guematría: cuando las letras también son números

Y entre todos aquellos términos complejos hubo uno que me llamó especialmente la atención:

La guematría. Quizá porque mezcla algo que sí entiendo, los números, con algo que sigo intentando entender: la espiritualidad.

La explicación básica parece sencilla. Cada letra del alfabeto hebreo tiene un valor numérico.

Letra Nombre Valor

א

Alef

1

ב

Bet 2

ג

Guímel 3

ד

Dálet 4
ה He

5

ו Vav

6

ז

Zayin 7

ח

Jet 8

ט

Tet

9

י Yod

10

כ Kaf

20

ל

Lámed 30

מ

Mem 40
נ Nun

50

ס Samej

60

ע

Ayin 70

פ

Pe

80

צ

Tsadi 90
ק Qof

100

ר Resh

200

ש

Shin

300

ת Tav

400

Hasta ahí lo entiendo perfectamente. Lo primero que entendí es que esto no significa que una letra sea más importante que otra.

Que Alef valga 1 y Tav valga 400 no implica una jerarquía espiritual.  No significa que Tav sea cuatrocientas veces mejor que Alef. Simplemente son valores asignados a las letras.

Ejemplo 1: la palabra «vida»

La palabra hebrea Jai (חי), que significa vida:

Letra

Valor

ח (Jet)

8

י (Yod)

10

Total

18

Por eso el número 18 tiene un significado especial dentro de la tradición judía.

Ejemplo 2: la palabra «verdad»

La palabra Emet (אמת), que significa verdad:

Letra

Valor

א (Alef)

1

מ (Mem)

40

ת (Tav)

400

Total

441

Cómo funciona la comparación

La lógica cabalística propone que cuando dos palabras diferentes arrojan el mismo valor numérico, podría existir entre ellas una relación simbólica o espiritual.

Concepto

Resultado

Palabra A

18

Palabra B

18

La idea sería que ambas comparten algún patrón oculto. Y aquí debo volver a ser honesto. Entiendo la aritmética. Entiendo la suma. Entiendo el procedimiento.

Lo que todavía sigo intentando comprender es por qué dos palabras que terminan en el mismo número revelarían necesariamente una conexión profunda entre ellas.

Probablemente ahí aparece una frontera interesante entre la razón, la tradición, la filosofía y la fe.

No lo digo para cuestionar a quienes creen en ello. Lo digo porque ésa fue exactamente mi reacción mientras llenaba páginas y páginas de apuntes. Comprendí el método. Lo que todavía sigo intentando comprender es la conclusión. Y quizá eso también forma parte del viaje.

El Árbol de la Vida

Las diez sefirot forman lo que la Kabbalah llama el Árbol de la Vida.

Muchos lo describen como un mapa espiritual del universo. Yo prefiero verlo como un mapa del ser humano.

Porque todo lo que aparece en ese árbol está también dentro de nosotros.

Amor. Justicia. Creatividad. Humildad. Perseverancia. Gratitud. Equilibrio.

Todos esos elementos libran diariamente una batalla silenciosa en nuestro interior.

Quizá el Árbol de la Vida no habla solamente de Dios.

Quizá también habla de nosotros.

El éxtasis: una palabra que no significa lo que creemos

Otra de las cosas que más me sorprendió fue descubrir el verdadero significado del éxtasis para la tradición cabalística.

Cuando escuchamos la palabra éxtasis solemos imaginar emociones desbordadas o una especie de trance.

Pero aquí significa algo distinto.

Se trata de un estado de conciencia extraordinario en el que la persona siente una unión profunda con lo divino y con el resto de la creación.

Los antiguos místicos judíos describían ascensos espirituales hacia los llamados palacios celestiales.

No era una búsqueda de emociones.

Era una búsqueda de significado.

Y aquí encontré algo que me hizo pensar.

Tal vez todos hemos experimentado alguna forma de éxtasis sin llamarlo así.

No necesariamente un éxtasis religioso.

Puede ocurrir escuchando una pieza musical que nos conmueve hasta las lágrimas.

Contemplando una obra de arte.

Mirando el mar durante horas.

Viendo nacer a un hijo.

O viviendo uno de esos raros momentos en los que sentimos que formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.

Quizá los cabalistas intentaban ponerle nombre a esa experiencia universal.

Una sorpresa inesperada: sexo y espiritualidad

Algo que me llamó profundamente la atención es que el judaísmo tradicional no considera la sexualidad como algo pecaminoso.

Dentro del matrimonio, la intimidad es vista como una bendición y una dimensión importante de la vida espiritual.

Algunas corrientes cabalísticas consideran que la unión amorosa simboliza la armonía de la creación.

Me pareció una visión sorprendentemente moderna.

Una espiritualidad que no rechaza el cuerpo.

Que no enfrenta el alma contra la materia.

Que intenta integrarlas.

El Zóhar: el Libro del Esplendor

Si la Kabbalah tiene una obra maestra es el Zóhar.

No es un libro de hechizos.

No es un manual de magia.

Es un extenso comentario místico sobre la Torá que reflexiona sobre Dios, el alma, la creación y el destino humano.

Sus ideas fundamentales podrían resumirse así:

  1. Dios es infinito.
  2. Todo está conectado.
  3. Existe una realidad invisible detrás de la visible.
  4. El universo tiene dimensiones espirituales ocultas.
  5. Las acciones humanas tienen consecuencias cósmicas.
  6. La Torá contiene múltiples niveles de significado.
  7. El alma humana participa de lo divino.
  8. El mundo necesita reparación.
  9. La justicia y la misericordia deben convivir.
  10. El propósito de la vida es acercarse a Dios transformando la realidad.

Lo que finalmente entendí

Después de toda la conversación, de las sefirot, del Árbol de la Vida, del éxtasis místico, del Zóhar, de la sexualidad como expresión espiritual, de la guematría y de esos extraños números escondidos en las letras hebreas, hubo una idea que permaneció conmigo mucho después de apagar el micrófono.

La idea del Tikkún. La reparación del mundo. Según la Kabbalah, el mundo está incompleto. Nuestra tarea no es observarlo pasivamente.

Nuestra tarea consiste en ayudar a repararlo. Con nuestros actos. Con nuestras palabras. Con nuestras decisiones. Con nuestra capacidad de amar. De ser justos. De ser humildes. Y de actuar. Y quizá ahí encontré algo que por fin pude entender. No el Ein Sof. No las sefirot. No los misterios del Zóhar. Ni mucho menos todos esos conceptos hebreos que tuve que anotar varias veces para no perderme durante la conversación.

Lo que entendí fue algo mucho más simple. Que la Kabbalah, al menos para mí, no trata de escapar del mundo. No trata de encerrarse durante décadas en una biblioteca buscando claves ocultas. No trata de convertirse en una especie de iluminado.

Tal vez trata de aprender a mirar la realidad con más profundidad. De preguntarnos cuál es nuestra responsabilidad con los demás. De reconocer que cada acción tiene consecuencias. Y de entender que nadie viene a este mundo únicamente para ocupar espacio.

Todos venimos a aportar algo. Y quizá ahí encontré la diferencia entre estudiar la Kabbalah y entrevistar a quienes la estudian. Los cabalistas buscan comprenderla. Yo intento traducirla. Ellos pasan una vida profundizando en sus significados. Yo intento salir de cada entrevista entendiendo un poco más para poder compartirlo con ustedes.

Después de tantos años entrevistando cabalistas, rabinos y estudiosos, sigo sin atreverme a decir que entiendo completamente la Kabbalah. Y para ser honestos, después de esta conversación tampoco. Pero ahora al menos sé algo que antes no sabía. Sé cuáles son las preguntas. Y sospecho que, en el fondo, la Kabbalah lleva siglos intentando enseñarnos que las preguntas importantes suelen ser más valiosas que las respuestas rápidas.

Quizá por eso sigue viva. Porque en un mundo obsesionado con las certezas, la Kabbalah nos obliga a convivir con el misterio. Porque en una época de opiniones instantáneas exige paciencia. Porque en tiempos de superficialidad invita a profundizar.

Y porque, al final, todos estamos intentando responder exactamente las mismas preguntas que se hacían los antiguos hebreos hace miles de años:

¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué responsabilidad tenemos con los demás? ¿Y qué vamos a hacer con el tiempo que nos ha sido prestado?

Si algo me dejó esta conversación con Andrés Spokoiny es la certeza de que todavía me queda muchísimo por aprender. Pero también me dejó algo más importante: El deseo de seguir preguntando.

Y si después de leer esta columna usted sigue sin entender completamente la Kabbalah, no se preocupe. Ya somos dos.

La diferencia es que ahora tengo mejores apuntes. Mejores preguntas. Y una visión mucho más clara de un tema que llevaba años persiguiéndome.

También puedes leer: El autoconocimiento llega cuando más lo necesitas

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