Por Eddy Warman
Todo comenzó leyendo sobre un fenómeno que está ocurriendo en Estados Unidos.
En medio de la inflación, el encarecimiento de los alimentos y una sensación generalizada de que el dinero ya no rinde como antes, los buffets y los restaurantes de «todo lo que puedas comer» están viviendo una segunda juventud.
No porque la gente tenga más hambre. Porque tiene más miedo. Miedo de abrir la cuenta del supermercado. Miedo de pedir la carta de vinos. Miedo de revisar el estado de cuenta de la tarjeta.
Y cuando la economía genera ansiedad, aparece una de las palabras más seductoras del idioma moderno: «Ilimitado».
Puede comer todo lo que quiera. Puede servirse cuantas veces quiera. Puede repetir sin remordimiento. Puede convencerse de que está ganándole al sistema. Y aunque todos sabemos que nadie le gana realmente al sistema, la ilusión es maravillosa.

La idea me pareció fascinante. Porque si uno observa con atención, en México ocurre algo parecido. No con los buffets clásicos. No con aquellas enormes barras donde lo mismo convivían una sopa, una pizza, un rollo primavera y un postre de color radioactivo. No. La evolución mexicana es más sofisticada.
Más elegante. Más perfumada. Más fotogénica. Y mucho más cara. Se llama brunch. Y ahí fue cuando decidí poner a trabajar a mi equipo.
Bueno… «trabajar» es un término generoso. Les pedí a varios integrantes de mi equipo y a un grupo de amigos que realizaran una investigación periodística de altísimo rigor científico.
Debían visitar algunos de los brunches más exclusivos de la Ciudad de México. Comer. Preguntar. Anotar. Volver a comer. Tomar fotografías. Y seguir comiendo. Un trabajo verdaderamente agotador.
La pregunta central era sencilla: ¿Qué pasa si uno no bebe alcohol? La respuesta fue extraordinaria. Nada. No ocurre absolutamente nada.
No importa si usted consume una mimosa. No importa si consume once. No importa si vacía una botella de champagne francés mientras habla de inversiones, bienes raíces o wellness. Tampoco importa si únicamente bebe café y agua mineral. El precio prácticamente no cambia.
Y ahí fue cuando todos empezamos a sospechar que algo extraño le había ocurrido al brunch. Porque yo recuerdo cuando brunch significaba una cosa. Una sola cosa. Desayunar tarde. Fin de la historia.
Hoy parece una experiencia inmersiva. Un espectáculo gastronómico. Un ejercicio antropológico. Y, en algunos casos, una decisión financiera comparable con comprar un electrodoméstico.
Mis colaboradores comenzaron a desarrollar teorías dignas de un fondo de inversión. Uno elaboró una estrategia de recuperación de activos. Según sus cálculos, el brunch debía iniciarse exclusivamente con ostiones. Después salmón ahumado. Luego camarones. Más tarde quesos importados. Posteriormente charcutería premium. Y sólo cuando el valor consumido igualara aproximadamente la cuota de inscripción era aceptable acercarse a los chilaquiles.

Otro regresó después de cuatro horas de investigación y declaró: «Pasé más tiempo calculando cuánto valían los mariscos que disfrutando los mariscos.» Y francamente creo que ésa es la mejor definición del brunch moderno. Porque ya no se trata de comer.
Se trata de justificar. Justificar el ostión. Justificar la tercera vuelta. Justificar la cuarta visita a los postres. Justificar el champagne. Y finalmente justificar la cuenta.
Entonces llegaron los números. Y ahí fue donde la historia dejó de ser gastronómica para convertirse en una sátira económica.
Tomemos el brunch de Rulfo, en el Hyatt Regency. Dos personas. Cuenta base. Estacionamiento. Propina. Total aproximado:4,245 pesos. 
Hasta ahí uno puede respirar. No profundamente. Pero puede respirar.
Después apareció Four Seasons.

Y ahí la cosa se puso interesante. Dependiendo de la experiencia seleccionada, una pareja puede gastar desde poco más de tres mil pesos hasta acercarse a los diez mil. Diez mil pesos por desayunar.
Quiero que nos detengamos un momento en esa frase. Diez mil pesos por desayunar. Si mi abuelo escuchara eso pensaría que estoy hablando del enganche de un automóvil usado. No de huevos benedictinos.
Después llegó el Ritz-Carlton.

Y ahí descubrimos que existe una categoría muy particular del lujo moderno.
La categoría donde alguien logra convencerte de que desayunar con vista panorámica justifica varios miles de pesos adicionales. La opción sin alcohol para dos personas ronda los 3,197 pesos y la opción con champagne supera los 5,200. Y en ese momento ocurre algo maravilloso. Uno empieza a hablar del desayuno como si estuviera negociando una hipoteca.
«No, yo tomé la versión básica.» «Nosotros tomamos la versión con champagne.» «¿Y cuánto financiaste?»
Luego apareció el Presidente InterContinental.

Y ahí encontramos una dualidad fascinante. Por un lado está Café Urbano. Todavía razonable. Todavía cuerdo. Todavía conectado con la realidad económica terrestre. Dos personas. Poco más de mil pesos. Una rareza casi arqueológica.
Pero después aparece Madeo.

Y todo vuelve a descarrilarse. Champagne ilimitado. Vista espectacular. Brunch dominical. Dos personas. Casi seis mil pesos.
A esas alturas ya no estoy seguro de si uno está desayunando o adquiriendo una pequeña participación accionaria en el establecimiento. Y entonces alguien hizo la pregunta más peligrosa de toda la investigación.
La pregunta que cambió por completo la conversación. —¿Y cuánto cuesta Pujol?

Silencio. Silencio absoluto. El mismo silencio que se produce cuando alguien menciona dinero en una reunión familiar.
Todos sacamos el teléfono. Todos hicimos cuentas. Todos volvimos a hacer cuentas porque pensamos que nos habíamos equivocado. Pero no. Dos personas en Pujol con propina alrededor de 8,700 pesos.
Y entonces apareció Quintonil.

Dos personas. Más de 14,000 pesos.
Y de pronto ocurrió algo que habría parecido absurdo hace apenas unos años. La comparación dejó de ser ridícula. Porque ya no estábamos comparando un desayuno con un restaurante. Estábamos comparando dos formas completamente distintas de gastar una cantidad obscena de dinero.
La tabla que nadie quería ver
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Del brunch más caro al más barato
Si incluimos Nueva York, la lista se vuelve todavía más interesante:
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Cuando mostramos esta tabla a varias personas ocurrió algo muy curioso.
Nadie preguntó por el menú. Nadie preguntó por la calidad. Nadie preguntó por el chef. Todos preguntaron exactamente lo mismo:
—¿Es en serio? Y sí. Es en serio.
Pero la investigación todavía nos tenía reservada una última humillación. El estacionamiento. El enemigo silencioso. La trampa final. La emboscada económica que espera pacientemente hasta el final.
Porque uno llega preparado para pagar los ostiones. Acepta los mariscos. Tolera el champagne. Sobrevive a los postres. Pero cuando aparece el valet parking uno entiende que la vida siempre tiene un último impuesto escondido.
Y entonces comprendimos algo. El verdadero lujo no eran los camarones. Ni el champagne. Ni la charcutería. Ni la vista. Ni siquiera la posibilidad de comer cinco veces más de lo que recomienda cualquier cardiólogo.
El verdadero lujo era salir sin mirar la cuenta. Eso sí es riqueza.

Lo más interesante fue preguntarles después a todos los participantes qué recordaban de la experiencia. Nadie recordaba cuántos ostiones había consumido. Nadie recordaba cuántas rebanadas de salmón había probado. Nadie recordaba cuántas mimosas había tomado. Nadie recordaba cuántas visitas hizo a la barra de postres. Todos recordaban perfectamente la cifra final.
Y quizá ahí está la moraleja. Mientras los buffets regresan porque la gente busca maximizar el valor de su dinero, los brunches de lujo parecen haber seguido exactamente la dirección contraria.
- Nacieron como una solución. Terminaron como una aspiración.
- Nacieron para combinar desayuno y comida. Terminaron compitiendo con Michelin.
- Nacieron para simplificar la vida. Terminaron obligándonos a consultar Excel.
Porque después de esta investigación descubrimos que algunos brunches ya no pertenecen al mundo gastronómico. Pertenecen al mundo financiero. Son gastos que requieren planeación. Presupuesto. Tal vez una hoja de cálculo. Y en ciertos casos una conversación previa con el contador.
Quién hubiera imaginado que viviríamos en una época donde una pareja puede levantarse un domingo por la mañana y tener frente a sí una decisión perfectamente racional:
—¿Qué hacemos hoy?
—No sé.
¿Brunch?
¿Pujol?
¿Quintonil?
Y lo verdaderamente inquietante no es la pregunta. Lo verdaderamente inquietante es que los números han hecho que deje de parecer una locura. La mala noticia es que el brunch ya no es barato. La buena noticia es que todavía incluye postre.
Aunque, siendo honestos, a estas alturas debería incluir también un asesor financiero, un contador fiscalista, un ejecutivo bancario y alguien del SAT sentado junto a la estación de ostiones para agilizar el trámite.
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