
Todos tenemos ese amigo (en mi caso, amigas) que interrumpen miles de veces la conversación y, cuando finalmente es su turno de hablar, ¡no lo aprovechan! ¿Necesidad de atención?, ¿de “look at me”?
También me ha pasado con invitados en la cabina de radio, que “cacarean” pero no van al punto; incluso me pasa a mí en el programa, y caigo en cuenta, a la quinta interrupción, de que el que parlotea soy yo.
Eso nos sucede mucho a los periodistas, que nos extendemos en nuestros discursos “homéricos” y, cuando nos damos cuenta, ya vamos por la cuarta temporada de Stranger Things y aún no llegamos al punto.
Ahora que lo pienso, todos hemos ocupado ese asiento: nos sentimos muy satisfechos y orgullosos de nosotros mismos “arriando” nuestros puntos de vista, pensando que atajamos a un público aplastado en el mullido sofá de la sala.
Todos hemos sido parte de un sinnúmero de conversaciones, pero el problema es cuando la cantidad de interrupciones sosas y etéreas se apodera del ambiente, sacrificando la calidad de la plática. Y eso no solo aplica con mis amigas e invitados en la cabina: aplica para todo tipo de interacción social que tenemos. Menos cacareo, más solidez en los pensamientos.
Puro bla, bla, bla
Por otro lado, no sé qué es peor: si las personas que cacarean, emiten juicios sin filtro ni argumento y no son conscientes de ello, a tal punto de llegar a parecer ignorantes (pero felices); o quienes saben que interrumpen, son conscientes de que es molesto y no hacen nada al respecto; esos que botan el comentario, incendian la sala y disfrutan viéndola arder. También están los que permanecen en silencio durante toda la reunión, pero cuando hablan, botan una bomba que deja a todos con la boca abierta.
En fin, este es un auténtico desafío para quienes son (o somos) hocicones, deslenguados, parlanchines o lenguaraces.
Porque hay momentos en los que hay que bajar el tono, ponerse un límite de intervenciones por plática o, al menos, no intervenir durante la primera mitad de la sesión. Pero ¿será que la reunión aguanta tanto tiempo sin mi intervención “divina”?
Si algo de lo anterior te resulta “familiar”, entonces seguramente eres alguno de estos dos tipos de hocicón: o eres poco prudente o padeces algún tipo de “complejo de salvador”, es decir, tienes la sensación de que tu intervención “divina” puede evitar un desastre (a no ser que seas el controlador aéreo del Benito Juárez). Y lo más probable es que, si eres “ese tipo” de persona hocicona, deslenguada, parlanchina o lenguaraz en el trabajo, también lo seas en casa de tu tía o en una blind date.
Ser deslenguado es una carga, porque llevas sobre tus hombros el peso de la reunión y de que esta sea calificada como inolvidable o tediosa, por el riesgo de caer en un silencio sepulcral.
Para mí ya es demasiado tarde. Acabo de darme cuenta de que soy parlanchín y, siendo justo conmigo mismo, me pagan por escribir opiniones; al menos ofrezco contenidos de excelente relación calidad-precio. Además, en las múltiples reuniones, cenas y convivios que tengo a la semana, al menos estoy rodeado de otros y otras que “sufren del mismo mal”.
Pero si estás cansado de ser así, al menos hay un cachito de esperanza: básicamente, ¡cállate! Es una solución infalible. Lastimosamente, aún no existe algo así como “habladores anónimos” para que puedas entrar a rehabilitación, aunque estoy seguro de que ahí también te van a mandar a callar.
Lo otro que puedes hacer es decantar tu discurso: determina cuáles son las dos o tres ideas clave y elimina el resto.
Ahora pregúntate: ¿valdrá la pena botar este comentario al público? Ahora bien, si vas a hablar mucho, haz una intervención concisa (hablar más deprisa no cuenta).
Por ahora prometo no interrumpir a quienes hablan poco, especialmente si son mis amigas, e invitaré a otros a expresar su opinión. Muy pronto verán que sorprenderé a mis amigos diciendo: “no tengo nada que añadir a lo que ha dicho Pablo”.
En fin, esta revelación me llega hasta ahora… ¡o quizá estaba demasiado ocupado cacareando!

