
¿Pagarías 20 mil dólares para que alguien, ya sea una persona, una empresa o un algoritmo con “autoestima alta”, te consiga esposo, esposa o pareja? ¿Te sentarías a tomarte un café mientras escuchas ponencias sobre “predicción de resultados románticos”, “emparejamientos relámpago” o sobre cómo las relaciones humanas no son un caos emocional, sino un problema técnico que se puede optimizar?
No se trata de un capítulo de la serie satírica británica Black Mirror, tan incómoda como retorcida, que examina nuestra relación con la tecnología y el poder; ni de esos futuros distópicos donde una app, un algoritmo o una pantalla amplifican rasgos como el narcisismo, el miedo al rechazo, la obsesión por el estatus o el deseo de control…
Lo inquietante es que todo esto no es una advertencia sobre lo que “podría pasar”, sino el retrato vívido de lo que estamos aceptando como normal. Porque, déjenme decirles, todas esas ideas, teorías y promesas sobre el amor no ocurren en la ficción, sino en el Simposio del Amor (Love Symposium), un evento real que el año pasado se celebró en San Francisco.
El tal simposio, tan serio como excéntrico, reunió a ingenieros, filósofos, mental coaches, “entrenadores de intuición” y “tecnólogos espirituales” interesados en “proliferar relaciones sanas a gran escala”. Ahí se debaten ideas radicales sobre reproducción, género y familia, enmarcadas en un extraño ambiente que mezcla espiritualidad, futurismo y mentalidad de emprendedor. Y lo peor: hay muchos inversionistas y mucho poder político de por medio…
El punto es que muchos de estos proyectos fueron gestados en Silicon Valley y proponen, nada más y nada menos, que medir, optimizar y escalar el amor romántico a punta de tecnología, data e inteligencia artificial, sin eliminar (eso es lo que dicen) su componente humano e impredecible. Lo dudo mucho.
Lo más descabellado del asunto es el alcance que esa necesidad de encontrar a la pareja perfecta, como si fuéramos perfectos, tiene en la sociedad en la que vivimos. Sumado al ecosistema de citas tecnológicas que existe desde la aparición de Tinder en 2012 y de Bumble en 2014 (vivimos en la era de la IA romántica, queramos o no), ahora se suma Keeper: una startup que promete emparejar almas gemelas usando IA, psicometría (un intento elegante de reducir tu personalidad, tus traumas y tu capacidad de amar a un número que alguien más pueda optimizar) y “expertos humanos” (dudo mucho que haya personas involucradas más allá de los fundadores que se están enriqueciendo con el negocio del amor y de la parejita que paga por estas necesidades creadas.)
Keeper te busca pareja y te convierte en la pareja «perfecta»
Dicen que la plataforma Keeper es capaz de comprender a sus usuarios a profundidad. A ver, digamos que me afilio a Keeper. El proceso inicia con un interrogatorio exhaustivo sobre mis rasgos físicos, intelectuales, ideológicos y hasta culturales, para que el algoritmo no pase nada por alto. Luego, la inteligencia artificial me asigna métricas de atractivo, compatibilidad y, por supuesto, un “valor como pareja”, como si el amor viniera con etiqueta de precio. Después llega el feedback, diseñado no para herir susceptibilidades, sino para “mejorar mi perfil de usuario”…
Y, por si fuera poco, la plataforma ofrece incentivos financieros mediante un programa llamado Marriage Bounty, en el que pago para que me emparejen y, si alguna cita milagrosamente deriva en una relación duradera o en matrimonio, prometo una recompensa de hasta 50 mil dólares. ¡Qué romántico!
Estarán de acuerdo conmigo, queridos lectores, en que Keeper logra algo admirable: alinear sus intereses comerciales con el éxito sentimental de sus clientes, demostrando una vez más que… ¿el amor funciona mejor cuando hay dinero de por medio?
Personalmente, esta lógica de Keeper de transformar a personas en productos evaluables, comparables y ajustables no me late. Es más: me genera conflicto. Y eso que ustedes saben que estoy a favor de los avances tecnológicos y de la IA utilizada de manera correcta. Pero involucrar sentimientos o emociones humanas con tecnología no es lo mío.
Por un lado, porque medir y clasificar a las personas a partir de sus sentimientos y emociones genera más desigualdad social, racial y económica, y reduce esa autonomía emocional que tenemos: esa capacidad de reconocer, entender y gestionar lo que sentimos. De ahí que no esté de acuerdo en delegar esas capacidades en un algoritmo.
Debemos continuar haciéndonos responsables de lo que sentimos, de tomar decisiones afectivas, de no depender de la validación de otros, de asumir la responsabilidad de nuestros vínculos, así duelan o incomoden. En otras palabras: no estoy de acuerdo con perder ese poder de amar, de elegir y de terminar una relación. ¡Imagínense pedir permiso a alguien, o a algo, para poder sentir! Yo quiero ser autónomo emocionalmente, ¿y tú?
Imaginen qué futuro más triste: agentes de IA que facilitan encuentros en bares y hasta escogen la botella de vino que debes tomar con tu cita; o un avatar que va y liga contigo en un antro en nombre de su usuario; o peor aún, ver una simulación de cómo envejecerá una posible pareja… ¡De estos ejemplos sí que podrían escribir capítulos para Black Mirror!
Por un lado, entiendo que existe un discurso de que el amor está en crisis, de que cada vez estamos más solos, de que las futuras generaciones no quieren casarse porque le tienen pánico al compromiso (mucho menos quieren tener hijos; un perro o un gato implica menos responsabilidad). También entiendo que Silicon Valley cree que todo problema tiene solución tecnológica y que se ha convertido en una ideología que busca “arreglar” el mundo. Mal que bien, ahí nacieron Google, Apple, Meta, Netflix, Uber…
Pero ¿quién dijo que la tecnología debe ser la solución a experiencias profundamente humanas y complejas como el amor o el simple hecho de sentirse enamorado?
En Silicon Valley pueden seguir creando modelos, métricas, simulaciones tecnológicas amorosas, pero nunca lograrán cambiar las dinámicas de las relaciones humanas entre humanos (bueno, tal vez cuando un humano se enamore de una IA, eso sí lo van a poder optimizar, actualizar y monetizar). Porque las relaciones son caóticas, contradictorias y emocionalmente ineficientes por naturaleza…y pretender optimizarlas es un ejercicio tan inútil como medir el enamoramiento en una hoja de Excel.
Puede que la tecnología logre evaluarme como “un gran partido”, pero tú y yo somos seres cambiantes, impredecibles y a veces insoportables; de ahí que ese intento por “arreglarnos” y convertirnos en la pareja perfecta, con garantía y hasta fecha de caducidad, simplemente no va a suceder.

