
¿Les suena familiar la frase “desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un mendigo”? A mí si, aunque en mi caso creo que desayuno como mendigo, como como rey y ceno como rey.
También me suena bastante familiar que varios médicos, nutriólogos y health coaches que he consultado a lo largo de mi vida, insistan en que el desayuno es sagrado; que si no como lo que ellos dicen, estoy “atentando contra mi propia existencia”; que por favor no me lo salte o “arderé en el infierno”; y que la primera comida del día es intocable…
Todos lo repiten, como si fuera un mantra, como si rendir culto a la comida matutina fuera un pacto secreto entre quienes promueven el bienestar.
Pero, ¿qué pasaría si les dijera que el desayuno no es la comida más importante del día, sino que lo que comes al mediodía es lo que realmente alimenta a tu cerebro?
Seguramente pensarán que voy contra la corriente (como siempre), porque cientos de estudios científicos respaldan que un desayuno de calidad, es decir, que contenga fibra, proteína, grasas saludables y carbohidratos; es la comida más importante del día.
Unos dicen que mejora la concentración y el rendimiento mental; otros, que aporta la mayoría de nutrientes que necesitamos al día; algunos sostienen que quienes desayunan bien, tienen menor probabilidad de padecer sobrepeso u obesidad; y no faltan los que aseguran que regula el azúcar en la sangre, la insulina, y hasta reduce el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares…
Pero, cada vez más investigaciones apuntan a que es la comida del medio día, o de las primeras horas de la tarde, la que realmente cumple un papel clave en el rendimiento mental. Pero, ¿por qué?
La respuesta es sencilla: porque cuando vas en mitad de tu jornada laboral o académica, tu cerebro empieza a pedirte combustible. Y no hablo de un pico rápido de azúcar típico de la primera comida del día, que aunque no crean, nos lleva a la fatiga. Por eso mucha gente se queja de que sigue cansada, aún después del desayuno…
El estudio dice que si consumes una comida saludable basada en vegetales, granos integrales y proteína magra, a la una o dos de la tarde, esta permitirá una liberación lenta de glucosa, lo que asegura una mayor concentración, y menos antojos en la jornada de la tarde (esos sí que engordan.)
Es aquí en donde entra en escena, la famosa dieta mediterránea. Juega un papel indispensable porque aporta esa energía “de calidad” que necesita el cerebro para funcionar por la tarde; además, no deja esa pesadez propia de preparaciones a base de frituras, salsas espesas, carnes grasas, quesos fundidos o combinaciones de varios carbohidratos y grasas en un solo platillo…
Y aunque amo los chiles en nogada, el mole con pollo, las carnitas, la barbacoa, las enchiladas suizas y los chilaquiles al desayuno, estos no son precisamente “los más ligeros” para el estómago, como lo pueden ser una ensalada griega, un spaghetti ai gamberi, un ratatouille, unas lentejas estofadas o unas sardinas a la parrilla con limón y aceite de oliva…
Imagina a tu estómago, batallando toda la tarde para poder digerir todos estos alimentos “deliciosamente pesados” que comiste a las dos de la tarde, para poder utilizarlos como energía…¡Un poco de compasión con este pobre órgano, por favor!
¿Como, luego existo?

En España, por ejemplo, históricamente la cena es la comida principal del día; lo mismo sucede en Italia, Portugal, Grecia, el sur de Francia; todos se quedan en la mesa hasta muy tarde, como en México.
Si te fijas, el desayuno en Italia o en Francia pasa desapercibido, con un croissant y un espresso basta; digamos que es la antítesis completa de un Egg McMuffin o de un English Breakfast con tocino, huevo, pan, frijoles y demás; o para no ir más lejos, de unos chilaquiles con todo…y pan dulce.
Volviendo a la hora de la comida, no se trata consumir platillos pesados o abundantes en carnes, sino cambiar el mindset hacia una cocina sencilla, en donde los vegetales sean la base del platillo. A esto súmenle frutos secos, semillas, aceite de oliva extra virgen, pescado, lácteos en cantidades moderadas, y carnes rojas, por supuesto, pero de manera ocasional.
¿El resultado? Una mejor salud cardiovascular, una mejor función cognitiva, un menor riesgo de deterioro mental. Vale la pena, ¿no?
Así que a partir de ahora, mis queridos lectores, los invito a que “escojan con pinzas” alimentos que activen su mente a la hora de la comida (al menos para poder tener una jornada laboral digna y activa en la tarde, y no vivir en estado “haciendo la digestión”)
¿Qué tal una ensalada de hojas verdes con lentejas, nueces y aceite de oliva?, ¿o un bowl de quinoa con verduras asadas y salmón?; ¿quizás una sopa de verduras con garbanzos y pan integral?, ¿una ensalada de farro con granada y queso feta?
A ver…detengámonos un momento, ¿qué es farro? Bueno, para quienes no lo saben, es un cereal antiguo y popular en la cocina mediterránea, un primo lejano del trigo. Sus granos son alargados y cuando se cocinan se hinchan y queda dorados; su sabor es suave, tostado y ligeramente a nuez, es como un arroz integral con notas de nuez.
Resulta que el farro, está estrechamente relacionado con Ötzi: el “hombre de hielo”, que vivió hace más de 5.000 años, entre el 3100 y 3370 a.C. Su cuerpo quedó congelado y perfectamente conservado en los Alpes.
Lo curioso es que en el estómago de Ötzi, encontraron farro y carne de cabra montés. Así que la “hoy momia”, ya tenía claro que un almuerzo basado en granos y vegetales era una tradición milenaria de hace más de 5000 años, no un Trending Topic en Instagram.

Todo esto para “darte un campanazo” en la cabeza: si sigues comiendo harinas refinadas, azúcares y frituras a la hora de la comida, el aumento rápido de glucosa te va a seguir provocando el clásico “bajón” de las tres de la tarde, que maridas a punta de bostezos. A ver, el verdadero drama del día no ocurre a las ocho de la mañana, sino a las tres de la tarde, cuando tu cerebro entra en huelga y el cuerpo exige o una siesta o una donough.
Mejor sé estratégico, convierte tu comida en una comida ligera, vegetal y rica en nutrientes, para que no andes con fatiga en la tarde. Al final, no se trata de comer menos, sino de comer mejor, y en el momento justo. Créeme: si tienes energía constante, vas a tener mejor rendimiento mental y vas a llegar “vivo” hasta el final del día.
Yo ya lo entendí. Prefiero una comida que “me haga pensar”, no una que me obligue a sobrevivir. Algo con aceite de oliva, granos, verduras, pescado; comida que nutre sin hacer escándalo y que e sostiene sin dejarme en estado vegetativo.
Así que si alguien vuelve a decirme que el desayuno es la comida más importante del día, pondré mi sonrisa diplomática, mientras guardo mis energías para mi comida inteligente, con capa y corona, como todo un rey.

