El jardín que no existe

El jardín que no existe

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¿Qué clase de mente pinta frutas gigantes y criaturas nunca vistas? El jardín de las delicias es una puerta a otro universo que se encuentra abierta de par en par en el Museo del Prado.

Por: Ivana Von Retteg Nolan. Escritora, historiadora y guionista.  IG: @ivana_von_retteg X: @IvanavonRetteg

Mirar ese tríptico de locura y genialidad es como presenciar el teatro mental de un hombre de finales del siglo XV que decidió pintar lo que, en teoría, no debía pintarse con tanta paciencia.

Su autor, Jheronimus van Aken, el que firmaría para siempre como El Bosco, diseñó una coreografía de cuerpos desnudos, frutas desproporcionadas, animales reales y bestias fantásticas… y esa sensación extraña de estar viendo, al mismo tiempo, una fábula moral y una tentación.

El Prado describe el tríptico abierto como tres escenas unidas por un denominador común: el pecado, que empieza en el Paraíso del panel izquierdo y recibe castigo en el Infierno del panel derecho; y en el centro, ese “paraíso engañoso a los sentidos”, falso, entregado a la lujuria.

En el centro hay un mundo entero que se mueve con reglas propias, como si El Bosco hubiera abierto una puerta y nos hubiera invitado a asomarnos al lugar donde nacen los delirios. Las escalas están rotas, los cuerpos no parecen avergonzados y el placer aparece como un juego colectivo.

Durante mi visita privada al Museo del Prado en compañía de la experta Paloma Málaga, se habló de cómo El Bosco pintaba criaturas exóticas (elefantes, jirafas, animales que en su vida cotidiana no iba a ver), hay escasa documentación de que hubiera viajado si no es que nula.

Retrato de El Bosco. Cortesía: Stein Arts.

Entonces, ¿cómo se pinta lo que no se ha visto? Esa pregunta, más que una anécdota, es la llave de lectura del cuadro.

En la Edad Media y el tránsito al Renacimiento, los animales circulaban por la imaginación europea a través de relatos, grabados, libros y, sobre todo, bestiarios: compilaciones donde lo real y lo fabuloso convivían con naturalidad, y donde el animal servía para enseñar. Así que El Bosco pintaría historias contadas a media voz más que zoología exacta.

Hay un estanque de mujeres desnudas, y alrededor un círculo de hombres sobre cabalgaduras que se vinculan con los pecados capitales. Ese giro en círculo tiene algo de ritual, de danza, como si el cuadro pretendiera convertir el deseo en movimiento y no en una escena estática.

En el panel izquierdo se destaca una rareza iconográfica: en primer plano aparece Dios (con rasgos asociados a Cristo) presentando a Eva a Adán; y en el derecho, ese Infierno musical donde instrumentos se vuelven máquinas de tortura, y donde emerge el inquietante hombre-árbol, la matriz hecha instrumento, y otras criaturas que castigan distintos pecados.

El jardín de El Bosco: placer y deseo

Mi experiencia frente al cuadro fue menos obediente, sentí que El Bosco estaba obsesionado, fascinado y tan metido en la textura del deseo que no podía apartar la mirada. Y eso es lo que lo vuelve interesante, esa ambigüedad. La mayoría de las obras condenan el placer pintándolo “feo”, y aquí no. Aquí el placer es color, es juego, es abundancia. Lo que llega después, el panel derecho, es la factura por haber creído demasiado en ese jardín.

Incluso la historia material del cuadro parece digna de novela. La ficha del Prado recoge una trayectoria de propietarios muy concreta: vinculada a la familia Nassau, confiscada en Bruselas por el duque de Alba en 1568, heredada por Fernando de Toledo, y finalmente comprada por Felipe II en 1591; enviada a El Escorial en 1593 y trasladada al Prado en 1933.

Ese recorrido entre cortes, confiscaciones, colecciones reales, nos dice que el cuadro sobrevivió tanto por su belleza como por el hecho de que el poder siempre lo quiso cerca.

Al final, lo que me conmueve de El Jardín no es descifrarlo como acertijo (aunque hacerlo también es fascinante), es reconocer la audacia de un pintor de la década de 1490, sobre tabla de roble, con grisalla en el reverso y color brillante al abrirse, construyendo un universo de locura con una minucia casi cruel: cada detalle parece decir “mira otra vez, todavía no has visto nada”.

El Bosco, desde su ciudad de s’Hertogenbosch, sin necesidad de viajar al mundo para verlo, viajó hacia adentro; a ese territorio de miedos y fantasías. Y de alguna manera, todos conocemos ese jardín, aunque no exista.

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