
La Doctrina Donroe convierte Groenlandia en el laboratorio de un nuevo siglo: uno donde la hegemonía se compra, la soberanía se negocia y el hielo ya no congela ambiciones.
Por: Eddy Warman
El orden internacional, tal como lo conocimos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, no está muriendo por una guerra relámpago ni por un colapso financiero repentino; está crujiendo bajo el peso de las placas tectónicas de la geopolítica ártica, más exactamente en Groenlandia.
Ayer, sábado 17 de enero de 2026, el mundo observó con estupor cómo la administración de Donald Trump ha transformado una «excentricidad inmobiliaria» de hace siete años, en una doctrina de Estado implacable: la Doctrina Donroe.
Esta no es una simple disputa territorial. Es la manifestación de un cambio de paradigma, donde la soberanía ya no es un derecho inalienable, sino una mercancía negociable en el mercado de la seguridad nacional. Para Washington, Groenlandia no es una isla; es el seguro de vida de la hegemonía estadounidense en el siglo XXI.
La autopsia de una obsesión: el Fantasma de 1941
Para comprender la ferocidad con la que el Pentágono y la Casa Blanca reclaman Groenlandia, debemos alejarnos de los titulares y realizar una «autopsia histórica», porque el interés de Estados Unidos por este territorio no es un capricho mediático: es una herencia estratégica que se remonta a 1941.
En aquel año crucial, con Dinamarca bajo la bota nazi, Groenlandia se convirtió en el «portaaviones insumergible» de los Aliados. Pero la importancia de la isla no era solo posicional. La supervivencia de la fuerza aérea aliada dependía de un pequeño enclave llamado Ivigtut. Allí se encontraba la única mina comercial de criolita del mundo: un mineral esencial para fundir el aluminio con el que se fabricaban los aviones que derrotaron al Eje.
Hoy, en 2026, la criolita ha sido reemplazada por el neodimio y el disprosio, pero la lógica subyacente es idéntica. Estados Unidos ha aprendido que no puede ser una superpotencia si los materiales críticos para su arsenal, antes aviones, hoy misiles y semiconductores, dependen de la buena voluntad de un tercero.
Visto de esta manera, la «Guerra del Clima» de los años 40, donde comandos estadounidenses y la Patrulla Sirius danesa combatieron estaciones meteorológicas nazis, ha regresado, pero esta vez los enemigos son el rezago tecnológico y la dependencia de suministros orientales.
El deshielo: la apertura de la caja fuerte
El factor determinante que ha acelerado la Doctrina Donroe es el cambio climático. No es una ironía menor que el fenómeno que amenaza la estabilidad ambiental del planeta sea el mismo que ha abierto la «caja fuerte» ártica.
En los últimos 30 años, Groenlandia ha perdido 29,000 kilómetros cuadrados de hielo. Debajo de esas capas, de hasta tres kilómetros de espesor, se encuentran recursos que antes eran inalcanzables.
Pero el deshielo no solo revela minerales, también revela nuevas rutas. La apertura del Paso del Noroeste ha dejado de ser una posibilidad teórica para convertirse en una realidad logística. Porque navegar por el Ártico permite reducir en un 40% el tiempo de transporte entre Asia y la costa este de Estados Unidos.
En este nuevo mapa, Groenlandia se proyecta como el equivalente al Estrecho de Malaca o el Canal de Suez. En otras palabras, quien controle la isla, controlará el flujo comercial del futuro.
La batalla por las tierras raras: el motor de la discordia
Si analizamos la economía de 2026, la verdadera moneda de cambio no es el dólar, sino las tierras raras.
Groenlandia posee, según estimaciones conservadoras, el 25% de los recursos no descubiertos de estos minerales. El control de yacimientos como Tanbreez y Kvanefjeld no es solo una oportunidad de negocio: es un imperativo de seguridad nacional.
Actualmente, China procesa el 80% de las tierras raras del mundo. Para una industria automotriz que ha apostado todo a la electrificación, esto es una vulnerabilidad inaceptable, porque un solo vehículo de alta gama requiere un kilogramo de imanes fabricados con estos minerales.
Así que Washington permite que Pekín mantenga el monopolio, la revolución verde de Occidente ocurrirá bajo los términos impuestos por el Partido Comunista Chino. De ahí que la anexión de Groenlandia es, en esencia, la nacionalización de la cadena de suministro tecnológica estadounidense.
La Golden Dome y la guerra sónica: el nuevo escenario militar
La militarización de Groenlandia ha alcanzado niveles de ciencia ficción. Estados Unidos ha invertido 175,000 millones de dólares en el proyecto Golden Dome (Cúpula Dorada). Este sistema, que combina satélites de baja órbita con radares de alerta temprana en la base de Thule, busca blindar el continente contra misiles balísticos que viajen sobre el Polo Norte.
Sin embargo, lo más inquietante es el uso de Sistemas LRAD (Long Range Acoustic Device). Estos dispositivos, capaces de emitir 160 decibelios, se están utilizando para la «negación de área».
Es una táctica de guerra psicológica y física que permite a las fuerzas estadounidenses dispersar cualquier intento de resistencia, ya sea de manifestantes locales o de incursiones extranjeras, causando dolor extremo y desorientación sin disparar una sola bala. Es la «pax americana» impuesta a través del sonido.
La tragedia Inuit: entre el bono y el alcoholismo
En medio de esta danza de gigantes se encuentran los 55,694 habitantes de Groenlandia. La realidad social de la población Inuit es el ángulo más oscuro de este análisis. Aislados, enfrentando tasas alarmantes de depresión y alcoholismo, los groenlandeses viven en una economía asfixiante donde una docena de huevos cuesta $6 USD.
Trump ha lanzado lo que muchos llaman la «oferta del siglo»: un pago directo de $100,000 USD por habitante a cambio de apoyar la anexión.
Así que para un joven en Nuuk, que gana un salario promedio que apenas alcanza para sobrevivir en el entorno más caro del mundo, la oferta es tentadora. Este es un ejemplo del uso de la riqueza soberana como herramienta de ingeniería social para quebrar la lealtad a la corona danesa.
El chantaje arancelario y la fractura de la OTAN
La Doctrina Donroe no se limita a la persuasión: utiliza el «garrote» económico. El anuncio de un arancel del 10%, con la amenaza de subir al 25% en junio, contra los aliados europeos que se opongan a la compra de Groenlandia, ha puesto a la Unión Europea contra las cuerdas. Así que la industria automotriz alemana y francesa, ya debilitada por la transición energética, no podría sobrevivir a este golpe.
Esta presión ha generado una fractura peligrosa en la OTAN. Ante el abandono de Washington, Dinamarca y otros aliados, han comenzado a mirar hacia el Este. Rusia despliega sus rompehielos con renovado vigor, y China ofrece apoyo financiero a Copenhague a cambio de derechos mineros.
Si Europa acepta este auxilio, nacería una «deuda geopolítica» que significaría la muerte de la OTAN y el nacimiento de un nuevo orden, donde Europa, sería un actor secundario subordinado a los intereses de Moscú y Pekín.
El bypass legal
Desde el punto de vista jurídico, el movimiento es audaz y cínico. La Ley de Autogobierno de 2009 establece que Groenlandia no puede firmar tratados internacionales sin el consentimiento de Dinamarca.
Sin embargo, Washington está aplicando un «bypass» diplomático, negociando directamente con las autoridades locales de Nuuk, ignorando a Copenhague y tratando a Dinamarca como un propietario ausente que ha perdido el control de su inmueble.
El precio del futuro
El costo total de esta operación, sumando compensaciones, integración y defensa, se estima en 4.4 billones de dólares. Es una cifra astronómica, pero para la visión de Trump, es un precio razonable.
Como analistas, debemos concluir que lo que emana hoy de las latitudes polares no es solo aire frío: es el sonido de un mundo que se rompe.
La Doctrina Donroe ha dejado claro que, en la carrera por los recursos del futuro, la supervivencia económica, las alianzas históricas y el derecho internacional son lujos, que la próxima superpotencia cree no poder permitirse.
Groenlandia es el primer gran campo de batalla del «siglo ártico», y el resultado de esta crisis definirá quién dictará las reglas del juego durante los próximos cien años. El precio de la traición atlántica puede ser alto, pero para Washington, el precio de no traicionar podría ser la irrelevancia.

