
Desde hace muchos años he dicho que México tenía y tiene que ser liderado por mujeres; mujeres que debían haber llegado al poder mucho antes de que Claudia Sheinbaum fuera la posible candidata y después presidenta de México; porque a mí me encanta que las mujeres tengan fuerza.
Mi mundo siempre ha estado rodeado de mujeres: mis cuatro hijas (y una media que es hermana de mis hijas, de otro papá); mi mamá que ya no está en este mundo, además de las que están presentes mi vida laboral, social y personal.
Así que hoy, que se conmemora el Día Internacional de la Mujer desde que la ONU y la Asamblea General (esas que ya no sirven para nada, pero que en su momento lo reconocieron), quiero expresar mi sorpresa y preocupación cada vez que veo marchar a “grupos de choque” tan fuertes, encabezados por mujeres sudamericanas, argentinas principalmente.
El año pasado me tocó ver en Oaxaca a estas mujeres sumamente agresivas y llenas de odio, que ni siquiera son mexicanas; y cuyo leitmotiv era “alborotar el avispero”, crear conflicto y caos, y agredir.
Fue una tristeza ver cómo estas feministas extremas y radicales vandalizaron restaurantes que son propiedad de chefs mujeres, como Thalía Barrios García, de Levadura de Olla; Celia Florián, de Las Quince Letras; Olga Cabrera, de Tierra del Sol; Claudia Lara, de Los Danzantes, y más.
Lo acontecido lo resumo en una frase: no entiendo por qué mujeres agreden a otras mujeres en el marco del 8M.
Y lo más triste de todo es que seguramente hoy veremos varios incendios arder, provocados por mujeres que continúan vandalizando a otras de su mismo género.
¿Quién patrocina estos movimientos? ¿Por qué el gobierno permite que extranjeras y extranjeros provoquen disturbios que han llegado al punto de agredir a la policía? Lo vi con mis propios ojos: mujeres feministas radicales agrediendo a mujeres policías…
Quizás esta nueva ola de feminismo, ahora tan extremista y radical, olvidó por completo las raíces de esas movilizaciones sociales que lo fundamentaron, lideradas por sus antecesoras, a finales del siglo XIX.
M8: de movilizaciones sociales a feminismo radical
El 8M no apareció de la nada: es el resultado de más de 170 años de movilizaciones sociales de mujeres, que están íntimamente conectadas con movimientos históricos laborales, sufragistas y feministas.
Siempre han existido rebeliones por los derechos de las mujeres y eso me parece muy bien. Activistas alrededor del mundo han sentido “el llamado en su pecho” a luchar contra las marginadas, las que no podían votar ni tenían igualdad o acceso a la educación, derecho a la propiedad o simplemente a ser ciudadanas del mundo con derechos.
Por supuesto que el 8M está ligado al feminismo, y el feminismo con la Revolución Industrial, y ésta con el trabajo en las fábricas y las miles de marchas para exigir jornadas laborales dignas, más cortas, mejores salarios y, de nuevo, el derecho al voto.
Y es que su lema, “Pan y Rosas”, no tenía nada de romántico: más bien era la manera de sobrevivir y vivir con dignidad en ese caos que se vivía a principios del siglo XX. Feminidad sí, pero con carácter y límites claros. Nada de vandalismo ni agresiones como hoy en día.
Fue así como surgieron los sindicatos femeninos. Mujeres valientes y guerreras vestidas con blusa de manga larga para proteger sus brazos del polvo y la grasa; falda hasta los tobillos, mandil, cabello recogido (al menos este no se iba a enmarañar con una máquina) y botines de cuero con tacón. ¡Así se vestían las damas para ir a las fábricas!
Es increíble ver fotos e imaginar cómo permanecían de pie horas eternas con tacones y faldas largas, que no permitían movilidad y se podían enredar con una máquina.
Y eso no es todo: a diferencia de hoy, no contaban con gafas, cascos, guantes o zapatos de seguridad industriales. Esto explica tragedias como el famoso incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist Factory de Nueva York en 1911, en donde 146 trabajadoras murieron calcinadas.
Día Internacional de la Mujer
Me causa curiosidad que un año antes de este fatal incendio naciera el Día Internacional de la Mujer, en el marco de una conferencia de mujeres socialistas en Copenhague. Gracias a la activista alemana Clara Zetkin, 17 países aprobaron la iniciativa, aunque cada nación lo conmemoraba en una fecha diferente.
Y entonces, ¿de dónde surgió la idea de que el Día Internacional de la Mujer fuera el 8 de marzo? Fue en la Rusia revolucionaria de 1917, cuando miles de mujeres salieron a la calle a protestar contra el hambre, la guerra y el zarismo. De hecho, mi tía abuela fue encarcelada allá. La manifestación fue todo un éxito: poco después pudieron votar y, de paso, tumbaron al zar Nicolás II.
Desde esta fecha, movimientos feministas y socialistas alrededor del mundo promovieron jornadas globales de reivindicación de derechos una y otra vez, hasta que finalmente alguien los escuchó: la ONU, como les mencioné, quienes casi 70 años reconocieron oficialmente este día.
¿Anarquía disfrazada de feminismo extremista en México?
Digamos que desde 1975 todo andaba bien; la fecha, 8M, se convirtió en un día para promover la igualdad de género en todo el mundo.
Pero en el caso de Latinoamérica, cobró un nuevo impulso, más extremista y radical, a partir de 2015 con el surgimiento de un colectivo argentino que denunció la violencia contra las mujeres y los feminicidios. Esa ola se extendió rápidamente por la región hasta influir en el activismo que vemos hoy en día.
Y para colmo de males, este activismo radical, muy radical, feminista extremo, se fortaleció entre 2018 y 2020, cuando una serie de feminicidios mediáticos provocaron indignación, que se convirtió en protestas masivas.
Este efecto “bola de nieve” transmutó el tema de la violencia contra las mujeres en paros nacionales, como el de marzo de 2020, cuando millones de mujeres mexicanas se ausentaron de sus trabajos, escuelas y actividades cotidianas para demostrar cómo “su ausencia”, debilitaba la economía y la vida social en el país.
De repente, el 8M dejó de ser un día de marchas civiles y se convirtió en movilizaciones masivas que agreden, atentan y promueven el rencor y el odio, no solo hacia los hombres, sino también de mujeres contra mujeres.
Casi todos estamos de acuerdo en que hay que defender los derechos humanos y visibilizar la violencia de género, la igualdad laboral y las reformas legales. Hay muchas maneras de hacerlo, y ninguna de ellas tiene que ver con vandalizar monumentos, edificios públicos o los restaurantes de mis amigas.
Me refiero a influir en políticas públicas, impulsar reformas legislativas, promover campañas de concientización, denunciar el acoso sexual y exigir protocolos de atención a la violencia de género.
¿Acaso qué está haciendo ese feminismo radical y separatista que pretende tener más visibilidad de la violencia de género, echándole la culpa al “patriarcado”, o vistiéndose con ropa negra, cubriendo sus rostros y confrontando a la policía? ¿Acaso es la anarquía disfrazada de feminismo extremista? ¿Esa es la forma de llamar la atención? ¿Acaso no genera más desigualdad y división entre hombres y mujeres?
De nuevo les pregunto: ¿qué intereses externos están camuflados en esas marchas?
No veo a estas chicas incorporando agendas de igualdad de género en políticas gubernamentales, ni participando en política o en cargos públicos. No las veo “haciendo país” ni luchando por la justicia y la igualdad en las urnas.
Lo que sí veo es una radicalización preocupante que poco o nada construye sociedad para las futuras generaciones.

