Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

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Por: Eddy Warman
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Por: Eddy Warman
El réquiem de la ONU: crónica de una irrelevancia anunciada

El réquiem de la ONU: crónica de una irrelevancia anunciada

La ONU se está derrumbando en silencio. Mientras el edificio de cristal en Manhattan sigue en pie, su autoridad política, moral y financiera se desmorona ante un mundo que ya no cree ni en sus reglas ni en sus promesas. 

Por: Eddy Warman

El horizonte de Manhattan, dominado por la silueta de la Secretaría de las Naciones Unidas, proyecta hoy una sombra que parece más larga que de costumbre, a compás del réquiem que celebra su deceso.

En este 2026, el edificio que alguna vez fue el faro del internacionalismo liberal se ha convertido en una cáscara de cristal: brillante por fuera, pero vacía y fracturada por dentro.

No es una caída estrepitosa; es un desmoronamiento silencioso, una metástasis institucional que ha transformado a la organización más importante del siglo XX en una reliquia burocrática del siglo XXI.

El pasillo de los susurros: una crisis de identidad

Caminar por los pasillos de la sede central es asistir a un funeral en cámara lenta. Los diplomáticos, antes arquitectos de tratados históricos, hoy se limitan a negociar comas y puntos en borradores de resoluciones que saben, de antemano, que terminarán en el triturador de papel del Consejo de Seguridad.

La crisis comenzó como una grieta política. El diseño de 1945, que otorgaba el derecho de veto a los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, se ha vuelto un grillete.

En los últimos cinco años, el Consejo de Seguridad se ha reunido más de 300 veces para discutir los conflictos en Ucrania, Gaza y Sudán. El resultado neto ha sido cero. Cada vez que una potencia intenta aplicar el Derecho Internacional, otra levanta la mano para anularlo. De ahí que esta parálisis no es solo una falla técnica: es un mensaje al mundo de que las reglas ya no importan.

El réquiem de los Cascos Azules: el fin de la paz negociada

 

En el terreno, la crisis de la ONU se mide en sangre. El fracaso de las misiones de paz en África, especialmente la estrepitosa retirada de la MINUSMA en Malí y la parálisis de la MONUSCO en el Congo, marca el fin de la era de los “Cascos Azules”.

Sin duda, el modelo de mantenimiento de la paz de la ONU está muerto. Los Estados miembros envían tropas mal equipadas, con mandatos que les prohíben disparar a menos que sean atacados directamente, mientras grupos terroristas y mercenarios privados (como los sucesores del Grupo Wagner) operan con total impunidad.

De modo que, para los ciudadanos de estas regiones, la bandera azul de la ONU ya no significa protección; significa observación pasiva.

En el informe de inteligencia de este año, por ejemplo, se destaca cómo las naciones africanas están expulsando a las misiones de la ONU para contratar seguridad privada, prefiriendo la eficacia brutal de los mercenarios sobre la inoperancia diplomática de Nueva York.

El abismo financiero: la asfixia planificada

Pero si la política es el alma de la crisis, el dinero es su sistema circulatorio, ¡y la ONU está sufriendo un infarto! A mediados de 2026, la organización entrará en una fase de “pobreza extrema institucional”.

En efecto, las grandes potencias han descubierto que no necesitan abandonar la ONU para destruirla; basta con no pagar las cuotas.

Con una deuda acumulada que supera los 4,000 millones de dólares, el secretario general ha tenido que tomar medidas desesperadas, como el cierre de sedes regionales y oficinas en ciudades estratégicas, clausuradas por falta de pago de alquiler y servicios básicos.

De igual manera, ha acudido a recortes en ayuda humanitaria. El Programa Mundial de Alimentos, por ejemplo, ha reducido las raciones en un 40% en zonas de hambruna, provocando una crisis de legitimidad sin precedentes.

Asimismo, se presenta una diáspora del talento: los expertos en derechos humanos y desarme están huyendo hacia el sector privado u ONG financiadas por multimillonarios, dejando los puestos técnicos en manos de burócratas de segundo nivel.

La CIJ y el espejismo de la justicia

La Corte Internacional de Justicia (CIJ), el último baluarte de la legalidad global, también ha sido arrastrada al abismo.

En un mundo donde los fallos de la Corte son ignorados abiertamente por Estados como Rusia, Israel o Estados Unidos, la justicia internacional se ha vuelto puramente performativa.

En virtud de ello, la crónica de este fracaso es la crónica de la impunidad. Cuando un tribunal emite una orden de arresto o una medida cautelar y el sistema internacional no tiene la voluntad ni los medios para ejecutarla, el Derecho Internacional se degrada a la categoría de literatura de ficción.

Por otro lado, los países del sur global, que durante décadas confiaron en la ONU como su único escudo frente a los fuertes, han comenzado a buscar alianzas alternativas fuera del sistema de Bretton Woods.

Hay que recordar que Bretton Woodsfue un acuerdo internacional firmado en 1944 para ordenar la economía mundial tras la Segunda Guerra Mundial, que estableció un sistema en el que el dólar estadounidense se vinculaba al oro y las demás monedas se fijaban respecto al dólar para mantener estabilidad cambiaria.

Bretton Woods también dio origen al Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Mundial (BM), instituciones destinadas a evitar crisis y financiar la reconstrucción. El punto es que este sistema funcionó hasta 1971, cuando Estados Unidos dejó de convertir dólares en oro y comenzaron los tipos de cambio flotantes.

La emergencia de los “clubes exclusivos”

La consecuencia más peligrosa del fracaso de la ONU es la fragmentación del orden mundial. De manera que, ante la inoperancia de Nueva York, el mundo ha vuelto a la diplomacia de los bloques, entre los cuales se destacan los siguientes:

Los BRICS+, que se posicionan como la alternativa económica y política.

El G7, que se ha cerrado sobre sí mismo, actuando como una ciudadela fortificada.

La IA y el ciberespacio, que son gobernados por un puñado de CEO en Silicon Valley y Pekín, quienes hoy tienen más poder de negociación que el 90% de los países representados en la Asamblea General.

Por consiguiente, la ONU ya no es el centro de gravedad. Es, en el mejor de los casos, un foro de desahogo emocional donde los líderes gritan al vacío antes de ir a negociar los asuntos reales en reuniones bilaterales o cumbres cerradas.

Las cicatrices del fracaso: cinco hitos de la inoperancia

Como si no fuera poco, existen cinco grandes fracasos sistémicos que han servido como hitos en la demolición de la autoridad de la ONU.

Estos eventos no son solo tragedias humanas, sino que demuestran que, desde su fundación, el organismo ha fallado en su promesa básica: proteger de la vida frente a la barbarie.

1. El Genocidio de Ruanda (1994): el pecado de la indiferencia

Si existe un momento que define la bancarrota moral de la ONU, es Ruanda. En apenas 100 días, cerca de 800,000 personas fueron asesinadas mientras el Consejo de Seguridad debatía semántica.

El general canadiense Roméo Dallaire, al mando de la misión UNAMIR, imploró refuerzos y un cambio en las reglas de enfrentamiento para detener las masacres, pero la respuesta de Nueva York fue retirar a la mayoría de las tropas.

El caso de Ruanda demostró que la ONU solo interviene cuando los intereses de las grandes potencias están en juego; si las víctimas no tienen relevancia geopolítica, el organismo se convierte en un espectador de lujo del horror.

2. La Masacre de Srebrenica (1995): el espejismo de las «zonas seguras»

Un año después de la matanza de Ruanda, la ONU falló de nuevo, pero ahora en el corazón de Europa.

La ciudad de Srebrenica había sido declarada «área segura» bajo protección de los cascos azules holandeses. Sin embargo, cuando las fuerzas serbobosnias avanzaron, las tropas de la ONU, superadas en número y sin apoyo aéreo por negligencia de la cadena de mando; se limitaron a observar cómo separaban a hombres y niños para ser ejecutados.

El saldo fue de 8,000 muertos, en tanto Srebrenica destruyó la fe en el uniforme azul porque se volvió evidente, una vez más, que estar bajo la protección de la ONU era, en realidad, estar en una trampa mortal.

3. La invasión de Irak (2003): la irrelevancia del derecho

A diferencia de los dos casos anteriores, Irak sí representó un fracaso político y sistémico.

En consecuencia, Estados Unidos y el Reino Unido invadieron sin la autorización del Consejo de Seguridad, y basándose en inteligencia falsa sobre armas de destrucción masiva.

Como era de esperarse, la ONU no pudo detener la guerra, y su incapacidad para sancionar a los agresores (debido al poder de veto) dejó claro que el Derecho Internacional era opcional para los poderosos.

Este evento marcó el inicio de la era de la «unilateralidad», donde las superpotencias simplemente ignoran a la organización, cuando les resulta inconveniente.

4. La guerra en Siria (2011-presente): el veto como sentencia de muerte

Quizás el conflicto sirio es la prueba más fehaciente de que el Consejo de Seguridad puede ser un cómplice silencioso.

Durante más de una década, Rusia y China han utilizado su derecho de veto en decenas de ocasiones para bloquear sanciones e investigaciones sobre el uso de armas químicas y/o corredores humanitarios.

Es evidente de que la ONU se convirtió en un «teatro de veto» en donde cada sesión era un ejercicio de trivialidad diplomática.

Lo cierto es que el fracaso en Siria no solo costó medio millón de vidas, sino que normalizó la parálisis total frente a crímenes de guerra flagrantes…que aún continúan.

5. El escándalo de Haití (2010-2017): de protectores a agresores

Este es quizás el fracaso más vergonzoso, porque el agresor fue la propia ONU.

La misión MINUSTAH, enviada para estabilizar el país tras el terremoto de 2010, fue responsable de introducir el cólera en Haití debido a la mala gestión de residuos en un campamento de cascos azules nepaleses, causando casi 10,000 muertes; y peor aún, fueron las denuncias masivas de abusos sexuales sistemáticos contra mujeres y niños haitianos por parte del personal de paz.

La lentitud y letargo de la ONU para admitir su responsabilidad y la inmunidad diplomática de sus funcionarios, crearon una herida aún más profunda que aún no cierra, transformando la imagen del «casco azul» salvador a depredador.

El réquiem

Para ir concluyendo, al final del día, la crisis de la ONU no es culpa de su burocracia, sino de la falta de voluntad de sus creadores. La organización fue diseñada para prevenir una posible Tercera Guerra Mundial, pero no para gestionar un mundo donde la guerra es híbrida, la economía es digital y el poder está atomizado.

Sumado a lo anterior, la crisis actual es una consecuencia lógica de décadas de impunidad y falta de reforma. Por eso, cuando el secretario general habla de “colapso financiero”, el mundo responde con indiferencia, porque ya había colapsado éticamente, mucho antes de quedarse sin dinero.

Así que puede que el edificio de la ONU en la Primera Avenida siga en pie —a propósito, desde el punto de vista estético y arquitectónico, es uno de los ejemplos más emblemáticos de mediados del siglo XX, diseñado por un equipo encabezado por el suizo Le Corbusier y el brasileño Oscar Niemeyer—, pero sus ventanas ya no reflejan ni proyectan el futuro, sino un pasado moribundo y un presente que ya no sabe cómo avanzar.

Y cómo no, si hasta la misma historia nos ha enseñado que las instituciones no mueren con una firma, sino cuando la gente deja de creer en ellas. Y en este 2026, el silencio en las salas de conferencias de la ONU es el sonido de una fe que se ha extinguido definitivamente.

 

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