Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

Cabrón, chispa y casual

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Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
¡Uf! Me urge hacer «pipí»

¡Uf! Me urge hacer «pipí»

Waze marca dos minutos para llegar a casa. Todo bien hasta ahora, nada urge, el mismo tráfico de siempre, el mismo bache de siempre, que no se han dignado a tapar.

De repente, me entran unas ganas imparables de ir al baño; es como si en mi cuerpo se disparara un cronómetro, una alarma, una bomba de tiempo a punto de estallar. Y me pregunto: ¿por qué, cuando me acerco a casa, o incluso al trabajo (la razón es que forma parte de mi rutina, digamos que es “mi lugar de destino”), siempre me entran unas ganas de “ir a hacer del uno (o del dos)”?

Bueno, la razón principal es que la mente es tan sabia que relaciona la casa con un baño limpio disponible: así de sencillo.

Entonces, es ahí cuando el cerebro dice: “Ahora sí me relajo porque me siento seguro”, y empieza a enviar muchas señales a la vejiga e intestinos para que se aflojen y “la tomen con calma”.

Por otro lado, seguramente les ha entrado “un afán” en un embotellamiento o en plena carretera. En ese caso, la “tensión” la genera la amígdala, que falló, porque normalmente su función es generar una sensación de incomodidad en entornos desconocidos, lo que hace que no sientas ganas de…

Eso me hace pensar en lo valiosa que es la amígdala: esa pequeñísima estructura del cerebro que no piensa, reacciona. Ella nos protege incluso cuando el peligro no existe.

Del tamaño y forma de una almendra, y ubicada en la corteza prefrontal, se encarga nada más y nada menos que de tu supervivencia: si sientes miedo, es la amígdala detectando una amenaza; si sientes ansiedad y estrés, es ella acelerando tu corazón y liberando cortisol; si sientes ira y agresividad, es porque ha sacado a flote algún recuerdo intenso o algún trauma; incluso, si te dan ganas de huir y salir corriendo, es la amígdala la que te está preservando.

Pero ojo, porque tu cerebro sí que sabe cuando te estás movilizando de un lugar a otro, y eso le genera estrés, tensión y ansiedad, junto con el tráfico, el irresponsable de al lado que se te cerró, la presión de llegar a tiempo a un compromiso, el perro que se te atravesó en la vía…

Entonces, el cuerpo también se relaja vía el nervio vago, intensificando la urgencia urinaria o intestinal: esa misma que sientes al llegar a casa, pero aquí influye más el “modo supervivencia” en pleno camino.

¿Urge hacer «pipí» cuando estás estresado?

Y si eres una persona nerviosa y ansiosa y vas a entrar a presentarte con tu jefe, puede que tus esfínteres te jueguen una mala pasada, porque el cortisol y la adrenalina, unidos, ralentizan la digestión; pero al llegar al sistema parasimpático, este lo acelera todo, causando el famoso intestino irritable o esas ganas repetidas de ir e ir. En otras palabras, la urgencia de ir al baño está directamente relacionada con el estrés laboral. Así que mi mejor consejo es andar con un kit de ambientador, un paquete de KleenBebé y unas monedas de 10 por si te agarra en carretera.

Volviendo a las ganas de ir al baño, justo antes de insertar la llave en la cerradura de la casa, también tienen que ver con un fenómeno científico llamado “incontinencia de llavero” o “incontinencia del pestillo”, y se traduce en esos estímulos sensoriales, como olores o sonidos (sí, el de la llave entrando en la cerradura), que activan los músculos y nervios alrededor de la vejiga o los intestinos.

Y es que el hogar es sinónimo de relajación, y cómo no, si lo primero que haces cuando llegas a casa es quitarte los zapatos, ponerte las pantuflas, ir al baño y sentarte en tu sillón favorito a tomarte un whisky. Inmediatamente, tu adrenalina y ansiedad descienden.

Al final, no es que tengamos incontinencia o un intestino “maleducado”: simplemente es el cerebro haciendo su chamba. Y cómo no, si tiene que lidiar todos los días con la fórmula amígdala + estrés + rutina. Por eso, cuando se siente seguro, se afloja, precisamente cuando veo mi casa a lo lejos. Eso sí que es biología pura, aunque a veces llegue en momentos inapropiados y en el peor embotellamiento posible, haciéndonos pasar la vergüenza del siglo.

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