Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
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Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Freud, Joung Y Erickson explican por qué tu relación duró menos que tu último celular

Freud, Joung Y Erickson explican por qué tu relación duró menos que tu último celular

relaciones

Las relaciones hoy duran menos porque vivimos en una cultura que prioriza la inmediatez, la validación rápida y el bienestar individual por encima de la tolerancia emocional y el compromiso. Pasamos de relaciones construidas desde la necesidad de comunidad y supervivencia, a vínculos influenciados por apps y una mentalidad de consumo donde todo parece reemplazable. Mientras los boomers soportaban demasiado, la generación X aprendió a cerrarse emocionalmente y millennials y centennials buscan vínculos intensos pero sin incomodidad, conflicto o responsabilidad afectiva. El resultado: personas más conectadas tecnológicamente que nunca, pero emocionalmente más frágiles, ansiosas y temerosas de la intimidad real.

Saben que me gusta entender por qué pasan las cosas. Y, en cuestiones de relaciones, acudí al psicoanálisis, a los libros “pesados” de Freud, Jung, Lacan y Melanie Klein. ¡Estoy seguro de que estarían fascinados analizando las dinámicas de Tinder!

Imaginen a nuestros antepasados: cazadores y recolectores viviendo en chozas, compartiendo comida, cuidando niños y ancianos entre todos y sobreviviendo gracias a la cooperación. Si uno no ayudaba, probablemente terminaba muerto o devorado por un tigre dientes de sable o un mamut. Las tribus dependían del “nosotros”. Había sentido de comunidad, vínculos emocionales reales y hasta conversaciones cara a cara…

Ahora, miremos a los centennials y a la generación Z: la generación más conectada tecnológicamente de la historia pero, emocionalmente, la más desconectada. Sus relaciones rápidas, sus vínculos desechables, sus conversaciones resumidas en emojis y su obsesión por “proteger la paz mental” se evidencian en el ghosting: su nuevo deporte extremo.

Hablan de autenticidad, libertad emocional y amor propio, pero muchos no soportan ni cinco minutos de incomodidad afectiva sin abrir TikTok, pedir validación online o subir una historia con alguna frase de pseudoterapia emocional. Es cierto: nunca habíamos tenido tantas formas de relacionarnos, pero a partir de la soledad.

En el ojo del huracán quedaron la “silent generation” (1928-1945), los baby boomers (1945-1964), la generación X (1965-1980) y los millennials (1981-1996). Los primeros y los segundos se relacionaban entre sí como si el amor fuera un contrato vitalicio firmado con sangre y resignación. A lo largo del camino aguantaban infidelidades, silencios incómodos, matrimonios infelices y discusiones eternas, todo para “mantener a la familia unida”. No hablaban mucho de sus emociones, pero sí de compromiso.

Por su parte, la generación X quedó atrapada en la mitad: nacieron a partir de matrimonios largos pero emocionalmente fríos, padres ausentes trabajando todo el día y una cultura donde expresar sentimientos era un bug del sistema. Entonces aprendieron a ser independientes, irónicos y emocionalmente más contenidos. Aman, pero bajo la premisa de “no molestes demasiado y resuelve tu vida solo”.

Y luego llegaron los millennials: la generación que comenzó a ir a terapia, pero también a justificar elegantemente desaparecer emocionalmente cuando algo les incomoda. Quieren vínculos profundos, comunicación honesta y amor sano, pero respetando su espacio, tiempo y libertad: los vínculos tóxicos, ansiosos y conflictivos no son bienvenidos.

Personalmente creo que los boomers aguantaron demasiado, la generación X se cerró demasiado y los millennials analizan demasiado sus relaciones y vínculos.

Toda esta evolución —o revolución— en las relaciones viene de factores culturales y tecnológicos. Por un lado, Tinder y Bumble, entre otras apps, normalizaron los vínculos rápidos y casuales; sumado a que los jóvenes ya no tienen la obligación cultural de casarse o hacerlo jóvenes para tener hijos, pues valoran su bienestar emocional por encima de todo: prefieren priorizar su salud mental antes que una relación.

¿Qué dicen los psicoanalistas?

Freud hablaba de la tensión entre el principio del placer y el principio de realidad. Y los jóvenes ya eligieron por él: quieren intensidad, dopamina, mariposas en el estómago y validación instantánea, pero sin incomodidad, sin responsabilidad emocional y sin conversaciones difíciles. Básicamente, “quieren el menú degustación completo del amor”, pero sin pagar “la cuenta emocional”. Grave.

Por eso priorizan la experiencia, la autenticidad y “sentirse bien” en el momento. Porque, para ellos, todo vibra increíble… hasta que aparece un conflicto, por mínimo que sea. Entonces comienzan con la verborrea: “estoy confundido”, “necesito enfocarme en mí”, “no estoy listo para algo serio” o el clásico contemporáneo: subir stories en Instagram donde se ven felices en una fiesta mientras dejan a alguien en visto desde hace tres días.

También hay otro tema: muchos se vinculan desde el apego ansioso o evitativo. No lo digo yo, lo dicen Melanie Klein y la teoría del apego de Bowlby. Yo lo veo así: persiguen validación para subirse la autoestima o huyen apenas alguien les demuestra afecto real. ¿El resultado? Relaciones rápidas construidas sobre conexiones intensas y miedo brutal al compromiso, mientras revisan cada cinco minutos si alguien reaccionó a su story para confirmar que todavía están vivos emocionalmente.

Es irónico: nunca en la vida se había hablado tanto de salud mental, comunicación y responsabilidad afectiva y, aun así, todo el mundo parece hacer lo contrario a lo que recomiendan en terapia: más vínculos frágiles, más miedo a la intimidad y más autosabotaje en las relaciones…

Bueno, ¿y qué dice mi amigo Carl Jung al respecto? Si nos enfocamos en su teoría del psicoanálisis profundo, nos dice que “lo que niegas, te somete”. Aplicado a las relaciones modernas, Jung probablemente interpretaría que ese vínculo que juras que “ya superaste”, “ya trabajaste” o “ya no te afecta”, probablemente sigue manejando tu vida amorosa desde la sombra emocional. Así que, mis queridos centennials, entre más dicen que no necesitan a nadie, más terminan obsesionándose con alguien que demoró 15 minutos en responder un mensaje de WhatsApp.

Por otro lado, todos aquellos que huyen de “las tóxicas” y “los tóxicos” misteriosamente vuelven a enamorarse del mismo perfil de persona emocionalmente no disponible… pero con distinto corte de pelo.

Mucho amor propio, poca tolerancia emocional a lo largo del tiempo (y del país)

Así como las dinámicas han cambiado, el tiempo que duran las relaciones también depende de la geografía, aunque no lo crean.

En India y Filipinas, por ejemplo, los matrimonios son más tempranos, continúan bajo una fuerte influencia religiosa y del divorcio poco o nada se habla. En el África subsahariana, el matrimonio sigue siendo comunitario y la presión social para mantener la unión es el pan de cada día. Y en los países árabes, las normas religiosas y sociales refuerzan la permanencia de la pareja en la relación.

En contraste están los países donde menos duran las relaciones, encabezados —obviamente— por Estados Unidos: el fast food de las citas rápidas, divorcios exprés e individualismo. Le siguen Reino Unido y los países nórdicos, donde cada vez se normalizan más las relaciones libres y la convivencia sin matrimonio; aun así, la tasa de separación es altísima. No entiendo. Y luego está América Latina, que, aunque todavía valora la estabilidad, muestra jóvenes —como los de México— con noviazgos cortos de entre nueve meses y año y medio.

En cuanto a este tema, Freud señalaba que la cultura reprime ciertos impulsos para mantener cohesión social. Y es evidente que, en países conservadores, la represión cultural obliga a mantener relaciones largas, aunque no siempre satisfactorias. Por otro lado, las sociedades más abiertas muestran menor represión y permiten seguir más libremente los deseos individuales, pero eso también acorta la duración de los vínculos.

Lacan, por su parte, hablaba del “deseo del Otro”, y en estas culturas individualistas este deseo se mueve constantemente hacia la búsqueda de nuevas experiencias, lo que explica la facilidad para romper y reiniciar relaciones.

Y aunque en la adultez media está comprobado que las relaciones tienden a ser más largas y estables, también enfrentan sus propios retos. Puede haber más madurez emocional y expectativas más realistas —donde se busca compañía y apoyo más que pasión ardiente—, pero la famosa crisis de la mediana edad puede arrasar con todo. Porque empiezan los cuestionamientos: nuevas experiencias, desgaste por responsabilidades, la llegada o ida de los hijos… y, curiosamente, ahí vuelven a parecerse a los jóvenes.

Tarde o temprano, todos llegan a la crisis de la mediana edad: ese momento en el que la realidad se enfrenta a la insatisfacción. Entonces aparecen preguntas incómodas: ¿he vivido lo suficiente?, ¿he cumplido mis deseos?, ¿quiero reafirmar mi identidad con nuevas relaciones?

Erik Erikson, desde la psicología del desarrollo, habla de que entre los 30 y los 60 años buscamos dejar legado: hijos, proyectos, trascendencia. Pero, si no lo logramos, aparece la frustración y, de manera casi mágica, comienzan a romperse vínculos.

En conclusión, el psicoanálisis nos recuerda que detrás de toda relación siempre existirá tensión entre el deseo, la realidad y la cultura. No es que hoy valoremos menos el amor; es que queremos que sea más libre, más auténtico y que nos brinde bienestar por encima del yugo emocional. Porque, sinceramente, ninguno quiere terminar como ese amigo que lleva años casado y solo dice, con mirada perdida: “El matrimonio es el largo pasar de los años, sumergido en profundos desengaños”.

 

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