¿Les ha pasado que están en una cena con amigos donde todos cacarean al mismo tiempo, pero ustedes evitan mencionar que están pasando por una crisis laboral o con su pareja porque, obviamente, “no es el momento” para hablar de ello? ¿Han estado en una relación de pareja en donde conviven y todo anda bien, pero no hablan de sus miedos e inseguridades, sino solo de cuentas, mercado y planes de fin de semana? ¿Han notado que sus hijos, sobrinos y nietos interactúan todos los días con las redes sociales, pero realmente nunca comparten lo que de verdad está pasando por su cabeza?
Bueno, pues a mí y a Carl Jung sí nos ha pasado. Es esa sensación de estar rodeados de todos, pero no ser vistos; sobre todo en esta época hiperconectada, donde estamos tan cerca y, paradójicamente, nos sentimos tan solos.
Imaginen lo preocupado que estaría el psiquiatra y psicólogo suizo, fundador de la psicología analítica, si viera la ilusión de conexión en la que vivimos, sobre todo los nativos digitales, que han confundido la interacción virtual con una conexión real y auténtica.
Afortunadamente, contamos con amigos de toda la vida que conocen “como la palma de la mano” nuestras emociones, miedos y pensamientos profundos, que van más allá de un like impulsado por la oxitocina.
Para Jung, la soledad no proviene de no tener gente alrededor, sino de ser incapaces de comunicar cosas. Esta afirmación es difícil de entender cuando ves gente chateando todos los días por WhatsApp y ni siquiera sabe cómo comunicar que se siente sola o perdida…
¿No será que ese scroll infinito de los fines de semana nos impide mirarnos hacia adentro? ¿Será que ese “ruido externo” impide que escuchemos quiénes somos?
Seguramente, si fuéramos a consulta con Jung, nos diría que en pleno 2026 evitamos el silencio con dosis desorbitadas de contenido constante, o que preferimos distraernos antes que enfrentar la ansiedad, las dudas o el vacío.
Porque la realidad es que el aislamiento emocional al que se están enfrentando las personas cada día pesa más que la ausencia de personas como tal. A ver, les explico:
El remedio para combatir la soledad: menos planes más verdades
El primer aprendizaje que deja Jung es que la soledad no se combate con más planes, sino con decir más verdades, porque como sociedad nos hemos acostumbrado a “cacarear” mucho, pero a comunicar poco. Y es que comunicar implica ir más profundo y escuchar, y por qué no, mostrarnos vulnerables.
Comunicar no es enviar un emoji o seguir un chat en WhatsApp. Si vamos más allá, nuestras interacciones se han resumido a preguntar: “Hola, ¿cómo estás?” y a responder: “muy bien, gracias”, aunque por dentro estemos sintiendo ansiedad, tristeza o soledad. Porque nadie, me incluyo, va a responder lo que siente por miedo a parecer débil o complicado. ¿Me siguen? A eso me refiero: hablamos, pero no comunicamos.
Tampoco me refiero a que nos vayamos al extremo y andemos ventilando a todo el mundo que hoy no es nuestro mejor día, pero al menos que haya un poco más de profundidad.
Creo que también tiene que ver con este tema de la virtualidad: ya no existen espacios seguros ni reales para comunicarnos; cada vez es más difícil conversar, ya nadie tiene tiempo ni actitud. Y, sin darnos cuenta, nos vamos quedando solos. Y no me refiero a estar físicamente solos, sino a sentirnos cada vez menos comprendidos e inseguros a la hora de expresar lo que realmente importa.
Entonces, ¿será que este es un llamado a llenarnos de valentía para comenzar a comunicar lo que importa, así sea en la casa, en el trabajo o en una reunión social? Porque el problema aquí no es la cantidad de vínculos (esos sobran), sino la calidad de estos, y así evitar más y más desconexión comunicativa, un término utilizado por Jung.
Y es que, desde pequeño, decía que no podía expresar todo lo que pensaba o sentía, y eso le generaba un sentimiento de soledad. De nuevo: no se trata de falta de compañía, sino de comprensión… ¿o de empatía? ¿Esa que ya casi nadie tiene?
Los invito a que la próxima vez que estén en una cena con sus amigos sean valientes y se animen a decir lo que normalmente callarían, a expresar lo que importa y tratar de conectar desde lo emocional para “construir más puentes”. ¡Esos sí que nos faltan, sobre todo en la Ciudad de México!
Puede que corran el riesgo de no ser entendidos y generen debate y controversia, pero al menos será una conexión real. Menos “cacareo”, más conversaciones sin filtros.

