Por: Eddy Warman

Amigas y amigos lectores, las calles de Europa Occidental están ardiendo, y ese es el verdadero epicentro de una crisis global que nos debería tener a todos en alerta máxima. Como un observador atento de los acontecimientos mundiales, veo con profunda preocupación las imágenes que llegan desde París y Milán: barricadas encendidas, nubes de gas lacrimógeno y violentos enfrentamientos que no son simples arrebatos vandálicos.
Europa es el primer dominó en caer. La Place de la République en Francia se ha convertido en un campo de batalla con más de medio millón de personas protestando por el colapso de su poder adquisitivo, mientras que el corazón económico de Milán, junto a la Piazza del Duomo, sufrió choques brutales que obligaron a las cúpulas sindicales a convocar a una huelga general inminente. Las sociedades del viejo continente están rompiendo el silencio porque vivir allá se ha vuelto un lujo impagable, con salarios que rinden menos que hace tres décadas y tarifas energéticas que devoran los ingresos de las familias trabajadoras.
¿Quién es el responsable de esta ineficiencia política y económica monumental que hoy tiene al mundo al borde del colapso?

La culpa recae directamente sobre una tecnocracia global y una clase política cortoplacista. Las grandes potencias mundiales, cegadas por su propia soberbia y ambiciones electorales, han preferido financiar guerras ajenas y aplicar sanciones comerciales unilaterales que dinamitan la globalización antes que proteger la estabilidad material de sus ciudadanos.
Toda esta inacción y voracidad oficial me recuerda inevitablemente a la crisis de Estados Unidos y de Europa a principios del siglo XX, durante los años previos y posteriores al Crack de 1929 y la Gran Depresión. Al igual que en aquella época oscura, vemos hoy las mismas señales: gobiernos desconectados que juraban que la economía «va bien», una brecha insalvable entre las élites financieras y las familias, y una ceguera institucional que terminó por arrastrar al planeta entero al caos social masivo.

Esta parálisis histórica tiene su origen en las políticas del presidente de Estados Unidos, combinadas con los tambores de guerra e inestabilidad en Irán y el desgastante conflicto entre Ucrania y Rusia. Estas decisiones geopolíticas han encarecido la subsistencia en todo el planeta, estrangulando las rutas marítimas, disparando el precio de los combustibles y asfixiando el comercio global.
Por eso, esta marea de descontento impulsada por la falta de dinero y el alto costo de la vida no se va a quedar confinada en los límites del viejo continente. La onda expansiva avanza con fuerza, está diseñada para cruzar el Atlántico, extenderse por toda América y golpear de lleno a nuestro país. Y la pregunta que quema es: ¿estamos en México preparados para una sacudida de esta magnitud? La respuesta es un rotundo no, porque aquí las circunstancias internas están haciendo que la situación sea casi insostenible.
Si en Europa la vida se ha vuelto prohibitiva, en México sobrevivir se ha transformado en un artículo de lujo absoluto. El discurso oficial presume una inflación domesticada que ronda el 5%, pero se trata de una inflación velada. Cualquier jefa de familia, trabajador o comerciante que pisa el mercado o la tienda sabe que el incremento real de casi todo alcanza en la práctica hasta un 50%.
A esa presión internacional importada por el diésel —que ya alcanzó un récord histórico de 28 pesos por litro debido a los choques en Medio Oriente— se le suma nuestro propio cáncer interno: una corrupción política galopante y un abuso descomunal de intermediarios y autoridades en alcaldías, municipios y gobiernos estatales que le meten la mano al bolsillo del consumidor en cada producto básico.
A ello se añade la quiebra absoluta de los servicios públicos, obligando al ciudadano a privatizar su propia supervivencia con ingresos del sur global. Nuestro pésimo sistema de seguridad social ha hecho que esperar atención en un hospital público sea un calvario inviable. Hoy en día, es infinitamente más eficiente ir a la farmacia de genéricos o con los médicos del Doctor Simi, donde sí hay medicamentos y la atención es económica e inmediata, en lugar de arriesgar la vida en la burocracia estatal.
Las alternativas privadas tradicionales cobran tarifas prohibitivas y las consultas particulares se han vuelto impagables, ni se diga el costo de radiografías, tomografías y análisis de laboratorio. De ahí el éxito arrollador y legítimo de iniciativas como Salud Digna: ofrecer tecnología sofisticada a una décima parte del costo para salvar a las familias de la bancarrota por enfermedad.

Si a una canasta básica desbordada —donde los hogares más vulnerables ya gastan el 70% de su ingreso solo en comer— y a servicios de salud privatizados de facto le agregamos la presión urbana de la gentrificación que ya expulsa a las juventudes y familias en la CDMX, Guadalajara, Monterrey y Tijuana con rentas cotizadas en dólares ajenas a la realidad salarial local, el escenario se vuelve un polvorín.
Las violentas marchas en Europa son el principio de una corriente global provocada por la escasez y el encarecimiento de la vida. Si la clase política mexicana sigue gobernando con soberbia, creyendo que las transferencias clientelares bastarán para contener a un pueblo asfixiado por la carestía, la corrupción y el desabasto, comete un error fatal de cálculo. La pólvora en México es mucho más seca y abundante; cuando la chispa europea que ya cruzó el océano toque tierra aquí, el estallido social será incontenible.
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