Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
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Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Antes de conocer a alguien, ya decidimos quién es… y luego buscamos cómo justificarlo

Antes de conocer a alguien, ya decidimos quién es… y luego buscamos cómo justificarlo

Juzgar es el alimento favorito del ego humano (y antes de conocer a alguien, peor). Todo el tiempo bombardeamos, criticamos, que tal persona se viste mal, que el nuevo “look” de esta chava no va con su edad, que a “no sé quién” lo nombraron en un cargo que no es para él, y la lista continúa…

Somos algo así como “máquinas de inferencia”. Nos la pasamos conectando datos y deduciendo a partir de información que “percibimos” con nuestros sentidos. Básicamente, hacemos juicios rápidos sobre otros usando pocos datos, y/o a partir de compartr con ellos, así sea un par de minutos.

¿Sabías que tardamos entre 30 milisegundos y siete segundos para formarnos una “primera opinión de una persona”?

No lo digo yo, lo dice Alexander Todorov de la Universidad de Princeton, quien hizo un estudio sobre rostros y cómo las personas se forman juicios sobre confianza, competencia y simpatía con tal solo observar 0.1 segundos a una persona.

¿Te ha pasado que con un mínimo de información eres capaz de “detectar” a alguien que no tiene empatía, o culpa, o tiene un “talento especial” para “fingir” interés en el otro? ¿O quizás piensas que tienes un “don” para detectar personas (conozco muchas), que recién las conoces se muestran encantadoras pero luego se les “cae la máscara” y aparece una persona calculadora, que va detrás de dinero, estatus o algún contacto útil que exprimir?…¿Acaso estamos juzgando, o más bien “estereotipamos” a las personas que conocemos?

Lo siento pero es verdad: generalizamos a las personas, basándonos en su origen, género, edad, profesión… ¡Inferimos con exactitud muchas cosas de una persona tan solo conociendo algunos detalles!

A primera instancia, le echamos la culpa a nuestros padres de nuestros comportamientos, pero lo curioso del caso es que la crianza pesa poco comparada la genética, ya verás por qué.

Juzgamos sin antes conocer (y con base de sus familiares)

Y aquí aparece un término: genética conductual intuitiva, o, en palabras más comunes, que todos juzgamos a los demás con base en sus familiares, “atinamos” cuando decimos que una persona hereda las cualidades o defectos de su familia.

Para la muestra, un botón: la monarquía, ese sistema de gobierno (obsoleto hoy en día) en donde el hijo del rey toma el poder tras la muerte de su padre. Y eso tiene sentido común, porque todos piensan que ese hijo heredó las cualidades de liderazgo de su antecesor.  Si el monarca fue bueno, seguramente sus hijos lo serán porque llevan el gen.

Solo basta con ver familiares de líderes políticos que se convirtieron en líderes: Keiko Fujimori en Perú, George W. Bush en Estados Unidos, Marine Le Pen en Francia…Es inevitable que la gente asuma que sus papás fueron “buenos políticos”, así serán sus hijos, o de pronto no, de pronto es al revés.

Porque la genética también juega doble. Porque muchos líderes son reservados u ocultan parientes con “problemas psicológicos”…

¿Recuerdan la historia de Rosemary Kennedy, la hermana menor de John F. Kennedy? Quedó incapacitada por culpa de una lobotomía que “supuestamente” buscaba sus cambios de humor, bastante violentos por cierto; o el caso de las primas hermanas de la reina Isabel II, Nerissa y Katherine Bowes-Lyon que tenían discapacidades intelectuales severas, y que durante décadas fueron “ocultadas” a la opinión pública al internarlas en una institución psiquiátrica. Les confieso que me enteré de esa historia viendo la serie The Crown de Netflix.

Esto también sucede con quienes tienen parientes con esquizofrenia. Tengo una amiga enfermera, su hermano menor tiene esquizofrenia y vivió la mayor parte de su vida “saltando” de institución en institución. Su papá negaba la condición de su hijo, a tal punto que firmaba su salida en cada institución, diciendo que su hijo estaba bien, mientras que el resto de su familia, mantenía a Felipe “bajo el tapete”. ¿Y es que cómo no, si cada vez que tenía una discusión con su familia, se agarraba a golpes con sus hermanos y hasta con su madre?

¿Será que estamos psicológicamente programados para rastrear el ADN ajeno en busca de pistas sobre el comportamiento? Todo indica que sí. Se que juzgo, como todos, con lo que tengo a la mano: apellidos, historias familiares y uno que otro chisme hereditario. Pero por muy tentador que sea convertir la genética en “oráculo”, confiar solo en ella sería lo ideal, pero bastante flojo. Al final, no hay atajo que sustituya lo obvio: conocer a las personas más allá de su árbol genealógico, y valorándolas por lo que son y por como son.

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