Alide Flores Urich Sass
Especialista en relaciones internacionales y análisis geopolítico
Brasil se encamina hacia unas elecciones presidenciales decisivas. El 4 de octubre de 2026 se celebrará la primera vuelta y, si ningún candidato obtiene la mayoría necesaria, la presidencia se definirá en una segunda vuelta el 25 de octubre. Luiz Inácio Lula da Silva ha iniciado su campaña para buscar un cuarto mandato, una aspiración inédita que vuelve a colocar al país en el centro de la disputa política de América Latina.
A sus 80 años, Lula eligió São Bernardo do Campo, donde comenzó su trayectoria sindical y política, para lanzar una campaña presentada como defensa de su proyecto frente al posible regreso del bolsonarismo. Su principal adversario será Flávio Bolsonaro, senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, confirmando que la polarización no desapareció con la salida de Bolsonaro de la presidencia.

Lula ha utilizado el legado del gobierno de Jair Bolsonaro como uno de sus principales argumentos electorales. Ha recordado la controvertida respuesta a la pandemia de Covid-19, la flexibilización de las normas sobre armas y las tensiones institucionales de aquel periodo. Mientras el bolsonarismo buscará presentarse como una opción firme frente al crimen organizado, Lula intentará argumentar que algunas políticas de su adversario agravaron los problemas actuales. El presidente ha delineado las prioridades de un eventual cuarto mandato, entre ellas fortalecer la educación y la salud pública, así como desarrollar las reservas brasileñas de tierras raras. Brasil cuenta con algunas de las mayores reservas conocidas del mundo, sólo por detrás de China, lo que podría convertirlo en un actor estratégico dentro de cadenas de suministro vinculadas con tecnologías avanzadas, transición energética y defensa.

La candidatura de Lula también se apoya en el recuerdo de sus primeros gobiernos, entre 2003 y 2010, cuando Brasil amplió programas sociales, redujo el hambre y la pobreza y fortaleció su presencia internacional. Sin embargo, aquellos años estuvieron marcados por escándalos de corrupción que afectaron al Partido de los Trabajadores. En 2018, Lula fue encarcelado y permaneció 580 días en prisión hasta que sus condenas fueron anuladas. Su exclusión electoral facilitó el ascenso de Jair Bolsonaro .Cuatro años después, Lula regresó al poder tras derrotarlo por un margen extremadamente reducido. Su victoria no resolvió la división política del país. En enero de 2023, simpatizantes radicales de Bolsonaro irrumpieron en las sedes del Congreso, la Presidencia y el Supremo Tribunal Federal en Brasilia, evidenciando una crisis institucional que trascendía el resultado electoral.

La posterior condena de Jair Bolsonaro a 27 años de prisión modificó el liderazgo del movimiento, pero no eliminó su influencia. El bolsonarismo se ha consolidado como una corriente con representación parlamentaria, presencia territorial y una base electoral importante. Flávio Bolsonaro intenta ahora demostrar que puede transformar ese capital político en un liderazgo propio y que el movimiento puede sobrevivir a la ausencia de su fundador.
Las encuestas muestran una competencia cerrada. Lula mantiene alrededor de 43% de las intenciones de voto frente a aproximadamente 40% para Flávio Bolsonaro. Una diferencia tan reducida indica que la elección probablemente dependerá de votantes moderados, clases medias preocupadas por la economía y sectores urbanos que no se identifican plenamente con ninguno de los dos polos.

La relevancia de esta elección supera las fronteras brasileñas. Brasil es la mayor economía de América Latina, miembro fundador de los BRICS y uno de los principales productores agrícolas y energéticos del mundo. Una victoria de Lula mantendría al país como un contrapeso progresista frente al avance conservador regional. Un triunfo de Flávio Bolsonaro, por el contrario, reforzaría una corriente latinoamericana más cercana a Donald Trump y modificaría el equilibrio continental.
Esta dimensión adquiere importancia por el renovado interés regional de Estados Unidos. La administración Trump ha adoptado una política más agresiva hacia América Latina, orientada a reafirmar su liderazgo, endurecer las operaciones contra el narcotráfico y limitar la influencia de actores externos. La designación estadounidense del Comando Vermelho y del Primeiro Comando da Capital como organizaciones terroristas ha generado preocupación en Brasil por las implicaciones para su soberanía.

Al mismo tiempo, China se ha convertido en un socio económico fundamental para Brasil. Durante los gobiernos de Lula, Brasilia ha buscado evitar un alineamiento automático con Washington o Beijing y ha defendido una política exterior basada en la diversificación de alianzas, los BRICS y una mayor autonomía del Sur Global. Las elecciones también definirán qué margen de autonomía estratégica pretende conservar Brasil en un sistema internacional cada vez más competitivo.
La importancia de las elecciones de 2026 radica en esa convergencia entre política interna y geopolítica. Brasil no decidirá únicamente entre dos candidatos, sino entre distintas concepciones sobre el papel del Estado, la seguridad, la política social, la soberanía y su posición internacional. También pondrá a prueba la capacidad de su democracia para procesar una polarización en la que cada bloque tiende a percibir la victoria del adversario como una amenaza para su propio proyecto de país.

En última instancia, Brasil llegará a las urnas en un momento en que sus decisiones internas tendrán consecuencias regionales y globales. Su peso económico, sus recursos naturales, su relación con China, su vínculo con Estados Unidos y su influencia dentro de los BRICS le otorgan una capacidad de maniobra que pocos países latinoamericanos poseen. Más que una confrontación entre izquierda y derecha, la elección definirá qué tipo de potencia quiere ser Brasil en un mundo marcado por la competencia geopolítica y el regreso de las esferas de influencia. También mostrará si el bolsonarismo puede trascender a Jair Bolsonaro y si el proyecto de Lula puede sobrevivir a su propio liderazgo. La cuestión central será si Brasil logra transformar su peso económico y estratégico en mayor autonomía política y liderazgo regional, o si sus divisiones internas terminan limitando su capacidad para definir su propio rumbo.
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