Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
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Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Crónica de un dictador tropical que se creyó…invisible (e invencible)

Crónica de un dictador tropical que se creyó…invisible (e invencible)

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Sabían que la mayor defensa del dictador no eran los misiles rusos que heredó, sino la imprevisibilidad: que no podían anticipar ni calcular con certeza; y que no dormía dos noches seguidas en el mismo sitio (como buen caudillo caribeño… y eso que le faltan la barba y el puro).

Tenían conocimiento de que se desplazaba entre residencias seguras, bases militares, cuartos blindados, pasillos de emergencia… Era algo así como un nómada paranoico, en un país que él mismo convirtió en caos junto con el comandante de boina roja. (A propósito: les quedo debiendo la historia del cuarto bajo del Palacio de Miraflores, donde se realizaban todo tipo de rituales de santería que los babalawos hacían para mantenerlo en el poder).

Contaban con pruebas de que cambiaba de teléfono como la serpiente que muda piel: 17 dispositivos distintos en tan solo 90 días; y que no lo hacía por protocolo, sino por miedo, porque cada celular era una posible traición.

Estaban al tanto de que su círculo íntimo era un campo minado: desde guardias que no confiaban entre sí, pasando por ministros que no confiaban en los guardias, hasta militares que ya no confiaban ni en su propia sombra.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero parecían jugando Clue, donde nadie confía del todo, donde no hay traición activa, donde la desconfianza es silenciosa, racional, estratégica; donde todos ocultan información, donde nadie miente explícitamente pero nadie dice toda la verdad, donde cada jugador protege sus cartas como capital político. Y así, el “juego de poder” avanza a base de omisiones, deducciones y medias pistas.

Fueron los “pequeños grandes detalles” los que lo delataron. Terminaron siendo claves para el entramado de espionaje que la CIA entretejió desde 2020, cuando el Departamento de Justicia de EE. UU. lo señaló formalmente como narcoterrorista.

El dictador tropical cayó por la rutina

El dictador tropical (bauticémoslo Maduro para diferenciarlo de los demás), desayunaba siempre lo mismo: arepas dulces, papaya y café hirviendo, siempre servidos por la misma mujer, que ni aparecía en la nómina oficial de Miraflores. También confiaba su seguridad emocional y su vulnerabilidad a sus dos perros: Nube y Piraña; en tanto que el silencio absoluto era su capricho irónico en sus refugios nocturnos, de ahí que detestara el ruido de los generadores eléctricos.

Poco a poco, la CIA anticipó los movimientos del dictador para luego encapsularlo, controlarlo y atraparlo, de la misma manera que el guepardo observa al impala, sigiloso, entre la hierba alta de la sabana africana. Toda una maniobra de cacería…

Por supuesto que no buscaban matarlo. Buscaban capturar al hombre que sostenía el régimen. De hecho, era obvio que el servicio civil de inteligencia exterior de EE. UU., antes de actuar, tenía un manual obsesivo sobre el día a día de Maduro.

También era obvio que tenían un informante, que apareció después de que, hace un año, pusieran la carnada de 50 millones de dólares de recompensa. Y es que, en un régimen donde la lealtad dejó de ser ideología, se vuelve cuestión de supervivencia; así que era lógico que “alguien” mordiera el anzuelo.

Aún no se sabe el nombre del topo, pero sí se sabe que The New York Times confirmó que la CIA reclutó una “fuente humana” dentro del gobierno venezolano que les permitió seguir las huellas del “pez gordo” en tiempo real.

Suena a que es alguien que podía decir dónde estaba y cuándo no se movería; de ahí que la frase “Esta noche no se moverá”, emitida por el topo, fuera el punto de no retorno de la operación Absolute Resolve, que pasará a la historia por ser el nombre de esa misión militar estadounidense del 3 de enero de 2026, que capturó a Maduro y a su esposa en Caracas. (Se siente un fresquito, ¿no?)

Admiro profundamente a los espías de la CIA, porque definitivamente Caracas no es ciudad para aprendices novatos que pretendan obtener información secreta ocultando su identidad o sus verdaderas intenciones; porque la capital de Venezuela es un laberinto donde las paredes tienen oídos.

Al no tener embajada de EE. UU. en Venezuela desde hace siete años, tuvieron que operar sin inmunidad diplomática, ni respaldo legal, ni red consular… ¡los pobres ni siquiera tenían botón de pánico para oprimir si algo les sucedía! De ahí que aprendieran a moverse como sombras, sin dejar rastro ni levantar polvo en cada pisada.

En cuanto a la vigilancia del objetivo “Maduro”, la CIA se centró en una fuente interna de información, sumada a un rastreo de comunicaciones apoyado por tecnología de drones furtivos: silenciosos, sin luces, sin identificación ni radar detectable. Por otro lado, debían descartar señuelos y controlar el movimiento aéreo para medir posibles “ventanas” sin tráfico civil.

Todo salió perfecto, tan sincronizado como un reloj suizo. Mientras tanto, en Kentucky, el equipo de Delta Force practicaba la incursión en una réplica exacta del complejo donde esperaban encontrar al dictador.

No era simulación: era un escenario construido con elegante precisión, con blindaje, acero reforzado, puertas de 20 centímetros de espesor, cuartos seguros, pasillos de escape y hasta la posibilidad de que el objetivo desapareciera… en segundos.

Los comandos estaban entrenados para romper puertas blindadas a velocidades cada vez más altas, bajo el mantra: “Si tardas cinco minutos en encontrarlo, es que ya no está”. ¡Los chicos de Delta Force ensayaron tanto que la operación se convirtió en una coreografía, al mejor estilo de Thriller de Michael Jackson!

Por su parte, la CIA presionaba a Maduro a punta de drones armados (uno golpeó un muelle usado por bandas ligadas al narcotráfico), de campañas marítimas que destruyeron embarcaciones sospechosas —dejando un total de 115 muertos— y de desgaste psicológico, paranoia logística y saturación defensiva, condicionando el escenario a su favor.

Y que no sigan diciendo que no se le dio la oportunidad de negociar. El 23 de diciembre del año pasado, EE. UU. le propuso exiliarse en Turquía, pero el tipo lo rechazó y además se puso furioso. Claro que intentó negociar petróleo, intentó negociar supervivencia, pero ya no tenía cartas de Monopoly con las cuales jugar. ¡Game over!

Entonces llegó el milagro. El viernes 2 de enero, a las 22:46 horas, los drones Reaper ya estaban en el aire, con el clima a su favor, y se pronunció la frase esperada: “El objetivo está en el cuadro”. No sabía que iban por él; aún creía que el cazador era su sombra.

¡Y pum! Llegó la oscuridad a partir de un ciberataque que dejó a Caracas sin energía eléctrica. Enseguida entraron en escena 150 aeronaves que, una vez neutralizadas las defensas aéreas, iniciaron los bombardeos, todos dirigidos a radares y comunicaciones, aunque el impacto civil fue inevitable. Otra vez, justos pagando por pecadores.

A las 02:01 a. m., los Night Stalkers abrieron el pasillo, dando paso a la Delta Force, que contó con tan solo tres minutos para localizarlo y cinco para custodiarlo. También fueron abatidos 15 militares cubanos encargados de su anillo íntimo de seguridad.

Dos horas y media después, el buque USS Iwo Jima “le dio la bienvenida al narcoterrorista”, que luego abordó un avión del FBI rumbo a “su destino favorito”: Nueva York. Mientras tanto, Trump observaba la transmisión de cómo capturaron a su presa.

Absolute Resolve fue una operación digna de un premio Óscar. Hubo victoria táctica, un golpe al narcotráfico y a la doctrina psicológica que sometía a los venezolanos, pero el clímax de la historia apenas comienza, y seguirá a punta de una doctrina de inteligencia agresiva que elimine a todas las alimañas autoritarias, corruptas y narcoterroristas que aún se esconden entre tuberías, túneles y cuartos secretos de santería.

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