
Escribo la segunda parte de esta crónica desde La Rioja, celebrando el centenario de su D.O.C. Para quienes se perdieron la primera parte, aquí se las dejo: Crónica de un viajero en 100 años de La Rioja (Parte 1) A continuación, les narraré un poco sobre mi experiencia de vida recorriendo el terroir, que me llevó a recorrer el pasado.
Es hora de que ajustes tu cinturón de crononauta porque vamos a realizar un salto temporal por los estratos de esta tierra, desde que era un lecho marino hasta los brindis de alta tecnología de hoy.
Mis botas estaban limpias, ahora se hunden primero en un lodo que aún no conoce el peso del hombre, en una llanura donde el Ebro es apenas un susurro que serpentea entre helechos gigantes y huellas de iguanodontes en Enciso.
El aire es denso, cargado de una humedad eléctrica y un aroma a tierra mineral y azufre que, millones de años después, reconoceré en el fondo de una copa.

No hay viñedos, pero la geología está escribiendo su prólogo: las Sierras de Cantabria y la Demanda se alzan como titanes de caliza para crear este útero climático, este refugio donde el tiempo se detendrá a fermentar.
Es un paisaje de una mudez absoluta, roto solo por el crujido de la roca que se asienta, preparando el lecho de arcilla y hierro donde la Tempranillo echará raíces siglos más tarde.
San Millán de la Cogolla (940d.C.)

Doy un paso de gigante y el silencio prehistórico estalla en el rascado de una pluma sobre pergamino. Estoy en el año 950 d.C., en la penumbra sagrada de San Millán de la Cogolla.
El aire aquí es una mezcla embriagadora de incienso, cera de abeja y el olor agrio y honesto del vino que los monjes guardan en tinajas de barro.
Observo a un monje de hábito pardo y manos callosas; mientras anota las Glosas, susurra palabras que huelen a nacimiento.
Fuera, el paisaje es un mosaico desordenado de pequeñas parcelas que los peregrinos del Camino de Santiago atraviesan a pie, con sus esclavinas de lana tosca manchadas de polvo.
El viaje es una penitencia de mulas y carretas de bueyes que transportan el vino en pellejos de cabra sellados con pez, un aroma resinoso que impregna cada rincón de esta Rioja medieval que apenas empieza a entender su destino.
La Prehistoria de piedra y barro de 120 millones de años
La primera parada no huele a vino, sino a azufre y lodo. Estás en la Era Secundaria.
Lo que hoy es la Sierra de la Demanda es una llanura encharcada a la orilla de un mar interior. A tus pies, unos gigantes de tres dedos dejan huellas profundas: los dinosaurios de Enciso y Munilla. Esta es la verdadera «fundación» geológica; este suelo, que luego nutrirá a la Tempranillo, se está cocinando bajo el peso de sedimentos marinos y pisadas de iguanodontes.
El Scriptorium de la lengua (siglo X): el nacimiento del Castellano
Saltamos al año 950 d.C. Te encuentras en la penumbra del Monasterio de Suso. El aire huele a pergamino viejo y cera de abeja.
Aquí, un monje anónimo está cometiendo una «falta de ortografía» histórica: al margen de un códice en latín, escribe unas notas en el habla que escucha en la calle. Acabas de presenciar el nacimiento del Castellano.
La Rioja se funda aquí como el útero lingüístico de un imperio que aún no existe. El vino, por ahora, es solo el sustento de los monjes y el diezmo de los campesinos.
La invención de una capital (año 1095)

Mueves el dial a la Edad Media. Logroño es apenas un vado en el río Ebro. Pero ves llegar a Alfonso VI. El rey firma un pergamino que lo cambia todo: el Fuero de Logroño.
Como viajero, notas el cambio inmediato: donde antes había barro, empiezan a levantarse murallas y hospederías. El Camino de Santiago se convierte en la primera «autopista de la información» de Europa, trayendo francos, ideas y, por supuesto, nuevas cepas.
El “Big Bang” del vino moderno (1860 – 1890)

Aterrizas en la estación de tren de Haro. El aire está cargado de humo de carbón y optimismo. Es el momento del «milagro riojano». Ves llegar a señores con chistera y acento de Burdeos.
Escapan de una plaga, la filoxera, y traen algo que La Rioja no conocía: la barrica de 225 litros. Estás presenciando la fundación del Barrio de la Estación.
Por primera vez, el vino ya no se guarda en pieles de cabra, sino en madera noble. Es así como La Rioja deja de ser una región agrícola para ser una potencia industrial.
El presente de cristal y titanio (presente)

Regresas al presente. El paisaje que ves desde el cronovisor ha cambiado. Las viejas bodegas de piedra ahora conviven con las curvas de titanio rosa de Frank Gehry en Elciego o las ondas de madera de Santiago Calatrava.
Hoy, La Rioja no solo se bebe; se vive. La tecnología permite analizar el suelo centímetro a centímetro, volviendo a aquel origen prehistórico que vimos al principio.
La fundación que empezó con un monje escribiendo en un margen ha terminado en una Denominación de Origen Calificada que exporta su nombre a cada rincón del planeta.
Ajusto de nuevo los diales de mi cronovisor. Ahora no vamos a ver la historia desde la barrera: vamos a bajar a la tierra, a oler el aire y a sentir el roce de las telas. Prepárate para una inmersión sensorial en las tres eras que definieron este valle.
El color del adobe y el aroma a cera medieval del año 1150

Al materializarte en el Camino de Santiago a su paso por Logroño, lo primero que te golpea es el aroma: una mezcla densa de leña quemada, establo y el olor metálico del incienso que escapa de las iglesias románicas.
En cuando al paisaje, no ves las hileras infinitas y ordenadas de hoy. Es un mosaico caótico de cereal, olivos y pequeñas parcelas de viña «en vaso», retorcidas como manos viejas.
De repente, cruzas tu mirada con un peregrino que viste una esclavina de lana basta, teñida con tintes naturales de tonos pardos y ocres. Lleva el ala del sombrero levantada con una concha de vieira y un bordón de madera de fresno.
El silencio se rompe con el chirrido de las carretas de bueyes con ruedas de madera maciza, que transportan el vino en «pellejos» (odres de piel de cabra cosidos y sellados con pez). Los más afortunados cabalgan mulas; la inmensa mayoría, simplemente, camina sobre sandalias de cuero.
El Siglo de las Luces (1700-1800)
Es hora de dar un salto al Siglo de las Luces. Ahora te encuentras en una de las nuevas «casas de postas» de Haro. El ambiente ha cambiado; ahora hay un aire de negocio y orden.
La Rioja empieza a «limpiarse». Se ven los primeros caminos rectos financiados por la Real Sociedad Económica, y los viñedos empiezan a ganar terreno al monte bajo.
Ahora el vino ya no huele solo a resina de odre. En las nuevas bodegas de sillería, empiezas a notar el aroma a vainilla y tostado de las primeras barricas experimentales; en tanto su color en las copas de cristal es rubí translúcido.
Es imposible no notar la vestimenta de un hacendado local: lleva una casaca de seda bordada, calzón corto y medias blancas. Sus zapatos tienen hebillas de plata.
A su alrededor ves cómo viaja la gente de la época. Aparecen las diligencias y coches de caballos, lo que supone que el viaje de Logroño a Madrid ya no es una odisea de semanas, sino una travesía de días por puertos de montaña que empiezan a estar empedrados.
1784 y la Real Sociedad Económica de La Rioja
Avanzo hasta 1784 y el aire se vuelve más «civilizado». Me encuentro en una reunión de la Real Sociedad Económica de La Rioja.
Aquí, el aroma es a papel sellado, a tabaco de pipa y a la ambición ilustrada de caballeros con casacas de seda y pelucas empolvadas.
Ya no se habla de milagros, sino de puentes y caminos empedrados. El paisaje se ordena; veo las primeras bodegas de sillería con sus calados profundos. El transporte mejora: las diligencias de caballos conectan Logroño con el mundo, y el vino empieza a viajar en barricas de madera.
1890: el barrio de la Estación
En un tris, llegas al clímax, el barrio de la Estación. Este es el momento en el que La Rioja se convierte en leyenda.
El paisaje se convierte en una estampa industrial-romántica. Chimeneas de ladrillo conviven con torres de iglesias. Ahora, las vides cubren laderas enteras, dibujando líneas perfectas que cambian de color: de verde eléctrico en mayo, a oro y fuego en octubre.
El momento se llena de aromas y sensaciones. El olor a azufre de las locomotoras de vapor se entremezcla con el perfume embriagador del mosto fermentando a fruta roja madura, cuero y caja de puros.

Pronto te cruzas con un negociante francés. Viste levita negra, chaleco de brocado y reloj de bolsillo con cadena de oro. A su lado, los operarios de bodega llevan blusones de lino azul y boinas.
Por otro lado, el Ferrocarril del Norte es el rey. Los trenes no solo llevan gente; llevan miles de barricas hacia el puerto de Bilbao. Aquel traqueteo sobre los raíles es el latido del corazón de La Rioja.

He dejado atrás el silbato de vapor de la locomotora que me trajo desde el siglo XIX, pero aquí, en el Barrio de la Estación de Haro, el tiempo no corre; se añeja. Camino sobre los mismos adoquines que vieron nacer la leyenda del Rioja, donde el olor a roble húmedo y hollejo fermentado parece suspendido en el aire desde 1877.
Mi primera parada es López de Heredia. Al cruzar su umbral, el contraste me marea: paso del diseño futurista de Zaha Hadid a unas galerías subterráneas donde el moho sagrado cubre botellas que han dormido durante décadas. Es como tocar el corazón de una tradición que se niega a cambiar, donde el vino aún se entiende como una herencia de largo aliento.

A pocos pasos, me detengo ante la imponente nave de CVNE. Levanto la vista hacia su techo y reconozco el trazo de Gustave Eiffel; esa estructura de hierro, sin una sola columna que estorbe, parece un esqueleto diseñado para proteger tesoros. Aquí, el Imperial me cuenta historias de banquetes reales y de una Rioja que conquistó el mundo.
Sigo mi camino hacia La Rioja Alta, S.A. y Muga. En esta última, el sonido de los martillos contra la madera me devuelve al pasado: son los maestros toneleros fabricando sus propias barricas, un oficio que en mi época original ya es casi un mito. Me sirven una copa de Prado Enea y, por un momento, siento que el reloj se detiene.

Finalmente, termino mi jornada en la calidez de Gómez Cruzado. Es el refugio perfecto, una «bodega boutique» que me recuerda que, aunque estemos rodeados de gigantes centenarios, el alma del vino sigue siendo la interpretación del paisaje.
Me alejo del barrio mientras el sol cae sobre los viñedos cercanos. Soy un viajero que ha visto el futuro, pero aquí, entre estas cinco catedrales del vino, he comprendido que la verdadera inmortalidad se guarda en una botella.
Última parada: el presente

En el presente, el paisaje es una obra de arte total. Los viñedos son un mar ondulante que rodea edificios que parecen naves espaciales de titanio y cristal.
Me encuentro frente a una bodega que parece un ala de titanio rosado brotando de la tierra, reflejando el sol del atardecer. El aire es limpio, con un matiz sutil a fruta negra y especias que escapa de las salas de crianza climatizadas.
De repente aparece una copa de un Marqués de Riscal de 1956, rubí profundo (como aquel que probé en los 100 años de la D.O.C. RIOJA). Ofrece notas de trufa, hoja de tabaco y frutas del bosque marchitas; Es el aroma del tiempo embotellado…
Ahora, la vestimenta de todos es una mezcla de funcionalidad y estilo: chaquetas técnicas para el campo y elegancia contemporánea para las catas.
En el presente, la gente viaja en vehículos eléctricos silenciosos que atraviesan los caminos de concentración parcelaria, y en el cielo, los drones monitorean el estado de cada cepa.
El cronovisor queda en pausa. La próxima vez no viajaré hacia atrás. Viajaré hacia la próxima vendimia en La Rioja.



