Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

Cabrón, chispa y casual

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Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
​¿Intersexual, queer, trans, gay…? Guía rápida para no perderse en el alfabeto del género

​¿Intersexual, queer, trans, gay…? Guía rápida para no perderse en el alfabeto del género

¿Sabían que el 28 de junio es una fecha importante? Y no, no hablo del asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, ni de la firma del Tratado de Versalles, ni de cuando Mike Tyson mordió la oreja de Evander Holyfield en Las Vegas. Tampoco del lanzamiento del primer iPhone, del natalicio de Elon Musk o del Día Internacional del Ceviche.

Hablo del Mes del Orgullo LGBTQ+, que está a la vuelta de la esquina y que, como siempre, viene acompañado de debates, banderas, marketing corporativo arcoíris y señores y señoras en Facebook comentando: “ya no entiendo nada de quién es quién”.

Antes que nada, el famoso acrónimo incluye lesbianas, gays y bisexuales; también personas transgénero, cuya identidad no coincide con el sexo asignado al nacer; intersexuales, que nacen con características biológicas que no encajan completamente dentro de las definiciones típicas de “masculino” o “femenino”; asexuales, con poca o ninguna atracción sexual; y el famoso “+”, que básicamente funciona como el cajón de la cocina en donde uno mete todo lo que no sabe dónde va. Ahí aparecen, entre otros, los queer.

Y precisamente ahí es donde mucha gente se pierde. Porque cuando alguien dice “esa persona es queer”, normalmente lo hace con la misma seguridad con la que uno pide vino natural en un restaurante sin tener ni idea de qué le van a servir.

Queer: cuando no encajas o no quieres encajar

La palabra queer, en inglés, originalmente significaba “extraño”, “raro” o “fuera de lo común”, y durante años fue usada como insulto. Afortunadamente, la comunidad la reapropió y hoy se utiliza con orgullo para hablar de identidades que no encajan dentro de las categorías tradicionales de género y orientación sexual.

Es decir: personas que sienten que la clásica división de “hombre/mujer”, “hetero/homo”, simplemente no les alcanza. O, dicho de otra manera, personas que ven las etiquetas como ve uno las instrucciones de armado de IKEA: útiles para algunos, pero innecesariamente complicadas para otros.

No creo en categorizar a las personas, pero entiendo que para muchos ser queer no es una orientación específica, sino una manera más libre y flexible de pensar la identidad. Algo así como: “no quiero vivir mi vida llenando formularios sobre si soy hombre o mujer todo el tiempo”.

Aunque no existe una cifra exacta, estudios de Gallup estiman que entre el 7 % y el 10 % de la población adulta mundial se identifica como LGBTQ+, especialmente en países occidentales y zonas urbanas. En la Generación Z, el porcentaje puede superar el 20 %. Mientras algunos todavía están tratando de entender qué significa “no binario”, media generación ya convirtió el tema en conversación cotidiana.

Dentro de ese “+” o cajón de cocina, también aparecen los no binarios, o quienes no se identifican exclusivamente como hombre o mujer; al igual que las personas de género fluido, cuya identidad cambia con el tiempo. También están los agénero, que no se identifican con ningún género; y los bigénero, que se identifican con ambos. Sí, lo sé: para algunos esto empieza a sonar como el menú de Starbucks.

Pero detengámonos en los queer. Estas personas no tienen una “apariencia” definida. No existe un “uniforme oficial”, aunque internet a veces haga creer lo contrario. Porque una persona queer puede verse completamente tradicional, elegante, deportiva, alternativa, o vestirse vintage u oversized.

Pueden usar falda, traje, uñas pintadas, botas militares o mocasines clásicos. Y también pueden no usar absolutamente nada de eso. Porque precisamente la idea es escapar de la necesidad obsesiva de clasificar a todas y cada una de las personas del mundo como si fueran una ficha de cata de vinos.

Pero lo que sí existe detrás de la filosofía queer es una idea política y cultural que defiende el derecho de cada persona a vivir su identidad sin encajar necesariamente en moldes rígidos. Quieren verse primero como personas y no únicamente como categorías.

Quizá por eso muchos intentan entender el concepto a través de referentes. Ahí aparece Harry Styles jugando con la moda y la estética andrógina, o Pedro Pascal, convertido accidentalmente en ícono de internet y aliado de la comunidad LGBTQ+, aunque él mismo ha dicho varias veces que no se identifica como queer.

Al final, queridos lectores, ser queer es entender que la vida ya no funciona en blanco y negro; porque entre ambos extremos existen miles de colores, matices y tonalidades. Y que, honestamente, el mundo ya es suficientemente complicado como para además exigirle a todo el mundo que encaje perfectamente en una sola casilla.

Al final de cuentas, a los seres humanos —no solo a los queer— nos encasillan o tratan de encajarnos en un prototipo: el fresa, el gay, la señora de los gatos, la feminista… De ahí que la verdadera transformación social y de pensamiento sea entender que todos tenemos derecho a vivir, sentir, amar y existir a nuestra manera.

No nos esforcemos más en tratar de “manualizar” la identidad de género. Sé que clasificar a las personas por grupos es propio del cerebro humano y lo usamos como atajo mental para todo, pero al mismo tiempo tenemos una necesidad opuesta: la de ser vistos como únicos e irrepetibles. Así que el futuro que nos espera, especialmente a los mayores, tiene que ver más con volvernos personas “más interesantes” para así romper estas categorías de una vez.

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