
En sala de urgencias, el monitor marcó una línea recta durante exactamente once segundos. Ahí permanecía conectado, Adrián.
La habitación emanaba el inconfundible aroma de hospital: una mezcla de clorhexidina, plástico tibio y una nota metálica suspendida en el aire. La luz blanca tenía un matiz azulado que volvía la piel ligeramente translúcida. Afuera llovía, y el cristal vibraba con el viento de febrero.
El paro cardíaco fue súbito. Primero, sintió un golpe seco en el pecho, como si alguien hubiera desconectado un interruptor interno; luego, vino un sonido grave, profundo, no externo sino interior, como el eco de un túnel inmenso. Mientras tanto, la temperatura cambió en su percepción antes que en su cuerpo: un frescor descendía por la nuca hasta la columna.
En términos clínicos, su corazón dejó de bombear sangre a su cerebro. En términos neurofisiológicos, su corteza comenzó a perder poco a poco oxígeno.
Investigaciones publicadas en 2026, y divulgadas en un artículo titulado “This Brain Pattern Could Signal the Moment Consciousness Slips Away”, describían cómo, en estudios con anestesia, cuando un paciente se acerca a la inconsciencia, sus redes cerebrales dejan de sincronizarse.
Así que sus oscilaciones alfa comenzaron a perder coherencia, la comunicación entre sus regiones frontales y parietales se fragmentó, y nueve áreas claves comenzaron a desacoplarse, como una constelación que se apaga estrella por estrella.
Eternidad: un naranja profundo

Aunque Adrián no conocía estos datos mencionados anteriormente, sí percibía el color; un naranja profundo, como la luz atravesando los párpados cerrados. El naranja mutó a rojo oscuro y luego a violeta eléctrico, expandiéndose como tinta en el agua. No era un túnel cerrado; era un espacio sin paredes, un volumen infinito que parecía respirar.
Mientras tanto, en la sala de urgencias, el personal médico iniciaba su reanimación. Compresiones torácicas. El desfibrilador cargándose. El olor del gel conductor, ligeramente dulce, químico, se añadía a ese aire estéril.
Si su cerebro hubiese estado conectado a un EEG de alta densidad, como sucede en los estudios clínicos, seguramente los sensores habrían registrado algo preciso: una pérdida de sincronía entre las redes que sostienen el sentido del “yo”; seguido de un debilitamiento de la integración global, y una transición abrupta hacia patrones más desorganizados.
Ese patrón, según los investigadores, podría señalar ese momento exacto en que la conciencia de Adrián “resbalaba” hacia la inconsciencia. Pero en su experiencia, aquello no era desorganización: era transformación.
Y fue en ese preciso momento en el que la temperatura se volvió neutra, perfecta, como cuando se flota en el agua a la temperatura exacta del cuerpo. Ahora, el espacio olía a lluvia sobre piedra caliente. No había gravedad, y el horizonte era curvo, como si estuviera contenido dentro de una esfera luminosa.
Adrián sintió expansión. Su límite del “yo” comenzó a diluirse. Aquella transformación no fue violenta, sino más bien fue como una nota musical que se afina hasta volverse inaudible. Entre tanto, sus fronteras corporales se volvieron porosas, hasta el punto de no diferenciar dónde terminaban sus extremidades y dónde comenzaba el espacio.
Los estudios clínicos describen este proceso, como una ruptura en la su conectividad frontoparietal y talámica, regiones implicadas en la integración consciente. Así que cuando esas redes pierden coherencia, la experiencia unificada del mundo se fragmentan. Pero Adrián no sintió fragmentación: sintió fusión.

Y así fue como el tiempo dejó de ser lineal, y recuerdos y sensaciones comenzaron a coexistir en simultáneo: por un lado, el aroma del café era una nube dorada; luego aparecía la voz de su madre, camuflada en un verde suave; y la lluvia, se convertía en plateada. Parecía que cada memoria tenía un color y una textura.
De manera abrupta, el desfibrilador descargó, y un golpe eléctrico atravesó el tórax de Adrián, el cual comenzó a emanar un olor tenue a piel calentada por la corriente que se mezcló con el aire. El monitor tembló.
En ese, su espacio de luz, apareció de repente una grieta blanca, intensísima; y sintió una tracción suave pero inevitable. Pronto, el horizonte comenzó a curvarse hacia adentro.
Si tan solo los investigadores hubiesen podido tener acceso a estos datos y testimonios…quizá habrían observado en vivo y en directo, el retorno progresivo de la sincronización de Adrián, la reorganización de sus nueve regiones, la reconstrucción del patrón que sostiene su conciencia despierta…
Adrián sintió frío otra vez, no en la piel, sino en su identidad; como si el límite entre él y el mundo se hubiese reinstalado. Mientras tanto, el sonido grave regresó, luego de un golpe seco.
Su corazón se reinició, y la línea recta del monitor se quebró en montañas irregulares. El primer sorbo de aire le supo metálico, y la luz volvió a ser blanca. El olor a desinfectante percibido por su nariz fue intenso, casi agresivo, en tanto sintió el peso de su cuerpo, la presión de las manos médicas y el gélido gel en el pecho.
Habían pasado tan solo once segundos en la sala de urgencias, pero para él había sido un universo completo.
Semanas después, al intentar explicarlo, Adrián solo pudo decir:
— No era oscuridad. Era una red que se apagaba y volvía a encender—.
Pero cada vez que cerraba lo ojos, el naranja regresaba.
*Este relato se inspiró en estudios clínicos reales sobre los patrones cerebrales que marcan la transición hacia la inconsciencia, como los divulgados por Singularity Hub en 2026. La experiencia subjetiva es ficción; los fenómenos neurofisiológicos que la enmarcan, la pérdida de sincronización entre regiones cerebrales y el posible “patrón umbral” previo a la inconsciencia, pertenecen a la investigación científica contemporánea.

