Alide Flores Urich Sass
Especialista en relaciones internacionales, geopolítica y Medio Oriente
El 11 de septiembre de 2001 quedó inscrito en la historia contemporánea como uno de esos acontecimientos capaces de dividir el tiempo entre un antes y un después. La imagen de las Torres Gemelas desplomándose en Nueva York no solo representó una tragedia humana de dimensiones extraordinarias, sino algo que hasta entonces parecía difícil de concebir: la principal potencia mundial había sido atacada en su propio territorio por una organización terrorista no estatal.
Veinticinco años después, Estados Unidos vuelve a conmemorar los atentados que transformaron su política exterior y marcaron buena parte del primer cuarto del siglo XXI. Sin embargo, recordar el pasado también obliga a observar el presente. Después de décadas de guerras, intervenciones y estrategias de seguridad, la paz sigue siendo esquiva y Medio Oriente continúa ocupando un lugar central dentro de la arquitectura de inseguridad internacional.
En 2026, esta realidad adquiere una dimensión particularmente inquietante. Mientras Estados Unidos mantiene una guerra con Irán, otro frente se consolida en Yemen, donde los hutíes han avanzado sobre la costa del mar Rojo y hacia posiciones estratégicas en el estrecho de Bab el-Mandeb, uno de los corredores marítimos más importantes del planeta.

Yemen y una guerra que nunca terminó
La guerra civil yemení comenzó a intensificarse en 2014, cuando los hutíes tomaron Saná, la capital. Un año después, una coalición encabezada por Arabia Saudita intervino militarmente para apoyar al gobierno reconocido internacionalmente. Desde entonces, Yemen ha atravesado más de una década de enfrentamientos, crisis humanitaria y fragmentación política.
Los hutíes forman parte del llamado “eje de resistencia”, una red de actores alineados con Irán en Medio Oriente. Teherán les ha proporcionado apoyo político y militar, aunque considerarlos únicamente un instrumento iraní sería impreciso, pues poseen intereses, estructuras y objetivos propios. Sin embargo, en el contexto de la guerra entre Estados Unidos e Irán, su posición estratégica adquiere una relevancia mucho mayor.
La conquista de la costa
En los últimos días, las fuerzas hutíes protagonizaron una rápida ofensiva contra posiciones vinculadas al gobierno yemení respaldado por Arabia Saudita. Su avance hacia Mokha, Dhubab y la isla de Mayyun, situada en el estrecho de Bab el-Mandeb, fortalece considerablemente su capacidad de presión sobre el tráfico marítimo de la región.
Esto no significa necesariamente que los hutíes puedan cerrar unilateralmente todo el estrecho. Sin embargo, controlar posiciones costeras e islas estratégicas les proporciona capacidad de vigilancia, presión e incluso potencial interdicción sobre una de las arterias comerciales más sensibles del mundo. En términos geopolíticos, esa capacidad resulta especialmente relevante porque aparece precisamente cuando otra de las grandes rutas energéticas del planeta también se encuentra bajo presión.
Bab el-Mandeb, la puerta que conecta dos mundos
Bab el-Mandeb conecta el golfo de Adén con el mar Rojo y, posteriormente, con el canal de Suez y el Mediterráneo. Al sur se abre hacia el océano Índico y las principales rutas comerciales de Asia, por lo que constituye una verdadera bisagra entre Europa, Medio Oriente y Asia.
Históricamente, alrededor del 12% del comercio mundial ha transitado por el corredor del mar Rojo y el canal de Suez. Su importancia ha aumentado todavía más debido a la crisis en el estrecho de Ormuz, por donde antes del actual conflicto transitaba aproximadamente una quinta parte de los suministros globales de petróleo y gas natural licuado. Ante la creciente inseguridad en Ormuz, el mar Rojo adquirió una función todavía más importante como ruta alternativa para las exportaciones energéticas, particularmente las de Arabia Saudita hacia Europa. Ahora, esa segunda vía también enfrenta una presión creciente.
Dos estrechos, una misma crisis
Aquí se encuentra una de las dimensiones geopolíticas más importantes de la actual coyuntura. Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos para ejercer presión sobre Washington y sus aliados, sino incrementar suficientemente el costo económico y político del conflicto.
La capacidad iraní de amenazar la navegación en Ormuz ya ha restringido los flujos energéticos del Golfo y elevado las primas de riesgo. Paralelamente, el fortalecimiento de los hutíes alrededor de Bab el-Mandeb amenaza otra de las rutas fundamentales para transportar petróleo y mercancías. Aunque Teherán no controle directamente al movimiento hutí, el resultado estratégico es difícil de ignorar: actores alineados con Irán poseen capacidad de presión alrededor de dos de los corredores marítimos más sensibles del sistema energético mundial.
Las consecuencias ya se reflejan en los mercados. El pasado 11 de septiembre de 2026, el petróleo se encontraba por encima de los 100 dólares por barril y el precio promedio del diésel en Estados Unidos superó los seis dólares por galón. Esto trasciende el costo de llenar un tanque, pues el diésel mueve camiones, maquinaria agrícola y buena parte de la infraestructura logística, por lo que su encarecimiento termina trasladándose hacia alimentos, productos industriales y, finalmente, inflación.
El costo de evitar el mar Rojo
Existe una alternativa para los buques que buscan evitar Bab el-Mandeb y el canal de Suez: navegar alrededor del cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África. Sin embargo, esta ruta incrementa considerablemente las distancias, los tiempos de transporte, el consumo de combustible y los costos de seguros.
La experiencia reciente ya demostró sus consecuencias. Los ataques hutíes contra embarcaciones comerciales obligaron a numerosas navieras a abandonar temporalmente el mar Rojo, alterando cadenas de suministro y aumentando los costos de transporte. Por ello, lo que ocurre frente a las costas de Yemen puede terminar reflejándose en precios, inflación y disponibilidad de bienes a miles de kilómetros de distancia.
Veinticinco años después
Existe una ironía histórica difícil de ignorar. El 11 de septiembre de 2001 demostró que incluso la mayor potencia militar del planeta podía ser vulnerable cuando actores relativamente pequeños encontraban la forma de explotar puntos específicos de debilidad. Veinticinco años después, esa lógica permanece, aunque las herramientas hayan cambiado.
En 2026, la vulnerabilidad ya no se expresa únicamente a través de ataques directos, sino mediante drones, misiles, petroleros, oleoductos, estrechos marítimos y cadenas de suministro. La seguridad internacional tampoco puede medirse únicamente por el número de portaaviones, bases militares o cabezas nucleares que posee un Estado, sino por quién tiene la capacidad de interrumpir los flujos que mantienen funcionando la economía global.
Si Ormuz continúa bajo presión y Bab el-Mandeb se convierte nuevamente en un corredor de alto riesgoe, el mundo podría enfrentar simultáneamente dos amenazas sobre las principales arterias del sistema energético internacional. Veinticinco años después del 11-S, el mundo es más interdependiente, tecnológicamente más avanzado y militarmente más sofisticado, pero eso no significa que sea más seguro. Quizá esa sea la reflexión más incómoda de este aniversario: las guerras del siglo XXI ya no necesitan llegar hasta nuestras ciudades para alterar nuestras vidas, a veces basta con amenazar una puerta estratégica en el otro extremo del mundo.
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