Hay lugares que parecen haber nacido para ser escenario. Biarritz es uno de ellos: entre el Atlántico, los acantilados y las villas aristocráticas, ha sido testigo mudo de la fastuosidad de la emperatriz Eugenia de Montijo, que hizo de sus veranos todo un acontecimiento; Chanel encontró su duende; Picasso concibió una obra. Hoy, la ciudad se desvive por ser eterna.
Por Irma Aguilar

Pasear por Biarritz es como viajar en un túnel del tiempo. Una empieza a imaginar la pompa y el lujo que marcaron la ciudad, y que aún la definen, no solo en tiempos de Eugenia de Montijo, sino también con figuras como Coco Chanel, Pablo Picasso o los surfistas que cabalgaron sus olas en los años cincuenta.
Al cerrar los ojos, mientras tomo un café cerca del mercado des Halles, inaugurado en 1885, parece que llegan ecos de jazz, blues y charlestón. El art déco salpica la ciudad y le otorga un encanto singular que, desde su apogeo en la agenda de monarcas, aristócratas y visitantes ilustres a mediados del siglo XIX, ha permanecido en el escaparate de las tendencias.
Y prueba de ello es el desfile estival de Chanel para presentar su colección Crucero 2026-2027. Fue bastante simbólico, ya que, en esta región de impresionante verdor, montaña y humedad, a la Mademoiselle la poseyó el duende para interpretar el suéter y adaptar la prenda masculina a la silueta femenina.
No solo se inspiró en los marineros y los veraneantes que usaban prendas cómodas en lugar de los corsés rígidos de la época, sino que desde aquí gestó su gran revolución estilística. La libertad de movimiento, la comodidad y la fluidez fueron sus señas de identidad.

Asimismo, en esta localidad de 25 mil habitantes, que en verano multiplica varias veces su población, abrió su primera casa de costura en 1915, con boutique y taller, en la Villa de Larralde. En París comenzó en 1910 con su tienda especializada en sombreros.
En un folleto que la Maison francesa publicó con motivo del gran acontecimiento veraniego, Miren Arzalluz, directora general del Museo Guggenheim Bilbao, escribió sobre esa libertad artística que la ciudad balneario infundió a Chanel y exaltó las palabras de Víctor Hugo, quien la describió con ingenio.

“En Biarritz uno se baña como en Dieppe, como en Le Havre o en Tréport, pero no sé qué tipo de libertad inspira este hermoso cielo que permite este dulce clima”, plasmó el escritor francés, refiere Arzalluz.
Dichas palabras, del también asiduo a San Sebastián, en el País Vasco español, y entre sus más fervientes admiradores, están en el texto fechado en dicho paraje en 1843: En voyage. Alpes et Pyrénées.
Por su parte, el presidente del Centro Pompidou, en París, Laurent Le Bon, presentó el enclave del País Vasco francés como un rincón cosmopolita y culturalmente muy activo desde finales del siglo XIX. Sus paisajes de sol y monte, ambiente, casinos y dolce vita atrajeron a artistas, escritores y músicos.
Le Bon esboza a Biarritz como una encrucijada donde confluyen mundos diversos. Recuerda el halo dejado por Pablo Picasso, al plasmar su mirada de la villa vascofrancesa en el cuadro Las bañistas.
Carlota de México y Eugenia de Francia: dos mujeres, un propósito

“Hizo de esta localidad ―que aparece en escritos del siglo XI, como un pueblo ballenero― una urbe con mucho encanto”.
Relata que la emperatriz consorte de origen español, quien puso de moda en la corte gala el abanico, la mantilla y la crinolina, insistió tanto en veranear en este lugar que su marido le cumplió el capricho y levantó un palacio entre 1854 y 1855, inspirado en el estilo Luis XIII ―con mezcla de elementos renacentistas y barrocos, con ladrillo y piedra, torres, buhardillas y pabellones―. “Tiene forma de E, de Eugenia y, lo más bonito”, destaca Dubois, “es que tiene una capilla con arte mexicano y granadino”.

Se refiere a la Chapelle Impériale, de estilo romano-bizantino e hispano-morisco, definida como una maravilla y con muchos exvotos. Fue construida en 1864 a petición de María Eugenia Ignacia Agustina de Palafox Portocarrero y Kirkpatrick, nacida en Granada hace dos siglos.
Consagró la capilla a la Guadalupana, patrona de México. El templo fue erigido justo en el momento en que Francia intervenía militarmente en México. De hecho, se señalaba a Montijo, título nobiliario de origen paterno, como férrea defensora de la invasión. Dicha posición ha sido ampliamente estudiada.

Me viene a la cabeza la emperatriz Carlota, en México, y los apuros que pasó. Su relación con Montijo fue al principio diplomática y luego muy tirante. Me resuena el eco de las palabras de Carlota al definir a Napoleón III como “el mismísimo demonio”.
Reflexiono en el concepto de América Latina, que ya circulaba entre los intelectuales, pero que Francia hizo suyo y contribuyó a difundir en la década de 1860 para referirse a los países hispanoamericanos. El Segundo Imperio francés se apropió de dicha etiqueta en el contexto de su intervención en México para reivindicar una comunidad de pueblos latinos frente a la influencia estadounidense.

En fin, que esa cuestión no me atañe. Volvamos a la andaluza que dejó, indefectiblemente, huella. La Montijo, poseedora de una colección extraordinaria de joyas, cuya corona figuró entre las piezas sustraídas del Louvre el año pasado y que los ladrones abandonaron en las inmediaciones. Fue tía bisabuela de Cayetana Fitz-James Stuart, la duquesa de Alba. Fue tachada de soberbia y frívola por su extraña belleza, porte elegante e impecable cultura, pero, aun así, ha hecho añicos la barrera del tiempo y habita en el imaginario francés. Su estancia en Biarritz atrajo a toda la nobleza europea; de hecho, la aristocracia rusa edificó una iglesia ortodoxa.
Según Dubois, Montijo, quien murió en Madrid a los noventa y cuatro años, inspiró a Prosper Mérimée para escribir La habitación azul, dedicada a “Madame de la Rhune”, el pseudónimo con el que el escritor se refería a Montijo, por su admiración a la región, el reino del tótem del paisaje: el monte La Rhune.
La nouvelle del escritor narra una relación ilícita ―en la que, por cierto, la zapatilla de la protagonista huele a vainilla y ella lleva el perfume de la emperatriz Eugenia―. El autor de Carmen, que luego Georges Bizet convertiría en ópera, “la adoraba. Era un amor platónico, muy bonito”, destaca.
La invención del turismo

Además del Hôtel du Palais, en la actualidad un hotel de cinco estrellas, a Dubois le fascina el faro. “Desde ahí se puede admirar toda la ciudad, las rocas e incluso se ve la costa española y los acantilados.
El amigo de Jeanne Dubois, natural de Bayona, Michel Bordatto, cuenta que lo interesante de dicho punto es que se ve la perspectiva del sur y del norte. “Precisamente ahí está el límite geológico entre la costa rocosa que va hasta La Coruña, unos 800 km. Al norte hay 600 km de arena hasta Bretaña”. En cuanto al número de playas, especifica que hay ocho, y la más emblemática y fotografiada es la Grande Plage, salpicada de rocas gigantes, que lleva hacia la Virgen de Biarritz.

“En Biarritz se inventó el turismo en Francia y fue un lugar de innovación”, puntualiza. Convergieron varios factores. Llegó el tren, los médicos pusieron de moda los baños de mar. Montijo veraneaba en San Sebastián y al descubrir Biarritz contagió su pasión a la nobleza. Otra novedad fue el turismo de golf, impulsado por la afición de los ingleses. Asimismo, la Costa Vasca española y francesa se llenó de casinos y, hacia los años cincuenta, el surf la convirtió en la California europea.

Dejo atrás el bullicio de toda esta historia y me doy un baño en Bidart, otro pequeño poblado volcado al surf y cuya playa de Erretegia continuamente ha aparecido en la prensa del corazón española. Iñaki Urdangarín, el ex de la infanta Cristina, la hermana del rey Felipe, ha sido varias veces fotografiado con la que hoy es su pareja. Pienso en lo que han contemplado Chanel o Madonna, quien vivió muy cerca de aquí, y deseo larga vida a este paraje entre acantilados que gradualmente se va gentrificando.
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