Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
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Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
¿Fuiste el consentido de la casa o el rechazado?

¿Fuiste el consentido de la casa o el rechazado?

favorito

¿Sientes que tus hermanos crecieron bajo los reflectores mientras tú eras el extra “tras bambalinas”? ¿Que ellos gozaron de privilegios VIP y tú de la famosa frase “ahorita no”? ¿Eres de los que aún guarda rencor y no consigue superar el dolor porque a los cinco años tus padres, casualmente, se “olvidaron” de ti?

Bueno, pues te cuento que esa sensación de rechazo que sientes por no haber sido el favorito de papá y mamá tiene una explicación.

Antes de contarte de qué va todo esto, te confieso que siempre fui el consentido de mi mamá; “el niño consentido”, y ella lo decía sin pudor. También decía que “fui el pilón”. Sí, eso me volvió bastante mimado, quizá quisquilloso (picky), y a mis hermanos no les encantaba.

Ellos me llevan casi 12 años y mi hermana, 5. ¡Ella fue la misma que me metió en un cajón a las pocas semanas de nacido porque no me quería! Mis hermanos no entendían por qué mi mamá me desmenuzaba el pollo o me cocinaba exactamente lo que me gustaba. Aunque, eso sí, desde muy chico yo también empecé a meterme a la cocina.

Con nuestra nana, Olga, la “Gordis” —adorada, y que en realidad fue más mi nana que la de todos—, pues qué creen: ¡también era su predilecto! Con ella aprendí a cocinar, y conocí “Sombras nada más” de Javier Solís; apenas me despertaba o llegaba del kínder, ella me cargaba y bailábamos esa deliciosa canción con un taco de frijoles y chipotle en una mano y sujetando la suya con la otra. Fue tan importante como mi mamá. Olga se fue de la casa cuando yo tenía 16 años por un disgusto que le causó mi ex cuñada, con quien, por rencor, no volví a hablar hasta hace un par de años. Un “hola y adiós”. Más que suficiente, ¿no les parece?

A la gran “Gordis” no la volví a ver hasta 17 años después, cuando yo tenía unos 35. Regresando de nuestro restaurante, Los Girasoles, en el Centro Histórico, la reencontré cruzando Reforma, cerca del Ángel, por donde viví de niño y adolescente. De ahí en adelante, me hice cargo de ella hasta que murió de diabetes, ciega y sin una pierna.

Mi hermana Perla era la consentida por ser la única mujer. Pero, siendo honestos, si hablamos del consentido real… ese fui yo, y me gustaba mucho.

Lo que dice la ciencia de los «no consentidos»

Volviendo al tema, diversas investigaciones de las últimas décadas confirman lo que muchos ya sospechaban: el hermano “menos favorecido” suele presentar una salud mental más frágil, relaciones familiares más erosionadas y un desempeño académico inferior al de los hermanos favorecidos.

Otros estudios indican que estas dinámicas familiares afectan la salud mental mucho más allá de la juventud. Así que ahora que eres un adulto, el haber sido el hijo “no favorito” pudo afectar tu bienestar emocional, psicológico y social, así como la manera en la que intentas actuar de forma equilibrada. También influye en cómo afrontas el estrés cotidiano, cómo te relacionas con otros y cómo tomas decisiones.

En otras palabras: tu capacidad de vivir con estabilidad, autonomía y sentido depende, en gran medida, de si fuiste el favorito o no. Es increíble: pese a los esfuerzos que hagas por dejar atrás ese resentimiento, la desigualdad que hubo entre tus hermanos y tú terminó afectando tu salud mental. Te quedas como anclado.

Sé que los padres contemporáneos son más conscientes de estas cosas; que luchan contra ellos mismos por no tener favoritismos y que el trato sea igualitario, ¡pero no es una tarea sencilla! A esto se suma que los efectos del favoritismo parental son difíciles de estudiar, empezando porque ningún padre responderá preguntas tan incómodas como: “¿quién es tu consentido?”, “¿a qué hijo le destinas más recursos?” o “¿de cuál te sientes más decepcionado?”.

Sin embargo, un reciente estudio de sociología de la Universidad Purdue, realizado a 500 madres con hijos adultos, halló algo sorprendente: dos tercios de los padres tienen un hijo preferido, ¡y ese hijo suele ser el mismo a lo largo de toda su vida!

Aquí va el segundo hallazgo: los favoritos suelen ser las hijas y los hermanos menores (¿ven por qué les digo que mi hermana y yo éramos los consentidos?). Durante la infancia, las hijas son más propensas a recibir un trato preferencial.

Así que, queramos o no, el favoritismo parental —sobre todo en familias con dos hijos— suele ocurrir.

Sociológicamente hablando, los padres favorecen a los hijos agradables, responsables y fáciles de criar; cuando estos son adultos, los premian aún más si comparten valores religiosos o políticos.

Por otro lado, el hecho de que existan hijos “problema” (con adicciones o antecedentes legales) no siempre influye en el favoritismo materno. Muchas madres se unen más a ellos y justifican que “son buenos chicos” y que nada es su culpa.

Las consecuencias de no hablar

favorito

Lo que no se puede descartar es que el favoritismo trae consecuencias reales porque los hijos perciben el trato desigual como injusto. Lo peor es que los padres suelen evadir el tema cuando viene el reclamo; aunque todos sepan quién es el favorito, nadie habla de ello. En mi caso, sí se hablaba, se aceptaba y se reclamaba… a veces.

Si eres padre o abuelo, ten en cuenta que los niños observan atentamente cómo los tratas en comparación con sus hermanos. Los niños “no favoritos” pueden sufrir de ansiedad, depresión y relaciones tensas en el futuro. Crecer pensando que debes “ganar el favor de tus padres” no debe ser nada fácil.

Recuerdo a la abuela de un querido amigo diciendo que cada hijo era diferente, como lo es cada dedo de la mano. ¿Y si ponemos sobre la mesa que un hijo necesita más ayuda con la tarea que el otro, o que hay que comprarle un pijama a uno porque el suyo está desgastado? Si los hijos comprenden la razón lógica de “la diferencia”, los efectos negativos se disipan como por arte de magia.

Ahora, ser un “niño consentido” como yo, ¿no tiene desventajas? ¡Por supuesto que sí! Sufrimos cuando la brecha entre nosotros y nuestros hermanos se vuelve demasiado grande. La verdad, nunca me sentí culpable o indigno, pero a los niños, por naturaleza, les gusta la igualdad y la justicia.

Si fuiste el hijo “no favorito” y sigues atormentado, déjame decirte que esa sensación no se diluye con el tiempo. El favoritismo parental no caduca: sigue intacto aunque tengas 103 años, como los que tuvo mi mamá hasta este septiembre que se fue. De hecho, no descartes que, en su lecho de muerte, una madre decida regalar una última “perla emocional” y confiese que siempre quiso más a un hermano que a ti.

Hay quien crece con la expectativa de que nadie podría amarte más que tu propia madre, pero permíteme compartirte una revelación: la única persona capaz de quererte incondicionalmente eres tú mismo. Y, a diferencia de ella, tú al menos no tienes favoritos.

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