Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Columna de opinión:

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Cabrón, chispa y casual

Por: Eddy Warman
Sam Walton (Sam’s), detonó la «Guerra de las Colas»

Sam Walton (Sam’s), detonó la «Guerra de las Colas»

Los Cuatro Felices: Coca, Pepsi, Litio y Sam

Amigos lectores, pocas cosas podrían haber sorprendido más a Sam Walton aquella mañana.

Frente a él, en su oficina, un ejecutivo de Pepsi sostenía una enorme botella de plástico. Walton observaba con escepticismo. No era un comerciante cualquiera. Samuel Moore Walton era ya una figura respetada en el comercio estadounidense. Había combatido durante la Segunda Guerra Mundial, había abierto su primera tienda en Arkansas en 1945 y, en 1962, había fundado Walmart con una idea aparentemente sencilla pero revolucionaria: vender más barato que todos los demás.

Su visión de instalar tiendas en pueblos pequeños, donde las grandes cadenas no querían llegar, estaba transformando el comercio minorista de Estados Unidos. Aquel hombre terminaría creando la cadena de tiendas más grande del mundo y convirtiéndose en uno de los empresarios más exitosos y ricos de su época.

walton

Precisamente por eso, si alguien sabía evaluar un producto, era Sam Walton.

Entonces ocurrió algo inesperado. La botella cayó. Se precipitó desde la altura de la mesa y golpeó el suelo. Por un instante, Walton pensó que aquella alfombra terminaría cubierta de refresco pegajoso. Imaginó pedazos de envase por toda la oficina. Imaginó el fracaso de una idea que sonaba demasiado arriesgada para el mercado. Pero nada de eso ocurrió. La botella rebotó.

Y así, con un golpe seco sobre el piso de una oficina corporativa, comenzó una de las revoluciones más importantes en la historia de los refrescos: la llegada de la Pepsi-Cola de 2 litros.

Lo curioso es que la mayoría de nosotros pensamos que la historia de Coca-Cola, Pepsi-Cola y 7Up gira alrededor de las fórmulas secretas, de los sabores o de las campañas publicitarias. Sin embargo, muchas veces las grandes transformaciones no ocurren dentro de un laboratorio. Ocurren dentro de una sala de juntas.

A finales de los años sesenta, Coca-Cola dominaba el mercado mundial. Su característica botella de vidrio era tan famosa que prácticamente podía reconocerse en cualquier rincón del planeta. Era un símbolo cultural. Era una marca. Era una forma de entender el consumo.

Pepsi necesitaba una respuesta. Y esa respuesta llegó de la mano de un joven ejecutivo llamado John Sculley.

Mientras la mayoría pensaba en competir con una botella más elegante o con una campaña más agresiva, Sculley observó algo que los demás no estaban viendo. Las familias consumían cada vez más refresco en casa. Las reuniones crecían. Las fiestas infantiles se multiplicaban. El consumidor buscaba comodidad y ahorro.

Entonces formuló una pregunta que cambiaría la industria. ¿Por qué vender más botellas cuando se puede vender una botella más grande? Aquella idea parece obvia hoy. Hace más de medio siglo parecía una locura.

Y es precisamente ahí donde comienza la otra gran historia de los refrescos: la historia de cómo una bebida que nació como medicamento terminó convirtiéndose en uno de los negocios más poderosos del planeta.

Porque mucho antes de la botella de 2 litros, mucho antes de Michael Jackson, mucho antes de los anuncios navideños y de las guerras publicitarias, los refrescos eran otra cosa.

 

Eran tónicos. Eran remedios. Eran experimentos farmacéuticos. Todos hemos escuchado que Coca-Cola nació en una farmacia. Lo que no siempre recordamos es que nació exactamente como eso: una fórmula desarrollada por un farmacéutico que buscaba crear un estimulante para combatir el cansancio y la fatiga. La bebida llevaba extractos de hoja de coca y nuez de cola.

Y sí, amigos lectores, durante sus primeros años contenía pequeñas cantidades de cocaína. Hoy parece imposible. Pero el siglo XIX era otro mundo.

La cocaína todavía no era considerada una sustancia prohibida y aparecía en numerosos productos medicinales de la época. Nadie imaginaba que aquella bebida terminaría convirtiéndose en el producto más reconocido del planeta.

La historia de 7Up tampoco se queda atrás. Cuando apareció en 1929, ni siquiera se llamaba 7Up. Su nombre era tan complicado que parecía una fórmula magistral salida de una farmacia: Bib-Label Lithiated Lemon-Lime Soda. La palabra clave era «Lithiated». Porque aquella bebida contenía citrato de litio. Sí, litio.

El mismo elemento que décadas después sería utilizado bajo supervisión médica para ciertos tratamientos psiquiátricos.

Visto desde la actualidad resulta casi increíble imaginar a millones de personas consumiendo un refresco que contenía un compuesto de esa naturaleza. Sin embargo, aquellas bebidas nacieron en una época en que la frontera entre la farmacia y la industria de alimentos era mucho más difusa de lo que imaginamos.

Con el paso de los años llegaron las regulaciones, las investigaciones científicas y los cambios de fórmula.

La cocaína desapareció de Coca-Cola. El litio desapareció de 7Up. Pero ocurrió algo extraordinario. Las marcas sobrevivieron. Y no solamente sobrevivieron. Conquistaron al mundo. Entonces comenzó la verdadera guerra. La llamada Guerra de las Colas.

Una batalla en la que ya no importaba únicamente el sabor. Importaba la emoción. Importaba la identidad. Importaba la capacidad de construir un mito. Coca-Cola apostó por la felicidad, la familia y la tradición. Pepsi apostó por la juventud, la rebeldía y las nuevas generaciones.

Unos construyeron la imagen moderna de Santa Claus. Los otros contrataron a Michael Jackson. Unos se apropiaron de la Navidad. Los otros se apropiaron de la cultura pop. Mientras tanto, millones y millones de botellas seguían saliendo de las plantas embotelladoras.

Y entonces apareció aquella botella de 2 litros que Sam Walton vio rebotar frente a sus ojos. El invento cambió por completo los hábitos de consumo. De pronto el refresco dejó de ser exclusivamente una bebida individual. Se convirtió en una bebida para compartir. Las comidas familiares. Las carnes asadas. Los cumpleaños. Las reuniones de domingo.

Todo comenzó a organizarse alrededor de una gran botella colocada en el centro de la mesa. Lo que parecía únicamente un nuevo envase terminó modificando la conducta de millones de consumidores. Y los números resultan simplemente impresionantes.

Hoy se consumen cerca de dos mil millones de bebidas del sistema Coca-Cola cada día en el mundo. Eso significa más de 693 mil millones de porciones al año. PepsiCo, por su parte, reporta más de mil millones de consumos diarios de sus productos alrededor del planeta. El mercado mundial de refrescos mueve cientos de miles de millones de litros anualmente y continúa siendo uno de los negocios más grandes de la industria alimentaria.

Mientras Coca-Cola y Pepsi crecían, 7Up alcanzó una época dorada. Llegó a convertirse en el tercer refresco más vendido del mundo, sólo detrás de las dos gigantes de las colas. Su campaña de «The Uncola» marcó una época y le permitió convertirse en un fenómeno cultural por derecho propio.

Sin embargo, ninguna historia de los refrescos estaría completa sin hablar de otro cambio revolucionario.

La obesidad. La diabetes. La preocupación por el azúcar. Las empresas volvieron a los laboratorios. Aparecieron el aspartame, la sucralosa, el acesulfame K y otros edulcorantes de alta intensidad.

Nacieron las versiones light. Las zero. Las sin calorías. Los refrescos tuvieron que reinventarse otra vez. La industria comprendió que los consumidores querían seguir disfrutando del sabor, pero cada vez prestaban más atención a los ingredientes y a la cantidad de azúcar que consumían. Quizá por eso esta historia resulta tan fascinante. Porque habla de farmacéuticos experimentando con ingredientes sorprendentes.

Habla de cocaína y de litio. Habla de Santa Claus y de Michael Jackson. Habla de un joven ejecutivo llamado John Sculley que imaginó una botella más grande cuando todos pensaban en hacer una botella más bonita. Habla de Sam Walton, el fundador de Walmart, observando una botella caer sobre el piso de su oficina sin romperse. Y habla también de cómo una simple bebida terminó convirtiéndose en uno de los productos más influyentes de la civilización moderna.

Todo comenzó con una farmacia. Y, curiosamente, una parte fundamental de esa historia cambió para siempre el día en que una botella de Pepsi-Cola de 2 litros cayó al suelo de la oficina de Sam Walton… y no se rompió.

También puedes leer: ¿Por qué son tan caras las medicinas en México? ¿Y la Profeco? ¿Y Cofepris?

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