Canto a las golondrinas, ¿en Francia?

Canto a las golondrinas, ¿en Francia?

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Mural de las golondrinas, en Mauléon, Francia.

Por: “Las golondrinas»

Periodista especializada en gastronomía, arte y cultura, colaboradora de medios españoles. Corresponsal de Eddy Warman desde San Sebastián. IG @irmaa.aguilar

¿“Las golondrinas” en Bayona?, me pregunté cuando pasaba a mi lado una banda musical en las fiestas de la ciudad vascofrancesa. ¿Qué mexicano no se emociona con esos acordes? En un instante me vi en México. Escuché la voz de Pedro Infante y recordé las despedidas a los amigos que se iban a otro país, mi graduación de la facultad, a mi padre…

Fotografía por: Irma Aguilar

Días después, paseando por Mauléon, uno de los municipios de Zuberoa, una de las tres provincias históricas que forman el País Vasco francés o Iparralde, me topé con un letrero peculiar. Era de madera, carcomida por el tiempo, y estaba en la esquina de una plaza. Rezaba: “El camino de las golondrinas”, tanto en español como en francés, Le chemin des hirondelles.

¿Golondrinas, otra vez? Volví a preguntarme. Así que me acerqué y me enteré de que el nombre de estas aves está entrelazado con la historia de la alpargata francesa.

El letrero tenía en grande la palabra AinarakLas golondrinas, en vasco–. Cuenta que, entre 1880 y 1930: “cientos de mujeres de Navarra y Aragón cruzaban la montaña a pie a finales del otoño para emigrar durante una temporada a trabajar en las fábricas de alpargatas en Mauléon”. En primavera volvían a sus pueblos. Se les llamaba “las golondrinas” como a las aves migratorias y algunas terminaron haciendo su nido allí, contribuyendo al crecimiento de la ciudad.

golondrinas
Fotografía por: Michel Lamarque

Más tarde, al asomarme a la tienda de alpargatas Le nid des hirondelles, entendí un poco más. Me enteré de la importancia de Mauléon —Maule-Lextarre, en vasco—: es la capital francesa de la alpargata.

En las paredes, unos carteles contaban que las espardenyes, en catalán, datan del siglo XII, y que en el Neolítico se usaba una sandalia de piel… “Al igual que los egipcios, solo que estas eran de oro”, me dije al recordar unas expuestas en el MET de Nueva York.

Imagen de los talleres de Pascal Cherbero, el rey de la alpargata en el sur de Francia del siglo XIX.

En el siglo XVII, Valencia las exportaba al País Vasco francés. El negocio fue boyante, hasta que estallaron las guerras carlistas y la migración española hacia Francia se disparó. Posteriormente, comenzó la edad de oro de la espadrille francesa. Fue entonces cuando las golondrinas, jóvenes de unos 25 años, muchas de ellas próximas a casarse, trabajaban para comprarse su ajuar.

Cada otoño aparecían en Mauléon, y para la región fueron símbolo de bienaventuranza. La industria creció de tal manera que, a comienzos del siglo XX, una de las grandes fábricas de la localidad, la de Pascal Cherbero, llegó a producir unos tres millones de pares de alpargatas al año. Se exportaban no solo a América del Sur y Canadá, sino también a Argelia, Rusia y Alemania.

Taller del alpargatas Donquichosse, en de Mauléon-Licharre, Francia.

Cherbero, el rey de la alpargata, que procedía de una familia humilde y primero se dedicó a la herrería, con ingenio tejió un imperio. Con él, la industria maulonesa alcanzó una dimensión sin precedentes: construyó una central eléctrica y en 1904 creó la primera hiladora de yute del suroeste de Francia. Registró varios inventos como la impermeabilización de las alpargatas.

Su emprendimiento empleó hasta mil personas, entre ellas, golondrinas… pero un día, el jinete del Apocalipsis apareció anunciando la Primera Guerra Mundial y volaron a otros cielos.

El declive se dio a cuentagotas. Gradualmente la industria de este tipo de calzado fue desdibujándose debido a una serie de factores encadenados: las huelgas y los conflictos laborales, algunos incendios, la competencia extranjera y, sobre todo, la aparición de los tenis, que hasta hoy mantienen su reinado.

Actualmente existen unos cuantos talleres de alpargatas en la pequeña ciudad del sur de Francia con un importante pasado medieval. Aunque, al parecer, nada es como antes, se aferran a sobrevivir y a seguir dejando huella en las futuras generaciones, sobre todo en verano, cuando la alpargata brilla por todo lo alto.

Una canción que desata un recuerdo

Imagen de la película de Luis Mariano: El cantor de México (Le Chanteur de Mexico)

Otro día, cruzando a pie la frontera de Francia, rumbo a Irún, España, por el mítico puente Avenida sobre el río Bidasoa, testigo mudo del éxodo masivo de españoles detonado por la Guerra Civil. Volví a toparme con “Las golondrinas”. Esta vez, una canción que sonaba en la radio de un bar.

Era el aniversario del fallecimiento del cantante Luis Mariano, un 14 de julio de 1970. Un amigo francés me dijo que “La golondrina” era una canción muy conocida y un éxito de Luis Mariano, un artista mítico.

¿Francesa?, me dije incrédula y me puse a investigar. Me topé con un artista que cruzaba fronteras sin pasaporte solo con su voz y su carisma, su amplia sonrisa y dentadura perfecta, a quien el sombrero de charro le sentaba muy bien.

Luis Mariano fue un tenor que triunfó en francés, español y también cantó en euskera. Un vasco nacido en Irún que tuvo que emigrar con su familia a Francia con la Guerra Civil. “Hacia los años cincuenta obtiene un permiso para atravesar la frontera y filmar en España”, me cuenta Ángel Pazos, fundador y director artístico de la Asociación Lírica Luis Mariano de Irún.

El cantante de opereta Luis Mariano, también cantó La golondrina o Las golondrinas, como se llama en México a la canción.

También destaca que este «irunés universal», que además de pintar y diseñar su vestuario y escenario, “es toda una referencia de la canción española. A muchos nos acunó”. Detalla que tiene una calle en Irún, además de una estatua.

Luis Mariano falleció en París y está enterrado en Arcangues, a pocos kilómetros de donde me encuentro: Bidart.

Lo que más me conmueve de la historia es que cantó a México con mucha entrega e ilusión y, además, su figura y su voz me sonaban conocidos. Mi padre lo escuchaba; yo incluso recuerdo haberlo visto en televisión. Me pregunto, ¿quién de mi generación no lo vio?

Corrían los noventa y los sábados mi abuela veía un programa llamado Cine de Barrio, que lo presentaba Carmen Sevilla, otra grande de España, amiga entrañable de Luis Mariano. Él hizo más de 20 películas y vendió unos cinco millones de discos. También cantó a Acapulco, a España: Cádiz, Andalucía, Valencia; a Francia: Biarritz, Bayona, San Juan de Luz; a Italia: Nápoles, Venecia; a Brasil, Texas, Seúl.

Y, por supuesto, cantó “La golondrina”.

El misterio de “Las golondrinas”

Portada de una edición de 1923 de La Golondrina, de Narciso Serradell. Colección de partituras de Arizona State University.

En realidad, “La golondrina”, que popularmente en México es “Las golondrinas”, es otra migrante más en esta historia y guarda un misterio: un acróstico.

Se cuenta que la música es de Narciso Serradell Sevilla, de Alvarado, Veracruz (1843-1910), un músico que, durante la intervención francesa en México, fue capturado y desterrado a Francia.

El origen de la letra no se conoce con certeza. Una de las hipótesis la relaciona con el “Romance morisco”, incluido en Aben Humeya, drama histórico del escritor español Francisco Martínez de la Rosa. La obra fue escrita durante su exilio en Francia y estrenada en París en 1830.

Fotografía por: Irma Aguilar

Buscando pistas, llegué a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, donde encontré el romance. Había, en efecto, golondrinas, migración, tristeza por lo que se dejó atrás y el deseo de volver, pero no encontré versos que correspondieran de manera directa a “Las golondrinas”.

Otra hipótesis es que la letra podría atribuirse al poeta, dramaturgo e historiador vasco español Juan Niceto Zamacois Urrutia (1820-1885), quien emigró a México y cuya autoría se ha señalado en diversas fuentes, aunque no existe consenso absoluto sobre ella.

Sea cual sea la verdad, esos acordes y esas palabras cruzaron fronteras: no solo los hicieron suyos los franceses; también llegaron a Elvis Presley en “She Wears My Ring”, y a Nat King Cole en “The Swallow”.

Deshilvanadas las historias que aluden a la golondrina —andarina en Asturias, anduriña en Galicia, aureneta en Cataluña, oronel en Valencia, y andorinha en Portugal—, todas relacionadas con el latín hirundo, me quedo con la imagen de estas aves prodigiosas: movimiento, viaje, renovación y regreso.

Y aún me queda el misterio del acróstico: “Al objeto de mi amor”, que puede leerse en las primeras letras de los versos de la versión que acompaño. ¿A quién estaría dedicado? ¿A un amor prohibido, imposible? ¿O simplemente es un poderoso canto a la libertad, a remontar el vuelo hacia otros cielos y, algún día, regresar?

“La golondrina”

A dónde irá, veloz y fatigada,
La golondrina que de aquí se va?
Oh, si en el viento se hallara extraviada
Buscando abrigo sin poderlo hallar!

Junto a mi lecho le pondré su nido
En donde pueda la estación pasar.
También yo estoy en la región perdido,
Oh, cielo santo!, y sin poder volar.

Dejé también mi patria idolatrada,
Esa mansión que me miró nacer.
Mi vida es hoy errante y angustiada
Y ya no puedo a mi mansión volver.

Ave querida, amada peregrina,
Mi corazón al tuyo acercaré,
Oiré tu canto, tierna golondrina,
Recordaré mi patria y lloraré.

ACRÓSTICO

A · L · O · B
J · E · T · O
D · E · M · I
A · M · O · R

AL OBJETO DE MI AMOR

Fuente: Strachwitz Frontera Collection of Mexican and Mexican American Recordings, UCLA Library.

También puedes leer: El terremoto más fuerte jamás registrado en la Tierra: qué magnitud tuvo, dónde ocurrió y qué pasó

 

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