Por: Adriana González del Valle
Soy una mujer que, desde muy pequeña, se ha sentido atraída por lo profundo. Para mí, el conocimiento nunca ha consistido únicamente en acumular respuestas, sino en establecer una comunicación cada vez más honesta con ese ser interior que nos habita. Desde niña comencé a buscar mis propias respuestas allí donde muchas personas se conformaban con argumentos heredados.
No sé si esto responde al azaroso diseño con el que somos lanzados al mundo —cada uno con un mapa particular— o si existe algo en nosotros que, desde el principio, nos orienta hacia determinadas experiencias. En mi caso, la astrología describe una fuerte impronta plutoniana: una naturaleza atraída por la transformación, los procesos de muerte y renacimiento, la intensidad y aquello que permanece oculto hasta que estamos preparados para mirarlo.
Pero hay algo más que considero importante: crecí con un profundo escepticismo.
Ese escepticismo, lejos de alejarme de la espiritualidad, me protegió de confundirla con dogma. Siempre he necesitado experimentar por mí misma aquello que considero verdadero. Por eso mi búsqueda espiritual se ha encontrado muchas veces con la contemplación, la poesía, el arte, la psicología profunda y los símbolos: lenguajes que no pretenden imponernos una verdad, sino abrirnos la posibilidad de descubrirla desde la propia experiencia.
La noche oscura

La enfermedad puede convertirse en una de esas experiencias que nos llevan a la llamada noche oscura del alma.
No necesariamente porque toda enfermedad tenga un significado espiritual, sino porque la vulnerabilidad puede colocarnos frente a una realidad que ya no podemos controlar. El cuerpo nos recuerda entonces algo que nuestra conciencia suele olvidar: no somos invulnerables.
Cerca de los cuarenta años atravesé una fuerte crisis de salud. Experimenté una profunda desregulación de mis ciclos naturales y una serie de síntomas que afectaron tanto mi cuerpo como mi mundo emocional.
Busqué respuestas. Pasé por distintos consultorios, especialistas, tratamientos y diagnósticos. Sin embargo, durante mucho tiempo no encontré aquello que necesitaba.
Mientras mi cuerpo intentaba decir algo que yo todavía no sabía escuchar, el miedo comenzó a ocupar demasiado espacio en mi vida.
Fue entonces cuando llegó a mis manos un huevo de obsidiana.
Y, como suele suceder con aquello que toca una fibra profunda de nuestra psique, sentí curiosidad. Comencé a investigar.
No me interesaba aceptar ciegamente lo que se decía sobre él. Quería comprender qué había detrás de su historia y sus diversos usos. En ese camino conocí a la maestra Ana Silvia Serrano, quien desarrolló una metodología de trabajo con geometrías de obsidiana y ha dedicado décadas al estudio y práctica de este sistema.
La piedra que mira hacia dentro

La obsidiana es un vidrio volcánico. Nace cuando la lava rica en sílice se enfría rápidamente y no tiene tiempo de cristalizar. Es, literalmente, una materia nacida del fuego y detenida en el instante de su transformación.
Quizá por eso su simbolismo resulta tan poderoso. Desde tiempos antiguos, la obsidiana ha acompañado al ser humano como herramienta, espejo y objeto ritual. En Mesoamérica fue utilizada para fabricar instrumentos y armas, pero también ocupó un lugar importante en el universo simbólico y religioso.
Entre los mexicas encontramos a Tezcatlipoca, cuyo nombre suele traducirse como “Espejo Humeante”. Su simbolismo nos conduce hacia una idea fascinante: el espejo no muestra solamente aquello que queremos ver.
También puede mostrarnos aquello que preferimos mantener oculto.
Y ahí comienza, para mí, la verdadera historia de la obsidiana. No en la idea de una piedra que “hace” algo por nosotros, sino en la posibilidad de utilizarla como un símbolo y una herramienta para mirar hacia dentro.
El huevo
Dentro de la metodología de Ana Silvia Serrano, la geometría del huevo de obsidiana recibe el nombre de Osiris, en referencia al antiguo dios egipcio asociado con la muerte, la regeneración y el renacimiento. El huevo es, además, uno de los símbolos más antiguos de transformación. Contiene una vida potencial en un espacio cerrado. Algo permanece oculto hasta que llega el momento de romper el cascarón. Por eso la imagen del huevo me resulta tan poderosa para hablar de procesos femeninos.
Trabajar con esta geometría, dentro de esta metodología y bajo el acompañamiento adecuado, propone una experiencia de introspección. La atención se dirige hacia el cuerpo, las sensaciones, las emociones y aquellas partes de nuestra experiencia que quizá hemos aprendido a desconectar, negar o mantener en silencio.
No se trata de buscar respuestas afuera. Se trata de aprender a escuchar.
La Sombra
Una de las razones por las que esta metodología me interesó profundamente fue su relación con el concepto de la “Sombra” desarrollado por Carl Gustav Jung.
Para Jung, la psique humana no está constituida únicamente por aquello que reconocemos conscientemente como “yo”. También contiene aspectos que hemos rechazado, reprimido o dejado fuera de nuestra identidad consciente.
La Sombra no es necesariamente algo malo.
Es, muchas veces, aquello que todavía no hemos integrado.
La rabia que no nos permitimos sentir. El deseo que juzgamos. La vulnerabilidad que escondemos.
La necesidad que aprendimos a negar. La parte de nosotras que tuvo que hacerse pequeña para pertenecer. En la metodología de la obsidiana se trabaja con diferentes arquetipos femeninos, entre ellos la esclava, la niña, la puta, la monja y la madre siniestra.
Más que entenderlos como etiquetas sobre “lo que una mujer es”, me interesa contemplarlos como imágenes simbólicas que permiten explorar diferentes formas de relacionarnos con el deseo, el poder, la sexualidad, la maternidad, la obediencia, la culpa, el placer y la propia identidad.
El arquetipo se convierte entonces en un espejo.
Y el espejo nos pregunta: ¿Qué parte de mí estoy dejando fuera de mí misma?
Diez años mirando el espejo
Han pasado alrededor de diez años desde que la obsidiana llegó a mi vida.
Durante este tiempo he sido testigo, sobre todo, de una cosa: el poder que tiene una persona cuando comienza a escucharse de verdad.
He aprendido que ninguna herramienta puede sustituir nuestro propio proceso.
Una piedra no hace el trabajo por nosotros.
Un símbolo no transforma nuestra vida por sí mismo.
Un terapeuta tampoco puede recorrer nuestro camino.
Pero ciertas herramientas pueden ayudarnos a mirar.
Y algunas imágenes tienen la capacidad de abrir puertas hacia lugares de nuestra psique a los que no siempre llegamos a través de la palabra racional.
Para mí, la obsidiana se convirtió en una de esas puertas.
No porque me ofreciera respuestas mágicas, sino porque me enseñó a formular preguntas más profundas.
¿Qué está intentando decirme mi cuerpo?
¿Qué emoción no me he permitido sentir?
¿Qué parte de mí permanece en la sombra?
¿Qué historia sigo repitiendo?
¿Qué necesito dejar morir?
¿Y qué está intentando nacer?
Quizá por eso sigo estudiándola. Porque el verdadero conocimiento, al menos para mí, no consiste en creer.
Consiste en experimentar, observar, cuestionar e integrar.
La obsidiana me ha acompañado durante una década en ese proceso: como piedra, como símbolo, como espejo y como camino de autoconocimiento.
Y cada vez comprendo mejor que transformarse no significa convertirse en alguien diferente. A veces significa, simplemente, dejar de huir de aquello que siempre estuvo dentro de nosotros.
Si sientes curiosidad por conocer más sobre este trabajo y la metodología de la Obsidiana, puedes consultar: obsidianamx.com
Para información sobre mi trabajo, escríbeme: IG @adrianaobsidiana / adrianaobsidiana.com
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