Esta cuarta entrega de Diseñando Impacto, que celebra los 10 años de Agenda28, está dedicada a Tahona Society: una iniciativa que decidió replantear el papel de una marca dentro de la industria de la hospitalidad para convertirla en una plataforma de emprendimiento e impacto social. Su historia ha sido también uno de los mayores privilegios de nuestra trayectoria en Agenda28. Nos ha recordado el poder que tiene redistribuir oportunidades y cómo el emprendimiento social puede convertirse en una herramienta para desbloquear talento, generar movilidad y abrir caminos donde antes parecía que no existían.
Por: Valerie Kramis, emprendedora, autora y conferencista mexicana, experta en innovación social. Fundadora de Agenda28
Durante años, el mundo del emprendimiento y la innovación ha construido procesos y herramientas extraordinarias para acelerar ideas. El problema es que muchas veces fueron pensados para perfiles con acceso previo: personas con educación especializada, tiempo disponible, capital social o redes de contacto.
Tahona Society, un programa de Altos Tequila de Pernod Ricard, nos obligó a hacernos una pregunta distinta: ¿qué pasa si tomamos herramientas normalmente reservadas para startups, aceleradoras y escuelas de negocios y las rediseñamos para que sean accesibles a una comunidad global de bartenders?
La respuesta no fue simplificar el contenido ni bajar el nivel. Fue diseñar mejor. Porque democratizar oportunidades no significa reducir expectativas. Significa construir sistemas para que más personas puedan alcanzarlas.
Una comunidad que nació para compartir
La historia comienza en 2009, cuando Dré Masso y Henry Besant —dos referentes globales del industria de hospitalidad— fundaron Tahona Society con una idea clara: crear una comunidad para compartir la cultura del agave y el tequila.
No era una iniciativa comercial. Era, desde el inicio, una apuesta por la comunidad. Con los años, esa visión evolucionó hasta convertirse en un programa global de formación construido sobre tres pilares: desarrollo profesional, emprendimiento y bienestar para los profesionales de la hospitalidad. Una propuesta que reconoce algo que rara vez se dice en voz alta: quienes están detrás de la barra no solo sostienen una industria, también merecen oportunidades reales de crecimiento.
Como muchas marcas dentro de la industria, periódicamente organizaban una competencia de coctelería enfocada en reconocer al mejor bartender en técnica y creatividad. Pero en 2018 decidieron cambiar las reglas del juego y fueron más allá: en lugar de premiar únicamente el mejor cóctel, redefinieron su competencia bianual para reconocer al bartender con la mejor idea para generar impacto en su comunidad y en el planeta.
Esa decisión lo cambió todo. La competencia dejó de medirse solo por lo que se sirve en una copa y empezó a evaluarse por la capacidad de transformar una industria. Fue en ese momento cuando Agenda28 entró al proceso. Y con ello llegó uno de los desafíos más significativos en la historia de Agenda28.
Mas allá de la mixología

El mundo de la hospitalidad tiene una característica única: reúne algunos de los perfiles más diversos que uno pueda imaginar. Conviven personas que no tuvieron oportunidad de terminar la preparatoria con otras que cuentan con una formación académica extraordinaria. Es una industria donde el talento rara vez sigue un camino tradicional.
Por eso, transformar una competencia de coctelería en una competencia de proyectos de impacto social y medioambiental no era un cambio menor. Ya no bastaba con crear un gran cóctel; ahora los participantes necesitaban construir una idea, estructurar un modelo de negocio, definir métricas y presentar una visión de cambio. Eso significaba que necesitabamos ayudar a los bartenders a convertirse en emprendedores.
Para lograrlo, decidimos diseñar un programa de acompañamiento inspirado en las aceleradoras de negocios, preparando a los finalistas durante meses para llegar a la competencia final con el nivel de un Demo Day. Para construirlo, tomamos aprendizajes que yo misma había vivido años antes como participante de la incubadora de Harvard Innovation Labs.
Pero conforme el nivel del programa aumentaba, también llegaron las preguntas.
¿No estamos poniendo la barra demasiado alta?
¿Estamos teniendo en cuenta que muchos de los participantes de la competencia no tuvieron oportunidad de ir a la universidad?
¿Tiene sentido exigir el nivel que normalmente esperaríamos de estudiantes de escuelas de negocios?
Las preguntas no eran triviales. En el fondo reflejaban una creencia profundamente arraigada: que el acceso a pensamiento estratégico, educación de alto nivel y redes globales debe estar reservado para unos cuantos.
Por suerte, el equipo interno de Tahona Society y Altos Tequila nunca dejó de creer en el proyecto. Apostaron por una premisa poderosa: que el talento, la creatividad y la capacidad de transformar una industria no dependen de un título universitario. Dependen de acceso. Dependen de confianza. Dependen de oportunidad.
Las historias que sostienen el programa
Nos tomó siete años llevar Tahona Society Competition al nivel que imaginábamos. Siete años de iterar formatos, ajustar metodologías, extender la duración del programa y construir nuevas herramientas —incluyendo una app capaz de acompañar a los participantes mucho más allá de la competencia.
Hace apenas seis meses, durante la final de 2025, nos encontramos viendo las presentaciones con lágrimas en los ojos. Por primera vez sentimos que el programa estaba alcanzando aquello que habíamos imaginado años atrás. Finalmente los participantes ya no llegaban con ideas; llegaban con visión, estructura y la convicción de que podían construir algo real.
El trabajo detrás ha sido intenso y muchas veces invisible. Pero son las historias que emergen las que nos recuerdan por qué seguimos haciéndolo:
En Canadá, Alex transformó una depresión severa en una iniciativa para fortalecer la salud mental dentro de la industria de la hospitalidad.
En Cuba, en medio de restricciones estructurales, nació La Mata: una línea de productos sostenibles que no solo creó una nueva oferta, sino que abrió un mercado que antes no existía.
En Colombia, Green Apple convirtió el desperdicio de vidrio generado por bares y restaurantes en un sistema de reciclaje con impacto comunitario.
En Italia, David aprendió inglés desde cero para poder participar en la final y presentar su idea frente a una audiencia global.
En Estados Unidos, Christina decidió crear una línea de productos sin azúcar inspirada por la experiencia de su mamá viviendo con diabetes.
En México, Audrey y Lucía iniciaron un proyecto para mejorar el bienestar laboral dentro de la industria y contribuir a prevenir dinámicas de abuso y violencia.
Todos son procesos graduales, pero profundos. Transformaciones que rara vez suceden de un día para otro y cuyos efectos muchas veces solo se entienden con el tiempo. Y quizá eso es lo más poderoso de todo: nunca sabemos hasta dónde puede llegar una oportunidad cuando alguien decide confiar genuinamente en el potencial de otra persona.
Más allá de la competencia
Tahona Society ya no es solo una competencia. Es un sistema que demuestra que cuando se invierte en las personas, el impacto trasciende cualquier objetivo inicial. Empieza con alguien que decide intentar algo distinto. Y termina en una comunidad que aprende a avanzar en conjunto.
Y tal vez el aprendizaje más importante de todos es que una marca puede ser mucho más que una marca. Puede convertirse en una plataforma que redistribuye oportunidades, amplifica talento y ayuda a que personas que normalmente quedarían fuera accedan a los recursos necesarios para transformar su propia historia —y, en el proceso, transformar la de otros.
Esta es la cuarta entrega de Diseñando Impacto, una serie que celebra el camino de Agenda28 y las ideas que han dado forma a su trabajo.
La pregunta queda abierta:
¿Cómo cambiaría una industria si decidiera cuidar, de forma intencional, a quienes la hacen posible?
Me encantará leerte en: [email protected]



