Cerramos el telón de esta historia de 2025 no con un suspiro, sino con el estruendo de los mercados reescribiendo sus propias reglas.
Si 2024 fue el año de la «esperanza cautelosa», 2025 será recordado en los anales de la historia económica como el año del Gran Reajuste.
Desde los rascacielos de Wall Street hasta las minas de plata en Zacatecas, y desde el silencio tenso de la City de Londres hasta el bullicio de Tokio, el mapa del capital ha cambiado de forma irreversible.
Como columnista, he visto esta historia de ciclos, de ir y venir, pero lo que hemos presenciado este año es algo distinto: es la muerte definitiva del «dinero gratis» y el nacimiento de una economía de escasez real, donde lo tangible —el oro, el silicio, la infraestructura— ha humillado a lo puramente especulativo.
El yen y la capitulación de un gigante

Empecemos por el Lejano Oriente, donde el Yen japonés nos ha dado una lección de humildad macroeconómica.
Durante décadas, Japón fue el laboratorio mundial de la deflación. Sin embargo, este diciembre de 2025, el yen se encuentra en una encrucijada que pone a prueba la arquitectura financiera global.
A pesar de que el Gobernador del Banco de Japón, Kazuo Ueda, finalmente llevó las tasas al 0.75%, el yen sigue siendo la moneda más castigada del G10. ¿Por qué? Porque el mercado no perdona la lentitud.
Mientras el Banco de Japón daba pasos de bebé, la Reserva Federal de EE. UU. mantenía un diferencial de tasas que convirtió al Carry Trade en el deporte nacional de los fondos de cobertura.El Financial Times lo llamó «la hemorragia silenciosa».
Japón, el mayor acreedor del mundo, ha visto cómo sus propios ciudadanos enviaban su capital al extranjero buscando rendimientos que su patria no podía ofrecer.
Este debilitamiento del yen ha encarecido la vida en Tokio, elevando los precios de la energía y los alimentos a niveles que la sociedad japonesa no veía desde la crisis del petróleo de los años 70. El yen débil ya no es una ventaja competitiva para los exportadores; es un impuesto al consumo interno.
El Brexit: la anatomía de un naufragio económico

Cruzando el mapa hacia el Reino Unido, el panorama es aún más sombrío. A finales de 2025, el término «Brexit» ya no se pronuncia con la esperanza de la soberanía, sino con la amargura del pragmatismo fallido.
El Reino Unido se ha convertido en el «enfermo de Europa», con una inflación que se resiste a bajar y un crecimiento que parece una línea plana en un monitor cardíaco.
La promesa de una «Gran Bretaña Global» se ha estrellado contra la realidad de la burocracia aduanera. El Financial Times ha sido implacable este año, documentando cómo la inversión empresarial se ha estancado mientras los rivales europeos avanzan.
El Reino Unido ha perdido el acceso sin fricciones a su mercado más grande, y los nuevos tratados comerciales con Australia o India son apenas una gota de agua en un incendio forestal.
2025 marca el punto de inflexión donde la opinión pública británica ha dejado de debatir si el Brexit fue un error para empezar a preguntar: «¿Cómo lo arreglamos sin perder la dignidad?».
La inflación: ¿misión cumplida o tregua temporal?
En las economías del Atlántico, la batalla contra la inflación ha llegado a una tregua incómoda. En Estados Unidos, cerrar el año con una inflación del 2.7% después del caos de un cierre gubernamental de 43 días es, en palabras simples, un milagro.
La economía estadounidense ha demostrado una resiliencia que desafía toda lógica económica tradicional.
Sin embargo, en Europa, la historia es de divergencia. Mientras España e Italia muestran un dinamismo sorprendente, Alemania, el motor del continente, sigue estancada en un modelo energético que ya no funciona.
La inflación en la Eurozona ha bajado al 2.1%, pero a un costo social elevado y con un sector servicios que sigue subiendo precios para recuperar márgenes perdidos.
La revancha de lo tangible: oro, plata y México

Si hubo un ganador absoluto en 2025, fue quien confió en los metales preciosos. Aquí la historia es diferente. El oro superando los $4,400 y la plata rozando los $70 no son casualidades; son síntomas de una desconfianza profunda en las monedas fíat.
Los bancos centrales de los mercados emergentes están abandonando el dólar como refugio principal, y el oro es el único activo que no tiene «riesgo de contraparte».
Esto nos lleva a México. El país ha cerrado 2025 como la joya de los mercados emergentes. El IPC mexicano, con un crecimiento cercano al 30%, ha ridiculizado a muchos índices desarrollados. El nearshoring ya no es una palabra de moda; es una realidad de acero y concreto en el norte de México.
Empresas como Grupo México y Peñoles han visto sus acciones volar, no solo por la eficiencia de sus operaciones, sino porque el mundo tiene hambre de los metales que ellas extraen.
En la Bolsa de Nueva York, los ganadores han sido los arquitectos del futuro: Western Digital y Micron. La Inteligencia Artificial ha pasado de ser una promesa de software a una demanda física de hardware.
No hay IA sin memoria, y no hay memoria sin semiconductores. Estas acciones han multiplicado su valor porque poseen el recurso más escaso de la era digital: la capacidad de almacenar y procesar la realidad.
El Mundo en 2026
La lección de 2025 es clara: la liquidez ya no es infinita y la geografía vuelve a importar. Los inversores que ganaron este año fueron aquellos que miraron más allá de las pantallas y entendieron que el mundo real (el del petróleo, los microchips, el oro y los puertos) estaba reclamando su trono.
Para 2026, el desafío será navegar un mundo donde la inflación es baja pero los precios siguen siendo altos, y donde el crecimiento ya no viene de la deuda, sino de la eficiencia y la tecnología real.
Japón tendrá que decidir si finalmente se une al siglo XXI con tasas positivas, y el Reino Unido tendrá que decidir si su orgullo vale más que su prosperidad.
Mientras tanto, México y los metales preciosos nos recuerdan que, en tiempos de incertidumbre, la tierra y el ingenio siguen siendo la mejor apuesta.
¿Estamos ante una nueva era de prosperidad o ante la burbuja más cara de la historia? El mercado, como siempre, tendrá la última palabra. Pero por ahora, disfruten de sus ganancias en oro y guarden sus yenes para mejores tiempos.



