Hay decisiones que no sorprenden, pero aun así sacuden. El memorando presidencial firmado por Donald J. Trump instruyendo a todas las agencias y departamentos del gobierno estadounidense a iniciar el retiro inmediato de Estados Unidos de múltiples organizaciones internacionales es una de ellas. No es un rayo en cielo despejado, pero sí una señal clara —y preocupante— de hacia dónde se encamina el orden internacional cuando la mayor potencia del planeta decide, de nuevo, jugar en solitario.
Desde una perspectiva estrictamente legal y administrativa, el documento es real, oficial y contundente. No se trata de un rumor ni de una filtración malintencionada: está publicado por la Casa Blanca, tiene efectos inmediatos y pone en marcha un proceso de salida de decenas de organismos multilaterales, muchos de ellos vinculados al sistema de Naciones Unidas. Pero más allá de su validez jurídica, la pregunta relevante es otra: ¿qué significa esto para el mundo y para Estados Unidos mismo?
El viejo reflejo del unilateralismo

Trump no inventó el escepticismo estadounidense hacia el multilateralismo, pero sí lo llevó a su expresión más cruda y explícita. Desde hace décadas, Washington ha tenido una relación ambivalente con los organismos internacionales: los impulsa cuando le sirven, los ignora cuando le estorban y los abandona cuando considera que ya no controla la narrativa ni las reglas.
Este memorando no es una anomalía; es coherente con una visión del mundo donde la soberanía nacional se interpreta como ausencia total de compromisos, y donde cualquier foro internacional es visto como una camisa de fuerza ideológica, burocrática o, peor aún, como un espacio “capturado” por rivales estratégicos.
El problema es que el mundo de 2026 no es el de 1945 ni el de 1991. Las amenazas actuales —cambio climático, pandemias, crimen transnacional, migraciones masivas, inteligencia artificial, ciberseguridad— no reconocen fronteras. Pretender enfrentarlas desde el aislamiento es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, irresponsable.
¿Quién gana cuando Estados Unidos se va?

Una de las preguntas más incómodas que rara vez se formulan en Washington es esta: ¿quién ocupa el espacio que Estados Unidos deja vacío? Porque alguien siempre lo hace. La historia reciente lo demuestra.
Cada vez que EE. UU. Se retira de un organismo internacional, otros actores avanzan. China no necesita discursos grandilocuentes: simplemente se queda, paga cuotas, coloca cuadros técnicos y, poco a poco, redefine prioridades. Rusia hace lo propio cuando le conviene. Potencias medias, como Turquía o Irán, aprovechan los huecos diplomáticos para ganar influencia regional.
Paradójicamente, al retirarse para “defender sus intereses”, Estados Unidos termina debilitando uno de sus mayores activos históricos: su capacidad de influir desde dentro. No hay poder blando sin presencia. No hay liderazgo sin participación.
El mito de las “organizaciones contrarias a los intereses estadounidenses”

El lenguaje del memorando es revelador. No habla de reformas, ni de renegociaciones, ni de liderazgo renovado. Habla de organizaciones “contrarias a los intereses de Estados Unidos”. La frase es políticamente eficaz, pero conceptualmente pobre.
¿Contrarias a qué intereses exactamente? ¿A los económicos de corto plazo? ¿A los estratégicos de largo aliento? ¿A los intereses de una administración específica o al interés nacional entendido de forma amplia?
Aquí está el punto ciego del planteamiento: confundir desacuerdo con hostilidad. Un organismo internacional que critica políticas estadounidenses no es necesariamente antiestadounidense. Muchas veces es simplemente un reflejo de consensos globales que ya no giran exclusivamente en torno a Washington.
La política exterior como espectáculo doméstico
No se puede entender este memorando sin mirar hacia dentro. Trump siempre ha concebido la política exterior como una extensión del escenario interno. Salirse de organismos internacionales no sólo es una decisión geopolítica; es un mensaje a su base electoral: “no nos dicen qué hacer”, “no pagamos por otros”, “América primero”.
El problema es que la política exterior no funciona como un mitin. Las consecuencias no son inmediatas, pero sí profundas. Se manifiestan años después, cuando EE. UU. Descubre que ya no define estándares, que sus aliados dudan, que sus adversarios se coordinan mejor.
¿Y los aliados?

Uno de los daños colaterales más evidentes de este tipo de decisiones es el desgaste con los aliados tradicionales. Europa, Canadá, Japón, Corea del Sur y Australia no ven estas salidas como gestos de fortaleza, sino como señales de imprevisibilidad.
La confianza internacional se construye con continuidad, no con sobresaltos. Cada retiro unilateral refuerza la percepción de que EE. UU. Es un socio transaccional, no estratégico. Y cuando los aliados empiezan a pensar en planes B, C o D, el sistema internacional se fragmenta aún más.
El precedente peligroso

Otro aspecto poco discutido es el precedente que se establece. Si Estados Unidos puede retirarse masivamente de organismos multilaterales bajo el argumento de que ya no le convienen, ¿por qué otros países no harían lo mismo?
El resultado es un sistema internacional cada vez más débil, más fragmentado y más incapaz de gestionar crisis colectivas. En ese escenario, no ganan los países fuertes; ganan los conflictos.
¿Es irreversible?

No necesariamente. La mayoría de estos retiros son administrativos y políticos, no existenciales. Pueden revertirse con otra administración, con nuevos acuerdos o con presión interna. Pero cada salida deja cicatrices: presupuestos desmantelados, programas suspendidos, expertos que se van, confianza que se pierde.
Reconstruir siempre cuesta más que destruir.
La paradoja final

La gran paradoja del memorando es esta: Estados Unidos se retira del mundo en nombre de su liderazgo. Pero el liderazgo no se ejerce desde la ausencia. Se ejerce estando en la mesa, incluso cuando la discusión es incómoda.
El multilateralismo no es perfecto, nunca lo ha sido. Es lento, burocrático, frustrante. Pero sigue siendo el único mecanismo que tenemos para gestionar un mundo interdependiente sin recurrir permanentemente a la fuerza.
Trump, fiel a su estilo, apuesta por la ruptura antes que por la reforma. El tiempo dirá si esta estrategia fortalece a Estados Unidos o si, como tantas veces en la historia, termina demostrando que abandonar el sistema no equivale a controlarlo.
Mientras tanto, el mundo toma nota. Y no siempre en silencio.
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