En línea con los procedimientos establecidos, el presidente de la Asamblea General convocó a los Estados miembros a presentar candidaturas antes del 8 de abril, con el objetivo de asegurar una transición ordenada y, en principio, más transparente .

Sin embargo, más allá de la formalidad del proceso, la elección del próximo secretario general refleja tensiones estructurales sobre el rumbo y la relevancia de la organización.

Candidatos: entre expresidentes, ex vicepresidentes directores de organizaciones

Entre los principales aspirantes destacan Rafael Grossi, actual director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, y Michelle Bachelet, expresidenta de Chile.

La candidatura de Bachelet ilustra las dinámicas políticas que atraviesan el proceso: inicialmente respaldada por Chile, Brasil y México el 2 de febrero de 2026, perdió el apoyo de su propio país el 24 de marzo tras un cambio de gobierno y un giro ideológico hacia la derecha. A pesar de ello, ha decidido continuar con el respaldo regional de Brasil y México. Su trayectoria, que incluye haber sido alta comisionada de las Naciones Unidas para los derechos humanos (2018-2022) y directora ejecutiva de ONU Mujeres (2010-2013), la posiciona como una de las candidatas con mayor experiencia en el sistema multilateral .

También figura Rebeca Grynspan, exvicepresidenta de Costa Rica y actual secretaria general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo. En su declaración de visión, Grynspan advierte sobre el deterioro de la confianza en la organización y plantea la necesidad de un liderazgo capaz de restaurar su credibilidad en materia de paz y desarrollo.

En una línea similar, Macky Sall, expresidente de Senegal y nominado por Burundi, sostiene que el sistema internacional atraviesa una crisis profunda de legitimidad. Su propuesta enfatiza la necesidad de reformar, modernizar y simplificar las estructuras de la ONU para responder eficazmente a los desafíos del siglo XXI .

Un elemento relevante de la actual contienda es la concentración regional de candidaturas. Tres de los aspirantes provienen de América Latina y el Caribe, en concordancia con la práctica no escrita de rotación geográfica del cargo.

Asimismo, dos de los candidatos son mujeres, lo que ha reactivado el debate sobre la necesidad de avanzar hacia la elección de la primera mujer como secretaria general en la historia de la organización .

Como parte de los esfuerzos por aumentar la transparencia en un proceso históricamente opaco, los candidatos participarán en diálogos interactivos a partir de la semana del 20 de abril . No obstante, el núcleo de la decisión sigue residiendo en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cuyo rol es determinante.

A pesar de más de setenta años de historia y de su compromiso normativo con la igualdad de género, las Naciones Unidas nunca han sido encabezadas por una mujer

El Consejo llevará a cabo votaciones secretas, conocidas como straw polls, en las que sus miembros indican si “apoyan”, “desalientan” o no tienen opinión sobre cada candidato.

En última instancia, los cinco miembros permanentes con derecho de veto, Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia, deben alcanzar un consenso. Posteriormente, el Consejo adopta una resolución ,tradicionalmente a puerta cerradam ue requiere al menos nueve votos favorables y la ausencia de vetos para ser aprobada .

Solo entonces la Asamblea General de las Naciones Unidas procede a ratificar la designación, en un proceso que históricamente ha sido más formal que deliberativo.

Por la transparencia e igualdad

En un intento por fortalecer la legitimidad del procedimiento, la Asamblea General adoptó en septiembre de 2025 nuevas directrices orientadas a incrementar la transparencia.

Estas incluyen la obligación de que cada candidato presente una declaración de visión pública, la divulgación de las fuentes de financiamiento de sus campañas y la recomendación de que quienes ocupan cargos dentro del sistema de la ONU suspendan temporalmente sus funciones para evitar conflictos de interés .

Sin embargo, más allá de los aspectos procedimentales, el proceso actual pone de relieve una contradicción estructural.

A pesar de más de setenta años de historia y de su compromiso normativo con la igualdad de género, las Naciones Unidas nunca han sido encabezadas por una mujer. Esta ausencia no solo constituye una brecha simbólica, sino que refleja las limitaciones de un sistema que aún reproduce dinámicas de poder excluyentes en sus niveles más altos.

La actual elección representa, por tanto, una oportunidad histórica. No se trata únicamente de diversificar el liderazgo, sino de reforzar la legitimidad de la organización en un momento en el que su capacidad de acción es cada vez más cuestionada.

La eventual designación de una mujer como secretaria general no solo marcaría un hito institucional, sino que podría contribuir a renovar la credibilidad del sistema multilateral y a alinear sus prácticas internas con los principios que promueve en el escenario global.